Susana Guillemin: Circular de Año nuevo, 1963

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Author: Susana Guillemin, H.C. .
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París, 1° de enero de 1963

Mis carísimas Hermanas:

¡La Gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotras!

Un año acaba de transcurrir y entrar en la eternidad, y se nos va a dar otro, del que cada uno de los instantes es ya eterno. En la coyuntura de estos dos fragmentos de nuestra vida, nos recogemos y nos interrogamos, sobrecogidas por el pensamiento del tiempo que pasa y de la eternidad en la que vamos entrando y en la que Dios nos espera. Instintivamente, nuestros corazones se vuelven hacia el Dios eterno, y la oración sube a nuestros labios para ofrecerle ese tiempo que se nos ha dado, unido a1 que se nos va a dar.

Dirijamos, en primer lugar, una mirada hacia atrás, hacia el año transcurrido. Lo que nos impresiona a.nte todo es la abundancia de las gracias recibidas, la profusión de los dones del Señor. Alegrémonos, sobreabundemos de gozo al vernos colmadas de tantos bienes.

Bendigamos al Señor por sus beneficios de cada día: la vida del cuerpo y la del alma, los dones del corazón y del espíritu; la salud y la alegría; el trabajo y el descanso. Bendito sea Dios que ha dispuesto todas las cosas y preside aun el menor acon-tecimiento de nuestra vida.

Bendigamos al Señor por la acción de su gracia en nuestras almas, por las tentaciones vencidas, las faltas perdonadas, el amor acrecentado. Bendigámosle por la lucha cotidiana, la fidelidad laboriosa a las Santas Reglas y al deber.

Bendigamos al Señor, presente en nuestros Hermanos, que se ha dignado aceptar nuestros cuidados y nuestro amor, nuestro servicio «en la persona de los efermos, niños, encarcelados u otros cualesquiera…» en los que El sigue sufriendo y ofreciéndose a su Padre.

Bendigamos al Señor por la gracia de ser suyas; por los Sacramentos recibidos, las horas de oración, los días de Retiro; por la abundancia de su Palabra que se nos da sin cesar en las lecturas, conferencias, exhortaciones de los Superiores y por todos los medios que la Iglesia nos prodiga.

Bendigamos al Señor por la gracia de estar constituidas en Comunidad al servicio de la Iglesia, bajo la égida de Santos como nuestros Fundadores. Bendigámosle por la vida común de cada día, austera y dulce a la vez; por la gracia de ofrecerle en común los pequeños y grandes sacrificios, la insignificante renuncia diaria y la prueba más grande que lo arranca todo; por los cambios o destinos bien aceptados; por la marcha a lejanos países de nuestras Misioneras; por la obediencia y los trabajos humildes que nadie ve.

Bendigamos al Señor por aquellas de nuestras Hermanas a quienes Él ha juzgado dignas de sufrir algo por amor de su Nombre: nuestras Hermanas de los países perseguidos o amenazados, cuyo recuerdo no se aparta de nuestro pensamiento y nuestro corazón.

Sí, bendigamos al Señor y renovemos nuestra alegría y nuestra esperanza a vista de los inmensos beneficios con que ha jalonado el año que acaba de expirar.

Pero, echemos también una mirada humilde y arrepentida sobre todo lo que ha podido entristecer al divino Maestro. Tantas gracias acumuladas en nosotras no siempre han recibido la correspondencia que merecían: la adhesión y cooperación totales de nuestra mente y de nuestra voluntad. Después de haber dado gracias al Señor, suba hasta El la súplica cie perdón que debe brotar de nuestros corazones.

Sin embargo, que esta actitud de humildad no sea estéril; por el contrario, que sirva de ocasión para un sincero examen de conciencia y de punto de partida al trabajo de purificación y renovación a que nos invita el Concilio.

Sé con qué religioso interés han seguido ustedes el desarrollo de la primera etapa de las grandes reuniones Conciliares, y cómo vibran al unísono con la Iglesia congregada en oración, según la recomendación tantas veces reiterada por nuestro Santo Padre el Papa.

Su Santidad decía en Castelgandolfo, el 15 de agosto último: «Ya comprendéis que en vísperas de este magno acontecimiento, nuestra alma permanece en oración constante y sensible a los latidos de un asentimiento unánime.» De continuo y en toda circuntancia insiste el Papa en la importancia de la vida de oración y en su preeminencia sobre cualquier otro deber.

Hoy quisiera atraer su atención sobre este punto, mis Carísimas Hermanas, pidiendo a cada una de ustedes, Hermana Sirviente o Compañera, que emprenda este año un esfuerzo especial para profundizar y acentuar la vida de oración que ha de llevar personal y comunitariamente.

Toda nuestra vida tiende hacia Dios, se nos ha dado para conducimos a El y llegar, cuando terminen los contactos imperfectos que con El tenemos aquí en la tierra, al supremo y definitivo encuentro: la visión beatífica.

Si intentamos dar otro fin a nuestra vida, nos engañamos por completo. Es necesario que las Hermanas Sirvientes recuerden sin cesar a sus Compañeras esta verdad fundamental: no tenemos otro fin que Dios; vamos caminando hacia El, unidas a todos nuestros Hermanos; con ellos, tendemos a El. Nuestra vida es esencialmente eso: un caminar al encuentro de Dios.

El alma de este caminar es la oración. La oración que tiene tiempos más indicados, horas propias, libres de toda otra ocupación; pero también la oración que brota del centro de la vida, que la anima y transforma en ofrenda al Señor: «Es menester siempre orar».

¿Qué lugar ocupa en nuestra vida la oración vocal, hecha en común como prescriben nuestras Santas Reglas? ¿Es realmente, en nuestro pensamíento y en nuestra intención, la oración de Comunidad?, de la Comunidad reducida que es la Casa en que vivimos, y de la otra Comunidad más amplía, célula de la Iglesia, que se reúne en espíritu desde todos los puntos del universo para tributar homenaje a su Dios y presentarle, juntamente con las propias necesidades, las necesidades inmensas del mundo, sobre todo del mundo de los Pobres, que es el nuestro.

Antes de orar, purifiquemos nuestra intención, dirigiéndola a Dios, y pongámonos en comunidad de oración con nuestras Hermanas próximas y alejadas. Guardémonos de dispensarnos, sin motivo serio, de la oración hecha en común: es esencial para la vida religiosa.

Nuestras oraciones son sencillas, como debe serlo nuestra vida. Son sencillas como el PADRE NUESTRO, la oración por excelencia, que lo dice todo y podría bastar por sí sola. Sencillas como el AVEMARIA, oración de amor y de complacencia, de súplica y de confianza. Y ¿qué decir del CREDO, que afirma nuestra fe en frases tan concisas y tan llenas de sentido? Nuestras oraciones llaman al Espíritu Santo con todo el fuego del VENI CREATOR y repiten sin cansarse el Nombre Santísimo de Jesús, salvación del mundo. Y, después de las súplicas del DE PROFUNDIS varias veces repetido y de las demás plegarias, al terminar nuestra jornada, sube la última alabanza a nuestra Madre del Cielo.

Tratemos de profundizar nuestras plegarias, de penetrar en la riqueza de su sencillez: salgamos de la rutina y de la insensibilidad en que nos encierra la costumbre, para llegar a saborear el sentido de la letra y el fervor del espíritu.

Otra oración, que es a la vez vocal y contemplativa, jalona nuestras jornadas, me refiero al ROSARIO —especie de Breviario mariano—, práctica tan querida a la Compañía desde sus comienzos. Esta devoción tiene la ventaja de estar sostenida por un instrwnento visible, que cuelga de nuestra cintura y se encuentra en nuestras manos como un recordatorio y una serial de la presencia de María. El rezo del Rosario es una especie de contemplación activa perfectamente en armonía con nuestra vida de Hijas de la Caridad. Gracias a él, nuestro pensarniento se vuelve de continuo a los grandes ‘misterios de la salvación, y nuestro corazón conversa con la Virgen, le repite sin interrupción nuestra alabanza y le expone nuestras miserias y las de nuestros Hermanos.

Tengamos mucho afecto a nuestro Rosario; no consintamos en dejarlo incompleto, y si nuestro oficio nos presenta dificultades para rezarlo, preveamos todas las marianas, antes de salir de la capilla, los momentos que podremos dedicarle.

El Rosario tiene que ser a la vez complemento y preparación de la oración.

«Mis amadas Hermanas, decía San Vicente, es preciso que vosotras y yo tomemos la resolución de hacer todos los días la ORACION. Digo «todos los días», hijas mías, pero si fuera posible, os diría: no salgamos nunca de la oración, no pasemos un momento sin estar en oración, es decir, sin tener nuestro espíritu elevado a Dios».

Todo queda dicho por nuestro Santo Fundador: Tenemos que ser fieles a la práctica de la oración para poder llegar a vivir en estado de oración.

La Oración es el gran negocio de la vida; es el principio, el ensayo de la relación que tendremos eternamente con Dios; exige de nosotras que nos entreguemos a ella con la misma firmeza de voluntad con que hemos de tender hacia El. Sin oración no hay ni perfección personal posible ni apostolado verdadero. «Sólo la vida interior es el fundamento y el alma de todo apostolado…, debéis sacar de la oración toda la eficacia de vuestras empresas (S.S. Juan XXIII)».

Ya sé que son ustedes puntuales, en general, mis carísimas Hermanas, en estar presentes a la hora señalada para la Oración, pero ¿aplican realmente a ella su espíritu y se esfuerzan por que impregne toda su vida?

No se trata de un ejercicio intelectual propiamente dicho, ni siquiera de una simple reflexión meditativa.

Se trata de ponernos ante el Señor en estado de súplica, ,de deseo, de espera; de entablar contacto con El, de reanudar la conversación tal vez interrumpida y de contemplarle a la luz de la fe.

Tenemos que abrir de par en par los ojos de nuestra fe para mirar al Señor en sus misterios divinos, su vida y Pasión que sufrió por nosotros; y en los que podríamos llamar sus misterios humanos: nuestra vida de todos los días y la de los demás, con su sufrimiento y su trabajo.

Durante todo el día Cristo nos ha hablado a través de los hombres y de los acontemientos. ¿Hemos reconocido su voz? El tiempo de la oración es el momento en que debemos considerar con el Cristo del Sagrario si hemos sabido reconocer al Cristo de nuestra vida.

Llevemos a la Oración toda nuestra vida, y reanudemos nuestra vida con una mirada nueva tomada en la Oración, abierta al Señor que está presente y vive entre nosotras.

¡Cómo debemos excitar en nuestros corazones un deseo intenso de llegar a esa vida de oración y de contacto con Dios! Es preciso que nuestra vida entre en Cristo y que Cristo entre en nosotras. Nuestra convicción no es bastante firme ni nuestro deseo bastante ferviente.

En comunidad, debemos animarnos y arrastrarnos unas a otras a este ideal, sobre todo en los contactos que tengamos entre nosotras. Ayudémonos mutuamente a descubrir a Cristo en nuestra vida y en aquellos que nos rodean, y a mirar personas y acontecimientos con la mirada de Cristo. De esta forma, nuestra vida tan activa, tan recargada, puede llegar a ser una continua Oración. Se penetrará poco a poco de espíritu de súplica y todo en ella lo presentaremos y elevaremos al Señor: alegrías, sufrimientos, dificultades, trabajo, preocupaciones apostólicas serán para El y vividos en El.

Y por la mañana, uniremos la oración de nuestra vida a la gran oración de la Iglesia, la oración por excelencia: la Santa Misa. En ella y por ella quedarán rescatadas y compensadas la pobreza e imperfecciones de nuestras súplicas. La Misa es el momento en el que más especialmente podremos orar con la Iglesia y por Cristo: «La Misa es el Cristo total puesto en oración» (P. Barrau).

A veces nos sentimos desalentadas por la inutilidad de nuestros esfuerzos para adelantar en la Oración. No sabemos orar, no sabemos pedir, no sabemos ir a Dios. Consolémonos: Cristo ruega por nosotros, Cristo ofrece por nosotros, Cristo ora por nosotros.

No puedo desearles cosa mejor en este primer día del año, mis carísimas Hermanas: ¡que la Virgen María les enseñe a penetrar su vida de la presencia de Cristo, que Cristo sea El mismo su oración!

Sus cartas, llegadas de todas las Provincias y de casi todas las casas, me han traído, juntamente con sus votos, la seguridad de que una inmensa corriente de oración rodea a la que está encargada de dirigir la Pequeña Compañía. Me han conmovido profundamente y se lo agradezco de todo corazón. Toda mi confianza descansa en esas oraciones: la Comunidad es obra de Dios. El solo puede sostenerla y guiarla hacia su destino; nosotras no somos sino los instrumentos dóciles de su divina dirección.

Les pído que intensifiquen todavía su intercersión por nuestras Hermanas más probadas: las enfermas de cuerpo o alma; las que sienten más dolorosamente el peso del trabajo y de la responsabilidad; las que sufren en aquellos puntos del mundo en los que también sufre la Iglesia: nuestras Hermanas de la Iglesia del Silencio, y las de los p.aíses amenazados por el error o la persecución. Tienen que saber que las sostiene y protege la oración de la Comunidad entera.

Confiemos, finalmente, al Señor las intenciones de Nuestro Muy Honorable Padre que rige en el espíritu de San Vicente la doble familia de que está encargado; las de nuestro Respetable Padre Director General, P. Castelin. No olvidemos a los Misioneros, tan abnegados y celosos por el bien de nuestras almas y de nuestras obras.

Unida a Nuestras Veneradas Madres Blanchot y Lepicard, a nuestras Hermanas Consejeras, Ecónoma General, Secretaria General y Secretarias, les renuevo la seguridad de mi solicitud maternal, y quedo en el amor de Jesús y María Inmaculada,

mis carísimas Hermanas, su muy humilde servidora y afectísima

Sor Susana Guillernin
Ind.h.d.l.c.s.d.l.p.e.

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