Susana Guillemin: Circular de Año nuevo, 1966

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Author: Susana Guillemin, H.C. .
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París, 1.° de enero de 1966

Mis carísimas Hermanas:

¡La Gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotras!

Esta mañana, al consagrar de nuevo al Señor la pequeña Compañía, se la he presentado con sentimientos profundamente maternales. He puesto a sus pies, acompañada —estoy segura de ello— de todas ustedes, el pesado fardo del año que acaba de transcurrir, año que, a pesar de las faltas y errores que indudablemente lo han mancillado, esperamos que haya sido purificado ya por la abundancia de las divinas misericordias. Pero año también colmado de invisibles riquezas: trabajo realizado animosamente, pruebas bien aceptadas y ofrecidas con generosidad; tentaciones superadas; esfuerzos apostólicos; avances en la fe y en el amor a pesar de las caídas. Todo lo que somos y todo lo que, con ese mundo necesitado y doliente que nos rodea, representamos de valores naturales y sobrenaturales, de sufrimiento humano y de alegría en Dios, ha quedado depositado sobre el altar, a fin de que, presentado por Cristo al Padre como ofrenda pura, «se digne hacerla en todo bendita, aprobada, confirmada, razonable y agradable».

Después de haber agradecido al Señor el don supremo de la Gracia divina, que nos ha dispensado durante el año transcurrido, le he suplicado con instancia que nos asista más ampliamente aún en el futuro, a fin de que le seamos cada vez más fieles. Por eso me atrevo a decirles llena de confianza y seguridad: ¡Santo año! ¡Feliz año nuevo! Para ustedes, para sus seres queridos, para todos aquellos que el Señor les ha confiado. Ojalá que todos respondan plenamente, a lo largo del año que empieza, al Divino Querer. Ojalá que todas entren consciente y animosamente en la vía de la auténtica conversión.

Antes de empezar estas líneas, he reflexionado y meditado largamente acerca del tema sobre el que convenía que fijásemos nuestra atención. Temerosa de cansarlas con repeticiones… no me atrevía a ceder al impulso que me movía a decirles una vez más: conviértanse, conviértanse, cuando han venido a mi mente las palabras de San Pablo: «Reprende, exhorta, increpa…, insta a tiempo y a destiempo». Y no sé si a tiempo o a destiempo, voy a transmitirles una vez más la invitación que Dios nos hace a una conversión sincera.

Dios nos insta a convertirnos. «Si oís la voz de Dios no endurezcáis. vuestro corazón» (Invit. Pasión).

¿Prestamos atención a esa voz? ¿La reconocemos? ¿Creemos con bastante firmeza que Dios se ocupa de nosotros personalmente, que nos sigue en todas las circunstancias de nuestra vida, que multiplica en torno nuestro sus signos y llamamientos, sin que con frecuencia lo advirtamos?

Dios invita a cada uno de nosotros, personalmente, a esta conversión. Quienesquiera que seamos, cualesquiera que sean nuestras faltas o nuestra indiferencia o por el contrario, cualquiera que sea el grado de intimidad que nos una con El, Dios nos pide más todavía. Nos invita a buscarle sin cesar, a volvernos hacia El más sinceramente, más totalmente. Escuchemos «con el corazón» para oír y reconocer su voz.

Dios invita a la Comunidad a convertirse, Dios invita a la Iglesia a renovarse. Dios invita al mundo a una auténtica conversión.

Y. en este llamamiento universal está incluida la invitación personal que a nosotros nos dirige.

Tal vez nunca, como en esta hora conciliar, ha hablado Dios tan fuerte y tan alto y tan repetidamente, llamando al mundo a la conversión.

El Concilio no es sino un llamamiento solemne a la conversión universal. Y la Asamblea general de la Compañía ha querido ser una respuesta a ese llamamiento.

Ahora bien, esta conversión universal sólo puede llevarse a cabo mediante la conversión personal de cada uno, es decir, mediante nuestra propia conversión. En medio de un mundo en contradicción con Dios, en esta hora de búsqueda que vive la Iglesia, nosotros hemos de colaborar en el establecimiento del Reino de Dios mediante nuestra propia conversión.

No creamos que la obra de nuestra conversión sea tan exclusivamente personal que pueda llevarse a cabo aisladamente, a espaldas del mundo que nos rodea y sin que repercuta sobre él. Son incalculables las repercusiones de la conversión o no conversión de un alma, especialmente si se trata de una Hija de la Caridad. Nuestra vida transcurre, por vocación, en medio del mundo, se integra en su vida, evoluciona en su ambiente y sufre constantemente su influencia. Elegidas por Dios para ser en el mundo de los pobres (ese mundo que Dios ama y desea salvar) una presencia viva de la Caridad, una invitación al triunfo de la gracia en las almas, corremos, sin embargo, el riesgo de sufrir la influencia del mundo en lugar de irradiar la presencia de Cristo; nos exponemos a hundirnos en lo material en lugar de elevarnos hacia Dios. Hay que tener conciencia del peligro y no restarle importancia. Nos creemos libres del contagio de las falsas ideologías que imperan en el mundo y no advertimos bastante hasta qué punto nos impregnamos de ellas Hay que mantener bien abiertos los ojos sobre este punto y denunciar la incompatibilidad de ciertas actitudes mentales con las exigencias de nuestra vida de cristianas y de almas consagradas. Las tentaciones son múltiples y sutiles y se revisten con apariencias de bien.

Por ejemplo, todas sabemos muy bien que vivirnos sumergidas en un ambiente materialista, pero nos cuesta más discernir sus rasgos en determinadas opiniones profundamente arraigadas en nosotras; podemos engañarnos fácilmente a nosotras mismas; se trata de comprobar si, en la práctica, damos realmente a Dios la primacía sobre lo material. ¿Qué buscamos instintivamente en nuestras actividades: la eficacia visible, palpable, fácil de comprobar, el éxito humano y halagador? ¿Sobre qué se apoya nuestra confianza, en los medios técnicos, en nuestro saber, en el dinero? El clima de lujo, de comodidades, de vida fácil ¿no nos crea nuevas necesidades? Corremos el riesgo de convertir todo ello en finalidad de nuestra vida en lugar de dejarlo en el rango de los medios, necesarios indudablemente, pero secundarios y sometidos al señorío del espíritu; medios que deben manejarse con precaución, un poco como se utiliza un arma de dos filos, con conciencia del peligro que esconde.

¿Nos consideramos a salvo de este tipo de humanismo que impregna las mentalidades, que invade toda la sociedad actual y que convierte la expansión de la naturaleza humana en un ideal tan imperioso que exige el sacrificio de todo freno? La tentación de considerar las prácticas de mortificación y la ascesis de cuerpo y espíritu perjudiciales para el pleno desarrollo de la personalidad, ¿no se insinúa un tanto entre nosotras? El culto a la salud, el culto a la libertad, el culto a la personalidad, ¿no adquieren una importancia desmedida y, sobre todo, comprendida defectuosamente? ¿No convertimos nuestra propia persona en un fin en sí misma, una especie de ídolo, desentendiéndonos del orden establecido por Dios, olvidando que hemos sido creadas por El y para El y que no podremos encontrar el equilibrio personal, que no podremos alcanzar la plena expansión de la personalidad más que en El, en una comunión íntima con sus misterios, particularmente con el misterio de la Cruz, por medio de las Bienaventuranzas?

Podríamos denunciar otros muchos aspectos en que la mentalidad moderna ha velado la pureza de nuestras actitudes religiosas. Voy a atraer su atención especialmente sobre uno, por la importancia que reviste y por la despreocupada inconsciencia con que a menudo lo miramos. La gente del mundo se atiene en sus relaciones sociales a una escala de consideración y apreciación, una estimación de valores, que se basa ordinariamente en prejuicios y que varía según la clase social de que se trate. No nos expongamos a adoptar criterios análogos; tengamos cuidado, por ejemplo, de no hacer nuestra la manera de ver, de juzgar y de actuar de la clase dirigente y acomodada; evitemos también el dejamos arrastrar, por el contrario, por el odio propio de las clases menos favorecidas; guiándonos por sentimientos puramente instintivos y por influencias ambientales más que por el verdadero espíritu de Dios.

Una Hija de la Caridad ha de adoptar frente a todos, quienesquiera que sean, la misma actitud de absoluta sencillez, de respeto acogedor, fraternal, en una palabra, una actitud de Caridad. Una de las señales más seguras para valorar el alcance sobrenatural y apostólico de nuestra vida es la forma en que nos hacemos todas a todos, sin distinción de clases.

Si nos examinamos con mirada lúcida y objetiva, descubriremos muy pronto que han hecho presa en nosotras las ideas del medio en que vivimos, que nuestro interior no está plenamente de acuerdo con lo que simboliza nuestro santo Hábito, con lo que promete nuestra condición de cristianas y de Hijas de la Caridad. La conversión consiste en reajustar lo que somos con lo que debemos ser.

No se elige a Dios de una vez para siempre y no está todo hecho cuando, al pronunciar los santos Votos, sellamos ante nosotras y ante los demás nuestra consagración a Dios. Por firme y sincera que haya sido nuestra decisión, el día de nuestros santos Votos nos limitamos a sellar un compromiso, en vías de realización indudablemente, pero cuyo valor depende por completo de su realización efectiva. ¿Quién de nosotras se considera cristiana y consagrada de manera perfecta y total? Tenemos que irlo consiguiendo día por día: «Sé lo que eres». No se consigue llegar a ser cristiana y consagrada de una vez para siempre, sino instante por instante, es decir, hay que ir ratificando a medida que se presenta la ocasión, en las múltiples opciones que se nos presentan a lo largo de nuestras jornadas, el lugar de preferencia que en nuestra vida concedimos un día a Dios.

Todo acto de nuestra vida supone una elección; constantemente tenemos que optar por el Evangelio; apartamos del egoísmo y el interés personal para adherirnos a la caridad soberana, pasar de la tiranía de la naturaleza y de la simple razón humana al plano de la fe y de la esperanza teologales; optar, como decía San Pablo, por esa locura de la cruz, escándalo para los judíos y locura para los gentiles.

La locura de la cruz es eso realmente: una locura, y a nuestra mentalidad racionalista le cuesta comprender palabras tan fuertes como «locura» y «escándalo». Es preciso confesar que, presionadas por la mentalidad moderna, estamos en peligro de debilitar la fuerza del Evangelio, de entibiar la potencia de vida religiosa que nos han legado nuestras predecesoras; de volvernos, so pretexto de «adaptación», tan semejantes a la gente del mundo que ya no nos quede nada que aportarle, nada que enseñarle acerca del Dios que esperan encontrar en nosotras. Les pido, mis carísimas Hermanas, que presten atención a las señales de alarma que ha lanzado el Santo Padre en esta etapa de conclusión del Concilio, cuando, frente a las espléndidas adquisiciones doctrinales y pastorales que han aportado los esquemas, denuncia las falsas interpretaciones y las aplicaciones erróneas que hacen ciertos espíritus con riesgo de introducir la relajación en la Iglesia en lugar de la Renovación que tan ardientemente desea:

«Es hoy notorio el relajamiento en la observancia de los preceptos que la Iglesia ha venido proponiendo para que sus hijos conserven la dignidad moral y se santifiquen. Espíritus críticos, que llegan a veces hasta la indocilidad y la rebelión y ponen en tela de juicio principios sagrados de la vida cristiana, de la vida eclesiástica, de la perfección religiosa. Se habla de «liberación»…, se convierte al hombre en objeto de culto…, se priva a la mente de la luz de los principios morales…, se altera la noción de pecado…, se ataca la obediencia… En actividades, ideologías, diversiones, se aceptan modalidades y criterios que convierten al cristiano en alguien que, lejos de ser ya el austero y enérgico discípulo de Jesucristo, acepte, de una manera gregaria, la mentalidad y la moda corriente; alguien amigo del mundo… No es así como nosotros debemos concebir el «aggiornamento» a que nos invita el Concilio. Este «aggiornamento» no pretende debilitar el temple moral del católico moderno, sino, por el contrario, acrecentar sus energías, hacerle más consciente y más activo para afrontar la misión que le exige esa concepción auténtica de la vida cristiana alentada por el magisterio de la Iglesia.» No, no es al relajamiento a lo que nos invita el Concilio. No, no es al relajamiento a lo que nos invita la reciente Asamblea, sino a una conversión auténtica y permanente, su aspiración no es que nos instalemos en una vida más fácil, sino hacernos más fácil la conversión, la búsqueda apasionada de Dios.

Convertirse es cogerse a sí mismo entre las manos, con todo lo que se es y todo que se hace, para verse a la luz de Dios y obrar en todo según los preceptos del Evangelio. Esta debe ser la actitud habitual de nuestro espíritu y de nuestro corazón.

Conversión del espíritu y del corazón, conversión del criterio y de la vida. Es decir: enraizarse en la Fe y en la Esperanza, para vivir según la Caridad.

Todo se inicia en el pensamiento y en el corazón. Todo comienza por la convicción de nuestra insuficiencia y de nuestra impotencia personales. Si estamos satisfechos de nosotros mismos y de nuestras obras, si estamos convencidos de que vemos con claridad lo que se ha de hacer, si estamos persuadidos de que somos inteligentes y enteramente seguros de nuestra sabiduría y nuestra experiencia, no estaremos en el camino que conduce a Dios y nuestra vida no podrá conocer la fecundidad espiritual. Las raíces de la conversión son la pobreza y la humildad que suscitan el deseo y el impulso hacia Dios.

Es cierto que un día centramos nuestra vida en Dios, puesto que le escogimos como nuestro único tesoro; es cierto que hemos orientado nuestra vida hacia Él, consagrándola a su servicio en la persona de los pobres, con la ambición de ser para ellos el signo del amor divino, el instrumento de la Caridad de Dios para con sus cuerpos y sus almas. Pero inmediatamente hemos entrado en acción y desde entonces llevamos sobre los hombros la pesada carga de nuestras responsabilidades técnicas y profesionales; tenemos que responder de que marche bien el oficio que nos han confiado, de un conjunto de obligaciones que nos agobian; tenemos que dirigir el trabajo o asumirlo…, y corremos el riesgo de quedarnos en esta actividad exterior y de convertirnos insensiblemente en profesionales, competentes y abnegadas sin duda, pero vacías de lo que es la esencia misma de nuestra vocación: «Llevar la presencia de Dios a los pobres» (Pablo VI, 1951965).

Toda la trama de nuestra actividad cotidiana nos arrastra hacia ese empobrecimiento, esa desviación de nuestra vida, y, dándole la primacía corremos el riesgo de falsear la vocación a la caridad total que distingue específicamente a las Hijas de la Caridad en la Iglesia.

Mis carísimas Hermanas, guardémonos bien de caer en la mediocridad, de «instalamos a gusto» en este mundo de hoy, de convertirnos en infieles inconscientes que, salvo algunos renunciamientos inevitables, se han forjado su tranquilo mundo de pequeñas satisfacciones y han desmentido el don de sí que un día hicieron, han recuperado la pacífica posesión de «sus» obras, olvidando en la práctica el llamamiento divino, los designios de Dios sobre ellas y sobre tantas gentes que viven y mueren alejadas de Él. Mantengámonos liberadas de todo; tendiendo siempre hacia Dios; sedientas de Él y de su Reino, lúcidamente conscientes de nuestras miserias y enteramente disponibles a la voz del Espíritu que no cesa de invitarnos al don total.

Removemos a menudo, consciente y decididamente, la elección que hemos hecho del único «tesoro» por el que hemos renunciado a todos los bienes de la Tierra: «Allí donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Lc. 12, 34). Si la posesión de Dios, la unión cada vez más íntima con El, es el único tesoro que codiciamos aquí abajo, tanto para nosotras como para nuestros hermanos, nuestro corazón tenderá a alcanzarlo, aun en medio del trabajo más absorbente, creceremos en el amor casi sin darnos cuenta, y lo irradiaremos en torno nuestro. Es preciso que nos dejemos invadir por el sentimiento de nuestra nada y por el ansia de Dios, tal es la primera condición de toda conversión auténtica.

Conversión de la mirada y de la vida: tenemos que ver y obrar de otra forma. Mirar todo con la mirada de Cristo; vivir en y por Cristo. La conversión que se nos pide no es otra cosa que una asimilación progresiva de nuestra persona y de nuestra vida a Cristo, consiste en nuestra incorporación al Cristo total. Es una mutación, una transformación de nuestro ser y de nuestra vida que nos convierte poco a poco en los «santos» que la Iglesia y el mundo necesitan. Nuestra santidad radica en el Amor.

Es la caridad lo que justificará siempre nuestra presencia junto a los Pobres de este mundo; no sólo las manifestaciones de caridad como la ayuda, el cuidado, el servicio maternal, que hoy asumen también muchas personas u organismos neutros, sino esa caridad interna que asegurará, aun en ambientes en que se ejercita la simple beneficencia, la presencia de Dios, Caridad por esencia, que desea manifestarse a todos y que llama a todos a Sí. Tenemos, pues, que entregarnos a la Caridad para ser en todas partes presencia de Dios, llamamiento de Dios.

Por tanto, toda nuestra vida debe ordenarse a esta conversión a la caridad interior. Trabajo que debe comenzar por una transformación de nuestra visión del mundo y especialmente de las personas que nos rodean. A ejemplo de San Vicente, contemplamos a Cristo en los Pobres y a los Pobres en Cristo. Estamos convencidas de esta verdad de una forma demasiado convencional y pasiva y no trasciende bastante a nuestra vida, no nutre bastante nuestra oración y nuestra contemplación. Debemos encontrar a Cristo en cada uno de nuestros hermanos Lo mismo que el monje encuentra en el Oficio divino el manantial de su contemplación, nosotras, por vocación, debemos alimentar la nuestra con la visión del mundo en que vivimos. Ninguna vida consagrada puede prescindir de la contemplación, sin ella se debilita y se extingue; lo único que puede variar, según las Congregaciones, es la forma que reviste. Por eso precisamente se considera cada vez más inadecuada la costumbre de clasificar las Órdenes Religiosas en «contemplativas» y «activas». Se cita, por ejemplo, con mucha frecuencia, a la Compañía de las Hijas de la Caridad como prototipo de las Comunidades de vida activa, y, sin embargo, hemos podido afirmar, con la verdad más estricta, en el esquema básico de la Asamblea que: «EL CARISMA DE SAN VICENTE FUE UNA VISION DE FE Y UNA VISION REALISTA DEL MUNDO», por tanto, «EL CARISMA DE LA HIJA DE LA CARIDAD, prolongación de su Santo Fundador, NO ES OTRO QUE EL DESCUBRIMIENTO DE CRISTO EN LOS POBRES POR LA CONTEMPLACION».

En San Vicente y en Santa Luisa se ha exaltado excesivamente la acción en detrimento de lo que constituía su fuente; si llegaron a desarrollar la ingente actividad que nos asombra, es porque se ejercitaron perseverantemente en una contemplación de admirable realismo: descubrieron a Dios y sus llamamientos en los Pobres y en la Providencia; alabándole y dándole gracias continuamente por manifestarse así y aplicándose a servirle en la situación concreta en que se les había revelado. Necesitamos recobrar esta misma plenitud de vida espiritual so pena de perder lo que constituye el alma de nuestra vocación.

Nos excusamos a veces de la indigencia de nuestra vida interior y de la pobreza de nuestra oración con el agobio del trabajo y el poco tiempo libre que nos deja. Y es que no sabemos descubrir en él a Dios. Lo que nos impide contemplar a Dios no es la falta de tiempo, sino la falta de atención. No sabemos descubrirle dónde está y le buscamos en otra parte cuando lo tenemos a nuestro lado. Lo vemos lejano y extraño y permanecemos ciegos a su presencia y sordos a su voz.

Limpiemos nuestra mirada de todo lo que la enturbia, a fin de descubrir a Dios operante en el mundo y en cada alma en particular. Apliquémonos a ver con mirada nueva, sensible a las maravillas de la presencia y de la acción del Señor. Viviremos así constantemente en la presencia de Dios, presencia que será como una contemplación permanente y entraremos en la dicha verdadera. Sentiremos que se renueva nuestro valor y se fortifica nuestra esperanza. Y veremos entonces a nuestros hermanos como Dios los ve.

Con excesiva frecuencia los examinamos con una mirada deformada por nuestros prejuicios, por nuestro egoísmo, por la pena o la extorsión que nos causan sus defectos o sus fallas. La mayor parte de las discordias y desuniones, tanto en el interior de las comunidades como fuera, lo mismo si son entre Hermanas o entre Hermanas y seglares, provienen de que se enfoca el asunto o las personas con mirada llena de prevención.

Debemos aprender a mirar a nuestros hermanos, quienesquiera que sean, como los mira Cristo. Cristo ve en los hombres a aquellos de quienes se hizo solidario, cargando con el peso de sus pecados; a quienes rescató con su Sangre, a quienes salvó, a quienes persigue con su amor y sus llamamientos, en quienes busca ávidamente el trasunto de sus propios pasos. Tal es el modelo de nuestra actitud hacia todos los demás. La única actitud que podemos adoptar en relación a los demás es la de solidaridad por nuestra común condición de pecadores; sólo podemos mirarlos con miradas de benevolencia y esperanza. La benevolencia en la mirada y el juicio es indispensable para la caridad.

Toda la obra de nuestra conversión se resume en estos dos puntos: contemplar a Cristo en el prójimo y aceptar al prójimo en Cristo, de acuerdo con el Evangelio que compendia toda la ley en dos mandamientos: amor a Dios y amor al prójimo, un solo precepto en definitiva.

Tenemos que ser Hijas de la Caridad en toda la acepción de la palabra. Llegaremos a conquistar esta plenitud de caridad a través de los pequeños detalles de nuestra vida diaria, en el ejercicio de nuestras actividades profesionales y apostólicas, con ayuda de nuestras santas Reglas y las costumbres de nuestra Comunidad, yendo a buscar luz y fuerza en la vida de oración que se nos ha prescrito.

La única razón de ser del trabajo llevado a cabo por la Asamblea es el deseo de ayudar a cada una de las Hijas de la Caridad, así como al conjunto de la Compañía, a responder mejor a su vocación de caridad; de dar a todas la formación necesaria para comprenderla y vivirla; de crear las condiciones de vida más favorables, tanto para la expansión de la caridad interior como para su práctica y su irradiación apostólica. En una palabra, como decía el Santo Padre:

«Vivir plenamente su consagración a Cristo y su vocación de caridad en el mundo de hoy» (19565).

Se trata, pues, de tender hacia esa plenitud; de convertirse y no dejarse llevar por la corriente. Esta conversión depende del esfuerzo personal, de la sinceridad y decisión con que cada una de ustedes, mis carísimas Hermanas, emprenda un trabajo de renovación personal en la mortificación y en la obediencia.

El esquema que les ha enviado nuestro Muy Honorable Padre el pasado septiembre, pide una reflexión laboriosa y seria, un profundo estudio en la oración, para confrontar con él sus ideas personales y su manera peculiar de ser.

¿Estamos en camino de llegar a ser la Hija de la Caridad que la Iglesia necesita para entrar en contacto con el mundo y conducirle hacia Dios? ¿Caminamos sin descanso hacia Dios o bien nos hemos detenido un poco en el camino vencidas por el cansancio o el desaliento?

Las fichas provisionales del futuro Consuetudinario suponen un nuevo llamamiento, más concreto aún, a emprender ese serio trabajo de conversión. Cada una de ellas, y muy especialmente las que se refieren a la Vida espiritual, deben dar lugar a una renovación del fervor que impulse a trabajar sobre un punto determinado. Esfuerzo personal y esfuerzo comunitario, ya que no dudo que en todas las Casas, cada grupo de fichas dará ocasión a un fraternal intercambio de opiniones, en el que buscarán ustedes conjuntamente la razón profunda de lo que en ellas se prescribe, su alcance espiritual, la forma de llevarlas a la práctica para que alcancen el fin propuesto al establecerlas. Así se irá haciendo, a medida que se van recibiendo fichas nuevas, una revisión de nuestra vida, una actualización y revitalización de nuestras prácticas. Revitalización en el fervor y en la sinceridad: que el gesto exterior sea realmente la expresión de las disposiciones interiores.

Que cada una de ustedes examine su responsabilidad sobre este punto, a la luz de la siguiente reflexión, con la que se clausuraron los trabajos de la Asamblea:

«Por más que cambiemos, adaptemos, mejoremos nuestra manera de obrar, de orar, no servirá de nada si no se lleva a cabo un movimiento de fervor. En definitiva, todo depende del esfuerzo de cada una.»

Que cada una se convenza de que es responsable ante Dios del fervor de su Casa y, a través de ella, del fervor de toda la Compañía.

Tomen la decisión de ascender juntas hacia Dios, en esto reside esencialmente la finalidad de toda comunidad religiosa, de forma que la fuerza y la luz de unas venga a suplir las flaquezas y oscuridades de las otras.

Sean sencillas, sean veraces entre ustedes. Rechacen ese falso pudor que retrae a veces a las mejores de dejar ver sencillamente su vida interior y su anhelo de unirse a Dios.

Sean sinceras: que sus comunidades lleguen a ser auténticos focos de caridad en el que todas se ayudan mutuamente en la lucha diaria.

Sean humildes y pobres, pongan en común, con la debida discreción, sus riquezas espirituales, comprendiendo bien que Dios se las concede precisamente con miras a que acrecienten ese tesoro común.

Ayúdense mutuamente, con gran respeto y a la vez con cordial sencillez, a descubrir a Dios y a progresar en la Caridad.

Guardémonos bien de falsear la Voluntad de Dios sobre nosotras y la respuesta que debemos darle.

Seamos resueltamente Hijas de la Caridad «en toda su plenitud», manteniéndonos alejadas de toda clase de convivencia con la tibieza que amenaza en general a toda vida religiosa.

Dios no quiere ver imitaciones de Hijas de la Caridad, activos «robots» que sólo podrían dar el triste espectáculo de una agitación sin alma, de gestos vacíos de todo valor religioso; de tal forma entregadas al mundo, bajo pretexto de penetración y de contactos efectivos, que adoptasen sus ideas y su manera de ser hasta el punto de no diferenciarse ya de él.

Si no somos resueltamente Hijas de la Caridad, con todo lo que esto lleva consigo de espíritu de oración, caridad mutua, renunciamiento vivido, sentido social, alegre disponibilidad para con los demás, no podremos transmitir el mensaje evangélico a todos los que, no encontrando en sí mismos la respuesta de Dios a sus problemas, la esperan de nosotras.

Sólo seremos útiles al mundo y a la Iglesia si somos plena y auténticamente Hijas de la Caridad, Hijas de Dios.

La plenitud de nuestra vida consagrada, nuestra caridad y nuestro renunciamiento, deben dejar traslucir claramente la existencia y la presencia de Dios.

«Llevando a Dios a los pobres, dais un testimonio inigualable, y no debéis escatimar nada para que este testimonio sea visible a todos; es vuestra fidelidad esencial, lo que quisieron San Vicente y Santa Luisa de Marillac.» (Pablo VI, 19565).

Confiemos este trabajo de profundización y renovación personal y de toda la Comunidad a nuestra Madre Inmaculada y a la intercesión de nuestras Hermanas difuntas, cuyas notas biográficas vamos a leer.

Confiemos a Jesús y a María las intenciones de nuestro Muy Honorable Padre, que conduce en el espíritu de San Vicente a la doble familia encomendada a sus cuidados: las de nuestro Respetable Padre Jamet, Director General, y de nuestro venerado Padre Castelin. No olvidemos a los Misioneros, que con tanto celo procuran el bien de nuestras almas y de nuestras obras.

Unida a nuestras Veneradas Madres Blanchot y Lepicard, a nuestras Hermanas Consejeras, Ecónoma General, Secretaria General y Secretarias, les renuevo la seguridad de mi material solicitud y quedo en el amor de Jesús y María Inmaculada,

mis carísimas Hermanas, su muy humilde y afectísima

Sor Susana Guillemin
Ind.h.d.l.c.s.d.l.p.e.

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