Sor Rosalía Rendu (Desmet) 12

Francisco Javier Fernández ChentoRosalía RenduLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Henri Desmet · Año publicación original: 1980 · Fuente: CEME.
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12. Sor Rosalía y el Sacerdocio

Grandeza del sacerdicio

Sor Rosalía Rendu

Sor Rosalía Rendu

Sor Rosalía sentía un gran aprecio por el sacerdocio. Se trataba, a sus ojos, de la misma obra de nuestro Señor Jesucristo continuada hasta noso­tros. Por consiguiente, sentía una enorme veneración hacia el sacerdote, mandatario en este mundo de nuestro Señor, dotado de sus poderes, distri­buidor de sus gracias y de sus sacramentos.

Educada en una atmósfera familiar impregnada totalmente de fe, había ya comprendido desde su niñez esta alta dignidad del sacerdote y el precio de la gracia que éste lleva consigo.

Había tenido como padrino a un sacerdote, el señor Emery. Este padri­nazgo la había hecho entrar en la intimidad de este sacerdote eminente. En las lecciones del padrino a su ahijada y también en el espectáculo de heroísmo y de prudencia que había dado el señor Emery durante la revo­lución, ella había logrado distinguir toda la belleza de un sacerdocio de­bidamente comprendido y sinceramente vivido.

Durante los días del Terror, había visto a aquellos santos sacerdotes que se ocultaban en su casa paterna y que, para ejercer su sacerdocio, ponían en peligro sus vida por culpa de las leyes persecutorias. Ella misma, como todos los familiares de su casa, conoció el riesgo de la denuncia y de la muerte, por haber dado hospedaje y haber ocultado a aquellos heroicos sacerdotes.

El sacrificio, aceptado amorosamente por una noble causa, hace que el 3mor eche raíces en el corazón. Juana María Rendu había sufrido por el sacerdocio; lograría amarlo cada vez más; le serviría.

La familia tuvo el honor de ver cómo se desarrollaba en varios de sus miembros el germen tan delicado de la vocación sacerdotal: un primo de Sor Rosalía, pariente por parte de madre, el abate Laracine, llegó al sacerdocio. Otro primo, el abate Neyroux, hermano de sor Victoria, fue párroco de Saint-Geney (Ain).

Al servicio del sacerdocio

Estando ya en París, sucedió que un día se presentó, entre los visitantes que se sentían atraídos a la calle de l’Epée-de-Bois por el crédito de sor Ro­salía y su fama de santidad y de prudencia, un joven seminarista, introducido sin duda por algunos estudiantes amigos suyos. Indeciso sobre su voca­ción, venía a buscar tímidamente un poco de luz a aquel foco de donde irradiaba la virtud de Dios. Había oído que sor Rosalía daba siempre ex­celentes consejos; también se los podría dar en aquel terreno delicado. «La prudencia estaba en sus labios». La «ciencia de los santos» tiene intui­ciones que superan el ejercicio ordinario de la razón. Sor Rosalía, cuya alma desprendida se había convertido en un santuario familiar donde abun­daban los dones del Espíritu Santo, derramaba con sencillez su luz sobre los demás. Lo sabía hacer tan bien que algunos venerables sacerdotes, cuando tenían que pronunciar su decisión sobre algunas vocaciones incier­tas o titubeantes, acudían a someterle a la humilde hermana esos casos preocupantes. Y ella, que no sabía negarse a ninguna llamada, se prestaba a esta tarea excepcional. Comunicaba sus luces en la medida en que Dios se las comunicaba a ella.

Estos problemas delicados, que agudizaban su sentido de lo divino, le hacían al mismo tiempo apreciar cada vez más la dignidad sacerdotal. Por eso sufría mucho cuando observaba en algunos miembros del clero una deficiencia. No por ello se extrañaba demasiado; sabía que el sacerdo­te es hombre, que está sujeto a las debilidades humanas. Pero se preocupa­ba de «resucitar en ellos la gracia que se les ha dado por la imposición de las manos», restaurándola en toda su belleza, con la fuerza que el sacerdote necesita para llevar sobre sus hombros toda esa carga de oro que es el sacerdocio. Por eso, en cuanto de ella dependía, ayudaba al sacerdote a realizar esa belleza y magnificencia de vida que ella creía que era el ideal sacerdotal.

Ciertas defecciones como la de Lamennais, la destrucción de semejantes tesoros, le causaban una gran pena y abrían en su alma una herida muy viva que nunca se cerraba. Acostumbrada a aliviar todas las miserias, in­tentó reducir a Lamennais a su obligación, pero sin tener éxito.

Hemos visto ya la confianza que había demostrado el señor arzobispo de París a la casa de las hijas de la Caridad del barrio Mouffetard en medio de unas circunstancias que requerían mucha discreción y mucha delicadeza. Fue a ella a quien se dirigió para atender a las necesidades de aquel buen sacerdote que estaba bajo la posesión diabólica. Y día tras día, la superiora de la casa de l’Epée-de-Bois fue cumpliendo con pleno éxito esta tremenda obligación, en aquel terreno perturbado por la influencia del diablo.

Sor Rosalía, que había acompañado una vez a su superiora a casa de aquel pobre sacerdote, guardó seguramente en su corazón, junto con el re­cuerdo de aquella dramática visita, la entusiasta perspectiva del bien que estaba destinada a hacer. La cálida emoción de aquel día, junto con el pánico que experimentó por un momento, dejó seguramente grabado en su ánimo, no sólo un profundo horror ante las fechorías del demonio, sino una gran piedad por sus víctimas y una gran estima por aquel sacerdocio que el diablo intentaba profanar y desacreditar. Por eso, siempre que se presente la ocasión, hará todo lo posible por asegurar y defender la belleza de las almas sacerdotales.

La Providencia puso en su camino, en aquella ciudad agitada de París, algunos pobres sacerdotes que arrastraban una vida mediocre, en aquel re­fugio de la miseria que intenta pasar desapercibida. Pero para cualquiera que haya sido llamado a la grandeza, la mediocridad es un fracaso. Sor Ro­salía tenía la ambición de devolver a esas personas caídas la corona que de­bían llevar.

Era algo muy difícil. Pero sabía ser cariñosa como una madre y repro­char con tanto vigor a las personas caídas que todas ellas lograban encon­trar un firme apoyo en la roca firme de su fe.

El «buen salvador» de Caen y el abate Jamet

Además, para esos salvamentos contaba con poderosos auxiliares en una interesante casa de Caen que llevaba un nombre predestinado, el de «Buen Salvador», excelente casa de reposo donde, gracias a las atenciones de las religiosas y a la solicitud de un excelente capellán, se atendía a la salud de los enfermos y también a veces a los corazones desengañados.Había allí un santo sacerdote, el padre Jamet que, junto con la madre Le Chasseur, superiora de las religiosas del «Buen Salvador», había fundado aquella obra tan digna de interés. La obra había ido prosperando entre sus manos hábiles y abnegadas. Dios había dado su bendición al esfuerzo de aquellos corazones sinceros. Había varios pabellones y una gran variedad de servicios. El padre Jamet, alma de toda aquella obra, concedía la limosna de los tesoros de su sacerdocio a todas las personas que acudían a él, pero especialmente a los sacerdotes.

Sucede a veces que un sacerdote, muy personal, muy apegado a sus ideas, se encuentra un día en desacuerdo, quizás en conflicto, con las auto­ridades de su diócesis. Si se sigue obstinando en sus ideas, quizás un día se vea obligado a ir a buscar en otro sitio una vana libertad. Pero entonces, pobre astro errante en la inmensidad del mundo, se encuentra solo, vaga­bundo, sin el sostén del marco tan sólido que constituía su fuerza. ¡Dichoso entonces si lograba tropezar con el «Buen Salvador»!

En Caen había un «Buen Salvador». Sor Rosalía lo conocía bien. Había enviado allá a muchos de sus protegidos a que cuidaran de su salud. Se en­contraban allí como en familia. Saboreaban las alegrías de la paz y la tranquilidad del descanso. Si era necesario, volvía a encontrarse también con el gusto por la vida ordenada y disciplinada.

Cuando un sacerdote, con el alma llagada, había pasado algún tiempo en aquel oasis de paz y de caridad, lejos de los conflictos amargos, sentía renacer en su alma la dulzura de los pensamientos serenos y de las sanas aspiraciones. Y liberada del rencor y del orgullo, aquella alma, aligerada, recobraba el gusto por la oración, por el breviario y por la santa misa. Volvía la nostalgia de las funciones sagradas. El sacerdocio brillaba de nuevo con todo su esplendor. ¡Había caído el velo!

Los obispos, que habían podido comprobar el éxito que alcanzaban muchas de las empresas apostólicas de sor Rosalía, acudían a ella con fre­cuencia cuando algún pobre sacerdote de su diócesis caía por París, al margen de la vida diocesana. Sor Rosalía invitaba entonces a aquella per­sona a que le hiciera alguna visita, le acogía con solicitud, le sacaba del aislamiento, le procuraba una vivienda honesta y agradable, atendía a sus necesidades, le ofrecía ropa y vestido, le visitaba con frecuencia y alentaba sus buenas esperanzas.

Tantos esfuerzos se veían muchas veces coronados por el éxito. Sor Ro­salía enviaba entonces a aquel hombre de buena voluntad al «Buen Salva­dor» para que acabara de robustecerse allí su espíritu y su salud corporal.

El obispo de una diócesis cercana a París le envió un día a uno de sus jóvenes sacerdotes, que llevaba diez años de ordenado, pero tres en entre­dicho; «tiene la debilidad de beber -le decía el prelado a sor Rosalía apenas encuentra ocasión para ello», con lo cual daba frecuentes escándalos. Sor Rosalía lo recibió, le buscó alojamiento y ocupaciones; durante varios meses, lo siguió muy de cerca: «su pasión lo humilla mucho -escribía-, pero por otra parte es buena persona y tiene muy buen carácter». Poco des­pués, el 19 de junio de 1840, lo envió al querido «Buen Salvador» con es­tas palabras de esperanza: «Será una de tantas obras buenas que tendrán ustedes que añadir a las ya hechas».

Aquel pobre sacerdote era un buen hombre: «no se ha desviado nunca de la línea que le marcaban la fe y la moralidad. Pero es algo inclinado a beber en los momentos de melancolía». ¡Los momentos de melancolía! ¡Una buena excusa! ¡Pero también una imprudencia la de aquel pobre hombre! Sí, el vino está hecho para alegrar el corazón del hombre. ¿No es eso lo que nos dice la Escritura? Pero ¡cuidado! Después del primer trago

En definitiva, un remedio peligroso. Porque la melancolía es a veces tenaz. Y conduce finalmente al tercer trago, y al cuarto y al quinto. Convie­ne buscar en otra parte el remedio a la melancolía, que es tan mala consejera. Acostumbremos a las almas melancólicas a las distracciones alegres, a la espera confiada en la ayuda de Dios y de sus consuelos, en el trabajo y la oración.

Pobre sacerdote, vete entonces a saborear el buen vino de la amistad en compañía de tus hermanos, en esos banquetes fraternales que suele haber después de las reuniones mensuales en los arciprestazgos y donde brota el buen humor en las almas sacerdotales siempre juveniles. No hay nada tan sanamente alegre como esas reuniones donde se mezclan las risas con las ideas serias. Y entonces no te entrarán ganas de tomarte más de dos vasos. Y habrás superado tu mala inclinación.

Sor Rosalía tenía muchas veces el consuelo de comprobar cómo se re­cuperaban aquellos buenos hombres, débiles, pero sin malicia, que estaban realmente deseosos de volver a encontrar la belleza ideal y las alegrías inefables de los primeros años de su sacerdocio.

Estas recuperaciones eran a veces difíciles y las recaídas seguían siendo posibles. Pero ella se mostraba incansable en dar ánimos, en inspirar con­fianza, en insistir ante el «Buen Salvador» para que atendieran a aquellos espíritus inquietos. A veces se los confiaba al abate Migne, que los conver­tía en excelentes correctores o compositores de sus grandes colecciones pa­trísticas. Tenía también en el «Buen Salvador», junto con el padre Jamet, a un joven colaborador, el abate Furon, un sabio que trabajaba con dom Pitra en establecer los textos patrístico. Este sacerdote era un buen inter­mediario para entrar en tratos con el abate Migne.

Sor Rosalía les solía recomendar a todos este hermoso trabajo de cola­boración en obras de tanta importancia. Los animaba y les felicitaba por ello. Y no dejaba de reprender animosamente a las negligentes, mezclando siempre en sus reproches algunos acentos maternales. Unas veces de viva voz y otras por medio de cartas, cuando estaban en Caen, les hablaba con energía, tal como a veces suelen hablar las madres. Y le pedía a las religio­sas del «Buen Salvador» que les hicieran «trabajar, labrar la tierra, escardar, o también enseñar en clase a los pobres sordomudos». ¡No es posible ende­rezar a nadie sin esfuerzo!

Pero, por otra parte, ¡cuánta solicitud muestra para con esos pobres desventurados! ¡Cómo los defiende y aboga por su causa! Hay que prestar oídos a estos acentos maternales (21 octubre 1839): «Le ruego insistente mente, mi venerada madre, que ponga todos sus esfuerzos para que el señor D… logre enderezarse! «. «Señor superior, le ruego que reciba al pobre sacerdote del que le hablo a la madre superiora. Es digno de su celo pas­toral. Es un alma que tiene necesidad de su caridad. Me parece sincera su buena voluntad. Su constancia me da la más completa confianza en sus confianza sin límites». Y a otro lo presenta con esta fórmula tan hermosa: «Le ruego que lo honre con su solicitud paternal».

¡Qué ardor de celo en aquella alma! ¡Qué bondad! ¡Qué benevolencia y delicadeza! ¡Qué insistente y eficaz debía ser su palabra cuando, en el des­pacho, sermoneaba a esos pobres hombres de viva voz para alentar su fe, recordarles su grandeza y avivar sus buenos deseos!

Esperando siempre contra toda esperanza, prodigaba sus alientos y sus muestras de gratitud a las buenas hermanas que se dedican a esta obra tan difícil. Les aseguraba «su sincero e incomparable afecto». Les enviaba «su infinito agradecimiento y su respeto en grado superlativo». Y como com­pensación de sus servicios les prometía su ayuda por medio de esta fórmula tan sincera: «No me olvide, madre, siempre que me crea usted capaz de hacer algo que pueda agradarles». No dejaba de recordarles la importancia de la obra y el bien que hacían: «Es una gran desdicha para la iglesia verse abandonada de sus hijos, y más aún para ellos el verse alejados de su ma­dre, dejándose arrastrar por la seducción de las pasiones. ¡Qué feliz es usted, mi buena madre, de lograr que algunos entren por el buen camino! Le ben­decirán sin duda los ángeles de la guarda de esos pobres infortunados. Experimentará usted en la hora de la muerte los efectos de su celo tan caritativo. Y esa muerte será entonces tan hermosa como su vida» (carta del 7 de septiembre de 1839).

La verdad es que se necesitaba cobrar ánimos continuamente. Siempre habrá «desventurados que sean una desolación para la iglesia. Se le ofende mucho a Dios. ¡Procuremos repararlo!». Y de hecho, procuraban reparar el daño lo mejor posible. ¡Qué abnegación incesantemente renovada se des­plegaba en aquella casa del «Buen Salvador»! El 28 de noviembre de 1839 escribía sor Rosalía: «¡Cuánto me gustaría que todos esos pobres enfermos de espíritu estuviesen en casa de ustedes! Estarían entonces en el buen ca­mino». «Me he enterado con mucha satisfacción de la decisión de X… Lo mejor que ha podido hacer ha sido acudir a casa de ustedes, donde se encuentra realmente su «Buen Salvador»». En efecto, acudir al «Buen Sal­vador», era para todos ellos la mejor salvaguardia, la salvación, la paz, la alegría. Poder encontrar allí alguna ocupación, hacer algún servicio mien­tras se aprovechaban de la protección de aquella santa casa y de las ben­diciones que Dios derramaba sobre ella, era una auténtica felicidad para quien quisiera prestarse a ella.

Sor Rosalía no cesaba de animar a los demás y de animarse a sí misma. Tenía toda la razón al mostrar todo su agradecimiento a tanta abnegación y a una labor tan acertada. Con una sencillez y con un atrevimiento que constituyen sobre todo un honor para la casa del «Buen Salvador», ella misma indicaba cuál tenía que ser la pensión de sus protegidos, según las posibilidades de cada uno de ellos y las suyas propias. A veces incluso no tenía reparos en solicitar una admisión gratuita. Y en el «Buen Salvador» siempre aceptaban sus proposiciones. ¡Allí no tenía nada que hacer la ley de la oferta y la demanda! Era otro mundo totalmente distinto. ¡Y qué her­moso aquel mundo de la caridad! ¡Qué generosidad por una parte y qué naturalidad por otra en pedir un gesto caritativo, como si se tratara de algo absolutamente lógico!

La alegría de las almas grandes consiste en hacer el bien. Pero Dios les reserva a veces ya en este mundo magníficas recompensas: uno de aquellos convertidos, que había vuelto al ministerio y se había hecho un sacerdote muy edificante, envió un día al «Buen Salvador», para el altar de la santí­sima Virgen, dos candelabros de plata que sirvieran de testimonio de una gran conversión y de la noble gratitud de un alma grande.

Sor Rosalía tuvo que desilusionar un día a unos cuantos sacerdotes y seminaristas comprometidos imprudentemente en la triste aventura que du­rante algunos años, poco después de 1830, desoló a la iglesia de Francia. Como consecuencia de las agitaciones revolucionarias, agitaciones en las instituciones, agitaciones en los espíritus, inquietudes en los corazones, obs­tinación en las almas, se produjeron hechos alarmantes: seducido por la ne­cia ambición de desempeñar algún papel de importancia, cierto sacerdote, el abate Chátel, llegó a creerse destinado a fundar una iglesia nacional fran­cesa, de la que él sería el jefe. Encontró algún obispo jansenista que lo con­sagró y ordenó que le dieran el título de «primado de las Galias»; logró seducir a unos cuantos espíritus alocados y los ordenó… «según su herejía», decía sor Rosalía. De este modo se encontró al frente de un pequeño equipo evangélico con el que celebraba las ceremonias litúrgicas en lengua vulgar y al que enviaba todos los años sus «pastorales de cuaresma». La aventura no duró más que algunos años y acabó lamentablemente en 1842 gracias a una intervención de la policía que cerró la casa central.

Pero era preciso hacer que volvieran al buen camino los pobres extra­viados. Algunos de ellos vinieron a buscar refugio en la acogedora casa de la calle de l’Epée-de-Bois. Había que ofrecer a aquellos corazones arre­pentidos una acogida maternal. Sor Rosalía estaba ya acostumbrada a estos rasgos de clemencia y de misericordia. Pero además había que poner en regla con las normas canónicas la situación de unos individuos que se habían tomado con ellas tantas libertades. Había que hacer gestiones muy com­plicadas y asegurar, después de haberlos probado debidamente, el sincero arrepentimiento y la enmienda de aquellos extraviados ante las autoridades eclesiásticas. No había nada capaz de detener a sor Rosalía. Por otra parte, su crédito ante las autoridades de la iglesia la convertía en poderosa inter­cesora de aquellos hombres. En aquella ocasión sor Rosalía puso todo su esfuerzo y toda su benevolencia a su servicio. Y tuvo la alegría de devolver a la iglesia algunos buenos servidores, víctimas de unos momentos de extravío.

El «Buen Salvador» pasaba por aquellos momentos una prueba muy dura: hacía ya bastante tiempo que estaba enfermo el padre Jamet, probado frecuentemente por terribles dolores de cabeza. Llevaba dos años medio paralizado. Un día de 1840, cuando contaba con unos 80 años de edad, mientras predicaba, se desvaneció en el púlpito. Perdió el conocimiento. Lograron salvarlo, pero su salud estaba definitivamente quebrantada. No obstante, continuó con su laborioso ministerio durante cinco años. Después del accidente, sor Rosalía envió a la querida casa sus condolencias. Y una vez más demuestra el religioso afecto y los nobles sentimientos que alberga­ba en su corazón. Cuando se enteró de lo sucedido, exclamó: «Mi querida madre, no dude usted de la sinceridad con que comparto su aflicción. Reza­mos con todo nuestro corazón para que pueda recuperarse su apreciado su­perior». Y añade: «Me gustaría mucho tener noticias de cómo va» (mayo de 1840).

Cuando en 1845 se enteró de su fallecimiento, escribió con fecha del 3 de febrero: «Mi querida madre, comparto con toda sinceridad el dolor que ustedes experimentan por la pérdida de su venerado superior. Sé muy bien cómo merece él sus lágrimas, pero estoy segura de que el pensamiento de su felicidad logrará endulzar su pena. El tiene bien merecida la recompensa de que goza ya seguramente delante de Dios. ¡Qué consuelo en estos momentos para él haber hecho tantas buenas obras! ¡Cuánto tiene que agradecerle la iglesia por haber constituido una comunidad tan venerable como la suya! ¡Cuánta gloria ha procurado a Dios! ¡Cuántas almas salva­das! Rezaremos por él y por todas ustedes, mi querida madre. La gratitud es la que nos impone esta obligación». Y en aquella ocasión recuerda espe­cialmente a la buena madre Le Chasseur, la cofundadora, más probada que las demás por aquella muerte. Le envía entonces «sus saludos más afectuo­sos». «Dígale que me identifico con su dolor, yo que tantas veces he expe­rimentado los efectos de su amable caridad».

También en su solicitud por los sacerdotes se había creado una hermosa colaboración entre las dos comunidades del «Buen Salvador» y de la calle de lEpeé-de-Bor»s, que había dado origen a una profunda amistad. EI alma tan sentible de sor Rosalía había encontrado allí, en unas obras caritativas de gran envergadura, donde saciar su sed de entrega, su deseo de hacer felices a los demás, su ambición de arrastrar con ella a otras almas por el noble camino de la caridad.

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