Sor Rosalía Rendu (Desmet) 03

Francisco Javier Fernández ChentoRosalía RenduLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Henri Desmet · Año publicación original: 1980 · Fuente: CEME.
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3. Los primeros compromisos

La Primera Comunión

Sor Rosalía Rendu

Sor Rosalía Rendu

Aquella niña que tenía un alma tan grande estaba dispuesta para hacer la primera comunión. Nuestro Señor se complace en las almas rectas. Era tiempo de prepararla para la visita de su Dios.

El señor párroco, aprovechando las horas de descanso que pasaba en la casa, había ido instruyendo a Juana María sobre el misterio de la presen­cia real de Cristo en la eucaristía. Estas grandes verdades reciben buena acogida en las almas cándidas y se convierten para ellas en fuente esplen­dorosa de luz. Fue grande la alegría de Juana María al enterarse del día en que iba a hacer la primera comunión. Sería, sin embargo, una ceremonia clandestina, lejos de las miradas indiscretas, en la sombra; ni siquiera la haría en el salón grande, sino en una cueva… Era menester aumentar las precauciones para una ceremonia que iba a agrupar más gente que de ordinario.

La víspera se hicieron todos los preparativos. Juana María ayudó en ellas a su madre. Todas las ropas más finas y mejor bordadas se sacaron de los antiguos armarios para adornar el altar. Se bajaron los hermosos candelabros del salón, aunque no pudieran encenderlos, ya que su luz po­día resultar comprometedora.

Por otra parte, la belleza debería estar sobre todo en el interior de las almas, en la fe y en la santa audacia de los viejos criados y de los modestos aldeanos que habían acudido, despreciando el peligra, para escoltar al Dios de la eucaristía perseguido en otros lugares, para honrar a la dueña de la casa que tanto se lo merecía, y para complacer a aquella niña tan buena, tan amable, tan viva, tan bien dispuesta, de carácter tan jovial; deseaban suplir con su simpatía todo lo que por otra parte pudiera faltar a aquella fiesta.

Juana María no tuvo el consuelo de tener a su lado a sus dos herma­nitas. Ellas tenían que seguir ignorando las ceremonias clandestinas y el misterio secreta de la casa. Pero las das hermanas, cuando volvieron a encontrarse con ella después del gran acto de la noche, seguramente pudieron admirar, sin comprenderlo todavía, la expresión radiante que rodeaba de luz sobrenatural el rostro de su hermana, en el que tantas veces habían visto ya destellos de bondad, sonrisas llenas de cariño y gestos de enérgicas resoluciones.

La primera hazaña caritativa de una niña

Estos recuerdos quedan grabados en el fondo de las almas con mayor fidelidad que las más brillantes ceremonias y los más bellos adornos. Y los peligros que se han corrido por las mejores causas templan los caracteres.

La señora Rendu que conocía largamente el vigoroso temperamento y la naturaleza enérgica de su hija, sabía ahora hasta qué punto se había des­arrollado su carácter, cómo su viva inteligencia y su robusta voluntad y toda la exuberancia de vida de esta pequeña tan audaz habían ido forjando en ella una personalidad pujante: conciencia recta, alma viril, voluntad re­suelta, todo ello animado por un excelente corazón. Podía esperarse cual­quier cosa de semejante tesoro. La mamá, a pesar de los pocos años de su hija, podía descansar en ella para las misiones de confianza.

De buena gana le iba a confiar, durante sus ausencias, el servicio de la caridad. Era un verdadero servicio, un verdadero trabajo, muy deseado por otra parte, el de la distribución de limosnas en aquella casa tan caritativa.

Los pobres abundaban. Conocían ciertamente aquella casa acogedora y generosa. Acudían a ella en gran número, especialmente en invierno. Siempre eran bien recibidos y sacaban alguna limosna. Pero en aquellos tiempos tan calamitosos del Terror pasaban por allí continuamente y en grupos masivos, camino del destierro, pobres refugiados, inquietos, que care­cían de todo, hasta de un trozo de pan y de ropa con que cubrirse, carentes especialmente de alegría.

Cuando Juana María se acercaba a ellos derramaba con agrado sobre su infortunio todas las gracias de su amable corazón. Se apiadaba enseguida apenas se encontraba frente a la miseria humana. Aquella alma tan vigorosa y enérgica se convertía instintivamente en protectora de los débiles. Entregaba su fuerza a la debilidad. Pero más aún que una afirmación de su energía, se trataba en ella de volcar su bondad sobre los otros. ¡Era tan sensible a los sufrimientos ajenos! ¡Había visto tan de cerca la miseria en aquellos años desventurados que habían traído la desgracia sobre tanta gente! Y ha­bía podido descubrir ya en el rostro de los pobres la sonrisa de la gratitud y la mirada conmovida, reflejo de un alma ganada por medio de un favor. Conocía bien la fuerza conquistadora de la caridad.

Era además tan delicada, tan tierna, tan afectuosa… Las criadas de la casa lo comprobaban todos los días; ¡se mostraba tan respetuosa con todas ellas! Y lo era igualmente, incluso más, con los pobres que gozaban amplia­mente de su bondad. Cuando aparecía un vagabundo por la carretera, acu­día a su encuentro y tomándolo de la mano lo llevaba a casa, compartiendo con él si era necesario su pan y sus pequeños ahorros. El dinero que le entregaba generosamente su abuelo era pronto distribuido entre los ne­cesitados.

Cuando había grupos enteros que se detenían en su casa, la señora Rendu se reservaba habitualmente la distribución de los socorros, pero hubo un día en que se ausentó y confió a Juana María esta tarea de confianza. Puso a su disposición algunas provisiones, pan y otros alimentos, y alguna ropa. Le dio unas cuantas consignas y recomendaciones, le señaló sus deseos y partió.

Juana María hizo la distribución. Pero después de haberlo dado todo con generosidad, se encontró con unos necesitados que no habían recibido nada. El armario de las provisiones estaba vacío. Juana María fue a buscar a su armario personal. Llegó además una mujer que llevaba gastados sus zapatos y pronto tendría que caminar con los pies descalzos. Juana María volvió una vez más a su armario, tomó heroicamente un bonito par de zapatos que usaba los domingos y se los llevó.

¿Sabía acaso que Vicente de Paúl siendo niño había inaugurado su vida de caridad con un gesto parecido, vaciando en las manos de un pobre todo el contenido de su hucha? Aquel gesto era la manifestación de una entrega total, que ignora los cálculos interesados; era la aurora de un hermoso des­tino, lleno de hermosas esperanzas para el porvenir. ¿Se molestaría quizás su mamá cuando volviera? La educación de aquella mujer era firme, cierta­mente, pero prudente. La señora Rendu sabía darse cuenta de las circuns­tancias. ¿Iba a enfadarse acaso por la pérdida de aquellos zapatos? Todavía hoy se recuerda en el país de Confort que las gentes de entonces cuchichea­ban entre sí como si se tratara de un gran acontecimiento: «Juana entregó sin permiso sus zapatos más bonitos y su madre no le regañó».

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