Relatar la vida de Sor Teresa Dausá Mascort es rememorar la conducta de las primeras Hijas de la Caridad. Una simple entrevista con ella suponía frecuentemente la revelación de algún pensamiento de la doctrina vicenciana. Durante los últimos meses de su carrera terrestre habló muy poco; pero lo suficiente para revelar, contra su voluntad, la profundidad de su fe sencilla y sus tres amores: a la Iglesia, a María, a la Compañía. Sobre todo, su vida de postración paciente y risueña —diecisiete años en cama por fractura de cadera— es el argumento más fuerte de haber asimilado una doctrina segura de la ascética cristiana.
Entrar en su alma es una tentación; sin embargo, nos invita a ello. En la vida de los hombres hay datos que interesan poco y conductas que importan más. Yo acepto el riesgo de la equivocación describiendo lo anecdótico de esta Hija de la Caridad, que vivió ciento un años y seis meses en la Iglesia, y ochenta en la Compañía.
Sor Teresa nació el 15 de noviembre de 1870 en La Bisbal, provincia de Gerona. Podemos suponer que amó profundamente el cielo catalán, y la lengua, y el genio creador de su pueblo. Cuando un misionero C. M. entraba en su habitación de enferma cantando el Avemaría en catalán, ella en seguida le acompañaba, acaso regustando los años de niña y de joven, cuando formaba parte del coro parroquial de La Bisbal. Hasta los veintidós años trabajó con su familia en un taller de hilaturas. Llegó a tejer con destreza la lana y el algodón. Los pobres se aprovecharían más tarde de su habilidad y, sobre todo, la ropa de Iglesia, a la que sirvió como sacristana, luciría su arte y su gusto. El 16 de julio de 1892 ingresó en la Comunidad de Hijas de la Caridad, previo un tiempo de prueba en el Hospital Incurable de Mujeres, hoy demolido, de la calle Amanier, de Madrid. Con el escaso arsenal de formación cultural y espiritual, siempre en aumento, recibido en el Seminario, empezó a recorrer buena parte de España: Villanueva y Geltrú, Górliz, Olot, Barcelona, Figueras, Játiva, Madrid, Logroño, Ávila. En Ávila, a pocos metros de donde se supone nació su patrona Santa Teresa, trabajó desde el año 1939 hasta hoy, 12 de mayo de 1972.
Durante tan largo tiempo de pervivencia en la Compañía tuvo ocasión de perfilar las líneas espirituales que configuran a la Hija de la Caridad tradicional. Irresistiblemente su vida nos obliga a pensar en las primeras Hermanas: Luisa de Marillac, Margarita Naseau o Bárbara Angibust. Al fin es el mismo espíritu de amor al pobre quien obligó a todas por igual a dejarlo todo para darse a Cristo. Las otras virtudes que pudieron practicar son expresiones distintas del primer amor. Sor Teresa, a lo largo de su vida apostólica, sólo conoció Hospitales y Asilos. Este contacto continuo con enfermos, ancianos le favoreció la práctica del Evangelio de la compasión, de la misericordia y de la esperanza, como lo había aprendido Vicente de Paúl en San Lucas y practicando en el Hospital de la Caridad. De esta manera nos resulta más fácil, tras larga experiencia, interpretar su paciencia y jovialidad ante el dolor de diecisiete años de postración. Sólo al final se la pudo oír: «No puedo más, Madre mía; llévame al cielo.»
Si hoy celebráramos una conferencia sobre sus virtudes, al estilo de los primeros años de la Compañía, tendríamos que repetir las mismas palabras que San Vicente pronunció en honor de Margarita Naseau: «Tenía una gran paciencia; jamás se quejaba. Todos la querían porque no había en ella nada que no fuese amable.» Julio 1642. De ojos vivos, expresivos; de fino y puro semblante, su rostro siempre iluminado por la sonrisa o ligeramente arrugado por la resignación.
Es difícil analizar su amor a la Iglesia a través de una anécdota; pero si todo lo que sabemos de ella es casi anecdótico, hemos de concluir que la amó sencilla y fielmente. También hasta su habitación entraron aires de renovación y confusionismo. Acaso no pudo captar en los últimos años los cambios y disgustos por los que pasa la Iglesia actual. Ella se esforzaba buenamente en rezar por «la barquilla de Pedro», como había aprendido de joven. Al cumplir los cien años, Mons. Maximino Romero de Lema, Obispo de la Diócesis, se personó en la Casa de Misericordia para testimoniar sus respetos e interés por la salud de la enferma. Pero Sor Teresa, menos interesada por su propia salud que por el bien de las almas, cortó de pronto: «Monseñor, su rebañito ¿cómo va? Yo rezo por los sacerdotes y los pobres.» Pensando que era hija de la Iglesia, ella se sentía feliz, aunque atormentada en ocasiones por el pensamiento de la vida futura.
La vida apostólica, tal como se desarrolla en Hospitales, Casas de Beneficencia,, crea por sí misma la necesidad de la oración si se quiere escapar de la asfixia. Para una gran mayoría no es la meditación pura la que más aprovecha, sino la conjunción de lo orla con lo mental. Otro método distinto de éste suele conducir frecuentemente al sueño, después de un duro bregar por salas y pabellones. El Rosario entonces se convierte en el arma defensiva y ofensiva del combate espiritual. Es el caso de Sor Teresa. Con este medio intentaba penetrar en los misterios de la vida de Cristo y de María. Sin haber leído la exhortación de Juan XXIII, ella sabía elevarse por encima del homenaje puramente oral, que consiste en el recitado del Padrenuestro, Avemaría y Gloria, para vivir en cada cuadro un triple acento, que es al mismo tiempo: contemplación mística, reflexión íntima e intención piadosa. Conocía el consejo de San Vicente: «No faltéis nunca al rezo del Rosario; es vuestro breviario.» 8 diciembre 1658. Aun cuando no lo rezara, nunca, ni de día ni de noche, se le cayó de las manos: fruto de un hábito contraído. Se servía también de jaculatorias. Sobre todo al final de su carrera no acertaba a orar de otra manera; ni los labios ni la memoria le permitían una oración larga. Hasta en estos recordaba a San Vicente: «Vuestros enfermos son niños en la devoción, aunque sean personas mayores. Una buena palabra por parte del corazón… os bastará para llevarles a Dios… Por eso se llaman jaculatorias, que son otros tantos dardos disparados que hieren el corazón de Nuestro Señor, sobre todo cuando van dirigidas por un alma buena.» 11 noviembre 1667.
Una persona pertrechada con tal formación termina por amar a su Congregación. Pero la Congregación está representada en unos Superiores. Sor Teresa sentía «veneración» por los Superiores. Sin remilgos y sin adulaciones se lo confesó ingenuamente a Sor Chiron, Superiora General de la Compañía, cuando ésta acertó a pasar por Avila en 1968. La Madre no pudo contener la emoción y el comentario: «¡En estos tiempos hablar de veneración a los Superiores; se necesita fe! Y sin embargo no resulta muy difícil tropezarse con personas que desafían con su práctica la crisis de este mundo secularizado. Los Superiores Generales y Directores: Slattery, Richardson, Jamet; como las Hermanas: Chiron y Zubiarrain, atraídos sobre todo por la longevidad de Sor Teresa, le dirigieron cartas y telegramas, que ella recibía impasible y que la servían para rezar por la «pequeña Compañía».
Hoy la Comunidad de Ávila, a la que perteneció treinta y tres años Sor Teresa, tiene una Santa en el cielo; puede encomendarse a ella. Dicen que fue un pararrayos; yo aseguro que sirvió de lazo de unión para todas. En torno a su cama la pequeña Comunidad de la Casa de Misericordia mimaba a uno de los tesoros de la Compañía. Así se expresó el primer panegirista, P. José Luis Renedo, en una homilía sencilla y sentida. La enferma inició el último paso al cielo el mismo día de la Ascensión del Señor; pero su entrada definitiva fue al día siguiente, 12 de mayo, a las ocho horas y veinticuatro minutos, cuando los ancianos y Hermanas se acercaban al altar para recibir la Eucaristía. Silenciosamente se nos fue a celebrar la Pascua celeste, tras haber oído cantar la Salve, como tantas veces lo había pedido a la Comunidad: «Cuando yo esté muriendo, cantadme la Salve.» Quien la vio expirar, atestigua que no hizo ni una mueca de resistencia al pasar de la orilla terrena a la eterna.







