Sor Rosalía Rendu (Desmet) 14

Francisco Javier Fernández ChentoRosalía RenduLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Henri Desmet · Año publicación original: 1980 · Fuente: CEME.
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14. Los últimos momentos. La muerte

Sor Rosalía Rendu

Sor Rosalía Rendu

Durante aquel año de 1855 murió en París la venerable superiora del convento de la Visitación de Santa María, la madre Fournier. Las herma­nas de la Visitación de san Francisco de Sales y las Hijas de la Caridad de san Vicente estaban ligadas, lo mismo que sus santos fundadores, con una santa amistad. La madre Fournier hizo llamar a su cabecera a la superiora de las Hijas de la Caridad de la calle de l’Epée-de-Bois. Quería tenerla a su lado en el momento de morir. «Me gustaría tener a un ángel junto a mí».

San Vicente le había dicho un día a la señorita Le Gras: «Usted va por delante. Pronto la alcanzaré». También la madre Fournier le dijo a sor Rosalía: «Yo me voy por delante. Animo, hermana, usted me seguirá muy de cerca». E indicó la fecha, ya muy cercana, de su propia muerte.

No había nada que hiciera prever, por aquellos finales del año 1855, que a sor Rosalía le quedaban pocos días de vida. Incluso se hacían pro­yectos de operación a fin de devolverla la vista. Se aguardaba para ello el buen tiempo.

Llegó el año 1856. Par consiguiente, la aurora del año nuevo se mos­traba feliz y llena de grandes esperanzas. Sor Rosalía pasó sin especiales molestias el mes de enero.

Pero de pronto, a comienzos de febrero, cayó gravemente enferma. Se había resfriado. La noche del 4 de febrero tiritaba de frío en la cama. Tenía una fiebre muy alta. Cuando llamaron al médico, dictaminó enseguida la gravedad del mal: pleuresía. Pero no estaba todo perdido todavía. Se apli­caron los remedios enérgicos de aquella época: vejigatorios.

Sor Rosalía demostró una paciencia admirable. Sufría mucho; pero aco­gía el sufrimiento con gozo, unida a los sufrimientos de Jesucristo en la cruz. En un falso movimiento, el emplasto se había corrido y se había formado una llaga en carne viva. Sor Rosalía no se quejaba. Sin embargo, tenía que sufrir mucho. La hermana enfermera se extrañaba de ello e inclu­so se preocupaba por aquella insensibilidad: «Pero madre -le dijo-, ¿es que no ha sentido usted nada?» Y como sor Rosalía guardara silencio, ella repitió su pregunta. Entonces sor Rosalía sonrió y dijo sencillamente estas hermosas palabras: «Sí que lo sentía, pero era un clavo de la cruz de nues­tro Señor y quería conservarlo para mí sola».

Cuando alguien le compadecía, se contentaba con responder: «Segura­mente los pobres no están tan bien coma yo». La boca habla de la abun­dancia del corazón. Y sor Rosal: a tenía su corazón lleno de amor a los pobres.

Siempre precavida, llena de atenciones con los demás, preocupada por la salud de las hermanas, seguía inquietándose según su costumbre por su cansancio. Una de las que habían estado velándola la primera noche se levantó a mitad de la noche siguiente para ver cómo se encontraba. Al entrar en su habitación, le presentó un vaso para que bebiera sin decirle nada. Sor Rosalía la reconoció: «Hija mía, qué daño me está usted haciendo al fatigarse tanto por mí. ¡Me fatiga usted a mí misma! «. Se nos ocurren aque­llas hermosas palabras de madame de Sévigné a su hija: «¡Yo siento daño en tu pecho!».

Durante su vida, sor Rosalía había demostrada tener miedo a la muerte. La meditación de las grandes verdades causaba una honda impresión en su alma. Su devoción, que siempre había sida muy sencilla, se había alimentado con esas sencillas verdades que habían sostenido su firmeza y su vir­tud durante toda su vida. Un día, a una joven hermana que le hablaba con cierto entusiasmo de los «consuelos espirituales» le había dicho con cierta dosis de malicia: «¿Sabe usted lo que es estar celosa de esos consuelos» Hace ya cuarenta años que estoy sirviendo a Dios y nunca me ha conce­dido ni un solo minuto de consuelo celestial. Yo no veo más que dos cosas que me rodean en mi vida: su justicia por un lado y los intereses de su gloria por otro». Seguramente que aquel día sor Rosalía se juzgaba con cierto pesimismo. Durante su vida de apostolado, en medio de sus preocupa­ciones y de sus fatigas, había tenida ciertamente no pocas alegrías y satis­facciones. Dios tiene que infundir ciertamente en sus buenos obreros el en­tusiasmo con su sonrisa paternal y con una marca de confianza, que les consuelen en sus tribulaciones. Pero hay consuelos. Sor Rosalía habla aquí de «consuelos celestiales». A través de su sonrisa maliciosa se vislumbra lo que quiere decir. Ella intenta bromear con su joven compañera y burlarse de sus afanes extraordinarios de devoción; pensaba quizás en san Pablo y en sus vuelos por el tercer cielo. Pera no es necesario subir hasta el tercer cielo para estar en el sitio querido por Dios. Sin subir hasta el tercer cielo pueden encontrarse alegrías muy puras y muy profundas, no tan excepcio­nales, que a veces hacen vibrar al alma bajo la acción del Espíritu Santo y de sus dones, esas antenas tan sensibles, portadoras de luz y de suavidad. Sor Rosalía había ciertamente sentido a veces en su vida ese contacto con Dios.

Pero la verdad es que su devoción, siempre muy sencilla, se alimentaba de ordinario con verdades austeras. «La justicia de Dios», decía con fre­cuencia. Y aunque templada con su santo entusiasmo de la «gloria de Dios», esa «justicia divina» era para ella un «aguijón en la carne», como decía san Pablo. Sor Rosalía tenía miedo de la muerte y del juicio divino.

No obstante, cuando llegó su última enfermedad, y a pesar de aquellas palabras de la venerable madre Fournier, que le había dejado vislumbrar su muerte cercana, sor Rosalía estaba tranquila y serena. ¿No había dicho acaso san Vicente: «Los que hayan amado mucho a los pobres no tendrán miedo a la muerte»? San Vicente velaba paternalmente por la serenidad de su hija.

Por algún momento creyeron que iban a vencer al mal. La muerte va muchas veces precedida de cierto bienestar ficticio y pasajero. Todavía ~-l día anterior a su muerte sor Rosalía daba a sus hermanas la ilusión de que iba a curarse. Tomó un poco de alimento. Y todo París, que seguía lleno de ansiedad las vicisitudes de su enfermedad, cobró algunas esperanzas. Pero aquel mismo día volvió la fiebre. Reapareció la pleuresía. La enferma empezó a amodorrarse. De vez en cuanto balbucía algunas palabras. Sus úl­timas frases fueron para sus pobres: «Hijos míos, mis queridos hijos, mis pobres. Cuando yo les falte, Dios mío, no los abandones». Las palabras se extinguieron en sus labios.

Avisaron al señor párroco de Saint-Médard que llegó corriendo y le administró la extremaunción. Sor Rosalía hizo la señal de la cruz. Fue su último gesto. Con aquel acto de fe y aquel signo salvador entró definitiva mente en sopor. El día siguiente, 7 de febrero, a las 11 de la mañana, entregó su alma a Dios, sin agonía.

Sor Rosalía tenía setenta años. Aquella buena obrera de Dios, agotada por tanto trabajo, podía ir a descansar al paraíso. Allí volvería a encon­trarse con su anciana madre, que había muerto en Confort tres días antes. ¡Qué emoción la de aquel «volver a verse» en el seno de los esplendores del cielo! ¡Qué hermosa recompensa de un sacrificio tan largo! ¡Magnífica sor­presa la que Dios prepara a sus elegidos!

Arrodilladas alrededor del lecho fúnebre, las hermanas, pensando en la santidad de su vida, vacilaban en rezar por ella. Sin embargo, cierto te­mor -¡pero de cuánta nobleza!- les decidió a ello: «Quizás le quede por expiar -dijo una de ellas- el demasiado cariño que nos tenía» ¡Qué her­moso elogio!

Ante sus restos mortales se organizó un continuo desfile: se sucedían uno tras otros la gente humilde y los grandes personajes para contemplar por última vez aquellos rasgos tan bondadosos y enérgicos, que la muerte había hecho más augustos todavía. Deseaban conservar en sus ojos aquella piado­sa imagen, lo mismo que se conserva en el corazón el recuerdo de los favores recibidos.

«El día de las exequias, un sábado, hubo un paro general en todo el barrio, como si se tratara del domingo. Al toque de ánimas de la iglesia de Saint-Médard, todo el barrio se puso en movimiento para seguir a su bienhechora».

«Los funerales fueron grandiosos, conmovedores… Por delante del co­che fúnebre caminaba una ola silenciosa, en la que fraternalmente se con­fundían todas las clases. Los partidos hicieron una tregua aquel día. Los odios enmudecieron bajo el peso de la admiración del más raro de los dones».

El cortejo se dirigió al cementerio de Montparnasse, en donde se depo­sitó el ataúd en la cripta de las Hijas de la Caridad.

Unos meses más tarde, la fidelidad del recuerdo inspiró a algunos ami­gos de sor Rosalía el deseo de proporcionarle una tumba especial, donde pudieran ir a testimoniarle a ella personalmente su gratitud. Se concedió la autorización «en virtud -dice el registro del cementerio- de los ser­vicios hechos al pueblo francés».

En la nueva tumba se colocó una lápida con la siguiente inscripción:

A sor Rosalía sus amigos agradecidos los pobres y los ricos.

Con frecuencia se ven allí flores, colocadas por manos desconocidas. ¡Humilde testimonio de gratitud de corazones generosos que no olvidan!

Vigencia de su recuerdo

Los funerales habían sido un verdadero triunfo. Un triunfo sin lujos de ninguna clase, pero magnífico en sinceridad, en fidelidad, en recogi­miento por parte de toda aquella buena gente del barrio, profundamente impresionada ante la belleza y la riqueza de una vida que la muerte les había arrebatado irremediablemente.

¡Homenaje espontáneo de todo un pueblo! Los superiores de sor Rosa­lía no intervinieron para nada. Se mantuvieron al margen de aquellas ova­ciones.

Por otra parte, parece ser que esta reserva se debió en parte a una espe­cie de incomprensión que había rodeado muchas veces a las hazañas de sor Rosalía y que la siguió hasta el borde del sepulcro, para disiparse por completo más tarde. La Providencia tiene sus medios propios para man­tener a sus elegidos en la humildad.

Sor Rosalía, como cualquier otro ser excepcional, fue discutida con cierta frecuencia. Tuvo sin duda muchos admiradores, muchos amigos en­tusiastas y fieles. Tuvo también algunos, muy pocos, detractores. Pero hubo sobre todo respecto a ella ciertas actitudes reticentes de personas que se sentían desconcertadas y perplejas por su conducta.

En alguna ocasión se sintió afectada por algunos falsos informes de personas de corta vista o que no la conocían debidamente; la denunciaron ante las altas esferas; la llamaron al orden y la reprendieron. Y a pesar de la humilde y completa sumisión que entonces demostraba, poniéndose de rodillas ante sus superiores y aceptando en silencio los reproches, re­nunciando a disculparse, no siempre consiguió disipar las sospechas que pesaban sobre ella.

¡Era una conducta tan excepcional!

Algunos cavilaban: ¿puede acaso compaginarse con el espíritu de una persona de comunidad, sometida a las leyes de la obediencia, ese espíritu emprendedor que en el terreno de la caridad la mantenía siempre anhelante, impaciente por hacer cosas, siempre dispuesta a emprender toda clase de obras nuevas, haciendo de su vida una especie de carrera precipitada, en manos de una actividad febril? ¿Puede compaginarse con el espíritu de una hija de la Caridad el hecho de no eludir aquella popularidad mundial que la ponía en evidencia, que atraía sobre ella las señales de respeto y los tes­timonios de confianza de los más elevados personajes? ¿Es que no aceptaba todos aquellos honores con demasiada facilidad?

¡Realmente resulta extraordinaria la vida de una hija de la Caridad, arrojada en medio de la fermentación de aquel extraordinario barrio Mouffe­tard! ¿Pero es que podía ser vulgar su vida en semejante ambiente? ¿Podía ella contentarse acaso con fórmulas ya hechas en su entrega a aquella gente? ¡Tenía que hacer con ellos algo nuevo, y hacerlo pronto, sin perder la oca­sión! Era normal entonces que algunos vacilasen en aprobar plenamente y de antemano aquellas iniciativas que sor Rosalía había tenido que tomar en aquel barrio tan poco vulgar, en medio de las revoluciones y de los motines, en el seno de aquellas sombrías circunstancias que atravesaba aquel París agitado, víctima de las incertidumbres, del descontento, del flujo y reflujo de las batallas políticas y sociales. ¡Se necesitaba toda una sor Rosa­lía con «la cabeza en su sitio» y un corazón bien templado para hacer fren­te a semejantes situaciones, sin huir jamás ante el deber, por muy excepcio­nal que fuera!

Sor Rosalía caminaba decididamente hacia adelante con una hermosa intrepidez, arrostrando lo mejor posible las dificultades, abriéndose camino a través de los obstáculos, dejando que los demás hablasen, logrando final­mente vencer y tranquilizar a todos y suscitando su admiración.

Es lógica que hiciera cosas extraordinarias. Pero ¿es que acaso tenía que dejar que siguiera corriendo el mal, que se extendiera la miseria, con la excusa de que la tarea era demasiado nueva, de que había demasiados riesgos, y de que además, por si fuera poco, aquello le iba a dar un gran renombre? ¿Dónde estaba la prudencia? ¿Y dónde estaba la caridad?

En cuanto a eludir los honores que le granjeaban sus éxitos y que cierta­mente ella no había buscado jamás, la verdad es que sor Rosalía, en aquella confusión de su lucha contra la miseria, tenía otras cosas en qué pensar! Al menos por una vez el bien era admirado, felicitado, agradecido, recom­pensado. Dios era glorificado en ello «Videant et glorificent Patrem vestrum qui in coelis est!p. Pero de lo de buscar la gloria por la gloria, uut videan­tur», de eso sí que sor Rasalía se guardaba muy bien. No buscaba ni mucho menos aparecer. ¡Sus preocupaciones eran muy distintas! Ella iba por medio de la gente para curarlos, para consolarlos, para sacarles del aprieto, para arrancarlos de las manos del demonio. Y si todo eso parecía bello e ilumi­naba a las almas, a ella no se le ocurriría poner la lámpara debajo del celemín.

Sería inútil zanjar definitivamente este debate, en donde se han mostrado tan disconformes algunos brillantes espíritus y algunas almas grandes. Pero lo que es cierto es que sor Rosalía recibió la bendición de Dios. Dios la favo­reció generosamente. Y ella a su vez sirvió a Dios de todo corazón.

Este esplendor de un alma, arrebatada por todo lo que es bello, refrac­taria a toda villanía, olvidada de sí misma, preocupada siempre de los demás, este corazón tan sensible, foco ardiente de eternos ardores, que a pesar de ellos sometía dócilmente su llama a la dirección de una voluntad debidamente equilibrada, capaz de dominar con toda serenidad las vicisi­tudes y los sobresaltos de la vida y el campo agitado y tormentoso de la miseria y de las batallas sociales, esta audacia heroica en medio del tumulto de las guerras sociales, el feliz resultado de sus gestiones, la novedad y la duración de sus empresas, la indefectible abnegación de toda una vida en­tregada a la gloria de Dios, honrado en sus pobres, toda esta riqueza de vida liberalmente gastada y entregada a las grandes causas, la invasión de lo sobrenatural en su vida, la fidelidad a todas las obligaciones comunitarias y, junto con todos estos signos de valor, la aureola que san Vicente atribuía a la obediencia y que, en varias ocasiones, iluminó con toda su esplendor la frente de sor Rosalía: todo esto es el sello de la bendición divina. Y ésta sería la mejor defensa que oponer si a alguien se le ocurriera establecer sobre ella una discusión a propósito de su fidelidad y su prudencia sobre­natural.

Hay muchas cosas admirables en la vida de sor Rosalía. Y hay pocas que lo sean hasta el punto de no ser imitables.

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