París, 1.° de enero de 1965
Mis carísimas Hermanas:
La Gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotras.
En este comienzo del año ha sido mucho consuelo para mí descubrir, en la expresión de sus votos y en sus promesas de oraciones, el espíritu de fe y la adhesión filial que las unen, a través de mi pobre persona, a la amada Compañía en la que el Señor se ha dignado congregarnos. Les doy las gracias por ello, y en justa correspondencia les aseguro que las tengo constantemente presentes ante el Señor y que mi oración las acompaña de continuo. No es exagerado decir que cada una de ustedes es para mí de tanto valor como la Comunidad entera, y que, no pudiendo demostrarles personalmente mi maternal interés, las pongo en manos de la Virgen, nuestra Madre.
Siempre es para mí una alegría conversar con ustedes cuando se me ofrece la ocasión y estrechar así los lazos de espíritu y corazón que nos unen. Es bueno, es necesario que los mismos sentimientos animen todos los corazones y que nuestros esfuerzos y acción se dirijan a fines comunes, para que de esta forma la Pequeña Compañía se mantenga en unidad ante Dios. Y puesto que se nos ha concedido la gracia de vivir en una época en que la vitalidad de la Iglesia se manifiesta constantemente por la voz de los Papas, seguiremos el mismo procedimiento de nuestras últimas Circulares, tomando en la reciente Encíclica el tema. de la reflexión que vamos a hacer juntas en este primer día del año. No seguiremos estrictamente el admirable desarrollo del pensamíento pontificio, sino espigaremos acá y allá lo que más parece convenir a nuestra conducta y constituir, por lo tanto, una enseñanza de más fácil aplicación a nuestra vida.
A propósito de esta Encíclica, leemos en una Revista que la opinión de la Prensa se halla dividida: unos se muestran desconcertados; otros, entusiasmados; otros, por último, reservados. Por lo que a nosotros se refiere, la palabra del Papa encuentra y encontrará siempre la plena adhesión de nuestra inteligencia, corazón y voluntad. De labios de su Vicario recogemos reverentes la Palabra de Cristo para penetrarnos de ella, alimentarnos y vivir de ella. Es el maná que la Iglesia sirve a sus hijos y que nos guardaremos mucho de dejar que se pierda. Por lo demás, las tres ideas principales expuestas en la Encíclica se armonizan perfectamente con el trabajo que ha emprendido la Compañía como preparación de las jornadas de Visitadoras y no podemos menos de dar gracias a la Providencia por habernos proporcionado tan oportunamente directrices seguras y luces autorizadas. El Santo Padre trata de la Iglesia, la exhorta a profundizar la conciencia que tiene de sí misma; a renovarse a su belleza de Esposa, tal y como Cristo la quiso; a proseguir con el mundo de hoy el diálogo de la salvación. Ahora bien, tenemos que entrar en ese trabajo de la Iglesia sobre sí misma para responder a «esta invitación que Nos (el Santo Padre) dirigimos, tanto a las personas particulares que quieran acogerla… como también a la entera «congregatio fidelium», a la reunión de todos los fieles, colectivamente considerada, que es la Iglesia. Llevamos la responsabilidad de la respuesta que ha de dar cada una de nuestras almas y toda la Compañía a «este acto de conciencia eclesial» que quiere el Santo Padre. Eso es ser Hijas de la Iglesia: renacer de continuo de su pensamiento y vivir de su vida.
Toma de conciencia
La hora es grave para toda Congregación Religiosa y hay que mirarla de frente con lucidez. La extraordinaria evolución del mundo en sus conocimientos científicos, en sus adquisiciones técnicas, en su pensamiento filosófico y en su ideología; la socialización, la promoción de la mujer en la sociedad y la del laicado en la Iglesia, transforman profundamente el contexto sociológico en el que estamos integradas. Una transformación no menos apreciable se ha operado en la mentalidad de las jóvenes que acuden a nosotras y que formarán la Comunidad de mañana. A estas jóvenes tenemos que comprenderlas, apreciarlas y ayudarlas a poner al servicio de Dios las enormes posibilidades de su generación, sin empeñamos en hacerlas iguales a nosotras; paralelamente, tenemos que revisar y modificar nuestra propia mentalidad, nuestras costumbres de vida y, a veces, hasta las estructuras de nuestras instituciones y nuestra manera de actuar. Incorporamos activamente a la marcha de la Iglesia y adaptamos al mundo de hoy, son cuestiones de vida o muerte para la compañía y, lo que es más grave todavía, de fidelidad o traición a la vocación. Cristo tiene un designio particular sobre cada uno de los miembros de su Cuerpo Místico. Sobre nosotras, Hijas de la Caridad, tiene una voluntad concreta y determinada, y nuestra vida en la Iglesia no se justificia y no se mantendrá estable sino a condición de que permanezcamos fieles a ese designio de Dios sobre nosotras.
Queda, pues, bien claro que nuestro deber más urgente es el de la reflexión, una reflexión seria, profunda, que tienda a reavivar en nosotras el conocimiento, la CONCIENCIA que tenemos de la Iglesia y en particular de esa célula de la Iglesia que es la Comunidad. Tenemos que volver a descubrir nuestra vocación, que concretarla y profundizarla; situarla en Cristo y en la Iglesia, distinguir en ella lo que es esencial y lo que no es sino forma accidental; considerarla a la luz del trabajo conciliar para purificarla de todo aquello de lo que la Iglesia quiere purificarse y para adornarla con los valores de evangelización más necesarios en el momento presente. Para animarnos en este trabajo, repitámonos con frecuencia, mis carísimas Hermanas, esta exhortación del Apóstol: «Considerad vuestra vocación…».
Considerémosla, en primer lugar, como nos invita a hacerlo el Santo Padre’ «en su relación vital con Cristo…, cosa conocidísima, pero fundamental, indispensable, nunca bastante sabida, meditada y exaltada». ¡Con qué alegría he recogido estas palabras de labios del Papa para repetírselas, mis carísimas Hermanas, invitándolas a que las apliquen a la Comunidad, que no tiene otra razón de ser ni otra raíz que Cristo! Nuestra vocación es Jesucristo.
Descubrir el «sentido fortificante» de nuestra vocación es descubrir el sentido de Cristo, de lo que Cristo es en nuestra vida, de lo que quiere ser a través de nosotras, de lo que espera de nosotras. Es cierto que podemos concebir y meditar intelectualmente esta verdad, pero es el Espíritu Santo quien nos revelará toda su profundidad y su alcance; por eso hemos de pedir esta gracia en la oración.
Que una Fe viva nos ayude a unirnos a Cristo y a la Iglesia. «El misterio de la Iglesia no es mero objeto de conocimiento teológico, sino que debe ser un hecho vivido». En cualquier lugar en que estemos destinadas, por todas partes en donde trabajemos, tengamos la conciencia de que estamos allí y de que allí actuamos en nombre de Cristo y de la Iglesia; tengamos la conciencia de que llevamos en nuestros actos y palabras, en nuestras menores actitudes, la responsabilidad de mostrar a Cristo y a la Iglesia. Pero preguntémonos también y veamos, en el estudio y la oración, cuál es el aspecto particular de Cristo del que, por nuestra vocación, somos responsables en la Iglesia.
Por lo demás, ése es el primer objeto del trabajo que se les ha pedido como preparación a las Jornadas de estudio de las Visitadoras. No basta con que los Superiores, Visitadoras y Hermanas Sirvientes estudien el problema y se renueven en un conocimiento más completo de la vocación: es asunto que incumbe también a cada una de las Hermanas. Cada una tiene que reflexionar y meditar delante de Dios, tiene que pedirle un conocimiento más ilustrado de su vocación, de lo que la distingue en la Iglesia y de los deberes que de ella se desprenden.
Para llevar a cabo este estudio, acudiremos siempre a la misma fuente: al EVANGELIO, que nos transmite la Palabra de Dios. Y esta divina Palabra la enfocaremos con una doble luz: la que proyectan la vida y escritos de nuestros Santos Fundadores y la que dimana de las Enseñanzas de la Iglesia en Concilio. ¡Qué alegría nos causa ver a ambas en tan perfecta conformidad! ¿No se nos muestra, acaso, con evidencia que las características de nuestra vocación coinciden por completo con los puntos particulares en los que la Iglesia quiere insistir y acentuar su trabajo de renovación? Si consideramos, por ejemplo, una de las principales preocupaciones del Concilio, la Pobreza, y nos fijamos en los términos en que ha sido formulada: «La Iglesia quiere ser sierva y pobre», nos parece oír como una alusión directa a nosotras y nos lleva inmediatamente a hacer examen de conciencia para ver si, a traves de nosotras, la Iglesia aparece «sierva y pobre» como lo desea; o si, por el contrario, deformamos, desfiguramos el rostro que quiere mostrar al mundo.
Este aspecto de la Pobreza es uno de los fundamentales de nuestra vocación en la Iglesia, con sólo añadir el de servicio. Y si, además descubrimos que la Iglesia quiere ser y llamarse «Iglesia de los Pobres», vemos afirmarse de manera palpable el origen evangélico de nuestro espíritu, a la vez que su actualidad.
Les ruego, Hermanas, que escuchen atentamente las grandes enseñanzas de la Iglesia de hoy, en la que de manera tan manifiesta trabaja el Espíritu Santo, y las comparen con las de nuestros Santos Fundadores, para alimentar con ella su meditación e iluminar con la luz que proyectan su trabajo en la perfección. «En la meditación silenciosa y ferviente de las verdades divinas» es en donde tenemos más plena conciencia de nuestra vocación y de su misión en la Iglesia.
Renovación
«De esta iluminada y operante conciencia… brota un anhelo generoso y casí impaciente de renovación, es decir, de enmienda de los defectos que denuncia y refleja la conciencia a modo de examen interior frente al espejo del modelo que Cristo nos dejó de Sí.»
«¡Que la Iglesia sea como Cristo la quiere!», dice el Santo Padre. ¡Que la Comunidad sea como Cristo la quiere!, diremos nosotras.
No es con las luces de nuestro propio espíritu como hemos de examinar el trabajo que tenemos que hacer con nosotras mismas, sino a la luz de la voluntad de Cristo. Lo que la Iglesia espera de nosotras no es un hallazgo personal, sino el descubrimiento nuevamente hecho, la vitalización nuevamente conseguida de la inspiración que tuvieron nuestros Santos Fundadores. Todo intento de renovación o adaptación que no tuviera como punto de arranque el deseo de volver a valorizar el espíritu de los comienzos, estaría condenado de antemano al fracaso; pero, en cambio, se presenta a nosotras como verdadero trabajo que llevar a cabo, el despojar a este espíritu de las prácticas que se le han añadido como un peso muerto y el descubrir la forma con la que debe expresarse en el mundo actual.
Sin duda, este trabajo no puede ser, por lo que a tomar decisiones se refiere, más que asunto del Consejo General„ asesorado por la opinión y sugerencias de las Visitadoras; pero no puede llevarse a cabo sin que tome realmente parte en él el conjunto de las Hermanas y, por consiguiente, sin consultar a todas en general para conocer lo que el Espíritu del Señor haya inspirado a cada una. Y, sobre todo, para lograr la eficacia que se desea, este trabajo requiere imperiosamente la comprensión y la adhesión plena de voluntad de todas las Hermanas. La renovación se efectuará «no tanto cambiando sus leyes exteriores, cuanto poniendo interiormente su espíritu en actitud de obedecer a Cristo».
La Iglesia llama a sus Hijos, nos llama, a la conversión.
¿Por qué una disposición de ánimo poco explicable, pero instintiva, pretendería en cierto modo asimilar la idea de relajamiento con la de adaptación? Esto es nefasto en dos sentidos opuestos: por una parte, la adaptación, tan necesaria sin embargo, sería considerada como peligrosa por espíritus de un clasicismo fervoroso, pero poco ilustrado; o bien, se la enfocaría como la liberación de toda traba por aquellas Hermanas arrastradas por un celo apostólico mal comprendido. ¡Cuánto más acertado y seguro es equiparar la palabra adaptación a la conversión! La llamada del Santo Padre a la renovación es, por lo tanto, una llamada a la conversión.
Cualquiera que sea la etapa en que nos encontremos en nuestra marcha hacia Dios, estamos llamadas a convertirnos. La conversión de un alma no es algo que se hace de una vez para siempre. Podemos distinguir la que condujo a algunas de nosotras del pecado a la gracia; la que nos hizo pasar de la vida del mundo a la vida consagrada, al servicio de Dios y de los Pobres, etc. La conversión, nuestra conversión, se realiza todos los días. Todos los días tenemos que apoderamos de nuestra alma para volverla hacia Dios, para obligarla a pasar de los deseos de la naturaleza a seguir los toques de gracia; de las miras humanas, a las luces de la Fe; de la criatura, a Dios. Mientras vivamos en la tierra, tendremos que mantenernos en estado de perpetua transformación, de movimiento hacia Dios. El nos llama y quiere poseernos por completo; por otra parte, el mundo nos atrae y nos engaña. Pongámonos en estado de conversión. Podemos resumir ese estado en algunas actitudes de alma fundamentales.
Pongámonos, ante todo, en estado de humildad ante el Señor. Ser humilde es no estar satisfecho de uno mismo; es reconocer las propias deficiencias; es tomar conciencia de nuestra debilidad; es desconfiar de nuestras propias luces; es confrontar nuestro criterío con el de las personas prudentes; es creer en la gracia que guía a los Superiores; es saber que no sabemos nada, que podemos equivocarnos y que tenemos necesidad de Dios.
Otra actitud esencial para la conversión y que nace de la humildad son los anhelos. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia». ¿Está sedienta nuestra alma de la justicia de Dios, de su Reino en nosotras y en la Compañía? O ¿no somos acaso de esos corazones fríos, cansados de los demás y de sí mismos, corazones envejecidos y sin entusiasmo, que no pueden atraer la gracia porque no la desean? ¡Cómo debemos hacer nuestras y repetir de lo íntimo de nuestra alma las divinas palabras del Padrenuestro. Santificado sea en nosotras tu Nombre. Hágase en nosotras tu Voluntad. Venga a nosotras tu Reino. No dejemos que se nos entibie el corazón; avivemos de continuo la llama del deseo.
Humildad y deseo, aunque esenciales, permanecerían estériles si no acudiese la acción a convertirlos en realidad. Una firme determinación es necesaria para toda conversión. Hay que actuar, actuar con organización y perseverancia. Tenemos que «actuar», es decir, traducir en actos nuestra conversión. No es necesario recordar los medios clásicos para lograrlo y que nos señalan nuestras Santas Reglas: la Oración en la que se concreta el fin inmediato, la resolución; el examen particular, control que ponemos en juego dos veces al día; examen general de por la noche en el que nos llenamos de luz, en la humildad y el dolor de nuestras fahas, bajo la mirada de Dios. Si no adelantamos más es porque dejamos naufragar en la rutina o la inconsciencia estos actos de nuestra vida espiritual. Realizarlos con atención es mantenerse en estado de conversión. Añadamos que nuestra conversión, nuestra renovación, no debe ser de orden puramente personal, sino también de orden comunitario. ¿Qué hacemos de nuestros medios regulares (es decir, prescritos por nuestras Santas Reglas) de conversión permanente y comunitaria? ¿Qué alcance tienen para nosotras y cómo practicamos la Repetición de Oración y la Conferencia del Viernes? ¿Responden estos ejercicios, cada vez que los hacemos, a un acto de conciencia personal y colectiva? ¿No estará para nosotras el secreto de la renovación en una revalorización de lo que llamamos «ejercicios» y que tendrían que ser, cada vez, la manifestación de nuestra vida espiritual, de nuestra marcha hacia Dios? Humillémonos, ustedes y yo, mis carísimas Hermanas, y empeñémonos en devolver a esas prácticas de Comunidad toda la autenticidad que les comunicaba el fervor de nuestras primeras Hermanas. Este será uno de los puntos a los que consagraremos mayor atención en nuestras reuniones de mayo próximo.
¿Y qué decir de nuestros cambios de impresiones en la vida de Comunidad? Pero, en primer lugar, ¿existen verdaderamente para nosotras esas comunicaciones? Si así es, ¿tienen las características que señalaba San Vicente?: «…ha de existir una gran comunicación entre una y otra, decírselo todo mutuamente. No hay nada tan necesario. Une los corazones y Dios bendice el consejo que se toma, de tal suerte que los asuntos van mejor…».
¿Tenemos el valor de colocarnos juntas delante de Dios, delante de lo que Dios, la Iglesia y las personas que nos observan esperan de nosotras? ¿Tenemos el valor de tratar juntas, de reavivar nuestra mirada de fe, de iluminar nuestra vida, sin respeto humano, con la claridad del Evangelio? Para poder obrar según la verdad, es preciso ante todo «ver» a la luz de la fe. Dígnese el Señor ayudamos a ello, porque se requiere mucha valentía para aceptar la verdad. Y esta verdad la descubrimos poco a poco, intercambiando ideas con nuestras Hermanas.
Por último, ¿tenemos espíritu de oración? ¿Lo esperamos todo de Dios, en lugar de esperarlo sólo de nuestros esfuerzos? ¿Y sabemos pedir incansablemente a nuestro Padre Celestial el Espíritu Bueno que ha prometido dar a los que se lo piden y que es el único que puede revelarnos lo que hemos de hacer? De la oración debemos esperar la luz y la fuerza indispensables para una verdadera renovación: en ella descubriremos los puntos particulares hacia los que debemos orientar nuestros esfuerzos. La Encíclica nos señala dos de esos puntos: «dos indicaciones particulares que creemos miran a necesidades y deberes principales…: el espíritu de pobreza… y el espíritu de caridad». Inmediatamente advertimos que en ellos reside la conversión que hemos de operar en nosotras. La Caridad es la esencia misma de la vida cristiana: en ella se resume toda la ley; y en la Pobreza se encuentra la verdadera sustancia de la Consagración a Dios; de ella se derivan los otros dos votos, y en cierto modo los encierra. Ahí tenemos, pues, los dos polos de nuestra vida espiritual: Caridad y Pobreza, y nuestra conversión diaria consiste en ceñimos a ellos. A través de las dificultades de cada día, de circunstancias y de personas, a pesar de las divergencias de opiniones y de las contradicciones, justíficadas o no, tenemos que estar vigilantes para mantener nuestra alma y nuestra conducta toda dentro de los límites de un respeto y un amor verdadero hacia todos Seamos fieles a la Caridad, no demos nunca entrada en nosotras a ningún sentimiento voluntario de rencor; permanezcamos abiertas a las demás, quienesquiera que sean y cualquiera que haya sido su actitud con nosotras. A imitación de Cristo, seamos de los que lo comprenden todo, lo creen todo, todo lo esperan. Tratemos de crecer en la verdadera pobreza de espíritu, es decir, en la renuncia a todo lo que no es Cristo, nuestro único bien. La pobreza nos dará la libertad necesaria para acoger la venida de Cristo con todas sus exigencias, y la disponibilidad para realizar un servicio desinteresado de nuestros hermanos. Desde el punto en que poseemos una riqueza cualquiera, ya sea de espíritu, de corazón o de voluntad, ya no somos libres.
Diálogo
«La Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo en que le toca vivir. La Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace cotoquio.»
Y no es sólo en las altas esferas de la Jerarquía en donde la Iglesia tiene que entablar el diálogo con el mundo; es también en el plano de los más humildes de este mundo, a los que precisamente estamos consagradas nosotras. No vamos a tratar aquí de los altos diálogos ecuménicos y mundiales, sino más bien a considerar si, a través de nuestras personas o de nuestras comunidades, la Iglesia entra en contacto y en comunicación sincera con el mundo en que nos movernos y las personas con quienes nos rozamos.
Veamos en primer lugar si nos hallamos en disposición, con deseo de entablar el diálogo. «El clima del diálogo es la amistad…», lo que supone una voluntad de estirna, de simpatía, de bondad. A causa de nuestras actividades, nos aproximarnos a un gran número de personas, de ambientes muy diversos: Sacerdotes, Religiosas, Médicos, Administradores, Maestras y Enfermeras, Empleados, Enfermos y Niños, Pobres, etc.; estamos en relatión con organismos de la Iglesia o del Estado, públicos o privados. ¿Con qué disposiciones de espíritu abordamos a. ese «mundo» con el que nos incumbe dialogar? ¿No tenemos a veces una reacción equivocada de «separación», que supone el desinteresarnos de los problemas vitales del mundo; y también, fuerza es reconocerlo, un sentimiento de superioridad que nos impide escuchar y recibir lo que otros pudieran decirnos o revelarnos? Y por esa actitud de suficiencia, no advertirmos, la Iglesia no advierte, la presencia de los que, a través de nosotras, hubiera tenido que comprender y conquistar.
«Hace falta, aún antes de hablar, oír la voz; más aún, el corazón del hombre, comprenderlo y respetarlo y, en la medida de lo posible, cuando lo merece, secundarlo. Hace falta hacerse hermanos de los hombres.»
No olvidemos esta noción de respeto, esencial para que la calidad de nuestras relaciones con todos sea lo que tienen que ser. Sólo el respeto y el amor pueden conducirnos a una verdadera comprensión de los demás. Con demasiada frecuencia nos encontramos imbuídas de un sentimiento de superioridad (vuelvo a repetirlo) con respecto a los que no han recibido ya sea la educación, ya las luces de la fe que a nosotras se nos han dado. Este sentimiento nos impide descubrir los verdaderos tesoros que en ellos existen (solidaridad, sentido de la justicia social, etc.) y que muchas veces nosotras poseemos en grado muy inferior, y nos induce, por otra parte, a «inclinarnos» hacia ellos en una actitud de maternalismo, de caridad protectora. No es esto lo que ellos esperan ni lo que la Iglesia quiere ofrecerles en nuestra persona, sino una sincera fraternidad. San Vicente quiso que sus Hijas fuesen pobres con los pobres y hasta siervas de esos pobres. Ese sentimiento de fraternidad, de cercanía a los demás es el que tiene que guiar nuestra conducta, sobre todo en materia de pobreza. También en el sentido de la comprensión de sus problemas, especialmente los de orden social (lucha de clases, huelgas, organizaciones sindicales, etc.). Salgamos de nosotras mismas No juzguemos a partir de nosotras mismas; hagámoslo más bien partiendo de un verdadero conocimiento de los demás. En nuestra época la verdadera caridad consiste menos en dar limosnas que en comprender y apoyar el esfuerzo de liberación que alienta en las clases y pueblos poco favorecidos.
¡Cómo tenemos que purificar de todo prejuicio personal la mirada que posamos sobre nuestros hermanos menos favorecidos, y cómo debemos escucharles y tratar de comprenderles! Sólo de esta actitud profunda de atención puede nacer el verdadero diálogo. No impongamos sermones, consejos «en serie» y poco adaptados a las situaciones. Sepamos más bien escuchar aun a los más humildes. Una cierta comunicación de espíritu es lo único que puede ponernos en condiciones de comprenderles.
Esta disposición interior para el diálogo es fruto de la gracia, que madura en la meditación y en el hábito de preguntamos lo que piensa Cristo de nuestros hermanos. «La voluntad de estima y simpatía» de que habla el Santo Padre, podríamos designarla con una sola palabra: «la benevolencia». ¿Cómo miramos a los que nos rodean o a aquellos con quienes el azar de las circunstancias —que no es otro que la Providencia— nos pone en contacto momentáneo? ¿Detenemos sobre ellos esa mirada de amor con que Cristo los mira? O bien, ¿no le echamos muchas veces una mirada decepcionada, cargada de prejuicios, poco dispuesta a descubrir el bien, o quizá también distraída y desprovista de atención? ¿Qué atenciones, qué miramientos reservamos a Cristo encarnado en nuestros hermanos?
Y lo que decimos respecto a nuestras relaciones exteriores, podemos aplicarlo a nuestra vida común. ¡Cuántas situaciones difíciles quedarían despejadas y solucionadas en nuestras casas si cada una mirase a su Hermana con ojos benévolos y confiados, atribuyéndole siempre una intención recta, admirando lo bueno que el Señor ha puesto en su alma, en vez de detenerse, de fijarse en sus defectos, que no va ella a corregir! Lo que obstaculiza la comunicación, lo que hace tan difícil el diálogo en muchas comunidades es que consideramos los defectos y las faltas en vez de admirar las cualidades y los esfuerzos. Cada una de nosotras tiene que concebir y conservar ,en su corazón una atención benévola y un aprecio lleno de* adrniración hacia sus Hermanas. En este clima de caridad fraterna nacerán los verdaderos intercambios y comunicación de pensamiento, mediante los cuales, a pesar de las propias miserias, todas podremos hacer participar a nuestras Hermanas de los tesoros que el Señor deposita en nosotras y, a nuestra vez, recibir lo que El también les da a ellas. Esa es la verdadera vida de Comunidad, la comunión fraterna de la que parte una ascensión espiritual común, a la que deben tender nuestros esfuerzos diarios.
Porque, a fin de cuentas, ¿qué hay de nuevo en todo lo que acabamos de decir? ¿No nos sentimos, al contrario, sencillamente dentro de la línea recta que desde hace más de tres siglos trazaron nuestros Santos Fundadores? Estaban tan auténticamente impregnados del espíritu de Dios, que sus enseñanzas permanecen de actualidad en el fondo, y también en la forma con sólo variar unos pocos detalles, a través de todos los tiempos en los que se debate la Iglesia. La renovación evangélica de nuestra época nos lleva como de la mano hasta las fuentes vicencianas. Pero, así como la Iglesia trabaja por despojarse de lo que no es más que forma accidental, buena para un siglo y no para otro, con el fin de recobrar de ese modo todo el esplendor de su primera juventud bajo un aspecto adaptado a los hombres de hoy; del mismo modo la Compañía debe rejuvenecerse, renovarse y purificarse para aparecer en la forma que le hubieran dado en esta época los que la concibieron hace tres siglos.
El movimiento es indicio de vida; todo lo que alienta debe, por fuerza, alimentarse, transformarse, renovarse de continuo, para adaptarse a las diversas circunstancias. Establecerse en la inmovilidad es condenarse a morir.
«¡La Iglesia está viva, hoy más que nunca! Pero, considerándolo bien, parece como si todo estuviera aún por empezar; comienza hoy el trabajo y no acaba nunca».
La Compañía, miembro de la Iglesia de Dios, está hoy más viva que nunca, pero queda todo por hacer. El trabajo que en su tiempo realizaron nuestras Hermanas de las generaciones anteriores, tenemos que hacerlo nosotras hoy, siendo más necesario, más urgente todavía, por el hecho del cambio exterior que ha de recibir todo su significado de nuestra renovación interior. Así como, a pesar del sufrimiento que ello ha representado y de las objeciones a que ha dado lugar, ejemplo de la perfecta unanimidad en la sumisión, con miras a la unidad exterior; así también debe unirse para profundizar sus posturas seculares y vivirlas según sus exigencias presentes, en particular por lo que se refiere a estos puntos esenciales:
— Ser pobre con los Pobres, con una proximidad de vida y de espíritu.
— Encamar en el mundo la Caridad de Cristo en todas nuestras relaciones fraternas, apostólicas y sociales.
Confiemos este trabajo de ahondamiento y de renovación que hemos de llevar a cabo en cada una de nosotras y en toda la Comunidad, a Nuestra Madre Inmaculada y a la intercesión de nuestras amadas Hermanas difuntas, de las que vamos a leer las notas.
Encomendémosles también las intenciones de Nuestro Muy Honorable Padre, que dirige en el espíritu de San Vicente a la doble familia que le está confiada, así como las de Nuestro Respetable Padre Jamet, Director General, y las de Nuestro Venerado Padre Castelin, sin olvidar a los celosos misioneros que con tanta abnegación buscan el bien de nuestras almas y de nuestras obras.
Unida a nuestras Veneradas Madres Blanchot y Lepicard, a nuestras Hermanas Consejeras, Ecónoma General, Secretaria General y Secretarias, les reitero la seguridad de mi solicitud maternal y quedo en el amor de Jesús y María Inmaculada,
mis carísimas Hermanas, su muy humilde y afectísima
Sor Susana Guillemin
Ind.h.d.l. c. s . d.l.p . e.







