Supresión de las congregaciones religiosas en Francia (1792)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Renée Lelandais, H.C. · Year of first publication: 1992 · Source: Ecos de la Compaía.
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revolucionfrancesaEl día 6 de abril de 1792 se promulgó por parte de la Asamblea Legislativa —el segundo Gobierno de la Revolución Francesa— la disolución de todas las Congregaciones Religiosas en Francia.

I – ¿Cuáles fueron los motivos de esta supresión?

Entre otros, podemos señalar tres:

  • en primer lugar, el carácter irreligioso de la Revolución, carácter que no se manifestó así desde el primer momento;
  • el rechazo por parte de la primera Asamblea — la Constituyente— de reconocer la religión católica como religión del Estado. Esto ocurrió el 28 de agosto de 1789;
  • la supresión de los votos monásticos solemnes, dictada el 13 de febrero de 1790 y que fue seguida de la expulsión de sus monasterios de los religiosos y religiosas

Todo esto era el camino hacia la Constitución civil del Clero —12 de julio de 1790—. Treinta obispos, diputados en la Asamblea, redactaron una carta con el título «Expresión de principios sobre la Constitución Civil del Clero», en la que refutaban de manera clara y terminante dicha Constitución. Firmaron la mencionada carta el 30 de octubre de 1790, y a ella se adhirieron, haciéndola suya, noventa y ocho diputados eclesiásticos y ciento diecinueve obispos, de los ciento treinta y cuatro que había en Francia. En provincias, la oposición tomó pronto grandes proporciones. Se iba acentuando una agitación religiosa…

La Asamblea pensó cortar por lo sano aquella resistencia, que se perfilaba cada vez más, con un golpe sonado. Y como estaban de moda los juramentos, votó el 27 de noviembre de 1790, una ley que exigía a los sacerdotes prestar juramento a dicha Constitución Civil. Entonces surgieron dos grupos de sacerdotes: los juramentados y los no juramentados. Los primeros adquirían la categoría de funcionarios del Estado, a los que éste remuneraba y ponía a su cargo una parroquia. A los otros se les consideraba por el gobierno como dimisionarios. El 4 de febrero de 1791, la mayoría de los obispos y sacerdotes miembros de la Asamblea, se negaron a prestar el juramento, con una dignidad y una elocuencia que exasperaron a los enemigos de la Fe.

Los sacerdotes a los que se consideraba como dimisionarios decidieron ir a celebrar misa a las capillas de los conventos de religiosas. Y a esas misas acudía la mayoría de los fieles cristianos. Nadie o casi nadie asistía a las celebradas en las parroquias por los curas juramentados. Esto constituyó un nuevo motivo de recriminación contra las Congregaciones religiosas, recriminación que fue a parar a la decisión del 6 de abril. Al no haber congregaciones religiosas, los sacerdotes no juramentados no podrían ir ya a celebrar misa a sus capillas.

II – El decreto de supresión

El 6 de abril de 1792, el diputado Gaudin leyó a la Asamblea un informe que llegaba a la conclusión de suprimir todas las congregaciones de enseñanza. El diputado Lagrevol intervino entonces para insistir en que se suprimieran también las congregaciones dedicadas al servicio de los enfermos. Un obispo —juramentado—, du Cher, pidió y consiguió que se prohibiesen las vestiduras eclesiásticas y los hábitos religiosos. El ponente trató a las Religiosas de charlatanas, leguleyas… boticarias y cirujanas. Y rogó a la Asamblea que no dejase subsistir esa ralea ni esos establecimientos que servían de refugio a los curas refractarios.

Este es el título primero del famoso decreto:

«Supresión de las congregaciones seculares y de las cofradías.»

«Artículo primero: Las corporaciones conocidas en Francia por el nombre de Congregaciones seculares, tales como…»

Y como no es posible nombrarlos a todos, prosigue el texto: «… y generalmente todas las Corporaciones religiosas y Congregaciones seculares de hombres y mujeres, eclesiásticos y legos, aun las dedicadas exclusivamente al servicio de los hospitales y al alivio de los enfermos, bajo cualquier denominación con que existan en Francia… todas las demás asociaciones de piedad y de caridad, quedan suprimidas a partir de la fecha de publicación del presente decreto…»

Las Hijas de la Caridad no se hallan expresamente nombradas en el texto del decreto. Pero hacía ya tiempo que el Superior General, Padre Cayla de La Garde, y Sor Deleau, Superiora General desde Pentecostés de 1790, consideraban con serenidad la eventualidad de tener que cambiar el hábito y de la disolución y dispersión de la Comunidad.

Ya el 9 de abril, Sor Deleau quiso ser ella la que pusiera a las diferentes casas de la Compañía al corriente de la gravedad de la situación y del voto de la Asamblea. Así pues, les escribió una carta, trazando en ella una línea de conducta de un acierto y una precisión admirables.

Sor Deleau

  • 1728 Bautismo.
  • 1747 Ingreso en la Compañía de las. Hijas de la Caridad. 1748 Enviada a Montpellier – Enseñanza.
  • 1752 Enviada a Saint Hyppolite, región de Montpellier.
  • Unos años más tarde, Hermana Sirviente de esta casa. 1780 Hermana Sirviente en la «Manufactura» de Burdeos. 1783 Asistenta General.
  • 1786 Hermana Sirviente en la Casa de Niños Expósitos de la calle Faubourg St. Antoine, en París.
  • 1790 Elegida Superiora General.
  • 1793 Huye de París, refugiándose en Bray-sur-Somme. 1796 El Padre Cayla de La Garde le renueva su mandato.
  • 1797 Regreso a París. Alojamiento en la calle Macons-Sorbonne. 1801 Instalación de la Casa Madre en la calle Vieux Colombier. 1804 Fallecimiento, el 29 de enero.

III – Carta de la madre Deleau

«Mis queridas hijas:

… Adoremos, en espíritu de sumisión cristiana, los juicios de Dios y respetemos las órdenes de su Providencia que vela por nosotras. En espera de las últimas disposiciones de la Asamblea… les ruego:

Que no abandonen el servicio a los pobres si no las obligan a ello.

Que pidan a los Señores Administradores el importe del primer vestido, en caso de que se les exija quitarse inmediatamente el hábito, después de sancionada la orden por el rey.

Como se trata de una ley que no implica más que al ámbito civil, podemos obedecerla; pero vístanse modesta y sencillamente como corresponde a mujeres cristianas. En una palabra, para poder continuar al servicio de los pobres, préstense a todo lo que honestamente se les pueda exigir en las presentes circunstancias, con tal de que no haya en ello nada contrario a la religión, la Iglesia y la conciencia…

Quedo y seré siempre, queridas hijas, su muy humilde servidora y afectísima hermana

Sor María Antonia Deleau»

Esta carta pone al descubierto la visión tan exacta de la situación y del estado de los ánimos que tenía la Madre Deleau. Las Hijas de la Caridad no figuran nombradas de manera expresa en el decreto de supresión, pero están comprendidas en el mismo: no es cuestión de hacerse ilusiones. ¡Qué exacta es esta observación! Por lo demás, las Hermanas permanecerán fieles en sus puestos y no abandonarán a los pobres sino en el último extremo. De lo que se trataba era de buscar todos los medios posibles para proseguir el servicio.

IV – Asamblea extraordinaria

Al mismo tiempo, Sor Deleau, juntamente con el Superior General, previeron una Asamblea extraordinaria, a la que convocaron, además del Director y los miembros del Consejo, a las dos Hermanas más antiguas de la Comunidad y a las Superioras locales de las casas de París. Era menester tenerlo todo previsto para el caso de una disolución próxima de la Compañía y no dejarse sorprender por una orden súbita de salir de las diferentes casas. La Madre Deleau comunicó a las Hermanas de fuera de París las medidas adoptadas. Y lo hizo el 18 de abril de 1792, mediante la siguiente circular:

«Mis muy queridas hijas:

… La posición en que nos encontrábamos exigía que tomásemos determinadas medidas que,/ al establecer entre ustedes una igualdad, salieran al paso de quejas y descontentos que pudiera producir el interés. Si nos vemos obligadas a separarnos, necesariamente tendremos que llegar a un reparto de los bienes que se han adquirido por cuenta nuestra en cada casa; al mismo tiempo que pondremos la mayor atención en no apoderarnos de nada de lo que pertenezca a los pobres, según lo requiere el espíritu de justicia y de delicadeza que siempre se ha observado entre nosotras. Pero ¿en qué proporción se hará ese reparto? Esto era lo más importante que teníamos que resolver y tal ha sido el objeto de las determinaciones que se han tomado aquí, de común acuerdo, en la Asamblea de Hermanas de la Comunidad, en la que han estado presentes las Hermanas Sirvientes de París, y que han presidido nuestro muy Honorable Padre y el Padre Director. Les ruego, pues, que les den su conformidad, advirtiéndoles que no deberá hacerse ningún reparto efectivo sino después de que el rey haya sancionado la orden. De modo que nos quedaremos en nuestro lugar hasta que no haya posibilidad de resistir».

Determinaciones tomadas en esta Asamblea

«Artículo primero: Se mantendrá en la Comunidad a las Hermanas del Seminario hasta que quede sancionado el decreto. Dicho Seminario está compuesto, todavía, de numerosas Hermanas que, formadas ya para nuestro estado, ofrecen las mejores promesas y esperanzas».

Siguen a continuación nueve artículos que exponen hasta en el más mínimo detalle el método que ha de seguirse para el reparto, en diferentes lotes, de la ropa blanca y otros bienes que pertenecen en propiedad a las Hermanas o a la Comunidad. En la carta se hace una distinción de cuatro categorías de Hermanas, basadas en los años de vocación o de presencia en la Comunidad:

  • a las que tienen menos de diez años de vocación, se les devuelve sencillamente el equipo de ropa;
  • a las que tienen de diez a veinte años, se les da una parte sencilla;
  • a las de veinte a cuarenta años, una cuarta parte más;
  • las de más de cuarenta años tienen derecho a un tercio más, añadido a su parte.

Se reserva también a la Comunidad una parte, que queda destinada a proporcionar ayuda a las Hermanas que pudieran necesitarla, de manera especial a las que hubieran salido de la Comunidad y los administradores se hubieran negado a devolverles sus pertenencias. En el caso de que la Comunidad pudiera quedarse y sólo hubiera que quitarse el hábito, con miras a mantener cierta uniformidad en la nueva situación, la Superiora General prohíbe a las Hermanas jóvenes que vuelvan a ponerse los mismos vestidos que trajeron y que vestían en el mundo antes de entrar en la Comunidad.

«… ¡Quiera Dios que ese reparto real y efectivo no tenga que hacerse nunca entre nosotras! Y si una necesidad absoluta nos obliga a ello, y tenemos que separarnos unas de otras, y abandonar nuestro estado de vida, confío en que permaneceremos siempre unidas de corazón y de espíritu en Dios y que jamás olvidaremos la educación cristiana que hemos recibido en la comunidad, según la fe de la Iglesia católica, apostólica y romana… y que tampoco olvidaremos jamás que la asistencia a los pobres enfermos era la feliz ocupación a la que Dios nos había llamado, por lo que cada una de nosotras considerará como un deber el tratar de aliviarlos, en la forma que pueda, en espera de futuros acontecimientos, desconocidos para nosotras, pero no para la divina Providencia…».

Tan sabias y oportunas disposiciones, recomendaciones tan conmovedoras, son las últimas órdenes dadas por un jefe en quien se tiene confianza, a un ejército todavía fuerte, o si se quiere, la despedida de una madre afectuosa, cuyo corazón está destrozado por el dolor.

La hora de la dispersión podía presentarse en cualquier momento, pero se retrasó hasta la caída de Luis XVI. Por tanto tiempo como le fue posible, la Madre Deleau siguió empuñando con fuerza el timón. El 28 de mayo de 1792, valiente hasta el final, pudo aceptar todavía hacerse cargo de una casa en Lapettiére, cerca de Rennes, sin que la detuviera el que dos días antes se hubiera publicado el decreto que prohibía las vestiduras sacerdotales y el hábito religioso. Esta debía ser la última fundación.

V – Caída de la monarquía

Luis XVI fue derrocado el 10 de agosto. Ocho días después, el 18, se promulgaba la ley del 6 de abril. Dicha promulgación estaba esperando el asentimiento del rey. Una vez que éste había sido depuesto de sus funciones, no hacía falta esperar autorización alguna suya.

La Madre Deleau decidió esperar a que se expulsara a las Hermanas por la fuerza, o al menos una orden formal de salir de las casas. Prefirió no protestar, ni pedir un plazo para la Comunidad. Dado el estado de los ánimos y la marcha precipitada que tomaban los acontecimientos, juzgó con razón que sería inútil y hasta perjudicial. Sin embargo, como medida de prudencia y de acuerdo con las decisiones que se habían tomado en la Asamblea extraordinaria, empezó, el 21 de agosto de 1792, a despedir, mandándolas a sus casas, a las hermanas del Seminario que eran unas ciento veinte. Al mismo tiempo, para que los acontecimientos no la cogieran por sorpresa, fue entregando a cada Hermana un vestido seglar. Una vez tomadas esas primeras medidas, quedó a la expectativa de lo que pudiera ocurrir, dispuesta a intervenir según lo exigiera cada momento. Así fueron sucediendo las cosas:

  • 17 de agosto: institución de un tribunal revolucionario.
  • 25 de agosto: abolición de los derechos feudales.
  • 26 de agosto: destierro de los sacerdotes no juramentados.
  • 2 al 6 de septiembre: matanzas llamadas «de septiembre». En ellas sufrieron el martirio numerosos sacerdotes, entre ellos los bienaventurados L.J. Francois y J.H. Gruyer, Sacerdotes de la Congregación de la Misión.
  • 20 de septiembre: Primera reunión de la Convención —la tercera Asamblea de la Revolución.
  • 21 de septiembre: proclamación de la República.

El 1 de octubre, un destacamento de soldados llegó a ocupar la Casa Madre, a la que se transformaba en cuartel. Las Hermanas de la Casa, reducidas entonces a poco más de un centenar, se retiraron a un ala del edificio y dejaron a los guardias nacionales la mayor parte del inmueble, parte que poco tiempo después fue objeto de saqueo y pillaje.

El 3 de octubre, unos comisarios del sector Norte se presentaron con el fin de hacer un inventario y se apoderaron de cuanto encontraron a mano: papeles, contratos, títulos y la cantidad de 9.164 libras, 10 sueldos en «asignados»*. El horizonte se ensombrecía cada vez más.

VI – En las otras casas de Hijas de la Caridad

Durante este período de 1791-1792, las Hijas de la Caridad se encontraron con frecuencia ante la alternativa de asistir a la misa de los curas juramentados y llevar a ella a los niños a los que educaban, o de que se las echara de sus hospitales y escuelas. Salvo contadísimas excepciones, las Hermanas se mostraron heroicamente fieles y prefirieron la expulsión. Esto explica más de un detalle en la historia de sus Casas en aquella época de disturbios.

En Mitry-en-Seine-et-Marne, se las expulsó por haberse negado a llevar a un niño a misa. Es que se trataba de la misa de un cura juramentado, a la que querían obligarlas a asistir. Por el mismo motivo, dos Hermanas de Burdeos fueron sumergidas repetidamente en el río, de donde las sacaron medio muertas. En Versalles, eran los guardias nacionales los que las conducían, por fuerza, a la misa de un cura juramentado. Hermanas de Aumale, de Lyon, de Saujon (Charente marítima), tuvieron que hacer estancias más o menos largas en la cárcel. Las de Saint-Aignan (Loir et Cher), de Avallon, Vendóme, Bray-sur-Somme, fueron expulsadas.

Las Hermanas de Hennebont (Bretaña) se vieron expulsadas de su casa y de otros diferentes lugares en que se iban refugiando. Llegadas a París, Sor Deleau las envió a Turín (Italia) para hacer allí una fundación. Estas Hermanas se llevaron consigo el corazón de San Vicente, con el fin de sustraerlo a una posible profanación. El relicario que contenía el corazón iba oculto en un grueso volumen, en cuyas páginas se había practicado un hueco—.

Las tres Hermanas de Yvré-l’Evéque, después de haber sido expulsadas, sufrieron la cárcel. Dos de ellas fueron condenadas a muerte. El día en que debían ser guillotinadas, se las llevó a la plaza del Mercado, en la ciudad de Le Mans. Llevaban las manos atadas y mientras subían las gradas del cadalso, los «Vendeanos» irrumpieron en la ciudad y los Republicanos huyeron presa de un terror pánico. Manos amigas se acercaron a poner en libertad a las Hermanas. Una de ellas murió cincuenta años después, a la edad de ochenta y ocho años.

En Saint-Germain-en-Laye, se anunció a la superiora que un nuevo capellán había sido nombrado para la casa y que al mismo tiempo ejercería de administrador. Se trataba de un sacerdote juramentado. Cuando la Hermana se presentó, él le preguntó si le reconocía como administrador y capellán. A lo que la Hermana respondió: «Como administrador, sí y tendremos mucho cuidado en no hacer nada sin antes sometérselo. Pero como capellán, no podemos». Después de haber insistido, el eclesiástico añadió: «Bueno, Hermana, mañana volverá usted a decirme cuál es su decisión» – «Mañana será la misma de hoy, no cambiaré», respondió la Hermana con dulzura y firmeza. A pesar de las disposiciones malévolas de que eran objeto, las Hermanas no tuvieron que salir de la casa. En lo que tuvieron muchas dificultades fue en poder disfrutar de atención religiosa.

A Sor Luisa Gamblin, de Saint-Malo, que se quedó sola después de la expulsión de sus compañeras, la metieron en la cárcel. Al cabo de nueve meses, cayó enferma. El carcelero, que había solicitado dicho empleo con la única intención de suavizar un tanto la suerte de los presos encarcelados por la buena causa, corrió a avisar a las mujeres del mercado que la Hermana estaba enferma. Estas vendedoras formaron un tumulto ante el Ayuntamiento, gritando que les dejaran a Sor Luisa para cuidarla. Y fue Olivette Poitevin, la pescadera, quien la tuvo en su casa por espacio de dieciocho meses, cuidándola con una delicadeza y abnegación no desmentidas.

Las molestias ocasionadas a las Hermanas no pararon aquí. Se reanudaron en seguida las persecuciones con motivo de haberse negado a aceptar la Constitución Civil del Clero. Fue en 1793 cuando el gobierno decidió pedir ese juramento a todas las religiosas, bajo pena de muerte.

VII – La dispersión de la comunidad de la Casa Madre

El 7 de enero de 1793, Sor Deleau escribió desde París a Sor Richard, que estaba en Castres. Insertamos a continuación el contenido de dicha carta, escrita en el estilo obligado en aquella época:

«Querida Richard:

He recibido sus dos apreciadas cartas al mismo tiempo, aunque por conducto de dos personas diferentes…

¡Ay! Dice usted, mi buena Richard, que sufre privación. En esto no les llevamos ventaja alguna: hace varios meses que estamos carentes de todo. ¡Dios sea bendito!…

Los «Vendeanos» (de la región de Vendée), a los que también se les llamaba los «Blancos», en protesta por los excesos del gobierno, luchaban contra los «Azules» o Republicanos.

… ¡Dios tenga piedad de nosotras y de todos! Sí, querida hija. Me imagino qué hondamente lo sentiría cuando le dije que no me escribiera más. No pensaba que iba a quedarme aquí ni ocho días. Las cosas están en un punto del que no tiene usted ni idea; no es que nadie me haya dicho nada en particular, pero el 23 de agosto se nos notificó que teníamos que salir de nuestra Casa Madre; en tres días tenía que quedar evacuada. Como consecuencia, llamamos a todas las puertas para conseguir una demora; pero no viendo recurso alguno y con ciento ochenta y seis soldados en nuestra casa, con sellos puestos en todas partes, con la incautación de todos nuestros títulos, ya se da cuenta de que todas estas cosas nos decidieron a marcharnos…

En cuanto al 25 de marzo, este año no podemos conceder nada. Tendremos que contentarnos con continuar haciendo como siempre, o mejor si fuera posible. Me encomiendo a sus buenas acciones y plegarias, unida a las cuales, soy siempre, querida ciudadana,

Su afectísima y buena amiga Deleau»

En vano la Madre Deleau había dirigido un escrito al Ayuntamiento de París para que las autoridades revocaran su decisión. Esta fue inexorable. Del 2 al 20 de octubre de 1792, unos oficiales municipales se presentaron para incautarse de los papeles que les interesaban.

La casa fue derribada en parte, para abrir una calle atravesándola. Esta calle, a la que se dio el nombre de Calle de la Fidelidad, debía desembocar en la iglesia de San Lorenzo, por entonces templo revolucionario del Himeneo y de la Fidelidad. Parte de la calle existe todavía.

Al mismo tiempo que las Hijas de la Caridad de la Casa Madre, fueron expulsadas también las que atendían el hospital llamado de los Incurables —el actual Hospital Laénec, de la calle de Sévres, que linda por detrás con la Casa Madre actual—. Entre estas Hermanas se hallaba una, de cinco años de vocación, Sor Juana Antide Thouret, a la que las circunstancias llevaron a formar un grupito de muchachas jóvenes catequistas. Andando el tiempo, tal grupito llegaría a ser la Congregación de Hermanas de la Caridad de Besanoon.

Los años siguientes, 1793 y 1794, fueron los más duros para muchas Hijas de la Caridad —y no sólo para ellas—. Dichos años no usurparon la denominación de El Terror que se les dio. De los cuatrocientos treinta establecimientos que existían en Francia en 1789, las Hermanas pudieron permanecer en unos doscientos diez.

Sor Deleau se marchó, con su familia, a Bray-sur-Somme, en noviembre de 1793. Regresó a París en 1797, tan pronto como pareció restablecerse un poco la calma, con la intención de reunir, a ser posible, su Comunidad.

En la medida en que lo pudieron, las Hermanas intentaron pasar inadvertidas para poder, así, permanecer al servicio de los Pobres. Para conseguirlo, no retrocedieron ante ningún sacrificio, pero cuando se presentaba la disyuntiva de traicionar a su conciencia, no temieron ni la cárcel ni la muerte.

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