Sor Teodora Abarca y Arregui nació en Pamplona el 9 de Noviembre de 1811. Era hija de unos honrados artesanos, que aunque nada les faltaba, más ricos de virtudes que de bienes de fortuna, educaron a su hija en el santo temor de Dios. Dotada por el Señor de un carácter afable y de un candor que le duró hasta el fin de su vida, supo corresponder a las gracias del Cielo y a los desvelos de sus queridos padres. Desde niña tenía inclinación de ingresar en la Orden Capuchina, y hacía cuantas pruebas podía para acos-tumbrarse a sufrir el rigor de la Regla. A la edad de once años pidió permiso a su confesor para hacer uso del cilicio; se lo concedió, advirtiéndola que fuese al día siguiente a darle cuenta. La pobre niña comprendió que no debía quitárselo hasta cumplir el mandato. La divina Providencia dispuso que el confesor marchase de viaje; su ausencia fue de ocho días, permaneciendo Teodora con el cilicio puesto hasta que regresó, y asustado la ordenó que se lo quitase. De tal manera se habían introducido las puntas en sus tiernecitas carnes, que la quedaron unas heridas que tardaron más de un mes en cicatrizarse, valiéndose de mil industrias para que su madre no se apercibiera de ellas.
Creciendo en edad y en virtud, y con el deseo de consagrarse a Dios en la Orden arriba mencionada, pasó hasta los veinticuatro años sin poder conseguirlo, porque el Señor tenía otros designios sobre ella. Murió el confesor, y el que le sustituyó comprendió que tendría que sufrir mucho en el claustro por la viveza de su imaginación, y que Dios la tenía destinada para hija de la Caridad, y así se lo aconsejó. Como tenía tanto amor a la pureza, le contestó que tenía mucho miedo a los hombres y temía los peligros. El prudente director fue disuadiéndola poco a poco de las ilusiones que el maligno tentador la ponía delante, hasta que la convenció. A los veintiséis años ingresó a hacer su postulantado en la Inclusa de Pamplona. Terminado, y comprendiendo su respetable Superiora que no sólo no era apta para hija de la Caridad, sino que era tal su fervor y amor al trabajo, que desempeñaba los oficios como si fuese una hermana profesa, pidió y obtuvo del muy Respetable Visitador el permiso para vestir el santo hábito y dejarla en dicha casa sin pasar noviciado, pues era imposible pasar a Madrid, porque estaba interceptado el paso por circunstancias de guerra. Permaneció veintidós años ejercitando su caridad, su celo y su paciencia, cuidando a los niños expósitos como una verdadera madre, derramando muchas lágrimas cuando veía morir los niños por carecer del necesario sustento, por falta de nodrizas.
El año 50 la nombraron los muy respetables Superiores Hermana Sirviente del Hospital de Tudela. Lo que sufrió su humildad solo lo sabe Dios y algunas hermanas de las que había en ambas casas en aquella época. Rogó y se humilló cuanto pudo para que los Superiores la dispensasen del dicho cargo; pero como conocían que era muy apta y que podía desempeñarlo, la contestaron que era la voluntad de Dios, y que nada temiese, que le daría las gracias necesarias. Con dicho consejo cobró tanto ánimo, que nada se le hacía pesado, a pesar de tener que atravesar circunstancias muy difíciles, tanto de escasez de recursos como de disensiones entre la Junta y Comunidad; pero todo lo arreglaba con su carácter amable y siempre igual. El día que más disgustos tenía, más alegre estaba en la recreación, y era la primera que principiaba a cantar, para que las hermanas no conociesen nada. Era tal su caridad, que no podía ver a un pobre mal vestido; se enternecía hasta derramar lágrimas y hacía cuanto podía para cubrir su desnudez. Siempre estaba dis-curriendo para que no faltase nada a los enfermos y estuviesen bien asistidos.
Pero en lo que empleaba todo su ingenio era en ocultar las faltas del prójimo y defender a los culpados; no podía oir la cosa más mínima contra la caridad. Si alguien se deslizaba en su presencia, tenía grande habilidad para cambiar la conversación, haciendo que recayese sobre cosas de espíritu; y si proseguían, decía: «Todos tenemos miserias, y si Dios nos dejase de su mano, cometeríamos más faltas que esos pobrecitos».
En materia de pobreza era delicadísima. Decía a las hermanas que era el voto que más pena le daba y que una Hija de la Caridad no cumplía con su deber si en sus manos no se aumentan los bienes de los pobres. Siempre que salía a los patios hacía un hacecito de los palitos de leña que encontraba tirados: decía que si no se recogían servirían para aumentar el fuego del Purgatorio. Enseñaba a las hermanas las hebritas de hilo que recogía, y las decía con su sonrisa en los labios: «Tengan cuidadito, que el enemigo está haciendo el ovillo para presentarlo al Señor. Hasta los setenta y cinco años, siempre que sus ocupaciones se lo permitían, bajaba al lavadero y daba jabón a toda la ropa que lavaban las sirvientes, para que no gastasen más que lo necesario. A pesar de Sus economías se vio en grandes apuros. Durante la guerra civil hubo días que no tenía fon-dos ni para los gastos más indispensables. Llena de confianza en la Providencia, recurría a una cajita o cepillo que todavía existe en la escalera principal, y siempre encontraba lo necesario para el día, premiando el Señor su fe y su paciencia.
– Para elogiar su pureza sería necesario escribir un libro. ¡Tantas y tales eran las precauciones que empleaba para conservar tan hermosa flor, que rayaban en escrúpulo!
Su obediencia no pudo ser más perfecta. Recibía los mandatos de los Superiores como si fuesen del mismo Dios, y no podía sufrir que se faltase en lo más mínimo a lo que ordenaban. A los setenta y siete años de edad tuvo una fuerte caída: después de sufrir agudísimos dolores con inaudita paciencia, edificando a cuantas la veían, le quedó el brazo izquierdo inutilizado. Como no podía desempeñar su cargo con la exactitud de antes, se propuso someterse en todo a la hermana que hacía de segunda, con harta pena de ésta, que muchas veces derramaba lágrimas al verla presentarse apoyada en su muletita a cumplir con la santa regla cual si fuese una novicia. Unos meses antes de su muerte tenía una hermana todo preparado para limpiarle los pies, y le dijo: «No tengo permiso. La hermana le respondió que ya lo pediría ella; y con aquella candidez que encantaba, le contestó: «No me privará usted del mérito; y apoyada en el brazo de la hermana, se presentó a su segunda, que le concedió el permiso, confundida y humillada al ver tales ejemplos de virtud. Regresó a la habitación muy alegre y satisfecha.
Era muy observante de las santas reglas, y cuando exhortaba a las hermanas las decía: En las reglas no hay nada pequeño, todo es de suma importancia.
Toda su vida fue muy fervorosa, pero los últimos años creo que no perdía un momento la presencia de Dios; tanto es así, que no encontraba materia para confesar; se apuraba y decía que estaba tonta y no conocía sus faltas. ¿Qué será de mí en el tribunal de Dios? La mayor parte del día la pasaba rezando parte del santo Rosario; si las hermanas no podían acompañarla, que lo hacían con frecuencia, rezaba en voz alta, para no distraerse.
La Confesión, la sagrada Comunión y el Juicio era lo que más le preocupaba. Apenas había día que no hablase de esas materias, tanto a las hermanas como a las seglares. No siendo cosa de Dios, todas las conversaciones le molestaban. No podía sufrir que los rezos de Comunidad se hiciesen de prisa y mal pronunciados; decía que a Dios se le habla con respeto y atención, acompañando el corazón a las palabras. Apoyada en su palito visitaba todos los días a las enfermas, y con aquel candor y amabilidad que la caracterizaban les daba sus consejitos; y por más díscolas é irreligiosas que fuesen, todas le atendían y agradecían sus visitas. Los últimos días de su vida -iba apoyada del brazo de una hermana.
El mes de Junio, en la fiesta del Sagrado Corazón, hizo la conferencia a las hermanas, excitándolas al cumplimiento de las santas reglas con tal fervor y entereza, que no dudaron que algo extraordinario había en ella. La mañana siguiente pidió permiso para comulgar, añadiendo: «Si no estoy bien preparada, a cargo de usted irá, le contestó la hermana: «No tengo inconveniente en cargarme con todos sus defectos y fue lo suficiente para que comulgase con toda tranquilidad. ¿Quién había de pensar que sería por última vez? A las nueve de la mañana le dijo su médico, haciéndola un cariño: «Tenemos superiora hasta los ciento; y contestó con acento profético: «Eso lo dice usted; pero lo que hay dentro, Dios y yo lo sabemos. A la media hora le dió un ataque de parálisis, recibió la Santa Unción, al poco rato quedó privada de sus facultades, y así permaneció hasta el día 8, que entregó su alma pura y llena de méritos al Señor, dejando la Comunidad sumida en llanto. Un sentimiento general se apoderó de los tudelanos y todos acudieron a prestar sus últimos obsequios a tan cariñosa madre.
SOR EVARISTA SOLANOS.
SOR TEODORA ABARCA Y ARREGUI (1811-1902)







