París, 1.° de enero de 1967
Mis carísimas Hermanas
¡La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotras!
Por un designio particular de la Divina Providencia, el alba de cada año entronca con la dulce fiesta de Navidad. El Niño Dios se nos presenta en ella con un halo de pobreza, de humildad y de amor, como prenda de toda misericordia, como razón de ser de nuestra esperanza y como manantial de vida, donde la Iglesia va a beber y a renovarse, recobrando juventud y fuerza para recorrer un nuevo ciclo litúrgico tras las huellas de su Divino Esposo.
Al Niño Jesús he confiado hoy los destinos de la Pequeña Compañía en el año que empieza y la obra de renovación interior que tiene que llevar a cabo con perfecta fidelidad a los designios especiales que Dios tiene sobre ella. ¡Que todas nosotras, con la gracia de Dios, reemprendamos con valor ese combate espiritual que constituye el capital trabajo de cada una de nuestras jornadas. A todas y cada una de ustedes dirijo la exhortación de San Pablo a su discípulo preferido: «Te amonesto que reavives la gracia de Dios que está en ti» (Timoteo, II, 1).
Porque los tiempos en que vivimos no son tiempos fáciles ni de descanso, sino de trabajo y de lucha; y para ser fieles al llamamiento incesante de Dios en este período posconciliar, tenemos necesidad de una fuerza singular que sólo de Dios puede venirnos.
Ha sonado una hora crucial en la que todo lo que vive en la Iglesia ha de renovarse a morir. Comprenderán, pues, fácilmente mi ruego encarecido de que lean esta circular con corazón ávido y sincero, y, sobre todo, de que emprendan animosamente la obra de renovación espiritual a la que les invito, que la consideren como la gran tarea de este año 1967, que ha de ser año de realizaciones. Va en ello la salvación eterna de cada una de nosotras y la suerte de la Compañía en la Iglesia. Los próximos años deben ser años de renovación espiritual. En este período tan rico de la vida del mundo y de la Iglesia, todo lo mediocre está llamado a desaparecer; la Iglesia no necesita para nada Hijas de la Caridad mediocres, la Iglesia y el mundo necesitan santos. En este sentido hemos de orientar el trabajo del año.
Esto mismo ha querido sugerir el Decreto «Perfectae Caritatis», en el artículo 2: «Ordenándose la vida religiosa sobre todo a que sus miembros sigan a Cristo y se unan a Dios por la práctica de los consejos evangélicos, hay que pensar seriamente que las mejores acomodaciones a las necesidades presentes no surtirán efecto, si no se vivifican con una renovación espiritual a la que siempre hay que atribuir la fuerza principal en la ejecución de las obras exteriores.»
La primera y más perentoria razón para emprender sin dilaciones nuestra renovación espiritual es, pues, hacer un acto de obediencia a la Iglesia, que ha hablado oficialmente acerca de la cuestión. Toda duda, toda vacilación, fruto del temor o de la pereza deben caer por su base ante esta orden de la autoridad suprema, y la certidumbre de responder a la obediencia debe duplicar nuestras fuerzas y servirnos de garantía.
No hace falta añadir que, para nosotras, Hijas de la Caridad, es además cuestión de lealtad y de gratitud. La Iglesia ha hecho a la Compañía el insigne honor de invitarla al Concilio, lo que ha sido fuente de innumerables gracias, cuya extensión y alcance sólo imperfectamente podemos medir aún. Esto implica para nosotras el imperioso deber de hacer fructificar esas gracias por una exacta comprensión, una adhesión filial y una leal práctica de las Actas Conciliares. Y ningún pasaje de estos Derechos nos atañe más directamente que aquel que ordena la renovación espiritual.
Mis carísimas Hermanas, tenemos que trabajar con ardor y perseverancia para renovarnos espiritualmente.
Y ¿en qué consiste esta «renovación» que se nos pide? Consiste, en primer lugar, en encontrar de nuevo la gracia del primer llamamiento, de la que surge impetuosa el agua de vida; esa frescura de sentimientos, esa visión deslumbradora de las cosas sobrenaturales, esa capacidad para buscar a Dios incesantemente, propios de la juventud espiritual y que encontramos a veces tan vivos en algunas Hermanas ancianas que han conservado el ardor de sus años juveniles. Juan XXIII es modelo perfecto de esta juventud de alma, renovada sin cesar, capaz de mantener a un hombre hasta en su vejez en una disponibilidad total a la gracia y de hacerle apto, por el desprecio de sí mismo, para el más alto servicio de Dios.
Renovarse es también fortificar nuestra fe en los grandes principios evangélicos sobre los que hemos cimentado nuestra vida; desprenderlos de las sombras que han podido enmascararlos a nuestros ojos, y descubrir las desviaciones que han podido falsear su verdadero sentido. En una palabra: hacer brillar la luz.
Pero es también auscultar nuestro corazón y nuestra conducta, a fin de saber si «creemos aún en ellos» y si creemos con bastante fuerza para obrar según esos principios. Porque ¿cuál es la firmeza de una convicción que no se traduce en obras?
Renovarse es, por último, comprobar nuestro estado de salud en la vida espiritual, sus manifestaciones, su ritmo, su valor, sus relaciones con nuestra vida profesional y apostólica, y prever unas normas de conducta que favorezcan su desarrollo.
Según esto, vamos a tratar de diseñar con algunas reflexiones el trabajo que tenemos que llevar a cabo, a la vez que pedimos al Espíritu Santo que inspire a cada una de las Hermanas los aspectos en que le conviene profundizar. Las facetas fundamentales de la renovación espiritual pueden formularse así:
— Redescubrir el sentido de nuestra vida;
— Vivir de oración;
— Vivir en caridad.
La realización de tal programa nos conduciría no sólo a la santidad, sino también, y merced a esta misma santidad, al descubrimiento de auténticas necesidades de la Iglesia y de nuevas formas de amor a los demás.
Redescubrir el sentido de nuestra vida
En una palabra: saber lo que somos en los eternos designios de Dios y saber lo que tenemos que hacer. Puede parecer extraño invitar a una Hija de la Caridad a hacer un descubrimiento al que ha consagrado ya toda su vida, y, sin embargo, ¿quién se atrevería calificarlo de inútil? ¿No es cierto que corremos el riesgo de dejamos absorber por la multiplicidad de obligaciones materiales que pesan sobre nosotras o de desviarnos un tanto por la presión de opiniones que flotan en el ambiente? Es muy bueno, es indispensable, detenerse de vez en cuando, y a solas con Dios, acalladas todas las cosas exteriores, plantearse delante de Él los grandes interrogantes:
— ¿Cuáles son, Señor, tus designios sobre mí?
— ¿Me ajusto en lo más profundo de mi ser a estos designios divinos?
— ¿Constituye mi vida para los que me rodean un claro testimonio de esas realidades interiores?
Reavivemos el hondo significado de nuestro vivir en Dios, de nuestra consagración al servicio de los hombres. Mantengamos bien alta la llama de nuestra Fe; la Fe es una antorcha interior que ilumina la mente y abrasa la voluntad, no permitamos que nunca vacile y mucho menos que se extinga. Sirvamos al Señor con firme convicción; hoy más que nunca se necesitan espíritus rectos y corazones firmes.
Nada más sencillo que deducir los fundamentos doctrinales de nuestra vocación, el Concilio acaba de exponerlos de nuevo de manera convincente: «Consiguientemente, para que los Religiosos respondan sobre todo a su vocación de seguir a Cristo, y sirvan a Cristo mismo en sus miembros, su acción apostólica ha de proceder de su unión íntima con El, de donde dimanan el acrecentamiento de la caridad para con Dios y para con el prójimo. (Perfectae Caritatis, art. 8).
¿No es el eco oficial de la más pura doctrina de nuestros Santos Fundadores, de mentalidad tan evangélica, que su manera de pensar —prescindiendo de algunas expresiones anticuadas que podrían inducir a error— sigue siendo de la más candente actualidad?: «El fin principal para que Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad es para honrar a Nuestro Señor Jesucristo como a manantial y modelo de toda caridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los Pobres… Por lo cual… deben vivir santamente… uniendo los ejercicios interiores de la vida espiritual a los empleos exteriores de la caridad cristiana. (Santas Reglas, Cap. 1.)
Estas palabras fijan de manera bien precisa lo que constituye la esencia de nuestra vida, su razón de ser, su objetivo: la divina Persona de Cristo.
¿Hemos sabido leer a través de las enseñanzas y de la vida de San Vicente lo que Jesucristo significó para él y cómo, invadiendo poco a poco toda su capacidad de pensar, de amar y de obrar, llegó a estar presente y operante en nuestro Santo Fundador? ¿Qué es Jesucristo para nosotras? ¿Qué lugar ocupa en nuestra vida? ¿Es un Dios lejano, que hace veinte siglos vino al mundo, pero que volvió después al Cielo junto a su Padre y allí sólo podemos encontrarle ya con nuestras oraciones, o bien es el Hombre Dios, hermano nuestro, presente sin cesar para atraernos a Él, para ofrecerse en nosotros a su Padre y por nosotros manifestar su presencia a los Pobres?
Sí nuestras vidas son tan tibias, si languidecen, si a veces sentimos que la alegría nos abandona, es porque no hemos captado su verdadero sentido, no sabemos ver cuál es nuestro verdadero tesoro, no hemos entrado de lleno en el misterio de Cristo.
Mis queridas Hermanas: es preciso que nos incorporemos a Cristo, que Cristo crezca y obre en nosotras; ahí reside la clave de nuestra renovación espiritual; ese es el gran negocio de nuestra vida y si en él no alcanzamos éxito, todo lo demás no será más que pura ilusión. Jesucristo tiene que invadir poco a poco todos los aspectos de nuestra vida hasta llegar a ser, según la expresión de San Pablo, nuestra vida misma: «Mi vivir es Cristo» (Filipenses, 1, 21).
De acuerdo con la perfecta réplica de San Vicente: «Nuestro Señor es la regla de la Misión» (17 de diciembre de 1655), y con la de nuestra Santa Madre: «Basta de resistir a Jesús; basta de acciones que no sean por Jesús; basta de pensar fuera de Jesús; en fin, basta de vivir más que por Jesús; a fin de que, en este amor unificador ame todo lo que Jesús ama, y lo ame por Jesús que es el centro del amor» (Sta. Luisa de Marillac, Escritos espirituales).
Personas de vida tan activa y rica como San Vicente y Santa Luisa fueron grandes apasionados de Cristo.
Nuestra vida religiosa, caritativa y apostólica, puede, por desgracia, arrastrarse en esferas naturales, quedarse en el estadio de la actividad puramente humana y replegarse sobre sí misma sin obtener grandes frutos: nos dejará entonces, a nosotros y a los demás, insatisfechos y desilusionados. Pero, con la gracia de Dios puede transformarse en Cristo por el conocimiento, el amor, la contemplación y la prolongación de su Vida en la nuestra; entonces nuestra vida producirá frutos de eterna salvación.
Decidámonos, de una vez para siempre, a buscar a Jesús y a no cejar nunca, ni por cansancio, ni por desaliento, en el empeño de encontrarle.
Tratemos de conocer a Cristo. Quién es, qué nos enseña, cómo vivió en el mundo. Conozcamos mejor al Hombre Dios, nuestro Hermano y nuestro Modelo, el Esposo de nuestras almas, profundizando por la reflexión y la meditación en el Evangelio y las enseñanzas de la Iglesia. Veamos dibujarse netamente su Personalidad única y trascendente de Hijo de Dios, orando a su Padre con oración todopoderosa, hablando y actuando en su Nombre con un poder y una autoridad divinas Descubramos en El al Hijo del Hombre con una plenitud y una autenticidad en su encarnación que nos confundan; próximo a nosotros, pobre y humilde entre los pobres, de corazón amable, lleno de una misericordiosa ternura, trabajador ignorado cuyos menores gestos rescatan a la Humanidad, imagen esplendorosa de las Bienaventuranzas. Contemplemos, por último, al Varón de dolores, cuya Pasión nos justifica y aclara el misterio del dolor que tanto escandaliza a la razón humana. El «servicio» a los demás, esencial a nuestra vocación, adquiere así todo su valor; se inscribe, cualquiera que sea la forma que adopte: acción caritativa o misionera, en el acto infinito de la recapitulación universal en Cristo.
El verdadero conocimiento de Cristo no lo adquirimos mediante una investigación de tipo intelectual llevada a cabo de manera sistemática; acrecentaremos poco a poco ese conocimiento de Jesús por el hábito de vivir con Él; de buscar en Él, en sus ejemplos, la solución a nuestras dudas; de mantenernos atentas a sus inspiraciones, de buscar con todo nuestro corazón el sentido de sus Palabras y de su Vida.
Tenemos absoluta necesidad de Cristo. Es nuestro Compañero de ruta en la tierra, nuestro Amigo, nuestro Hermano; un Dios que se ha hecho semejante a nosotros, que nos ha dado ejemplo para que le imitásemos, y que vuelve a recorrer con cada uno de nosotros el camino que conduce al Padre. No podemos prescindir de Él.
Busquemos a Cristo en nosotros y a nuestro alrededor. Está actuando sin cesar, seamos sensibles a su presencia y a su acción. «Somos un solo Cuerpo en Cristo»… y «miembros los unos de los otros» (Romanos, 12, 5). Trabajamos en «la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos juntos a encontrarnos en la unidad de la Fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a la madurez del varón perfecto, a un desarrollo orgánico proporcionado a la plenitud de Cristo» (Efesios, 4, 1214).
Ponernos al trabajo con Cristo, en el lugar y tiempo que nos corresponde, en esto radica nuestra caridad y nuestra misión. La inteligencia humana no puede comprender por sí sola este misterio, misterio vital, sin embargo; debemos, pues, implorar con ardor y perseverancia al Espíritu Santo que abra nuestras mentes e ilumine nuestros corazones.
Que este Espíritu de Amor nos enseñe todo, nos revele, como a los Apóstoles, el misterio de Cristo para que este misterio de amor se convierta en el alma de nuestra existencia.
No creamos, mis queridas Hermanas, que esta doctrina sea demasiado elevada para nosotras, o que está reservada únicamente a aquellas cuyas formación intelectual las ha preparado para comprenderla. Captar estas realidades no es cuestión de intelectualidad (aunque una formación previa puede ayudar mucho), sino de vida interior y de comprensión sobrenatural de nuestra vocación; es, en una palabra, cuestión de oración. En la oración, Dios ilumina los corazones humildes y sencillos, mientras que los orgullosos se ven circunscritos por su mismo orgullo al ámbito de su ciencia humana, siempre insuficiente.
Vivir de oración
Porque todo el secreto del progreso espiritual está en la oración, el empuje con que caminamos hacia Dios viene medido por la energía con que oramos. Pero, diréis, si me encuentro tan seca, tan desganada durante la oración, ¿cómo voy a llegar a orar, a orar bien, a vivir de oración? ¿Es posible lograrlo en nuestra vida activa? Sin duda alguna, pero hay que empezar por creer en su necesidad.
Creer en la necesidad vital de la oración y en el papel que desempeña en nuestra vida. «Orar es propio de nuestra naturaleza», afirma San Vicente. ¿Y no es cierto que sentimos en el fondo de nuestro ser una necesidad permanente de oración?
La oración nace de un doble conocimiento: conocimiento de Dios y conocimiento de nosotros mismos. Y cuanto más perfecto sea este conocimiento, más espontánea, viva y consciente será nuestra oración; y como contrapartida, la oración que hagamos alimentará nuestra vida teologal y nos dará una visión clara de lo que somos delante de Dios.
Si no pensamos apenas en Dios, ni tratamos de conocerle, contentándonos con nuestra escasa ilustración teológica, nuestra fe en sus misterios, en su trascendencia, en su bondad, será débil también; nuestro deseo de dirigirnos a Él, será muy poco intenso y no consideraremos necesaria la oración de complacencia y de alabanza.
Si, por el contrario, nos preocupamos de alimentar regularmente nuestra fe con lecturas doctrinales: comentarios de la Sagrada Escritura, de las enseñanzas de la Iglesia y de nuestros Santos Fundadores, como debemos hacer en nuestra lectura comunitaria cotidiana, progresaremos en el conocimiento de Dios y sentiremos que se intensifica nuestro deseo de estrechar en la oración los lazos que nos unen a Él.
Tengamos cuidado de no dejar que languidezca nuestra Fe, alimentémosla constantemente con estudios apropiados, haciendo alguna lectura personal, aunque sólo sea durante breves minutos en los momentos libres.
Nada nos impulsa tanto a recurrir a Dios como la clara visión de nuestra condición humana: nuestra pobreza, nuestra indigencia connatural, nuestra impotencia para corresponder a los reiterados llamamientos de Dios, que tantas veces nos encuentran distraídas o reticentes, si no llegamos a ser totalmente infieles, pese a los espléndidos designios que Dios tiene sobre nosotras. Estamos destinados a vivir con Cristo en relaciones de filiación con el Padre; a participar en la Pasión de Cristo, en la edificación de su Reino; a ser, bajo la dirección del Espíritu Santo, signo de Dios en el mundo, y a perdernos finalmente en la inmensidad infinita de la Trinidad. La comparación entre estos dos términos: nuestra indigencia fundamental y el esplendor incomparable de nuestra vocación cristiana, nos arroja a los pies del Señor con el deseo inmenso de recibir de El todo lo que nos falta para responder a su Voluntad eterna. Esta es la oración de la Esperanza.
Es preciso querer orar
Salvo determinados momentos excepcionales la oración exige un esfuerzo; es un acto de la voluntad. Lo esencial de la oración es prescindir de lo humano: atractivos humanos, medios humanos, etc., para arrojarse en Dios cuya supremacía sobre todas las cosas se reconoce; lo que equivale a afirmar: Dios me basta. Este acto inicial que indica el deseo, la voluntad firme, de darse a Dios, de alabarle, de abandonarse a El confiadamente, es lo esencial de la oración.
Pero hay que tener el tesón de hacer oración y hacerla perseverantemente a lo largo de toda nuestra existencia. Se trata ante todo de un esfuerzo personal; entre nosotras designamos ordinariamente este esfuerzo con el término regularidad, pero quizá no damos a esta palabra todo su contenido, lo reducimos inconscientemente a las dimensiones de una autodisciplina, de una sumisión meritoria a la regla, a un orden establecido. Cosas, todas ellas, necesarias y buenas en sí, indudablemente, pero simple apoyo externo del esfuerzo que nos lleva a Dios, fuente de nuestra vida.
Este esfuerzo tendrá que luchar con los múltiples obstáculos que le oponen nuestro temperamento y las circunstancias en que vivimos. ¡Qué gran verdad es, mis queridas Hermanas, que nos dejamos arrastrar por la precipitación, el apresuramiento, la inquietud; que pretendemos hacer frente a todos nuestros problemas con sola nuestra inteligencia, con nuestras propias fuerzas, en vez de confiar en Dios y ponerlos en sus manos durante la oración! Múltiples operaciones devoran nuestro tiempo, no sabemos cómo hacer frente a todos nuestros deberes y sentimos la tentación de reducir el tiempo consagrado a la oración. Obrar así sería condenamos a una asfixia espiritual progresiva y correr el riesgo de morir; nada menos que esto.
Hay que organizar el trabajo de tal forma que se respete el tiempo de Dios; y si para ello es preciso renunciar a algunas obras tengamos el valor de hacerlo por muy excelentes que sean.
Más vale hacer menos y orar, que desplegar una actividad considerable sin oración.
Revisemos nuestra vida y ordenémosla teniendo en cuenta la necesidad ineludible de orar. Sepamos asegurarnos la colaboración necesaria para garantizar diariamente el tiempo libre necesario para los diversos ejercicios, sino también para disponer cada semana de una o media jornada de descanso que asegurando nuestro equilibrio humano nos proporcionará la libertad de espíritu necesaria para poder consagrarnos eficazmente a la oración. Desde este punto de vista hay que considerar esas jornadas de descanso que distienden a la vez que enriquecen; y no como ratos de ocio que se dedican a fantasías o excursiones, más propias para fatigar el cuerpo y hacer divagar el espíritu que para restablecer su salud.
Amemos la oración, pongamos en la oración nuestra esperanza.
Amemos la oración comunitaria
La oración hecha juntas es lo que constituye el alma de toda comunidad religiosa. En estos momentos en que la Iglesia «redescubre» la Misa concelebrada, esforcémonos por entrar de lleno en la dimensión comunitaria de nuestra vida de oración. Vivamos y oremos juntas; celebremos juntas, aunque sea al precio de heroicos esfuerzos para asistir a ellos, los actos religiosos de nuestra vida de Comunidad, sus momentos fundamentales: Laudes, Completas y sobre todo la Santa Misa, polo de nuestra vida.
Extendamos nuestra oración a las dimensiones del mundo
No seamos de esas almas que se encierran en los estrechos límites de su horizonte personal. Hagamos subir hacia Dios las alabanzas y acciones de gracias de la creación entera; dirijamos hacia Él el clamor de todos los hombres, nuestros hermanos, en marcha hacia el Reino. Cuando se ha comprendido la caridad de Jesucristo crucificado ya no se puede estar jamás solas delante de Dios y no se puede poner ya límites a la ofrenda o a la súplica. Esta oración universal forma parte integrante de nuestra Consagración a Dios y reviste caracteres de obligación que nuestro cuarto voto hace más sagrados aún. Orar por los Pobres y, por extensión, por todo el mundo, ya que todo hombre será siempre un pobre ante Dios, constituye un deber esencial para nosotras. Oremos juntas por las necesidades de la Iglesia y de la Comunidad; la gracia tan deseada de nuestra renovación espiritual la alcanzará nuestra oración comunitaria.
Somos responsables ante Dios, ante la Iglesia y ante la Comunidad de todo el poder que, en orden a la salvación del mundo, poseemos con nuestras oraciones. La oración de las Hijas de la Caridad es un tesoro de la Iglesia, no lo dudemos. Sólo ella puede obtener fecundidad para nuestras Obras; si se debilitase o llegase a faltar, todas estas Obras, por florecientes que parecieran exteriormente, serían estériles para el cielo.
La Iglesia «sociedad de hombres que oran», así la definía en julio último Pablo VI; que seguía diciendo:
«¿Un cristianismo privado de la vida de oración profundamente sentida y amada, alcanzaría jamás el espíritu profético que necesita para hacer oír su voz entre los miles de voces que resumen en el mundo, esa voz que clama, que canta, que inquieta, que salva?» (Castelgandolfo, 207-1966.)
La Compañía de las Hijas de la Caridad debe oír su voz entre los miles de voces que resuenan. Sólo con esta condición conservará su gracia particular, que es la de mantenerse presente y ser comprendida en el mundo de los pobres.
La oración debe invadir toda nuestra vida
San Vicente insistía en ello cuando exhortaba a nuestras primeras Hermanas a la oración: «Digo «todos los días», hijas mías, pero, si fuese posible, diría no dejemos nunca de orar, que no pase un instante sin estar en oración». (Conf. 3151948).
La oración es indispensable para la vida espiritual; es el medio por excelencia de encontrar a Dios. Tenemos, pues, obligación de orar y perseverar en la oración, aun cuando no sintamos gusto en ella y a pesar de la aparente inutilidad de nuestros esfuerzos.
Hemos de hacer de nuestra vida una oración Existen momentos específicamente consagrados a ella, libres de cualquier otra ocupación que no sea buscar a Dios; son las dos medias horas de oración que nos prescribe la Regla; esta oración se prepara y se prolonga a lo largo de nuestras jornadas y debe conducirnos a una especie de contemplación permanente de Dios a través de todo. Y no creamos que esto sea incompatible con nuestra vida activa; no se trata de dedicar más tiempo a la oración que esas dos medias horas diarias, sino de mantener la intención elevada hacia Dios; no es cuestión de tiempo, sino de intención. Vivir en oración es vivir bajo el influjo de Dios. Si cada una de ustedes examina a fondo su vida descubrirá que, en mayor o menor grado, se ha entregado ya así al Señor. Pero hay que progresar continuamente.
La mejor preparación a la oración es la fidelidad a la Voluntad de Dios en las cosas ordinarias, la atención al deber, el renunciamiento a lo que personalmente nos agrada para elegir lo que más agrada a Dios. La Hermana que observa la ley que le impone su consagración; que, obedezca o ejerza la autoridad, respeta siempre a los demás; que sacrifica a la paz comunitaria sus puntos de vista personales; que renuncia a poseer algo por amor a la pobreza; esa Hermana se encuentra en estado de oración, a la escucha de Dios.
La oración permanente no es otra cosa que la visión de fe, alimentada en la meditación y proseguida en la acción: contemplar a Cristo en nosotros y en los demás, así como en cualquier cosa que acontezca; no es tanto una atención directa como una íntima convicción que nos anima y que transforma nuestra manera de ver y de obrar. Es una presencia de Dios. No resulta fácil alcanzar este estado de oración, más aún, es imposible para las fuerzas humanas, es un don de Dios, pero un don que generalmente no se concede más que a aquellos que hacen todo lo que humanamente está de su parte. Y la parte que nos incumbe es desear ardientemente, constantemente, este encuentro con el Señor; trabajar para liberamos de los afectos que alejan a Dios; ser fieles a la oración; alimentar nuestra fe y nuestra esperanza; en una palabra: vivir en Caridad.
Vivir en caridad
Ojalá que pudiésemos penetrar el misterio de la Caridad, que no es sino Dios mismo.
El acto de caridad que hacemos mentalmente todas las mañanas, al empezar la oración, no debe quedar en letra muerta, debe transformar y animar toda nuestra vida. La Caridad es el espíritu. de la Compañía.
¡Cuántas meditaciones podríamos hacer en torno a esta frase, tan cargada de significado y de entrega: «Dios mío, te amo con todo mi corazón y sobre todas las cosas»!
¡Qué superficialmente pronunciamos estas palabras y cuántas veces nuestros actos vienen a desmentirlas! ¡Qué falta nos hace, mis queridas Hermanas, entrar resueltamente en la Verdad y no permitir que nuestros actos hablen de la falsedad de nuestras palabras ni que nuestro nombre se convierta en una mentira permanente! ¿Hemos leído, meditado, saboreado espiritualmente, las encendidas palabras que brotaron de labios de San Vicente al hablar a los Misioneros sobre la Caridad, en la espléndida Conferencia del 30 de mayo de 1659, pronunciada en el atardecer de su vida, cuando penetrado de Dios por entero se advierte perfectamente que nada vive en él más que por la Caridad? Releámoslas juntas y tomémoslas durante algún tiempo como tema de meditación. En ellas descubriremos todos los aspectos de la Caridad en todo su esplendor, desde el amor ardiente y desinteresado a Dios, a Quien se contempla y se alaba en sus misterios, hasta el celo misionero, abierto a las dimensiones del mundo.
Vivir de amor a Dios es en primer lugar complacerse en El. Procuremos salir un poco de ese egoísmo instintivo que nos hace buscar a Dios casi únicamente porque sentimos que lo necesitamos, y amémosle sobre todo porque es Dios. El Oficio de Laudes, que todos los días recitamos, es el ejemplo más elocuente de esta complacencia en Dios; y los Salmos nos inspiran exclamaciones de alabanza, adoración, acción de gracias, admirablemente mezcladas con la convicción de nuestra miseria humana y el sentimiento de una confianza absoluta. Entremos plenamente en estos sentimientos y hagamos que informen por completo nuestra vida cotidiana. Aprendamos a expresar a Dios nuestro amor.
Este amor, sin embargo, sería ilusorio si no nos llevase a adherirnos por completo a la Voluntad divina; a buscarla, amarla y preferirla a todo lo de este mundo. «Nadie puede servir a dos señores». No podemos amar y buscar continuamente nuestras satisfacciones; sopesar sin cesar lo que está permitido y lo que está prohibido; regatear el don de nosotras mismas y concedernos todo lo que no estamos estrictamente obligadas a rehusarnos; e dónde entra la Caridad en tales cálculos? Dejémonos invadir por el Amor; solamente él nos iluminará, nos enseñará lo que exige de nosotras la divina elección; mantengámonos a la escucha divina con temor de que nuestras infidelidades acaben por acallar los llamamientos de Dios.
Y hagamos que el clamor de nuestro deseo de Dios ascienda incesantemente hasta El. Desear es amar. ¿Qué podemos esperar si no deseamos nada o lo hacemos tan débilmente que nada pedimos? Incluso si nos encontramos en la aridez más completa y en la insensibilidad más desesperante, clamemos al Señor y El tendrá piedad de nosotras; pidámosle que encienda santos deseos en nuestros corazones y no nos cansemos de repetir nuestra súplica hasta que nos escuche, porque nos escuchará indudablemente.
«Si, pues, vosotros, malos como sois, sabéis dar buenos regalos a vuestros hijos, ;cuánto más vuestro Padre celestial dará desde el Cielo el Espíritu Santo a quienes se lo pidieren!» (Lc. 12, 13).
Pidamos ese espíritu que es la Caridad y abandonémonos a la acción de Dios que nos conduce hacia la Caridad perfecta.
Desear y orar no es suficiente, tenemos que entregarnos por completo a la divina dirección como Cristo se entregó a la Voluntad de su Padre. Amamos a Dios, pero ¿no es verdad que no lo amamos bastante para abandonarnos sin reserva a sus designios providenciales? Queremos hacer indudablemente la Voluntad de Dios, pero no aceptar ese cambio o ese oficio que creemos que no está de acuerdo con nuestras aspiraciones o en el que nos parece que no se puede aprovechar toda nuestra capacidad para la acción y el apostolado; querríamos inspirar a Dios y a nuestros Superiores la manera de dirigirnos en lugar de ponemos, sin condiciones, en manos del Señor. No es sólo por la noche, en Completas, cuando hemos de decir «En tus manos encomiendo mi espíritu»; hemos de vivirlo todos los días y en los menores detalles de nuestra vida. Nuestro propio criterio sólo puede conducirnos a nosotros mismos, y esto no vale demasiado la pena; la Voluntad de Dios nos llevará hasta El, que es justamente a lo que aspiramos. Como el Padre celestial trazó el camino de su Hijo a través de la pobreza, la oscuridad o la popularidad, los éxitos momentáneos, las contradicciones, las delaciones, las alegrías y sufrimientos y, finalmente, la Cruz, así también ha previsto nuestro propio camino: sigámoslo, poniendo nuestros pies en las huellas de Cristo, nuestro Señor y nuestro Hermano. Sólo Él sabe por qué purificaciones tenemos que pasar para llegar a conseguir la plenitud del amor. Cuando se ha comprendido que todo viene de Dios, aun lo que parece provenir de la mala voluntad de los hombres, se entra en la senda de la alegría y de la paz y se avanza a grandes pasos en el camino del Amor.
Hay que llegar hasta el límite de las divinas exigencias sin calcular lo que será de nosotros. La generación actual, con la impronta del racionalismo no comprende espontáneamente que se llegue hasta el don total, absoluto, de sí, y ésta es una de las causas de la falta de vocaciones. No se ama verdaderamente cuando se toman precauciones para el futuro, para reservarse algo y garantizar su posesión Amamos cuando nos arrojamos en Dios sin ver y sin comprender.
Quien pueda entender, entienda.
Vivir en Caridad no es únicamente entregarse a Dios invisible, es también entregarse a sus hermanos, al Dios visible y deformado que mendiga incesantemente nuestro amor. Somos responsables en esta vida del amor que Dios profesa a todos los hombres y en especial a aquellos que el Señor coloca en nuestro camino. Ante todo, indudablemente, a aquellos que son el objeto de nuestro cuarto Voto, pero también a los demás, sin discriminación de pobreza o riqueza, de simpatía o antipatía, de raza, de religión, ni de nada. Tenemos una deuda de amor divino con todos los que encontremos en nuestro caminar terrestre. La caridad que debemos a nuestros hermanos, mis queridas Hermanas, es ante todo interior, y si no han de retener ustedes más que una sola frase de esta Circular, es ésta la que deben retener, resume todas las demás, ya que si hacen ustedes esto, «cumplirán toda la Ley y los Profetas».
Podría decirles y les digo que amar a nuestros hermanos es servirles, es obrar con justicia respecto a ellos; es ayudarles a ser artífices de su promoción humana y sobrenatural; pero todo esto no es nada, todo ello es insuficiente y no se logrará si previamente no estamos unidos a ellos por auténtica Caridad interior. Recordemos la fuerte expresión de San Pablo: «Si entregare mi cuerpo para ser abrasado, mas no tuviere caridad, de nada sirve». (1 Cor., 13, 3).
Si la Caridad reinase como soberana en el pensamiento y en el corazón de cada una de las Hijas de la Caridad, se transformaría toda la Compañía; ahí reside la auténtica renovación espiritual que le devolverá la juventud de espíritu y la potencia creadora que caracteriza a todo lo que es nuevo en el Señor.
Mis queridas Hermanas, ruego a cada una de ustedes que, respecto a la caridad interior, haga el propósito firmísimo de no aceptar jamás ningún pensamiento suspicaz o malevolente hacia nadie, sino de considerar a todos con amor; que cualquiera que nos aborde pueda tener la seguridad de que nuestro corazón rebosa benevolencia, complacencia, comprensión hacia él; la seguridad de que en nosotras encontrará siempre y para todo un compañero, un amigo. En resumen: que Dios, presente en nosotras por la Caridad, le acoge por mediación nuestra. Esto es «hacer a Dios presente en el mundo de los Pobres» (Pablo ‘VI a las Hijas de la Caridad, 1851965).
Que este afecto entrañable a todos se haga fraternal aun cuando se dirija a nuestras Hermanas, y asegure así la presencia permanente del Señor de la Caridad en cada una de nuestras pequeñas comunidades. Que cada Hija de la Caridad pueda estar segura de que su Hermana la mira con cariño.
Nuestros más admirables gestos de caridad no son más que mera ilusión si no provienen de esta caridad interior. Y si la caridad ilumina y anima nuestra visión del mundo y de los hombres, juzgaremos las personas y acontecimientos con un espíritu nuevo, según una nueva mentalidad; lo veremos todo en la Verdad. Sólo se ve cómo es aquello que se ama. Dios es el único que nos conoce perfectamente, sólo Él nos ama perfectamente.
Nuestra renovación espiritual radica en la Caridad, Caridad que debe reinar en cada una de nosotras y en la Compañía entera; tomemos personal y comunitariamente la resolución de llegar a ser «Hijas de la Caridad» al precio de una lucha de todos los instantes; que ésta sea el objetivo espiritual del año que comienza.
No es demasiado tarde para las Hermanas de edad: nunca es demasiado tarde para emprender la marcha hacia la santidad. Tampoco es demasiado pronto para las jóvenes: no hay tiempo que perder. Un mismo esfuerzo debe unimos a todas en Cristo, para caminar en estado de oración, a la conquista de la Caridad, a la conquista de DIOS.
Al terminar estas líneas mi pensamiento se vuelve irresistiblemente hacia María, Madre y Modelo de la Iglesia, María, nuestra única Madre. Que ella siga siendo nuestra Guía y nuestra Maestra en estos tiempos tan difíciles, y que, como hizo en el siglo precedente, sostenga a la Pequeña Compañía en este esfuerzo de renovación espiritual que ha emprendido para servir mejor a su Hijo en la persona de los Pobres.
Encomendémosle también las intenciones de Nuestro Honorable Padre, que guía en el espíritu de San Vicente a la doble familia confiada a su solicitud, las de Nuestro Respetable Padre Jamet, Director General, y de Nuestro Venerado Padre Castelin. No olvidemos tampoco a nuestros Misioneros, tan abnegados y celosos por el bien de nuestras almas y de nuestras obras.
Unidas a nuestras Veneradas Madres Blanchot y Lepicard, a nuestras Hermanas Consejeras, Ecónoma General, Secretaria General y Secretarias, les renuevo la seguridad de mi solicitud y quedo en el amor de Jesús y María Inmaculada,
mis carísimas Hermanas, su humilde servidora y afectísima,
Sor Susana Guillemin
ind.h.d.l.c.s.d.l.p.e.







