París, 1.° de enero de 1964
Mís carísimas Hermanas:
¡La Gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotras!
Antes de iniciar mi conversación con ustedes en el umbral de este año nuevo, quiero darles las gracías por los votos tan filiales que me han expresado, junto con la seguridad de sus oraciones, en las que me complazco en apoyarme para llevar el peso de la carga que el Señor me ha impuesto.
Durante el año que acaba de terminar, la vida de la Iglesia se ha visto dominada por dos grandes acontecimientos, que han tenido una notable repercusión en el mundo entero; me refiero a la publicación de la Encíclica «Pacem in terris» y a la muerte de Su Santidad el Papa Juan XX[II. Después de haber llegado a las mentes de nuestros contemporáneos con su doctrina de paz, el Papa difunto se adentró en sus corazones por la santidad evangélica de su muerte. Es ahora tarea de la Iglesia, del mundo y de nosotras mismas recoger y hacer fructificar su herencia.
La Pequeña Compañía, célula de la Iglesia de Dios, tiene el deber de tomar parte en ese trabajo universal, y no puede separar su propio esfuerzo de santificación del de la Santa Madre Iglesia. Por eso, al comienzo de este año nuevo, me propongo repasar con ustedes, mis carísimas Hermanas, algunas de las ideas claves de la «Pacem in terris». No se trata, desde luego, de hacer un comentario que desbordaría los límites y alcance de nuestras Circulares de familia, sino únicamente de una serie de reflexiones sugeridas por las llamadas que se agolpan en las páginas de la Encíclica y que a nosotras toca recoger para inspirar en ellas nuestra conducta.
No podríamos, por otra parte, sentirnos ajenas a ellas al leer esas páginas impregnadas de caridad universal y en las que aflora a cada paso la invitación a la unidad. ¡Cómo no meditar, por ejemplo, frases como ésta: «De hecho, no se da paz en la sociedad humana si cada cual no tiene paz en sí mismo, es decir, si cada uno no establece en sí mismo el orden prescrito por Dios»!
Cada una de nosotras individualmente, cada una de nuestras Casas o Comunidades locales y la Compañía entera, deben preguntar si se respeta en ella el orden prescrito por Dios, si está integrada, como un elemento de paz, en la Iglesia local y en las realidades humanas que la rodean, mediante el buen orden y la armonía de su vida interior y exterior.
Nosotras, Hijas de la Caridad, ¿podemos llamarnos artífices de la paz? Para contestar a esta pregunta tenemos que explorar todo el campo de nuestras relaciones con Dios y con el prójimo. Veamos si, tanto individualmente como comunitariamente, tomamos parte, desde nuestra modesta esfera y de conformidad con las exigencias de nuestro estado, en esa «tarea inmensa de restablecer las relaciones de convivencia basándolas en la verdad, en la justicia, en la caridad y en la libertad».
Si no es de nuestra incumbencia actuar sobre las grandes estructuras sociales y políticas, sí nos corresponde, en cambio, realizar y ofrecer el espectáculo de una paz vivida en nuestras propias estructuras religiosas y ser factores de paz en nuestras relaciones con los individuos y con los diversos organismos religiosos o seglares con quienes tenemos que trabajar.
«Porque todos cuantos creen en Cristo, deben ser en esta nuestra sociedad humana como una antorcha de luz, un fuego de amor, un fermento que vivifique toda la masa; y tanto mejor lo serán cuanto más unidos estén con Dios en el interior de sí mismos.»
Por lo que a nosotras se refiere, ¿intentamos vivir este programa dentro del marco de nuestra vocación?
Nuestra vida individual debería transcurrir en la verdad y la justicia, a la luz de la fe, según aquellas palabras del Apóstol: «Mi Justo vive de la fe». Porque sólo la fe nos permite descubrir la verdad, que es Dios, sólo la fe nos hace vivir según la justicia, que se ordena a Dios. Nuestra vida no podrá ser ni justa ni recta sino a la luz de la fe. Esto exige de nosotras, en primer lugar, una mirada dirigida de continuo a Dios. Tenemos que ver a Dios, contemplarle, descubrir y acrecentar sin cesar el conocimiento que tenemos de El. Ninguna de nosotras, mis carísimas Hermanas, por poco cultivada que esté, puede decir que este intento es superior a su capacidad, que esta contemplación no está hecha para ella. No se trata, ciertamente, de ciencia humana, sino de la relación normal que debe existir entre todo cristiano —y con mayor razón, entre toda alma consagrada— y su Dios. Veremos, pues, a Dios por la fe. Lo veremos y conoceremos por El mismo, a través de Su Palabra Encarnada, Cristo. «Quien me ve, ve a mi Padre». Cristo ha venido al mundo, ha hablado, ha vivido, ha cumplido su misión, ha rescatado a la humanidad, nos ha dado ejemplo para que podamos imitarle Alimentemos nuestra fe en las fuentes del Evangelio, creamos en la palabra y en la vida del Hijo de Dios. «El es la luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo».
Una de las tradiciones más genuinas de nuestra Compañía es la de basar nuestra vida espiritual y apostólica en la imitación de la vida de Nuestro Señor. Permanezcamos fieles en este aspecto al ejemplo y a las enseñanzas de nuestros santos Fundadores. Monseñor Renard ha podido decir de San Vicente: «No ha innovado ninguna espiritualidad, de tal manera era simplemente, sencillamente, el hombre de Cristo y de la Iglesia. Quizá por eso seguimos con más ,gusto sus enseñanzas, porque a través de ellas y siguiéndole a él, encontramos el Evangelio».
Todas las Visitadoras, todas y cada una de las Hermanas Sirvientes, deben poner en el primer plano de sus responsabilidades la de conservar y dirigir a sus Hermanas en el conocimiento y la meditación de Cristo y su Evangelio. Todas y cada una de las Hermanas deben estar sedientas de saborear la Palabra de Cristo. Por Él y en Él veremos, con los ojos de la fe, es cierto, a Dios, que es la Verdad; veremos la Verdad, que es Dios, y nos iluminará por los senderos de este mundo.
Tenemos que identificar nuestra vida con Cristo, conocido y contemplado. Tenemos que acogerle tal y como se revela a nosotros y ajustar nuestra vida a la suya para que se establezca «en el orden querido por Dios, en la justicia y la caridad».
Acoger a Cristo es vivir según sus enseñanzas y consentir en seguir sus huellas, marchando por los mismos caminos que El recorrió. Nuestra fe no será pura ni nuestra justicia exacta si en el aspecto concreto de nuestra vida, en la práctica, no creemos en las Bienaventuranzas y negamos el Misterio de la Cruz. Mís carísimas Hermanas, Cristo no puede contentarse con iluminar nuestro espíritu y escuchar nuestra oración. Quiere penetrar en nuestra vida, dirigirla, y sólo con esa condición nos integraremos en su obra de paz, de unidad. No lograremos nuestra unidad interior y no reinará la paz en nosotros sino en la medida en que vivamos conforme a la ley evangélica. Ley de pobreza y de obediencia, ley de humildad y mansedumbre, ley de amor y de misericordia.
¿De qué nos serviría conocer el Evangelio aun al pie de la letra, si no fuera el Evangelio la norma de toda nuestra vida, tanto interior como exterior? ¿No nos engañamos un tanto acerca de la realidad de nuestra vida evangélica? Tengamos la leahad de examinarnos de cuando en cuando sobre su autenticidad.
¿Creemos, sinceramente, en la humildad? Esa humildad que nos hace mantenernos en paz ante Dios, sin desalentarnos por nuestras flaquezas, esperándolo todo de El; que nos da la paz en cualquier circunstancia, ante un reproche merecido o no, ante una falta de atención o deferencia. ¿Consentimos en compartir la vida de Cristo y las incomprensiones de que estuvo sembrada? ¿Lo hacemos sin amargura, simplemente porque es lógico y normal que Cristo nos lleve por los mismos caminos que El recorrió?
¿Creemos en la pobreza?, con su consecuencia natural de vivir con estrechez, sin que se nos venga inmediatamente a la mano, ni siempre, lo que nos parece útil; aceptando la dependencia de nuestros Superiores para recibir lo necesario, que hemos de pedir como lo piden los pobres que no tienen nada. Y aquello que se nos da, ¿estaremos dispuestas a compartirlo, a prestarlo? ¡Cómo tenemos que guardarnos del espíritu de propiedad!
¿Creemos en la Cruz?, ¡cómo huimos de ella si se presenta ante nosotras, lejos de tenerla por excelente y necesaria, cuando tendríamos que acogerla como el único medio de salvación, el instrumento de la Redención, que continúa en nosotras y por nosotras! Si llega a rozarnos, nos parece injusta y hasta escandalosa, en vez de mirarla como es en realidad: buena y preparada para nosotras por la infinita sabiduría de Dios. Pidamos la inteligencia de la Cruz: nada como ella nos une a Cristo.
El orden querido por Dios no es otro que la victoria del Evangelio en nosotras. Si no reina como soberano, nuestra paz íntima estará sin cesar amenazada y no seremos esos operarios de la paz en el mundo de que la Iglesia tiene necesidad.
Toda Hija de la Caridad ,tiene que ser, en el lugar en que el Señor la ha colocado, un elemento de paz por las virtudes evangélicas de su alma, y ser también sembradora de paz por sus actitudes y su conducta toda, no sólo entre sus enfermos o nifios, sino en todos los ambientes por los que el Señor la haga pasar: ambiente de comunidad, profesional, eclesial, administrativo y público. Desechemos ese error que nos induciría a creer que no tenemos misión más que con aquellos a quienes llamamos con una palabra consagrada por la Fe de la Edad Media «los Pobres», y que terminando nuestros deberes con ellos, podemos quedarnos con la conciencia tranquila. Es verdad que estamos dedicadas a los Pobres, por voto y que siempre serán el punto obligatorio —y privilegiado a la vez— de nuestro encuentro con Cristo; pero el servicio de nuestros hermanos los Pobres nos lleva a una vida exterior que vivimos en comunidad y en la Iglesia, en el campo de una profesión y en público. Y ahí también nos espera Dios, que quiere hacerse presente y derramar la paz a través de nosotras.
Por lo tanto, en los numerosos contactos, previstos o fortuitos, individuales o colectivos, que constituyen nuestras relaciones indispensables en esos diversos campos, tenemos el imperioso deber de aparecer siempre como «testigos de la verdad, de la justicia y amor fraterno».
Esto debemos llevarlo a cabo en primer lugar en nuestras pequeñ as comunidades, porque la vida común, en el nombre del Señor que nos ha llamado y reunido, debe más que ninguna otra, como lo desea la Encíclica, «ser considerada como una realidad espiritual.»
Toda Hija de la Caridad tiene que enfocar esa vida común con sus Hermanas en el plano del espíritu y del corazón, para anudar así los lazos que han de hacer de cada casa una verdadera comunidad. Todas y cada una han de tender, juntas, a crear ese clima de la comunidad perfecta, tan bien descrito por S.S. Juan XXIII: «Comunicación de conocimientos en la luz de la verdad, ejercicio de derechos y cumplimknto de obligaciones, impulso y llamada hacia el bien moral, noble disfrute en común de la belleza en todas sus legítimas expresiones, permanente disposición a comunicar los unos a los otros lo mejor de sí mismos, anhelo de una mutua y siempre más rica asimilación de valores espirituales…»
Esta comunicación de lo mejor de uno mismo exige, indudablemente, disposiciones íntimas de humildad y de pobreza evangélicas y que un amor profundo de caridad una entre sí a las Hermanas.
Carísimas Hermanas, si nuestras pequeñas comunidades no son todas remansos de paz es debido a que una u otra se niega a vivir según el Evangelio. Es que el instinto de posesión nos hace guardar para nuestro exclusivo provecho los bienes espirituales, intelectuales o materiales que el Señor nos ha entregado para el tesoro común. Es que el orgullo oscurece la mirada que nos dirigimos a nosotras mismas y, en otro sentido, la que dirigimos a nuestras Hermanas. Abordamos a los demás con unos ojos cegados, con un entendimiento embotado por la estima y el amor propios. Nuestro corazón, prendado de sí mismo, no está libre para dejarse invadir por la caridad. Que ninguna de nosotras sea víctima de la ilusión ni trate de disculparse con el ejemplo o inercia de sus compañeras. No se nos pide que logremos hacer reinar la paz perfecta en torno nuestro. No es realizable en este mundo. Pero sí se nos manda que trabajemos con todas nuestras fuerzas en hacerla progresar. A ninguna se le pedirán cuentas de la resistencia que hayan opuesto sus Hermanas, pero cada una tendrá que responder de la repercusión de sus propias actitudes y de sus actos en el clima de caridad de la casa.
No creemos que baste con no faltar positivamente a la caridad. ¿Qué decir, por ejemplo, de las Hermanas que se creen en regla con la caridad porque se contentan con ignorar a sus compañeras o, por lo menos, a aquellas con las que no congenian? La caridad no admite exclusivismos; se extiende a todos, es viva, activa, no deja de trabajar por llegar a conseguír la unión de los corazones.
Requiere, en primer lugar, la comprensión mutua. Comprender es conocer y aceptar.
«Como Hermanas a las que Jesucristo ha reunido con. los lazos de su amor», tenemos que conocernos mutuamente, con ese conocimiento de amor que es el único verdadero. Todo conocimiento desprovisto de amor es falto. Si no amamos a nuestra compañera, no podemos conocerla; si queremos conocerla y comprenderla, empecemos por crear en nosotras, con respecto a ella, disposiciones de caridad. Sólo así podremos verla a la luz de la verdad y la comprenderemos.
La comprensión tiene que llevarnos al respeto; esa postura del alma que consiste en dejar que «el otro» sea él mismo, que tenga libertad. Aceptemos que nuestras Hermanas sean diferentes a nosotras en su forma de ser, en sus gustos, sus opiniones, su manera de ir a Dios. Aceptemos que su oficio sea distinto del nuestro, les plantee otros problemas y otras exigencias. Aceptemos su personalidad, y, lo que es más difícil, a veces, sus éxitos y su superioridad sobre nosotras.
Respetar es también soportar. Tenemos que soportar a nuestras Hermanas en sus defectos y deficiencias y aceptar igualmente el ser nosotras mismas ocasión de tolerancia para los demás. ¡Qué hermoso tema de oración es el «Alter alterius onera portate», con lo que se cumple la ley de Cristo. La carga más pesada que cada una lleva en su alma, la que verdaderamente merece ese nombre, es, sin duda, la de las propias faltas y flaquezas. Es cuestión de justicia el que el conocimiento de nuestra carga íntima nos haga comprensivas con la de nuestra Hermana. Que su carga se convierta en la nuestra, en la carga común, y que la tolerancia de todas ayude a cada una a sobrellevar su propio peso.
La práctica de la caridad fraterna, hecha de comprensión, de respeto y de tolerancia, lleva poco a poco a una comunidad, mediante las renuncias que ello supone, a la vida de unión, siempre deficiente, es cierto, mientras nos hallamos en este mundo, pero, al fin y al cabo, real, que todos los corazones anhelan y que es preludio de la unidad perfecta que sólo se consumará en Dios. Y es esta unidad, esbozada durante esta vida, en nosotras mismas por la unión con Dios y en la comunidad por la unión con nuestras Hermanas, la que hará de nosotras testigos del Evangelio y artífices de la paz.
Nuestra vida de Comunidad no puede encerrarse en sí misma, sino que por el hecho de nuestra vocación se abre a un mundo cada vez más socializado. Estamos en relación continua con individuos o grupos con los que, muy a menudo, tenemos que entrar en comunidad de acción. Las mismas disposiciones interiores que presiden nuestras relaciones de comunidad tienen que impregnar también estas otras más exteriores para conseguir un fin en sí idéntico: la unión en la caridad. Sin embargo, habrá matices de importancia que cambiarán la expresión de estas relaciones según los casos: al dirigirnos a un sacerdote o un seglar, a un grupo profesional o a otro administrativo.
¡Y qué deseo de justicia y caridad, qué respeto escrupuloso a la verdad debemos llevar a lo que podríamos llamar «nuestra vida pública»! En este campo es donde debemos insistir más en vivir el Evangelio, y para ello confrontar de continuo nuestros actos con nuestra fe, y revisar nuestra conducta para hacer el reajuste necesario.
Corremos el riesgo de no comprender ya, de desconocer a ese mundo exterior a nosotras del que nos separa nuestra consagración al Señor, y, por lo tanto, de no saber encontrar los puntos de incidencia necesarios para llevar a cabo una acción común en la verdad y la caridad.
Guardémonos de los prejuicios; esos prejuicios que provienen de nuestro ambiente familiar anterior, de nuestra formación intelectual y religiosa, de nuestro ambiente actual de Comunidad. Si somos sinceras, reconoceremos con cuánta facilidad juzgamos las cosas y las personas, basándonos en principios que carecen de fundamento y que no son, por lo tanto, elementos de juicio. Esforcémonos por conocer en la verdad a los que trabajan con nosotras: empleados, profesionales diplomados, etc. Tratemos de descubrir las influencias que pesan en ellos por el hecho del ambiente en que viven, de sus problemas, que tantas veces dependen de los problemas generales de su clase social. Debemos llevar a la comunidad esa preocupación, ese deseo de ver y juzgar a la luz de la verdad de Cristo y de la caridad a nuestros colaboradores cercanos o alejados; teniendo en cuenta que «ver y juzgar» no quiere decir escudriñar las dificiencias y fallos, sino más bien buscar juntas, para admitirlas, las huellas de la acción de Señor y los puntos de contacto de los que podrá partir una verdadera acción común.
Tengamos la valentía de revisar nuestras posturas y mentalidad para que no merezcamos el reproche que tantas veces se nos hace, con razón o sin ella, de que no comprendemos a los seglares. Tratemos de conocerlos y sepamos admitir sus inspiraciones legítimas. En todos los campos va surgiendo, junto a nosotras, un laicado profesional que se dedica a tareas hasta hace poco monopolizadas por la Caridad de las Congregaciones Religiosas. Aceptemos este nuevo orden de cosas querido por la Providencia. Que nuestra colaboración no sea forzada, reticente, sino amplia y acogedora, abierta y generosa. No es que esta situación nueva carezca de problemas; muy al contrario. De manera especial ataca y contradice nuestras posiciones tradicionales de que la autoridad vaya inherente a nuestra condición de religiosas, de que se nos reconozca un régimen privilegiado en la organización del trabajo, etc. Si algunos de esos privilegios aparecen como legítimos y propios para preservar el estado religioso, con lo que constituyen un medio de mejorar nuestro servicio, otros, en cambio, se presentan con un carácter de injusticia y no pueden tolerarse por más tiempo. Por ejemplo, entre estos últimos figura el de confiar a una Hermana joven e inexperta, aunque sea diplomada, un puesto de autorídad, con preferencia a una seglar en la que concurran mejores condiciones. Con este régimen, las seglares se verían alejadas del acceso a una promoción profesional y, por consiguiente, de las ventajas económicas que con toda justicia les corresponderían.
Abordemos todos los problemas de este tipo con un deseo sincero de verdad y de justicia. Esto exige, sin duda, una gran pobreza de espíritu y un sentido profundo de los demás. Exige también una visión muy clara de lo que, por ser esencial a nuestro estado de consagradas, debe defenderse a toda cosa, y de lo que, por el contrario, se puede prescindir, dado su carácter de meramente accesorio.
No olvidemos que requiere asimismo el conocimiento de los problemas profesionales actuales y el de las aspiraciones y deseos legítimos que llevan consigo.
Con frecuencia, cualquier movimiento intelectual de aquéllos que nos rodean o cualquier evolución suya dentro del orden establecido, se nos antojan como amenazas contra las posturas que creemos ser las únicas aceptables. No rechacemos nunca «a priori» lo que no venga de nosotras y prestémonos a estudiarlo y considerarlo en colaboración con los que nos lo piden.
«El problema de conformar la realidad social con las exigencias de la justicia, es un problema que no admite jamás una solución definitiva. Nuestros hijos deben, por tanto, estar atentos para no considerarse satisfechos con objetivos ya alcanzados.»
Este camino no lo recorremos aisladamente, ya sea en el plano local o en general. En torno nuestro, otras congregaciones están librando también la misma batalla. El Clero y los militantes seglares han puesto igualmente mano a la obra. Por eso, no nos retraigamos ni nos quedemos solas; al menos en cuanto de nosotras dependa. Tendamos, por el contrario, a la Unidad en la porción de la Iglesia en que el Señor nos haya colocado.
Mis carísimas Hermanas: tenemos que profundizar mucho y cultivar el sentido del trabajo «en Iglesia»; no a modo de investigación teológica, sino en el terreno concreto de las circunstancias en que se encuentra cada una de nuestras Casas. El respeto al orden establecido por Dios debe llevarnos a subordinar nuestra acción apostólica a los que han recibido el cargo pastoral; a los sacerdotes delegados del Obispo. Toda obra, por buena que sea, si se lleva en contra o simplemente al margen de los que son nuestros jefes en la Iglesia, ya no es legítima. Más valdría abandonarla que proseguirla sin su consentimiento.
La caridad nos haga entrar en comunión de espíritu, de corazón y de obra con todos los que Dios ha llamado a trabajar en el mismo campo, ya sean seglares o religiosos. Seamos verdaderamente operarias de la paz: guardémonos de pequeñas rivalidades mezquinas, del deseo demasiado humano del éxito. Mostrémonos siempre acogedoras con la manera de pensar de los demás y dispuestas a dar a conocer la nuestra. Aceptemos el trabajo que se nos pida y no nos molestemos si se nos retira para encomendárselo a otras personas.
Renunciemos a nuestro propio enfoque del trabajo apostólico para integrarnos en el trabajo común. Todo esto supone otras tantas renuncias, no espectaculares, pero que requieren un esfuerzo continuo de caridad y una voluntad sin cesar renovada de trabajar en pro de la Unidad, que es el más auténtico testímonio evangélico.
No puedo terminar mejor, mis carísimas Hermanas, estas páginas, ya demasiado largas, que uniéndome al deseo final de la Encíclica: «Que Cristo, finalmente, encienda las voluntades de todos para echar por tierra las barreras que dividen a los unos de los otros, para estrechar los vínculos de la mutua caridad, para fomentar la mutua comprensión, en fin, para perdonar los agravios.»
Que en todos los lugares en que el Señor las ha colocado, en particular allí donde, en una forma u otra, se encuentre amenazada la paz, cada una de ustedes, Hermanas, ponga su mayor empello en lograr el cumplimiento de ese deseo. De esta forma responderá a las exigencias de su hermoso título de Hija de la Caridad.
Al leer los recuerdos que se han recogido de nuestras Hermanas recientemente llamadas por Dios, observarán ustedes cómo se vieron dominadas todos los días por esa preocupación de fidelidad a tales exigencias. Sus ejemplos han de servirnos de estímulo en nuestros esfuerzos y, en cierto modo, de prenda de la gracia divina, que sostiene de continuo a las almas fieles.
A su intercesión confiamos con sentimiento de piedad filial las intenciones de Nuestro Muy Honorable Padre, que guía en el espíritu de San Vicente a la doble familia que le está encomendada, y las de Nuestro Respetable Padre Director General, sin olvidar a los Misioneros, tan abnegados y celosos por el bien de nuestras almas y de nuestras Obras.
Unida a nuestras Veneradas Madres Blanchot y Lepicard, a nuestras Hermanas Consejeras, Ecónoma General, Secretaria General y Secretarias, les renuevo la seguridad de mi solicitud maternal y quedo en el amor de Jesús y María Inmaculada,
mis carísimas Hermanas, su muy humilde y afectísima
Sor Susana Guillemin
Ind.h. d.l. c.s. d.l.p . e .







