Sor Rosalía Rendu (Desmet) 07

Francisco Javier Fernández ChentoRosalía RenduLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Henri Desmet · Año publicación original: 1980 · Fuente: CEME.
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7. En el cargo de superiora

Comienzos felices

Sor Rosalía Rendu

Sor Rosalía Rendu

Sor Rosalía tenía solamente veintiocho años. Pero no era persona capaz de acobardarse ante las responsabilidades. Se ofreció a Dios para su servicio en aquel nuevo empleo. Preocupada de asegurar en su casa una sólida unión entre todas las hermanas y de entusiasmarlas a todas por las obras de la casa, se entregó a su misión con la misma sencillez y el mismo ardor de siempre. Y obtuvo el mayor de los éxitos. Su impulso daba confianza a cuantos la rodeaban. A su alrededor las cosas marchaban estupendamente: por dentro plena cordialidad y por fuera alegría y dinamismo. Con ello la popularidad de sor Rosalía no hizo más que crecer.

¡Era todo demasiado bonito! Y el éxito fue tan grande que también ahora, desde arriba, empezaron a preocuparse de la extraordinaria popula­ridad de aquella joven superiora. Sabían ciertamente que aquella popularidad era legítima. Y conocían su secreto: la virtud y el carácter maravilloso de aquella hermana. Pero tenían miedo de los resultados de aquellos triun­fos en un alma que, como todas las almas, está sujeta al deslumbramiento de la gloria. Se necesita una fuerza de espíritu extraordinaria para estar en medio del éxito al abrigo de la embriaguez de la gloria, para evitar el atur­dimiento del espíritu y la borrachera del corazón, para saber gustar en com­pleta paz, tanto las amarguras de la vida como sus dulzuras, aceptar la prueba lo mismo que la dicha, acoger la felicidad y la desgracia con la misma serenidad, siempre conforme con la voluntad de Dios.

La prueba

Y entonces tuvo que enfrentarse sor Rosalía con una prueba difícil, de esas que siempre les toca atravesar a todas las personas que se entregan a Dios.

Fue un día de verano. La hermana Asistenta la mandó llamar a la casa central l. En el consejo habían decidido hacer algunos cambios. El suyo estaba ya casi decidido. Sor Rosalía partió enseguida sin decir nada a sus compañeras. Cuando llegó a la casa madre, la hermana Asistenta le dijo sin preámbulos: «Son Rendu, haga el favor de quedarse aquí». Aquello fue todo. Dios prueba muchas veces a sus santos y los superiores actúan a veces como él. Así pues, de momento, sin transición alguna, sor Rosalía tuvo que quedarse en la casa central en espera de un nuevo destino. Según la costumbre, se dirigió al salón de la comunidad para ocuparse en los tra­bajos de costura. Al día siguiente pidieron algunas voluntarias para que fueran a trabajar al huerto; sor Rosalía se presentó y estuvo trabajando allí ocho o nueve días, desplegando una actividad y una animación que dejaban encantadas a todas las de la casa.

Entre tanto los administradores de la casa de Francs-Bourgeois, los po­bres, los mayores y los pequeños, todos acudían a la casa madre para soli­citar su regreso. Pedían que acudiese al locutorio, pero ella consideraba inútil dirigirse a hablar con ellos.

La hermana Asistenta acabó preguntándose si no estaría sor Rosalía con ganas de pedir una explicación a la hermana Superiora. Ella le contes­tó sencillamente: «La veré cuando me llame para darme un destino. No tengo nada que decirle. De momento, lo único que tengo que hacer es ser obediente».

Finalmente se decidió que volviera a la parroquia de Saint-Médard. La superiora general mandó llamarla y sin volver siquiera la cabeza hacia donde ella estaba, continuando con lo que estaba escribiendo, le dijo estas simples palabras: «Sor Rendu, haga el favor de volver a su casa». Y añadió estas otras palabras, capaces de mortificar en lo más vivo a un alma menos robusta y serena: «Hermana, vuelva a casa. Aquí no tiene nada que hacer». Dicen que, inspirada por Dios, la superiora de santa Bernardita Soubirous se sentía inclinada a tratar con severidad a su compañera. Sor Rosalía tuvo que pasar aquel día por la misma prueba.

Y tuvo que apelar a todas las reservas de mansedumbre y buen carác­ter que había en ella, a todo el respeto religioso que siempre había profe­sado por sus superiores, representantes de Dios. Y sonriendo regresó al querido barrio Mouffetard.

En busca de Dios. ¡Dios, el primer servido!

Su regreso llenó a todos de alegría. Y volvió a poner manos a la obra. Sor Rosalía, como superiora, tenía ante todo que infundir vida a toda la casa, dar vida a todas sus obras y para ello mantener en sus compañeras el celo y las virtudes de su estado, asegurándoles las bendiciones de Dios como premio a su fidelidad. Aquella era su primera obligación y la garantía de su éxito. Sor Rosalía tenía plena conciencia, a pesar de todas las inclina­ciones que sentía hacia el servicio de sus queridos pobres fuera de casa, de que su solicitud tenía que volcarse sobre todo en el interior de la misma, sobre la vida de sus compañeras, a las que tenía que asegurar una unión realmente fraternal a fin de lanzarlas luego a todas juntas en un esfuerzo común de perfección, de santidad y de celo. A ello consagró todo su em­peño y su poderosa voluntad.

Predicaba con el ejemplo. Tenía tanta fe, un ideal tan grande, una estima tan enorme de su vocación y un amor tan sentido a los pobres que aquellos sentimientos se hacían fácilmente contagiosos. A1 contacto con ella no se corría ningún peligro de ver apagarse la llama del celo, el ardor y la luz interior que habían traído del noviciado. Al entrar en aquella casa, las hermanas recién llegadas se sentían conquistadas inmediatamente.

Una hermana,enviada a aquella casa para hacer el postulantado, nos habla de las emociones de aquel primer contacto y de la prodigiosa influen­cia que ejercía sobre todas la piadosa superiora. Impresión inolvidable, nos dice, «aquella santa hija de la Caridad ¡era tan humilde, tan sencilla, con su delantal blanco que nunca se quitaba! Era ciertamente la sirvienta de los pobres; no podía olvidar sus sufrimientos; se notaba el cariño que les tenía por su mirada afable, pero compasiva y hasta un poco triste»; e in­mediatamente todos se sentían conquistados, dispuestos a acudir en ayuda de aquella humilde obrera de Dios.

Y las palabras que brotaban entonces de aquella alma acababan reve­lando toda su riqueza interior; desde el primer momento se elevaba a las alturas del mundo sobrenatural, llevando consigo a su nueva compañera y dejándola quizás a veces un poco aturdida, pero siempre vivificada por aquella atmósfera limpia y noble que era dado respirar en aquella pobre casa y en aquel triste barrio.

«Hermana -le dijo un día con gran bondad sor Rosalía a una joven compañera que le habían enviado del noviciado,le llamaremos sor Angélica en recuerdo de una pobre muchacha que estaba muy aficionada

a nosotras y que, después de haber estado cuidando a su madre enferma, ha ido a morir a la Salpétriére». Era un ejemplo más del humilde agradeci­miento que sentía por todos aquellos buenos servidores que merecían per­petuar su recuerdo en la casa. Y a continuación le dio un consejo de mucha enjundia: «Se dedicará usted a atender a los niños en la clase… Y como no podrá entonces tener la dicha de ir a ver a los pobres, procuraremos com­pensarle haciendo que limpie los zapatos de aquellas que vayan a visitarles y que no tienen tiempo para ello. Por otra parte, podrá usted sentirse muy honrada de hacer este servicio a las esposas de Nuestro Señor». ¡Nueva lec­ción de humildad y de espíritu de fe! . . .

Y sor Angélica fue enviada a dar clase. Lo estuvo haciendo durante seis años. Pero sor Rosalía, en un nuevo impulso genial, logró elevar muy alto el espíritu de la nueva maestra de escuela: «Su misión es tan hermosa que no debe usted perder ni un minuto; piense que solamente usted es la que puede enseñar a esos niños a conocer y a amar a Dios. Sus madres no lo harán». Y a continuación la voz del sentido común: «Recuerde que le han pagado por dar clase; por tanto, faltaría a la justicia si no pusiera todo su interés en hacerla bien».

Un día la marcha de una hermana, enviada a otra casa para tomar la dirección de la misma, dejó vacante dos cargos de importancia, especialmente el cuidado de los enfermas en una calle bastante lejana del barrio. Sor Angélica, sana y robusta, fue escogida para sustituirla en aquellas correrías un poco largas. Sor Rosalía, al asignarle aquel rincón lejano y bastante poblado, le dirigió un pequeño discurso. Y un nuevo impulso de águila ha­cia las alturas de lo sobrenatural: «Tendrá usted el mejor sitio -le dijo-: ¡la Ciudad Dorada!»…

«… ¡La Ciudad Dorada! ¿Qué significaba aquello? Un triste amontona­miento de barracas de todo tipo, de las construcciones más absurdas y arre­gladas de cualquier manera, en donde vivían unas doscientas personas. Se encontraban allí chozas de un franco semanal de alquiler, hechas con cuatro tablas y un montón de trapos. Había allí gente que estaba sin casar, personas sin trabajo, sin ropa con qué vestirse, durmiendo sobre un montón de paja».¡Revoltijo de todas las miserias! Un barrio de pordioseros, de revendedores, de estañadores y afiladores, de saltimbanquis, de comercian­tes de pieles de conejo y vinateros, de mendigos y echadores de cartas… «En el barrio Saint-Marceau -se decía- la gente bebe, pero no siempre come».

La verdad es que sor Rosalía, sin exagerar en lo más mínimo, podía añadir en sus consejos a la compañera que enviaba a aquel rincón mise­rable: «En esa Ciudad Dorada se refugia todo lo más mediocre que hay en París. Se encontrará usted can muchos borrachos. Vaya modestamente, con diligencia, pero sin precipitación. Pregúntele a todos los niños que vea si van a la escuela. Hay mucho bien que hacer allí. Es un buen sitio para una hija de la Caridad».

¡Era entonces imposible andar con regateos en espíritus de abnegación! La único que podía hacerse era declararse uno feliz y procurar serlo de verdad a base de entregarse por completo.

Había que salir hacia la «Ciudad Dorada» forjándose sueños de oro. ¿No habían dicho que era aquél el mejor sitio? Así es como van las almas, llenas de alegría, cuando arde por dentro el fuego de la caridad y cuando por fuera la hermosa luz de la obediencia está iluminando el camino.

Había en la Ciudad Dorada muchas miserias y muchos necesitados, pero había también policías encargados de mantener el orden en aquel barrio de triste fama. A la vista de sor Angélica uno de los policías frunció el ceño, pero magnánimo y consciente del deber que tenía que cumplir, le dijo en un tono de buen chico: «Hermana, no es éste su lugar. No ha sido usted muy prudente al venir a esta cueva de sinvergüenzas. Nosotros mismos no nos atrevemos a venir más que en grupo. ¡Y sólo lo hacemos para venir a buscarlos y meterlos en la cárcel!». Sor Angélica le saludó, se dio media vuelta y volvió a casa para hablar con la superiora. ¿Qué le respondió sor Rosalía? «No tiene usted nada que temer, hija mía -le di­jo-; ellos están para cumplir con la justicia de los hombres, pero usted va para practicar la misericordia de Dios… Usted les lleva socorros, con­suelos; usted les pone en el buen camino». Y como palabras finales para elevar su alma hasta el heroísmo le dijo: «¿Verdad que se siente muy feliz de poder hacer este servicio a Nuestro Señor?».

Sor Angélica, sin embargo, no se quedó del todo tranquila: «Pero, ma­dre -le indicó-, son siempre muy pocos los que lo comprenden…».

No por ello se desarmó sor Rosalía. Con todo su espíritu de fe le con­testó: «Hija mía, haga usted siempre todo lo que pueda. Dios nos ha en­cargado de desbrozar el camino, de sembrar, de cultivar… El es el que riega y el que hace fructificar. Nuestros esfuerzos no serán nunca baldíos; la gracia actuará a su debido tiempo». Y como última recomendación: «¡Re­ce! ¡Y haga rezar a los niños del asilo!». Tener en su favor la oración de unos pequeños inocentes era conquistar el corazón de Dios y asegurarse su benevolencia en la tarea de sus obreros.

¡Sor Rosalía era atrevida! Con aquel santo atrevimiento de los hijos de Dios, con aquel santo atrevimiento de un san Vicente de Paúl que saca­ba a sus hijas del claustro y las enviaba hasta en medio de los soldados y de los baños de esclavos. Pero para ello era preciso estar armado con las virtudes de Vicente de Paúl. Confiando en su intercesión ante Dios ha­bía que llegar hasta las madrigueras de los lobos con la simplicidad de los corderos. Había que «caminar modestamente, con diligencia, sin precipita­ción», acercándose a los niños, poniendo la inocencia bajo la protección de aquellos inocentes, mostrando interés por sus almas infantiles, verdade­ros tesoros de aquellas pobres callejuelas y joyas de aquellas pobres familias.

¡Siempre el «sursum corda»!

Hasta estas alturas, con auténtico espíritu sobrenatural, conducía sor Rosalía a sus hermanas desde el primer momento que las ponían en sus manos. Y aprovechaba siempre la ocasión para mantenerlas bien alta.

Un día encontró a una de sus compañeras ocupada en preparar un ungüento en la farmacia. Le dijo con su bondad habitual: «Hermana, pída­le a Nuestro Señor que machaque bien su corazón, lo mismo que hace usted con esas almendras en el mortero, para que sea totalmente para El». Una señora de nacionalidad rusa, un tanto original, entregaba todos los meses 100 francos para los pobres que atendían las hermanas. Había que ir a buscar la limosna y para poder entrar en casa de aquella señora la hermana encargada de los donativos, tenía que dejar los zapatos en la puerta; la cosa no era muy agradable. Pero sor Rosalía, que quería sacar partido de todo, se inventó estas palabras de consuelo: «Hermana, con ello saca usted una doble ventaja: la de la caridad y la de la humildad. Cuando se quita usted los zapatos, camina como los verdaderos mendigos…».

Una vez que sus compañeras estaban bien asentadas en aquella altura, sor Rosalía podía pedirles cualquier cosa: tenían que ejercitarse en la vir­tud, tenían que esforzarse seriamente por alcanzar la perfección, tenían que observar puntualmente las reglas, especialmente el reglamento particular que habían escrito para las hermanas encargadas de dar clase. Cuando fal­taban en alguna cosa, había que amonestarlas: «Es mi obligación -les de­cía- acostumbrarle a usted a ser ordenada y cumplidora. Si usted me lo recuerda de vez en cuando, podré ayudarle mejor»‘. Así todo resultaba más fácil. Y cuando había que hacer alguna advertencia, se hacía de buena gana. Las almas estaban dispuestas a elevarse. Y aquello les daba un nuevo impulso hacia el cielo. Además, ¡sor Rosalia decía las cosas con tanta bondad… !

¡A la conquista de la felicidad!

Sabía ejercer su autoridad con mansedumbre.

No mandaba nunca ni adoptaba jamás un tono autoritario. «Hermana -les decía-, ¿haría usted el favor de hacer esto?». «Le parece bien en­cargarse de esto o de aquello?».

Del señor Emery decía ella misma que «tenía el gran talento de mandar pidiendo». Y ella obraba como él.

Hasta los pobres se daban cuenta de esta forma de suplicar a sus com­pañeras lo que tenían que hacer. Y quedaban sorprendidos y profundamente edificados por ello.

Cuando tenía que hacer algún reproche, lo hacía con mucha delicadeza. Sus fórmulas ordinarias eran las siguientes: «Nuestro Señor quería esto de usted, ¿cómo no lo ha comprendido?». «Seguramente es que no estaba usted en la presencia de Dios». «Tenemos que obrar de esta manera; una buena hija de la Caridad actúa de tal y tal forma». ¡Qué dominio de sí misma supone esta mansedumbre!

Le gustaba consultar con sus compañeras antes de tomar una decisión. En casa se recibían con frecuencia algunos regalos. Su primera preocupa­ción era la de saber a quién podría agradarle más aquel objeto. «¡Qué es lo que podría valer aquello? ¿A quién le gustará más?». Y aquel mismo día le enviaba aquel objeto a la persona que le indicaban.

Esta deferencia con sus compañeras era el fruto de la experiencia; sabía muy bien que estas señales de confianza abren las almas y unen los corazo­nes. Pero era sobre todo cuestión de corazón. Porque lo cierto es que quería sinceramente a sus hermanas. Se daba cuenta de que todas tenían un alma realmente fraternal, dedicadas por completo a su obra común, agradecidas y deseosas de complacerle. Veía sobre todo en aquellas buenas hijas de la Caridad almas magníficamente dispuestas, en las que Dios había puesto su complacencia, adornadas de los dones preciosos de la gracia, a las que había que conducir hacia el cielo por el camino real de la santidad. Las veía a través de los ojos de la fe y se consideraba por tanto feliz de poder ayu­darlas y servirlas. Su título de «hermana sirviente», con que las Hijas de la Caridad suelen designar a la superiora, ella lo realizaba plenamente con miradas de fe. Se había entregado con tanta abnegación a este hermoso servicio que las lograba modelar a su imagen y las convertía en sus más preciosos auxiliares.

Siempre estaba temiendo que se las quitasen. Un día decía a sor Mela­nia, a propósito de una ceremonia que iba a tener lugar en la casa central: «No vaya. Usted es mayor; la verán, se fijarán en usted y la dedicarán a algún otro empleo».

Cuando una de sus compañeras tenía que partir para otra casa, se sen­tía desolada. Sus compañeras se daban cuenta de antemano de lo que les iba a pasar por la tristeza de su madre.

Un día fue a pedir perdón a un sacerdote amigo de la casa por el escándalo que le había dado el día anterior mostrándole una pena muy grande por la marcha de una de las hermanas. «Tranquilícese, madre -le respondió éste-, si no llorara usted así por sus hermanas, no querría tanto a sus pobres».

Cuando Dios se llevaba al cielo a una de sus hijas, no había nada que pudiera consolarla. Cuando pronunciaban su nombre, cuando se acordaba de alguna de sus palabras, de alguna de sus acciones, derramaba abundantes lágrimas.

Tenía con todas las hermanas las más delicadas atenciones. Les pro­digaba los cuidados más tiernos, verdaderamente maternales. Cuando hacía mal tiempo y habían salido las hermanas para llevar sus cuidados a los enfermos, siempre encontraba unos momentos para ir a prepararles las medias junto a la lumbre de la chimenea; cuando volvían, se aseguraba pre­viamente de que no se habían mojado los pies, de que no llevaban la ropa calada, de que no tenían frío, lo mismo que hace una madre con sus hijos.

Cuando algunos le regalaban unas medias o alguna ropa de abrigo, miraba a ver cuál de sus compañeras estaba más necesitada y se lo daba. Una vez una de las hermanas se sentía algo enferma, pero acudió a clase como de ordinario, a pesar de su fatiga; sor Rosalía fue a prepararle alguna cosa en la cocina y luego fue a sustituir a la enferma: «Hoy seré yo la que atienda a los niños».

Otras veces se hacía presente en clase en el momento en que la hermana encargada, cansada de la distracción de los alumnos, empezaba a enfadarse con ellos; encontraba algún pretexto para alejarla durante cinco o seis minutos, ocupaba su sitio y los niños se portaban mejor que nunca. Y era raro que la hermana no gozase de este buen comportamiento de los niños durante todo aquel día.

Infatigable en su abnegación y en su condescendencia, se encargaba a veces de las tareas más ordinarias de la casa, incluso de las más repugnan­tes, para aliviar a las demás hermanas, cargadas de trabajo. El fregado, el barrido, la limpieza de los zapatos, todo aquello era atendido por la hermana sirviente, apenas encontraba tiempo para hacerlo. Y era una idea sobrenatural la que una vez más le impulsaba a hacerlo: «Como yo no tengo la dicha de ir a ver a los pobres -decía-, dejadme al menos servir a sus servidoras».

Lo mismo que el papa, «siervo de los siervos de Dios».

Con semejantes ejemplos a la vista y bajo el encanto de esta cariñosa y sobrenatural abnegación, las compañeras de sor Rosalía se entrenaban en el apostolado bajo la dirección amable de su madre. Animadas por el mismo ideal de belleza moral, trabajaban bajo un mismo impulso en la obra común, cada una en su puesto, muy unidas entre sí en esta colabora­ción en una obra que todos los días sublimaba a sus ojos la piedad y el fervor de su madre. Todos los pensamientos y todas las acciones convergían hacia el mismo fin, la justicia en esta tierra y la gloria de Dios. Mientras las hermanas iban al lado de los enfermos y de los pobres recorriendo las calles del barrio, subiendo a los pisos más necesitados, las demás pasaban en clase todo el día haciendo rezar a los niños, que ofrecían sus méritos y sus plegarias a los ángeles del cielo para que desbrozaran el camino a los otros ángeles de la caridad que recorrían el barrio, atendiendo a los cuerpos y elevando a Dios las conciencias. Todas se sentían solidarias. Todas realiza­ban la misma tarea, unidas por su cordialidad y su caridad fraterna en un mismo amor al bien, en un mismo amor por una obra tan hermosa.

Sor Rosalía hacía todo cuanta podía por mantener esta unión. Cuando una hermana repartía estampas o caramelos en su clase, tenía que arreglár­selas para que también las otras clases pudieran participar de la fiesta. Tenía que proporcionar a sus compañeras de las demás clases el equivalente de lo que ella ofrecía en la suya. Y entonces toda el mundo participaba de la fiesta, los niños y también las hermanas que, a los ojos de los niños, resul­taban igualmente generosas. ¡Era una concordia perfecta, a plena luz del día!

La severidad de sor Rosalía

Para conseguir cimentar sólidamente esta cordialidad sor Rosalía em­pleaba a veces medios extraordinarios. Se necesitaba realmente este clima de unión y de concordia en almas acostumbradas a una mutua generosidad, una vida de familia fecunda en sorprendentes iniciativas. Y para dominar las cosas y las personas se necesitaba también una dirección pujante, admi­rada, aceptada y querida. Se necesitaba todo esto para que en aquella casa privilegiada pudieran producirse ciertas escenas de familia en las que las almas, sacudidas y un poco desconcertadas a primera vista por la audacia de la superiora, volvieran finalmente a sentirse unidas de nuevo con alegría después de un sacrificio que reafirmaba la concordia de sus corazones.

Un díauna hermana muy joven que acababa de salir del seminario recibió un paquete voluminoso, lleno de objetos confeccionados por sus amigas del siglo, un bonito regalo destinado a los pobres que ella tenía que atender. Es fácil de adivinar la alegría de la hermana, feliz con tantas riquezas y gozando de antemano con la sorpresa que iba a dar a sus pobres. ¡Pero el paquete está en la habitación de la superiora y la superiora parece haberse olvidado de él! Van pasando los días. La joven hermana se con­sume en la espera. La alegría empieza a mezclarse con un poco de impa­ciencia, pero guarda con prudencia y con humildad un silencio muy meri­torio. Finalmente, el precioso paquete se abre durante el recreo delante de todas las hermanas reunidas. Y la hermana superiora, abriendo el paquete y poniendo ante la vista de todos los tesoros que contenía en medio de la admiración común, dijo estas breves palabras: «Hermanas, ha sido la hermana tal la que ha recibido todo esto. Ella se siente muy feliz de ofrecé­roslo para vuestros pobres». ¡Todas se llenan de asombro! ¡Pero qué gran desilusión para la pobre hermana! Se da cuenta de que le están pidiendo un tremendo desprendimiento y no es capaz de llegar hasta el fondo del sacrificio. La hermana superiora hace penetrar la espada más hondo to­davía. Y añade: «La hermana tal todavía no tiene la debida capacidad para distribuir con prudencia todas estas cosas». Esta vez la espada llega hasta las profundidades más sensibles del alma, hasta lo más vivo del espíritu; se hunde en el meollo, pero para sacar de la sombra, a plena luz, los sen­timientos y las intenciones más recónditas. Mientras todas aquellas cosas tan bonitas se las van repartiendo las otras hermanas, aquella pobre mu­chacha se quedaba con las manos vacías… Sus compañeras tenían un buen corazón, un corazón compasivo. Dos de las más antiguas intervinieron ama­blemente con mucha oportunidad, seguras por otra parte de que con ello seguían los criterios de la superiora: «Madre, permítanos entregar a nuestra joven hermana algunas de estas cosas». Y la superiora respondió con calma: «Bien, hermanas, encárguense ustedes de orientarla en el uso que puede hacer de ello». Y para acabar, una flor espléndida con que podrá adornarse a la heroica víctima de aquel sacrificio: dirigiéndose a la joven hermana, la superiora le dijo estas palabras: «Hermana, dé las gracias a estas dos buenas compañeras».

¡Seguro que les dio las gracias! Había que hacer lo que ordenaba la superiora, pero ¿qué es lo que ocurriría en el fondo de su alma, agitada por toda la tormenta de su amor propio? Los sentimientos de gratitud tuvieron que abrirse paso un poco a la fuerza en medio de la agitación que sacudía a su alma dolorida. Pero así es como se forjan los espíritus. Sor Rosalía pe­día aquella renuncia sabiendo lo que hacía. Conocía a la gente que tenía encomendada, que tendría que enfrentarse con combates interiores para obtener la victoria. De momento no se trataba más que de un drama inte­rior, de un espectáculo reservado a los ángeles de Dios.

¡Dichosas aquellas casas cuyas hermanas son capaces de comprender y de aceptar tan severas lecciones y de interpretarlas sabiamente para hacer que todo acabe envuelto en los esplendores de la caridad fraterna!

Se ha dicho que sor Rosalía era severa. Hay que entenderlo bien. Sí que era exigente, desde luego. Exigía que se observase la regla. La regla mantie­ne el espíritu religioso y une los corazones. Sor Rosalía vigilaba con cuida do por el respeto a la regla. Y ponía además cierta energía -acabamos de verlo- en sus invitaciones a la perfección. Pero sus invitaciones, lo mis­mo que sus consejos y sus reprimendas, dadas con autoridad, llevaban siempre el tono del amor maternal. Ella quería muy de veras a sus herma­nas y podía gloriarse justamente en el cariño que les tenía. Y era lo sufi­cientemente prudente para ser dueña de sí misma, de forma que reprendiese sin herir y que hiciese apreciar sus consejos. Esta es la educación ideal: evitar la frialdad y la blandura, buscando el cariño y la severidad.

«¡Qué felicidad la nuestra! «, escribe una de sus antiguas compañeras. «Nos demostraba a todas un gran afecto -dice otra-,pero sin hala­garnos. Sus piadosas recomendaciones penetraban en nuestras almas y nos llenaban de buena voluntad para realizar sus deseos». Y también: «Los con­sejos de aquella buena madre dictados por la justicia estaban inspirados en todo el afecto de un corazón que penetraba las necesidades de las almas. Nos separábamos de ella edificadas, resignadas, decididas a ser mejores, con ganas de ser más fieles en nuestra caridad. Volvíamos a pedirle como un favor que nos dejara ayudarle en sus buenas obras».

Severa, enérgica, pero afectuosa, tierna y maternal: así era la formación que daba sor Rosalía a sus jóvenes compañeras.

Y logró hacerlo tan bien que tuvo la alegría de ver cómo se extendían a su alrededor un gran número de almas generosas dotadas de buen carác­ter y capaces de hacer muy buenos servicios a la compañía de Hijas de la Caridad.

Alrededor de aquella buena madre tan afectuosa y tan enérgica todas aquellas buenas hermanas se sentían dichosas de vivir juntas. Muchas re­cordarían más tarde los momentos tan sabrosos de recreo: «Nos gustaba -dice una de ellas- reunirnos alrededor de aquella buena madre para contarle nuestras alegrías y nuestras penas. Y luego volvíamos a nuestras obligaciones llenas de ánimo»».

Durante aquellos recreos, por otra parte, además de pasar un rato alegre, se ocupaban útilmente en sencillos trabajos de costura. A sor Rosa­lía no le gustaban las trabajos de fantasía: «Lo que quiera -decía-es que estén limpios y bien remendados los vestidos de los pobres. Esos son los trabajos más bonitos que puede hacer una hija de la Caridad: hilar y coser para sus queridos amos, los pobres».

Si por casualidad, en medio de aquellas horas serenas y en aquel am­biente risueño de paz, explotaba algún pequeño conflicto y la discusión em­pezaba a tomar cierto aire desabrido o mordiente, sor Rosalía buscaba un momento oportuno, escribía dos o tres palabras en un trozo de papel, lo enrollaba y se lo echaba a la hermana poco prudente que encontraba en él un aviso maternal de este estilo: «Hay que ser humilde y comprensiva» o también: «Los corazones tiernos nunca se rompen»; o bien: «A Dios le gusta la paz». Y con aquello los espíritus se serenaban.

«El recreo -dice otra- resultaba alegre e interesante. Cada una con­taba las cosas más importantes que le habían pasado con los pobres y con los niños. Todas se interesaban por las obras de sus compañeras y se ale graban del bien que hacían en sus respectivas tareas». Y a continuación describe el cuadro sencillo y corriente, de lo que solía pasar en el recreo de la tarde: «Era -nos dice- el momento de abrir la correspondencia y de contestar a las numerosas cartas que dirigían a sor Rosalía, cartas de agradecimiento por los favores obtenidos, cartas de petición de todo tipo: uno acababa de perder un caballo, que le era absolutamente necesario para su pequeño comercio; no podía comprarse otro; se dirigía con confian­za a ella para que le proporcionase uno. Otro le pedía una carta de reco­mendación para obtener una plaza, indispensable para poder mantener a su familia. Este quería casarse con una buena mujer y quería que se la esco­giera la misma madre superiora. Aquél le confiaba una pena muy amarga, que ella mantenía en secreto. A veces eran quejas, y hasta injurias; pero otras veces eran limosnas abundantes o el anuncio de una visita extraordi­naria». Podían allí tocarse con la mano toda la abundancia de miserias humanas y el crédito que había adquirido sor Rosalía con sus innumerables servicios. No era posible no sentirse cada vez más apegado a la hermosa obra que ella dirigía. A veces brotaban con candidez las sonrisas tras la lectura de una carta de sentimientos ingenuos o de estilo pintoresco. Era la alegría de las recreaciones. Aquellas cartas se distribuían entre las herma­nas reunidas alrededor de la mesa; la buena madre dictaba la respuesta a las afortunadas secretarias; y entretanto, en medio de dos frases, ella cerra­ba con cuidado el sobre que servía para las respuestas.

Como vemos, la severidad de sor Rosalía no impedía el buen humor. Debidamente administrada, servía para formar almas vigorosas y hacía que brotase el agradecimiento de las interesadas.

Se cuenta que un día, estando en compañía de un respetable religioso al pie de la escalera de la comunidad, vio a una, de sus compañeras que bajaba corriendo y que se detenía un poco cohibida al darse cuenta de la presencia del sacerdote extraño. La precipitación aquella desdecía de la santa modestia, de la tranquila dignidad y del recato ideal de una hija de la Caridad. ¡,Qué es lo que habría dicho Su Excelencia, el señor obispo de Meaux, el gran Bossuet, que no corría jamás, ni siquiera bajo la lluvia? ¿,Qué habría dicho Su Excelencia ante tremenda avalancha? ¿Y sor Rosalía, qué es lo que dijo?, ¡,qué es lo que hizo? No dijo nada; le bastó con una sencilla mirada. Y la hermana se arrodilló y besó el suelo. Modesta pacien­cia para un pobre pecadillo. La penitencia ayuda a la memoria, para que se acuerde en otra ocasión de lo que hay que hacer. ¡Pero hubo más!

Sor Rosalía no se contentó con aquello. ¿Tenía necesidad aquella pobre hermana de una seria reprimenda? ¿Había allí un fondo oscuro de amor propio, que estaba pidiendo ser mortificado? ¿O es que aquella hermana tenía un carácter ligero, que se olvidaba en medio de su despreocupación de las reglas minuciosas del comportamiento religioso? ¿Tenía acaso la memoria un poco frágil y necesitaba algún -esto extraordinario para hacer que se acordase siempre de 1a reprimenda? Lo cierto es que sor Rosalía creyó conveniente hacer que besara el suelo Por segunda y por tercera vez.

Sí, sor Rosalía era severa, pero con sus ojos limpios pasaba al mismo tiempo un rayo de ternura. Sus reprimendas se convertían en un afectuoso testimonio de interés sobrenatural. Por la tarde seguramente se rieron en el recreo de lo sucedido. Porque la hermana que por tres veces había tenido que besar el suelo delante de testigos sería la primera en reírse de lo suce­dido y en contagiar su buen humor a las demás. Sor Rosalía sabía muy bien con quién tenía que vérselas. Y todas se sometían a sus órdenes con alegría. Por otra parte, sabía administrar bien sus terribles lecciones y no se las daba a cualquiera. Las reservaba para los caracteres robustos, a los que acostum­braba a la santidad de vida y formaba para las futuras tareas. Quince días después de aquella pintoresca aventura, la hermana que había sido su heroí­na era nombrada hermana sirviente, esto es, hermana superiora de la pri­mera casa de Toulon.

Se comprende fácilmente que las hermanas, a veces con cierto cansancio y desilusión, se vieran pronto arrastradas por esta corriente de amor fraterno, de cordialidad confiada, de generosidad, de vida espiritual intensa y de alegría desbordante. Sabían en la casa madre cuál era la atmósfera tan noble que había en aquella casa privilegiada. Y por eso enviaban allá con frecuencia hermanas que se sen­tían tentadas de desánimo o de cansancio, o hermanas de cabeza dura e independiente, bajo la tentación de volver a una vida fácil de libertad y los placeres del mundo. Sor Rosalía era tan buena, les demostraba tanta confianza, aunque vigilándolas con cuidadas, que al cabo de poco tiempo dejaban aquella casa totalmente cambiadas.

Cuando tenía que hacer algún reproche, les decía a veces a las herma­nas de la casa: «Voy a reprenderos de tal y tal cosa delante de esa pobre hermana, a la que no quiero contristar; ya se dará ella cuenta de lo que digo». Y esta delicadeza solía dar buenos resultados. «Por eso teníamos que estar atentas a sus consejos y recibirlos con benevolencia. También ella te­nía atenciones delicadas con nosotras; se habría privado de todo con tal de contentar a veces ciertos caprichos de sus buenas hermanas». Semejante bondad acababa conquistando el corazón de todas, que volvían a encontrar en aquella casa tan observante de las reglas, tan unida y tan generosa, el gusto del esfuerzo y la alegría de vivir.

Aquella casa se había convertido realmente en una especie de santuario en el que las almas buenas se encontraban con Dios a cada paso. A pesar de la intensa actividad que allí reinaba, a pesar del continuo ir y venir de las obreras por aquella colmena desbordante de vida, a pesar del número y de la variedad de visitantes y de la inoportunidad de algunos de ellos, las almas encontraban en toda ocasión el contacta con Dios.

Sor Rosalía podía pedírselo todo a las compañeras que estaban prepa­radas de esta forma, que estaban tan unidas a ella y tan entusiasmadas con las tareas de aquella casa. Ya hemos visto cómo las habituaba a la práctica de la virtud, cómo formaba su carácter. Pero sobre todo se preocupaba de dar a aquellas almas el alimento espiritual que pudiera sostener sus buenos sentimientos: además de las ejercicios de piedad que había que hacer según las reglas, les aconsejaba vivamente que se aprendieran de memoria algunos de los pasajes más hermosos de la Sagrada Escritura. El célebre himno a la caridad, que entona san Pablo en el capítulo 13 de su primera carta a los Corintios, era el que gozaba de sus predilecciones. «Nos lo hacía aprender de memoria y nos decía que lo meditáramos todas las semanas».

Para que las hermanas siguieran con atención la lectura del comedor, quería que hubiera de vez en cuando repeticiones de dicha lectura. De este modo la lectura de los libros, escuchada con atención, penetraba en el fon do de las almas. Por otra parte, las repeticiones servían luego de ocasión para hablar e intercambiar ideas entre todas.

Sor Rosalía supo realizar un buen trabajo en aquella casa. Había estado acertada en su inspiración de entregarse por completo a esta obra primor­dial de la formación de las hermanas. Arrastradas hacia la virtud, unidas en torno a su madre, animadas de un ardor de conquista, sus hermanas estaban dispuestas a cualquier obra buena. Su pequeña tropa, robusta, bien unida, bien formada, equipada para los combates de Dios, se iba entrenan­do día tras día con mayor entusiasmo, bajo la dirección de aquel jefe tan aguerrido que era sor Rosalía, observando sus consignas y siguiendo sus ejemplos. Y sobre aquellos espíritus generosos Dios derramaba en abundan­cia sus bendiciones. La obra de la calle de 1’Epée-de-Bois iría prosperando y multiplicando sus beneficios.

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