Susana Guillemin: A Las Hermanas De Diez Años De Vocación, 16 de agosto de 1966

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Author: Susana Guillemin, H.C. .
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Susana Guillemin, H.C.
Susana Guillemin, H.C.

Tienen ustedes diez… once… años de vocación. Todas están en la misma época de su vida de Comunidad. Cualquier psicólogo que les hablara de la vida religiosa, les diría lo mismo. Por ejemplo, Monseñor Giraud les dirá que esta edad de diez años es una edad crítica —y se comprende—. No hace falta ser psicólogo para comprenderlo.

Los primeros años de la vida religiosa constituyen la parte de la primera formación, la que transcurre desde el momento de su entrada… y va a desembocar en el período de la preparación a sus votos. Durante ese tiempo tienen ante ustedes una finalidad concreta que conseguir.

Tienen un objetivo determinante: el postulantado, la entrada al Seminario… la tomq Hábito… el Catecismo… por fin, los Votos. Es un período limitado por una fecha concreta de su vida. Viven de la primera decisión, la que tomaron de entrar en la Compañía. Viven de esa decisión y llegarán a otra, la de los Santos Votos. Después de esa fecha, habiendo pronunciado los Votos, dan comienzo a un período de su vida que es indeterminado. No saben lo que les va a ocurrir. El Señor lo sabe y tiene señaladas todas las etapas, pero ustedes lo ignoran.

Las etapas que se van a suceder, las que constituyen los cambios de nuestra existencia, o los cambios de circunstancias diversas, incluso los cambios de Hermana Sirviente. Son cualquier cosa que llegue a transformar las condiciones de vida en que nos encontramos. Pero no lo sabemos de antemano, y ante nosotros se presenta lo desconocido.

La gran fecha, después de los Votos, es el encuentro eterno con el Señor.

La vida es una sucesión de opciones que vamos haciendo y de opción en opción llegamos a la última: el encuentro con el Señor, en el que, por última vez y ésta de modo definitivo, nos arrojamos en sus brazos. La última parte de nuestra vida transcurrirá entre esas diversas etapas. No la conocemos. Este desconocimiento es uno de los elementos psciológicos que puede llevar consigo el peligro de que caigamos en la tibieza. En la primera parte de la vida saben, por ejemplo, que cuentan con tres años para prepararse al Catecismo, uno para los Votos… y cuando se sabe el tiempo con que se cuenta, es bastante fácil mantenerse. No así cuando no se sabe. Es más difícil. Una especie de incertidumbre se abre ante nosotros.

La primera incertidumbre nos viene de nosotras mismas. Nos embarcamos con seriedad, con lealtad en la búsqueda de Dios y de la santidad, y al cabo de cierto tiempo, tenemos que decirnos: «esperaba llegar a algo, y me encuentro siempre igual». Pues bien, a través de ese estado de ánimo, es como vamos a tener que mantener la fidelidad de todos los días, mantener el esfuerzo.

En el momento en que llegaron ustedes a la Compañía, momento en el que se empieza a tener cierto conocimiento de una misma y de los demás, en el que una se interroga: ¿Llegaré a la unión con Dios, llegaré a la santidad?… en ese momento es cuando hay que hacer la gran opción que decidirá de toda nuestra vida. Muchas veces me pregunto: ¿Por qué son tantos los que se dan a Dios y tan pocos los santos? Creo que es porque, en general, descuidamos o malogramos esa segunda opción; no la hacemos de manera firme y perseverante, no somos «fielmente fieles» a Dios.

Pienso, pues, que este mes de cursillo con motivo de los diez años (tendremos que dejar esto organizado para generaciones futuras) es un momento de los más itnportantes para su vida espiritual. Será el momento en que tengan que tomar una decisión igual en importancia a la que tomaron cuando vinieron a la Comunidad: decisión entre Dios y ustedes. Tendrán que decidir por segunda vez entregarse por completo a Dios y situar su vida en lo que es su verdadero eje: Cristo.

Abran los ojos a las realidades espirituales… sobre todo, no se conviertan en meras profesionales o técnicas… aunque sea en obras de caridad.

Somos Hijas de la Caridad para ser en este mundo la manifestación del Amor de Dios. Eso es lo que quiere decir nuestro nombre, ese es el fondo de nuestra vida: ser en el mundo la prolongación, la presencia de la Caridad, que es Dios. Y también es ese nuestro destino eterno.

Cristo vino al mundo no para explicar grandes teorías. Vino al mundo, una vez, para encarnar a Dios. Pero Cristo sigue encarnándose de continuo. Vive en el mundo, vive en nosotros que formamos su Cuerpo místico. Y somos Cuerpo de Cristo en la medida en que nos dejamos penetrar por El, trabajar por El, como una masa. Cristo penetra toda la realidad profunda de nuestro ser: inteligencia, voluntad, facultad de amar… todo… y poco a poco nos va transformando en El. Así es como formamos el Cuerpo místico del Hijo de Dios, que estará unido a El por toda la eternidad.

Todo esto es el Plan de la Salvación, de la Redención. Debemos quedar poco a poco incorporadas a Cristo, con la ayuda de todos los que nos rodean. Todo es, sencillamente, la realidad mística, sobrenatural, que debemos vivir, y ustedes son capaces de comprenderlo. (No hay por qué decir: yo no estoy cultivada. Si es cierto que los estudios doctrinales ayudan, también lo es —y apelo a la experiencia de las que han seguido esos estudios—que se estudia, se reflexiona y un buen día se da una cuenta de que hasta entonces no se había entendido nada…). Pidan a Dios que les ayude, que les haga penetrar en esa realidad. En ese plano es donde se encuentra la alegría, donde se establece una en la serenidad. Hay personas que dan la impresión de estabilidad, de serenidad: es porque han establecido el centro de su vida en lo seguro, en la verdadera realidad.

Podría hablarles de sus actividades apostólicas; pero son como una consecuencia de esto. Por bien que las lleven ustedes, si no han situado su vida en lo que es su eje, no serán perfectamente Hijas de la Caridad y llegarán las crisis…

Lo necesario es que sepan lo que quiere el Señor, y bien sabemos que Dios tiene designios particulares sobre cada una. Pero no sabemos de qué medios va a servirse ni cómo vamos a llegar nosotras al cumplimiento de esos designios. Lo importante es que no dejemos de tender a El con todas nuestras fuerzas. Habrán ,oido muchas veces que no tienen que estar tensas, cohibidas, que necesitan un buen equilibrio físico… pero ese equilibrio tiene que permitirles, precisamente, estar vueltas hacia Dios, con deseo de El.

Hay una frase que repito con frecuencia, porque me gusta extraordinariamente, me parece que caracteriza nuestra vida de oración, de marcha hacia Dios. Se lee en el profeta Daniel: «te he escuchado porque eres un hombre de deseos…».

El gran negocio de nuestra vida es lograr esa tensión hacia Dios, esos deseos de vivir lás realidades sobrenaturales y espirituales.

Con esa intención, las reuniremos cada vez más, por años de vocación (cinco, diez, quince años, en sus Provincias) y también por generaciones (las de veinticinco años… las de menos de treinta o cuarenta años de vocación…): porque hay que revisarse siempre, ya que tan fácil es caer a ras de tierra. San Vicente y Santa Luisa ¡habían logrado un equilibrio tan verdadero! Los dos pisaban el suelo, es cierto… También Cristo lo pisaba… y, sin embargo, vivía en la unión más complete e íntima con su Padre.

Lleguemos a esa convicción, lleguemos a penetrarnos de lo que es la vida espiritual. Vivimos en una época privilegiada para mantenemos o colocarnos en estado de conversión.

Lo que caracteriza a la Iglesia postconciliar es precisamente ese estado de conversión. No es una Iglesia que ha llegado, de una vez para siempre, al grado de caridad a que tenía que llegar, sino una Iglesia que, por la gracia de Dios y una acción extraordinaria del Espíritu Santo, ha comprendido que tenía que transformarse, poner manos a la obra para recobrar, como decía Pablo VI en Edesiam Suam «el esplendor de su juventud, para establecerse en el amor en que su Padre la quiere».

Una vez terminados los trabajos del Concilio, la Iglesia se pone en marcha, se mantiene en estado de conversión, a través de cada uno de sus hijos, por consiguiente, tambíén de nosotras… Nuestro trabajo es el mismo que el del Concilio: un deseo tenso hacia la Verdad. Tenemos que estar siempre en búsqueda de la Verdad. No es fácil encontrarla. A veces, con la cabeza entre las manos y de rodillas ante el Sagrario, nos preguntamos: «Señor, ¿dónde está la verdad?…».

¡Cuántas veces, en determinadas circunstancias de nuestra vida… frente a una niña, a tal persona de quien tenemos que ocuparnos… nos hemos dicho: «edónde está la verdad? ¿qué se esconde en el fondo de su pensamiento y de su corazón? ¿qué me haría decir el Señor si estuviera aquí?…»

Esta tensión, no física sino del deseo, hacia Dios, es la que debemos mantener, un deseo dirigído a Dios en todas las cosas, aun en las más pequeñas. Pero ¿dónde buscar la Verdad? Pongamos un ejemplo: se les presenta un conflicto por las vacaciones de un empleado que les pide u_n permiso supletorio o un cambio en lo previsto… ¿Se le concede? (lo que es una distinción de los demás)… «Señor, ¿dónde está la verdad?» Eso es buscar al Señor, eso es hacer entrar al Señor en nuestra vida. No se trata de un esfuerzo extraordinario de nuestra mente o de una imaginación mística que nos hacemos de la presencia de Dios: es buscar a Dios mismo que es la Verdad.

Cuando obramos con caridad, hacemos a Dios presente y obramos a través de El. Le vemos en ese empleado… Si ceden por debilidad, por miedo a su reacción, no hacen a Dios presente. Saben que ese empleado les cuenta cuentos y que, bajo el pretexto familiar que expone, se esconde simplemente el deseo de darse una satisfacción; o por el contrario, saben que ese hombre tiene, de verdad, un motivo familiar importante y que la caridad es la que requiere que se acceda; en ese caso, aun a riesgo de descontentar a los demás, le dan el permiso que pide. Así, habrán hecho a Dios presente. Eso es ver a Dios en las cosas y en las personas… Eso es contemplarle en las cosas y en las personas… Hacerle presente.

Es poner en juego todas nuestras actitudes morales y nuestra oración incesante, para decir al Señor: «no me dejes sola, porque si no veo dónde están la justicia y la verdad, y obro fuera de ellas, haré que te ausentes de donde me encuentro… No me (tejes sola, para que, al contrario, practicando la equidad y la caridad, te haga estar presente…»

La lucha que van a emprender, tendrán que continuarla hasta el final de su vida. Aquí no llegamos nunca al término A veces se oye decir: «Ese hombre ha llegado a la meta, ha hecho una gran fortuna, ahora puede retirarse». Y, en efecto, se queda en ello… Hay gentes ambiciosas que no paran hasta poderse retirar a una vida de tranquilidad. Pero en materia de vida espiritual, hay que ser todavía más ambicioso y no darse nunca por satisfechos.

Cuanto más avancen en su vida espiritual, cuanto más pasen los años, tocarán más con la mano su propia debilidad, tendrán la impresión de que, pese a tantos esfuerzos, sólo pueden comprobar sus caídas, sus tentaciones y, a veces, hasta su retroceso en la virtud… Es que si pudieran comprobar sus éxitos, llegarían a ser exteriormente perfectas, pero interiormente, ¡unas orgullosas! Y nada hay que desagrade tanto al Señor como el orgullo.

Hace unos días, una Hermana que tiene un cargo bastante importante me decía: «Tengo mucha pena porque me doy cuenta de que yo misma no hago lo que predico a los demás. Caigo siempre en las mismas faltas, faltas visibles, exteriores, con las que doy mal ejemplo». Le contesté: «Pues yo estoy muy contenta de que caiga en esas faltas, porque eso la mantiene en la humildad y la obliga: primero, a ser más humilde con Vd. misma, lo que ya es un gran resultado, y segundo a humillarse todas las noches ante Dios. Pero, además, la obliga también a humillarse ante los demás. Sólo así es como logra la humildad necesaria para poder predicar la humildad»

En sus faltas sean ustedes humildes. Hay que saber reconocer que somos mejores de lo que en realidad somos… No crean que por estar en un puesto de autoridad, hay que aparentar que no se tienen defectos. A lo largo de su vida, tendrán la evidencia de que no se han liberado de sus defectos, y aun, a veces, puede ser que les parezca que retroceden, en vez de avanzar.

Pero la victoria no la alcanzaremos gozándonos en nuestros progresos. El Señor sabe muy bien que no podemos vencer. El nos ha hecho y sabe lo que somos. Sabe que no podemos. Nosostras sí, tenemos la pretensión, la presunción de creer que podemos llegar a corregirnos. Lo que el Señor nos pide es la verdad… el esfuerzo, la perseverancia, el deseo tenso hacia El… Ese es el único camino de nuestra fidelidad al Señor.

Cuando revisen su vida, con ánimo de volver a empezar, a pesar de sus fracasos, a pesar de sus caídas, convénzanse de que su vida no tiene que ser una sucesión de éxitos, sino que una vida lograda es una sucesión de fracasos superados. y de faltas perdonadas.

Si permanecen en esa tensión de amor hacia Dios, un día comprenderán y verán, casi palparán con la mano que, a través de todas sus faltas y resistencias, el Señor las ha guardado. Al final de su vida, les dará la victoria, o acaso no se la dé hasta que hayan llegado al Cielo.

Pero el grado de su santidad real se medirá por la perseverancia de sus esfuerzos y de su oración. Tíenen que saberlo de antemano… y no estar pendientes de éxitos sólo aparentes. Lo que les incumbe hacer es abandonarse en manos de Díos, dejarse conducir por El… y en la eternidad cantarán sus misericordias. Misericordias Domini in aeternum cantabo.

En ese sentido es en el que han de pensar dirigir su vida espiritual. La oración es esencial. Recen mucho: por ustedes, por los que tienen a su cargo… A veces, parece que no se cree lo suficiente en la eficacia de la oración; se dice. «tengo que actuar… no me da tiempo… dejaré para luego la oración… etc.». Nuestro siglo no cree en la oración. Nosotras sí, creemos en ella. Sepamos que hacemos rnás orando y que la Caridad es, antes que nada, interior.

Hay personas que nos hacen sentir a Dios, estando a su lado; es algo instintivo. Hasta los no creyentes lo perciben. Dios habla a los hombres cuando está presente. ¿Por qué hay almas muy sencillas —aun sin gran cultura ni grandes recursos humanos—que llevan al Señor con ellas, por donde van?… ¿que lo hacen presente con lo que son?…

Poniendo en juego la Verdad y la Caridad es como llegarán a hacer a Dios presente aquí en la tierra; y en torno a esa idea debe ordenarse y concentrarse, en cierto modo, toda su vida.

Cuando hagan oración, sepan de vez en cuando contemplar… Ya comprenden en qué sentido lo digo: no hablo de la contemplación mística que sólo alcanzan aquellas a quienes Dios quiere dársela. Pero hay una Contemplación sencilla, propia de la Hija de la Caridad, que consiste precisamente en abrir los ojos a todo lo que, a nuestro alrededor, nos representa al Señor y a todo lo que puede hacerle presente a través de nosotras. Tengan esa mirada lúcida, abierta a las cosas y a las personas. Todo esto está muy bien. Pero, además, en su oración, tienen que saber, de vez en cuando, apartarse un poco de esas apariencias externas del Señor, para buscarle en Sí mismo. Regocijarnos en El, en su grandeza que le hace bastarse. Busquemos a Dios en El, y no nos limitemos a la oración interesada de petición.

En el acto de Caridad, hay dos partes:

«Te amo con todo mi corazón»

y «Amo a mi prójimo…»

Fíjense, sí, en la segunda parte, pero no descuiden la primera: «Te amo». Saber decírselo a El, a El sólo: «Te amo, Señor, fuera de toda aparíencia, Te amo, Te busco a Ti en todos los que me rodean…».

Y para dirigirnos a El integrando el contenido tan diverso de nuestras jornadas, tenemos en los salmos una mezcla de contemplación, alabanza, exclamaciones de alegría… Los salmos son como un vuelo del alma hacia El, exclamaciones desinteresadas, porque Dios es grande, bueno, maravilloso y Le admiramos… Después de todo eso, tenemos también la mirada sobre nosotros mismos: «Señor, eres grande, hermoso, admirable… pero tengo necesidad de Ti…».

Los salmos son como una lección de oración: nuestra oración ha de ser una réplica personal de lo que vivimos y decimos en ellos.

Ven, pues, de qué forma deben mantenerse como la Iglesia postconciliar, o mejor dicho, «dentro de la Iglesia», en un esfuerzo permanente de conversión. Es una decisión que deben tomar: la de emprender —ahora, evidentemente, pero a lo largo de toda su vida— ese esfuerzo de conversión del que les he dicho los dos puntos más sobresalientes en nuestro caminar hacia Dios: La Verdad y la Caridad.

Ya saben que ahora se habla mucho de profundizar y actualizar el sacramento de la Penitencia. No podemos presumir ya qué textos se adoptarán pero sí sabemos que se quiere dar la mayor importancia a las faltas contra la Caridad, y no insistir tanto en otras que suelen asustar más, como la impureza (lo que no quiere decir que vaya a recomendarse…). Las faltas de Caridad son de mayor trascendencia, arrojan al Señor de nuestra alma de una manera más radical que las de impureza.

Entonces: fíjense en esos dos puntos: la Verdad y la Caridad.

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