Sor Rosalía Rendu

Mitxel OlabuénagaRosalía RenduLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

Cada vez que nos asomamos a la vida de Sor Rosalía nos invade el asombro. ¿Cómo pudo una mujer sencilla, de origen humilde y frágil de salud desplegar tanta y tan variada actividad?

ALGUNOS DATOS BIOGRÁFICOS

Sor Rosalía nace el 9 de septiembre de 1786 en Confort, Jura. Sus padres, pequeños labradores, llevan una vida sencilla. A los 10 años de edad, Sor Rosalía queda huérfana de padre, pero su madre se encarga de dar una educación cristiana a sus hijas, a la
que Juana María —su nombre de Bautismo— corresponde muy positivamente. Para completar su formación, es enviada, según costumbre de la época, a un pensionado a Gex. En el Hospital de esta localidad conoce a las Hijas de la Caridad. El servicio a los enfermos atrae grandemente su atención y despierta en ella el deseo de formar parte de la Compañía. Su madre, aunque con gran emoción, accede a su deseo. Tanto en su formación como en su decisión, recibe orientación de su padrino el P. Emery, Superior General de los Sulpicianos, quien en ese momento acompaña a la Madre Deleau en el gobierno de la Compañía de las Hijas de la Caridad que, disuelta por la Revolución, funciona un la clandestinidad.

Rosalía es el nombre que Juana María recibe en la Compañía. Hace su ingreso en el Seminario a los 16 años, el día 25 de mayo de 1802, en la Casa Madre que durante unos años estuvo en la calle de Vieux Colombier, en un edificio cedido por el gobierno al autorizar la restauración de la Compañía después de la Revo­lución.

ACTIVIDAD CARITATIVA DE SOR ROSALÍA

A la salida del Seminario, donde sólo permaneció unos meses debido a su frágil salud, es enviada a la Comunidad que tenía la Compañía en el barrio Mouffetard, famoso en la época por la extrema pobreza en que vivían sus habitantes. Honorato de Balzac lo describe así:

El barrio más pobre de París, en el que los dos tercios de la pobla­ción carecen de leña en invierno, el que echa más críos a los “Niños Expósitos”, más enfermos al Hotel Dieu, más mendigos a las calles… Más obreros sin trabajo a las plazas, más detenidos a la policía correccional…

El Conde Arrnand de Melun, gran colaborador de Sor Rosalía y su primer biógrafo, dice refiriéndose al mismo barrio:

El barrio san Marceau está habitado por familias numerosas de obreros. Las condiciones de vivienda son precarias e insalubres… calles tortuosas, sótanos habitados, buhardillas habitadas y superpo­bladas, inmuebles infectados La gran manufactura de Gobelins emplea muchos obreros, hombres, mujeres y niños, que trabajan más de doce horas al día y son recompensados con salarios que no permiten una vida digna.

Aquí, Sor Rosalía entra en contacto con los pobres atrapados por la miseria en todas sus modalidades y, tremendamente impresionada de ver aquellas personas, que en ocasiones no tení­an figura de tales, se aplica a su servicio junto con las Hermanas de su Comunidad. Desde el momento en que empezó su activi­dad y durante 54 años se propone luchar contra la miseria con el I in de devolver su dignidad a aquellas personas.

Contaron con su atención y ayuda todas las personas afecta­das por cualquier tipo de carencias. Para ello, junto con las Hermanas de su Comunidad, abre una guardería para los niños cuyas madres trabajan, una escuela para la educación de las niñas, un orfanato, un patronato para las obreras jóvenes y ser­vicios para personas mayores abandonadas a su suerte.

La Casa de las Hijas de la Caridad fue designada como una de los cuatro puestos de socorro del distrito 12. Allí funcionarán un dispensario, una farmacia, un ropero, una escuela gratuita, acogida, escucha y ayuda para todos los que se acercaban a aquel lugar a fin de exponer sus necesidades.

Repartía alimentos, ropa, procuraba vivienda, buscaba recomendaciones para conseguir un empleo, facilitaba estu­dios. Se cuenta en el “Sumario sobre las Virtudes de Sor Rosalía”, que un hombre acudió a ella lloroso porque se le había muerto el caballo con el que trabajaba y ganaba la vida para su familia. No era fácil la solución del problema, pero Sor Rosalía llamó a varias puertas y no cesó hasta que consiguió otro caballo.

ESPÍRITU DE COLABORACIÓN

Sor Rosalía no monopolizaba, ni era celosa de su tarea, lo único que pretendía era que el pobre fuera socorrido. Siempre estaba dispuesta a compartir su servicio con quien quisiera participar en él. Todos los colaboradores eran bienvenidos. A las Hermanitas de los pobres, que deseaban trabajar en el barrio, les ayudó, no sólo a instalarse en él, sino que les proporcionó los primeros ancianos. A Ratisbona, interesado en la instrucción y educación de la infancia, le procuró dos niñas judías. Este sería  el comienzo de la que después fue y es actualmente, la Congre­gación de Nuestra Señora de Sión. Las Damas de la Caridad y de la alta sociedad le ayudaban en sus visitas a domicilio y con su aporte económico.

Se dice que encontró la manera de socorrer también a los ricos, estimulándoles y ayudándoles a participar en el servicio de los pobres.

Después de la Revolución de 1830 se despertó, sobre todo entre los católicos, el deseo de un mundo más justo y de un cambio de sociedad. Algunos estudiantes de la Sorbona desea­ban trabajar por infundir nueva vida a aquella sociedad. Un grupo de ellos se reunía en una especie de círculo de estudios que llamaban “Conferencia de historia”. Las reuniones las dirigía Enmanuel Bailly, profesor de Filosofía y director del periódico “La tribuna católica”. Entre los jóvenes estaban Ozanam, Letaillandier, León Le Prévost… Deseando participar en algún tipo de servicio a los pobres, acudieron a Sor Rosalía en busca de orientación. Ésta les enseñó a servir a los pobres a domicilio, pero además, quedaron contagiados de su gran com­pasión hacia el que sufre, de su amor a los pobres y de su entu­siasmo por servirlos. Fue el comienzo de las Conferencias de San Vicente de Paúl.

Su despacho de la calle de l’Epée de Bois se hizo famoso por lo que en él sucedía. Por allí pasaron todo tipo de personas de la baja y de la alta sociedad, pobres y ricos, personas influyentes y quienes no tenían ningún significado social. El despacho fue visitado por miembros del gobierno, por generales del ejército. Entre las personalidades más destacadas, está el orador Donoso Cortés, embajador de España en Francia. Visitaba a Sor Rosalía y buscaba su consejo. A su vez Sor Rosalía lo visitó en su última enfermedad y le acompañó en la hora de su muerte. Fueron varias las personas que solicitaron su presencia y ayuda en el momento de abandonar este mundo, entre otros el Director del siempre famoso Hospital de la Bicétre.

 

LA MÍSTICA DE LA ACTIVIDAD DE SOR ROSALÍA

En vista de tan maravillosa actividad no podemos menos de buscar el motor que impulsaba este movimiento caritativo. ¿De dónde procedían tanta compasión, tanto amor, tal entusiasmo, tan intensa dedicación, tanta audacia y tan gran fortaleza en el servicio a los pobres?

En el “Sumario sobre las Virtudes de Sor Rosalía”, se lee que el teólogo censor de su beatificación se hacía estas mismas preguntas. No le bastaba con constatar su actividad, que podría ser un simple altruismo. Pero un día dio con el móvil, que califico de “perla preciosa” y que aparece en sus humildes escritos. Lo que movía a Sor Rosalía era su “entrega total ” a Dios a quien veía y servía en los pobres. Su móvil era su profunda fe en la presencia de Dios en los pobres. No olvidaba la convicción y afirmación de san Vicente:

Si vais diez veces cada día a ver a un pobre, diez veces al día encontraréis en él a Dios… Vais a pobres casas, pero allí encontra­réis a Dios.

Se le ha acusado de que, con tanta actividad, dejaba a Dios por Dios con demasiada frecuencia. De que fallaba su puntua­lidad a los tiempos de oración prescritos para la comunidad. Sin embargo, las Hermanas que convivieron con ella, en sus testimonios dicen lo contrario. Defienden su unión con Dios en todo momento y su vida intensa de oración. Una de ellas afirma:

Vivía continuamente en la presencia de Dios. Si tenía que emprender una misión difícil, estábamos seguras de verla subir a la Capilla o de encontrarla de rodillas en su despacho. Las gestiones importantes las emprendía con el Espíritu Santo por compañero.

El Conde Armand de Melun dice:

Su caridad procedía del manantial más elevado y más puro, venía directamente del corazón de Jesucristo, llenaba todas las condicio­nes requeridas por el apóstol San Pablo, era humana al mismo tiem­po que celestial.

La Hermana amaba a los pobres en Dios y como a miembros dolientes del Salvador. Les amaba como una madre ama a sus hijos, con su corazón y su sangre, con sus emociones y sus lágrimas, con abnegación y entrega sobrenatural.

Las Hermanas que vivieron con ella, sobre todo Sor Tissot y Sor Saillard, dicen que les recomendaba con frecuencia que se acordaran la presencia de Dios en el pobre:

Amemos mucho a Dios, no regateemos con nuestro deber, sirvamos bien a los pobres. Los pobres nos podrán injuriar y ser groseros, pero cuanto más lo sean tanto más dignas debemos ser con ellos. Recuerden que detrás de esos harapos está Dios.

En otra ocasión dirá a una Hermana a quien enviaba a visitar a un pobre: Irá a hacer el recreo con nuestro Señor: Lo encon­trará en ese pobre.

También el Conde Armand de Melun relata que:

Sus ocupaciones le impedían a veces consagrar mucho tiempo a la meditación y a la oración, pero en cuanto permanecía sola un ins­tante, sus Hermanas la encontraban de rodillas en un profundo reco­gimiento. Se alegraba de sus largos insomnios porque le permitían tiempo para darse a la oración.

Muchas son las personas contemporáneas que constatan y afirman que el motor que impulsó la actividad de Sor Rosalía fue su profunda convicción de que sirviendo a los pobres servía a Cristo presente en ellos.

CALIDAD DEL SERVICIO Y VIRTUDES SOBRESALIENTES

De estas convicciones emanaba en Sor Rosalía la calidad de ‘al servicio. En este aspecto fue exigente consigo misma, con sus Hermanas y con cuantos colaboraban con ella.

Compasión. Destacó por su inmensa compasión para con todos los que de alguna manera eran víctimas del sufrimiento. Además de serie natural y haberlo aprendido de su madre, que durante la Revolución Francesa enjugó muchas lágrimas y acogió en su casa con mucho riesgo a varias personas perseguidas a muerte, entre ellas a sacerdotes refractarios y a un Obispo, su compasión se intensificó ante tanta miseria nunca sospechada por ella y ante la convicción de que cada pobre era un miembro doliente de Cristo.

La audacia. Nada le arredraba cuando se trataba de ayudar al prójimo. No vacilaba en acudir a quien hiciera falta para interceder en favor de sus protegidos. Durante las Revolucio­nes de 1830 y 1848, no la detuvo el miedo. Subió a las barrica­das para salvar a los heridos. No vaciló en interponerse entre los asesinos y la víctima a punto de ser ejecutada en el patio de su casa al grito de ¡aquí no se mata! —¡No, pero fuera sí! Nos lo llevamos— le responden. Pero, Sor Rosalía no consiente que aquellos hombres ebrios de sangre, tiren sobre el condenado. Se pone de rodillas y grita ¡En nombre de todo lo que he hecho por vosotros, por vuestras mujeres y por vuestros hijos, os pido la vida de este hombre! Sor Rosalía es escuchada y el oficial esta salvado.

En todo momento brillaron en su caridad las cualidades pro­clamadas por san Pablo y exigidas por nuestros Fundadores para el servicio de las Hijas de la Caridad: compasión, comprensión, respeto, cordialidad, ternura… Nunca consintió que un pobre litera mal recibido y menos maltratado.

A pesar de que la situación de extrema pobreza de los pobres del Barrio de Mouffetard, imponía un servicio asistencial, Sor Rosalía era consciente de que no era suficiente, había que buscar soluciones más duraderas, era preciso promocionar a los pobres y así dirá:

¡Hay tantas maneras de hacer caridad! La pequeña ayuda que damos a los pobres, no puede durar mucho tiempo, es necesario buscar un bien más completo, más duradero, hay que estudiar sus aptitudes, su grado de instrucción y tratar de procurarles trabajo, con el fin de ayudarles a salir de su difícil situación.

Formaba a sus Hermanas de Comunidad en este mismo espí­ritu. Sor Castelin, Sor Tissot y Sor Saillard testimonian que que­ría ver en ellas las siguientes disposiciones: acoger a todo el mundo, hablar a los pobres con bondad y dignidad, no hacerles esperar, tratarles como tratarían a su padre, a su madre o a sus hermanos y hermanas. A pesar de algunas dificultades con los Superiores por su marcado activismo, éstos mantuvieron plena confianza en ella. Prueba de ello es que le confiaron la formación de 23 postulantes y un buen número de Hermanas jóvenes que eran destinadas a su casa para que las formara en el espíritu y actitudes de una verdadera Hija de la Caridad.

No sólo recibía bien a los que llegaban a su despacho, sino que salía a la calle, al mercado, al famoso pasaje de “los Patriarcas”, lugar de cita de pobres, y a los terribles tugurios del barrio. Su ser vicio preferido fue siempre la visita a domicilio, la atención (le aquéllos que por imposibilidad física o por vergüenza, no se atrevían a salir y exponer sus miserias. No olvidaba que los claustros de una Hija de la Caridad son las calles de la ciudad. Enviaba a sus Hermanas a que recorrieran las calles interesándose por las personas que encontraran; que preguntaran a los niños si iban a la escuela.

Su presencia y la de su comunidad, eran una seguridad para el barrio de Mouffetard y para la Parroquia de San Medard. Cuentan sus biógrafos un episodio que tuvo lugar durante una de las epidemias de cólera que azotó el barrio. La gente sospechaba de que la enfermedad fuera provocada por los médicos y farmacéuticos  por odio al pueblo. Un día que el Doctor Royard-Collard llevaba un enfermo al Hospital, quisieron matarlo, y por mucho que el Doctor se defendía diciendo que lo único que pretendía era que el enfermo fuera atendido en el Hospital, no le . Irían, hasta que tuvo la genial idea de decir: yo soy amigo de sor Rosalía. Inmediatamente le dejaron pasar.

Humildad y sencillez. Toda su vida y su actividad se desarrollaron en la más profunda humildad y sencillez. Ocasiones hubo en las que la humildad se hizo más patente. En 1852 el emperador Napoleón III le otorgó la Cruz de la Legión de Honor. Una de sus compañeras, Sor Castelin, cuenta que cuando se enteró de que el Emperador la quería condecorar dijo: He merecido esta vergüenza por mis pecados. Lo siento por la Comunidad. Todo París se va a reír de nosotras. Hizo todo lo posible para que la Cruz fuera dada a uno de los administradores de la oficina de Caridad. Envió a Sor Esperanza al P. Etienne para solicitar su consejo. El Padre le mandó decir que era una cruz como otra cualquiera, que no le diera más importancia que la que ellos le iban a dar. Que evite crearnos dificultades con esa gente, refiriéndose al Gobierno. Sor Rosalía obedeció y recibió la Cruz de la Legión de Honor, pero nunca la ostentó.

Su popularidad y el gran número de personas que venían a consultarle, inquietaban a los Superiores y a la Comunidad que querían permanecer en la humildad. Sor Castelin en su testimo­nio defiende su pureza de intención y su humildad. Sor Rosalía extrañaba de que la gente viniera a consultarla y decía:

A pesar de que les digo que soy una pobre campesina sin instruc­ción, sin espíritu, ni sentido común y que en mi país me encargaba de cuidar a los animales, hay gente que viene aquí creyendo que van a encontrar un personaje, pero cuando les abordo, por la cara que ponen deduzco que se dicen: ¿ésta es?

El Sr. Dupont, vicepresidente de la Asamblea Nacional, en el discurso de inauguración del museo “Rosalía Rendu”, califica el despacho donde Sor Rosalía desarrolló su actividad en la calle de l’Epée de Bois, de “Santuario de humildad y misericordia”.

Ojalá pudiera decirse otro tanto de todos los lugares donde las Hijas de la Caridad y los vicencianos vivimos y desarrollamos nuestro servicio. Que todos ellos fueran lugares de acogida y de escucha humilde, donde se hicieran realidad aquellas palabras que tanto gustaba repetir a Sor Rosalía:

Una Hija de la Caridad tiene que ser como un poyo en la esquina de una calle, en el que todos los que pasan puedan detenerse a des­cansar, depositando sobre él la carga que llevan encima.

Pobreza. Coherente con el ambiente de pobreza que le rode­aba, Sor Rosalía vivió lo más austeramente posible. La pobreza era su adorno personal, el de su despacho y el de su casa. En cuanto a su despacho de l’Epée de Bois, su primer biógrafo hace una descripción que raya en lo casi imposible.

Su casa, donde fue Hermana Sirviente durante 41 años con­secutivos, mantuvo también la máxima sencillez. No le interesa­ba embellecerla. La Señorita Bacoffe, dama de la alta sociedad, colaboradora y amiga de Sor Rosalía, después de una visita a su casa hace la siguiente observación:

Qué casa, dice, no se veía más que miseria. Podría una preguntarse si las Hermanas comen lo suficiente todos los días. Nunca más volví a ella.

Muchas más cosas podrían decirse de Sor Rosalía, que no caben en una comunicación de este tipo, pero quiero recordar un mural que lucía en la Iglesia de San Medard, su Parroquia, en el momento de su beatificación y que recordó el Ministro que representó al gobierno francés durante las celebraciones de Roma:

La figura de Sor Rosalía, con la primacía de la Caridad, responde a las necesidades de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo. Hoy, más que nunca, se hace oír la necesidad de amar y ser amado. Paradoja de nuestra sociedad moderna, saturada de medios de comunicación cada vez mas sofisticados los pobres no son tanto los que no poseen nada como los que no tienen a nadie con quien comunicarse.

Y el ministro terminó su discurso con la siguiente afirma­ción:

Permitan a un ministro de la República decir encarecidamente: infundir en el corazón de nuestros conciudadanos el interés y la compasión por el otro, es el camino más eficaz para lograr una sociedad de convivencia favorable, solidaria y unificada.

Sor Rosalía muere el 7 de febrero de 1856. Todo París, sobre lodo los pobres, se conmueven ante la desaparición de su bien­hechora. La prensa da testimonio de la veneración que había suscitado Sor Rosalía.

El periódico de izquierdas y anticlerical, Le Constitutionnel, anuncia su muerte y califica a Sor Rosalía de providencia de las clases necesitadas, muy numerosas en este barrio (Mouffetard). Moniteur, el periódico oficial del Imperio, alaba su acción benéfica: Se han rendido las honras fúnebres a la Hermana Rosalía con brillo inhabitual. Esta santa mujer era desde hace 54 años muy caritativa en un barrio donde hay muchos pobres que socorrer, todos los pobres, llenos de gratitud, la han querido acompañar a la iglesia y al cementerio. Un piquete de honor formaba parte del cortejo.

Muchos de los aquí presentes hemos tenido la posibilidad de visitar su tumba, constantemente engalanada con flores naturales y artificiales, en el cementerio de Montparnasse y de leer las palabras allí grabadas: A Sor Rosalía sus amigos agradecidos, los pobres y los ricos de París.

París recuerda también a sus habitantes la hermosa labor rea­lizada por Sor Rosalía, con una Avenida que lleva su nombre y con una vidriera en una Iglesia construída en su honor a Santa Rosalía de Palermo, su patrona.

¿Quién después de un recorrido, aunque muy somero, de la vida de Sor Rosalía, no verá en ella el modelo auténtico de la santidad de una Hija de la Caridad? El camino lo trazó el mismo san Vicente: “Entregadas a Dios para el servicio de los pobres”. La última versión de nuestras Constituciones lo ha querido espe­cificar más: “Entrega a Dios para el servicio de Cristo en los pobres”, con objeto de que tengamos siempre presente el verda­dero móvil de nuestro servicio.

Ojalá encuentre Sor Rosalía muchos seguidores, especial­mente Hijas de la Caridad, que lleven a nuestros contemporáne­os un amor creativo hecho servicio, de tantas maneras como facetas presenta la pobreza en cada lugar del planeta y en cada momento de la Historia.

Juana Elizondo. CEME.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *