Sujetos a la ley universal del trabajo

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Flores-Orcajo · Año publicación original: 1985 · Fuente: CEME.
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No he deseado dinero, oro ni ropa de nadie; sabéis por experiencia que estas manos han ganado lo necesario para mí y mis compañeros. En todo os he hecho ver que hay que trabajar así para socorrer a los necesitados, acordándose de las palabras del Señor: `Hay más dicha en dar que en recibir’. (Hch. 20, 33-35).

En el cumplimiento de su oficio, según el fin de la Congregación y el proyecto comunitario, todos han de sentirse sujetos a la ley universal del trabajo (C 32,1).

asdNo debe extrañar que dentro del contexto de la po­breza evangélica se imponga a los que profesan la ley del trabajo. Es proclamar que no se toleran los «mendicantes» y mucho menos los «parásitos». El trabajo es un derecho y un deber de todos. Por el trabajo nos hacemos solidarios unos de otros, nos unimos a los gozos y fatigas de todo hombre y, sobre todo, nos unimos a los pobres sobre quienes ordinariamente recaen los trabajos más penosos.

1. Jesús trabajó

San Vicente da varias razones para incitar al trabajo: Dios mandó trabajar para ganar el sustento. El mismo Dios trabaja sin parar en su intimidad divina engendrando eternamente al Hijo. El Padre y el Hijo trabajan intensamente dándonos el Espíritu Santo; Dios trabaja en la conservación del mundo, para mantener el orden bellísimo de la naturaleza; trabaja en cada ser viviente: con el artesano, con el ama de casa, con la hormiga, con la abeja… (IX 439 ss). Jesús también trabajó:«Nuestro Señor ha llevado aquí en la tierra dos cla­ses de vida; una desde el nacimiento hasta los treinta años y durante ella trabajó con el sudor de su divino rostro para ganarse la vida. Su oficio fue el de carpin­tero… Desde la mañana a la noche trabajó en su juven­tud, continuó hasta la muerte… El otro estado de la vida de Jesucristo en la tierra fue desde los treinta años hasta su muerte. Durante estos tres años ¿qué es lo que no trabajó de día y de noche, predicando unas veces en el templo, otras en las aldeas, sin descanso, para convertir al mundo y ganar las almas para Dios?… No dejaba de trabajar día y noche, a cualquier hora, yendo a donde sabía que había alguna alma que ganar o un enfermo para darle la curación del cuerpo y después la del alma». (IX 446-447).

2. Trabajo y misión.

El trabajo, exigencia de la pobreza evangélica, debe estar en armonía con la misión propia, con el espíritu de la evangelización y sin perjuicio de otros valores pro­pios de la vocación. El texto que Pablo VI nos ofrece en la Evangelica Testificatio merece meditarse atenta­mente:

«Vosotros os dais cuenta de lo que sufren tantas personas arrastradas por el torbellino del trabajo para tener qué comprar, de qué gozar, qué consumir, lo que frecuentemente les origina una fatiga verdaderamente’ inhumana. Un aspecto esencial de vuestra pobreza será hacer ver el sentido humano del trabajo, desarrollado con libertad de espíritu y restituido a su propio valor como medio para conseguir el sustento y para prestar un servicio. El Concilio ¿no ha puesto el acento sobre vuestra necesaria sumisión a la ley universal del trabajo? Ganar lo que necesitáis para vuestra vida y la de vuestros hermanos y para ayudar a los pobres con vuestro trabajo es lo que os incumbe a todos vosotros. Pero vuestro trabajo no puede ponerse al margen de la misión de vuestras comunidades ni se debe asumir habi­tualmente aquellos que no sean los propios. El trabajo no debe arrastraros de manera alguna hacia la secularización con daño de vuestra vida religiosa. Tened cuidado ele vivir el espíritu que os debe animar. Sería un gran Millo el que os valorasen solamente por la retribución que aportáis de vuestro trabajo profano». (ET 20).

3. «La Iglesia quiere obreros, pero obreros que trabajen».

El trabajo es exigencia del celo por la gloria de Dios v la salvación de los hombres. San Vicente, como Santa Teresa, pedía obras. A Dios hay que amarle con «el sudor del rostro y el cansancio de nuestras manos». Al hombre se le conoce por las obras. No nos engañemos, repetía San Vicente: «Totum opus nostrum in operatione consistit», que es como si dijera: lo nuestro es trabajar:

Hay muchos, que preocupados de tener un aspecto externo de compostura y el interior lleno de grandes sentimientos de Dios, se detienen en eso; y cuando llega la hora de los hechos y se presentan las ocasiones de trabajar, se quedan cortos… hablan como ángeles, pero que, cuando se trata de trabajar por Dios, de sufrir, de mortificarse, de instruir a los pobres, de ir a buscar la oveja perdida… ¡ay!, todo se viene abajo y les fallan los ánimos… La Iglesia es una gran mies que requiere obreros, pero obreros que trabajen. No hay nada más conforme con el Evangelio que reunir, por un lado, la luz y fuerzas para el alma en la oración, en la lectura y en el retiro y, por otro, ir luego a hacer partícipes a los hombres del alimento espiritual. Esto es lo que hicieron el Señor y, después de El, los apóstoles… Esto es lo que debemos hacer nosotros y la forma con que

Hemos de demostrar a Dios con obras que le amamos. Totum opus nostrum in operatione consistit. (XI 733-734).

  • ¿Puedo asegurar que cumplo lo que se dice en las Reglas Comunes (IV 5), es decir, que estoy siempre útilmente ocupado?
  • ¿Puedo considerarme entre aquellos sacerdotes que tienen más trabajo que el que pueden reali­zar y que, según San Vicente, citando el parecer de A. Duval, es bueno para el sacerdote?
  • ¿Mi trabajo corresponde a las obligaciones de mi vida sacerdotal y misionera según los proyec­tos provincial y local?

Oración:

«Ruego a Dios, que desde toda la eternidad trabajó den­tro de sí mismo, ruego a nuestro Señor que trabajó aquí en la tierra hasta ser un jornalero, ruego al Espíritu Santo que nos anima al trabajo, ruego a S. Pablo que se ganó con el trabajo el pan de su sustento, ruego a todos los an­tiguos religiosos que se ejercitaron en el trabajo manual y que llegaron a la santidad, que quiera la bondad de Dios perdonamos el tiempo que tantas veces hemos perdido… Ruego a nuestro Señor Jesucristo que nos conceda la gra­cia de trabajar para imitarle. Ruego a la Santísima Virgen y a todos los santos que nos obtengan de la Santísima Tri­nidad esta gracia. Amén». (IX 452).

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