Sor Natividad Omedes Piazuelo.

Mitxel OlabuénagaBiografías de Hijas de la Caridad1 Comment

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Author: Anónimo .
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biografias_hijas_caridadAl pueblo de Santurce, sorprendió la triste noticia de la muerte re­pentina de la buenísima y popular Sor Nati —como la llamaban sus que­ridos santurzanos— en la tarde del 24 de mayo, cuando se dirigía a la Capilla para participar en los actos del Mes de Mayo y rezo del Santo Ro­sario, del que era muy devota. Súbitamente pasó a la eternidad, después de sesenta y un años de fidelidad a Dios, a los pobres y a la familia vicen­ciana.

Siempre le preocupó su última enfermedad y pedía al Señor poca es­tancia en la enfermería y una santa muerte… Y el Señor atendió su peti­ción, concediéndole lo que deseaba.

Sor Natividad ha permanecido toda su vida de Hija de la Caridad en la Residencia de Ancianos de Santurce, consagrándose plenamente, con ver­dadera abnegación y alegría al servicio de los pobres.

Hermana ejemplar, verdadera Hija de la Caridad, de recias virtudes, tanto religiosas como humanas, Sor Natividad era queridísima en el pue­blo. Su caridad hacia todos ha dejado un recuerdo inolvidable en San­turce.

Siempre se la veía sonriente, de tal forma, que se había hecho popular por su sonrisa, hasta el punto que se la conocía por «la Hermana que son­ríe siempre».

Así la llamaba el señor Administrador de la Residencia, quien enco­mendaba a sus oraciones los problemas más variados, y por los que Sor Natividad ofrecía algunos de los Rosarios que durante el día rezaba, cum­pliendo así lo que se le encomendaba.

Poseía un don de gentes extraordinario. Grandes y pequeños le vi­sitaban en la Residencia últimamente, cuando por sus achaques no podía ya salir a la calle, y ella, desde su silla, sabía muy bien llegar a todos, tratar a cada uno con ese tacto especial que cada uno precisaba. ¡Cuán­tas desgracias descubrió y socorrió! ¡Y con qué admirable caridad hacía el bien! Al verla actuar se podía muy bien decir que «con alegría servía al Señor».

Su vida está llena de alegres anécdotas; solía decir que ella, «a la tristeza y nubarrones oscuros, nunca les dio entrada».

Nació en la localidad aragonesa La Puebla de Híjar, el 13 de sep­tiembre de 1883, y, con mucha gracia, solía decir que la bautizaron cinco días antes de nacer, ya que su nombre era Natividad, y el día 8 celebraba siempre su Santo.

Sus primeros años transcurrieron en Alcorisa, al amparo de sus abue­los maternos y de su aña (de la cual guardó siempre su grato recuerdo Sor Natividad).

Conoció a un Padre Paúl, el P. Garcés, de santa memoria, al que la pequeña visitaba frecuentemente, atraída por los caramelos con que este buen Padre solía obsequiarle. Al preguntarle un día cuándo podría re­cibir a Jesús, examinándola éste, vio que estaba ya preparada para hacer su Primera Comunión, y así se lo dijo, y, deseando ella como estaba de recibir a Jesús, se acercó a la Sagrada Mesa, un día cualquiera, sin sa­berlo sus padres ni abuelos… De este gran día, que todos conservamos gratos recuerdos, ella contaba graciosamente que también los tenía, aun­que no le hicieron recordatorios, ni se «notó» el acontecimiento en Misa ni en la mesa, sino en una buena reprimenda que de sus padres y abuelos recibió.

De su vida de colegiala (con las Hijas de la Caridad), y de su juven­tud, sabemos que era muy activa, de carácter alegre, abierto… Tomaba parte en todos los acontecimientos ruidos del Colegio y del pueblo. Los gérmenes de la vocación brotaron muy pronto en su corazón y se arrai­garon firmemente, por esto, aunque el mundo le ofreciera un futuro risueño, ya que se trataba de una joven de cualidades poco corrientes, su corazón no vaciló en seguir el llamamiento del Maestro.

Sus padres se opusieron rotundamente, hasta el punto de amenazarla con desheredarla del rico patrimonio que le pertenecía. Pasaron los años, y en vista de que los padres no cedían en su oposición, decidió marchar de la casa paterna sin la autorización de los mismos, pues ya era mayor de edad. Y así, un día, sin ser vista y sin saber nada sus padres, salió de su pueblo camino de Madrid, acompañada por una amiga, que también había decidido ser Hija de la Caridad, y que, como ella, tampoco contaba con la autorización de sus padres. En Zaragoza se vieron obligadas a bajar del tren, pues fueron sorprendidas por la Guardia Civil. Valiente y decidida, continuó su viaje Sor Natividad, ya que alegó era mayor de edad, mas no pudo hacer lo mismo su amiga, ya que era menor de edad y no tenía permiso de sus padres.

Pasó los tres meses de. postulantado en el Hospital General de Ma­drid. Muchas y graciosas peripecias le ocurrieron, pero sería imposible enu­merarlas.

Pasó luego al Seminario. Era el año 1911; durante el tiempo que en él estuvo no recibió carta alguna de su familia, pero no por ello decayó su ánimo ni perdió el buen humor.

Su vida en el Seminario transcurrió tranquila y salpicada de graciosas anécdotas, que luego, al’ contarlas en el curso de los años, sirvieron para animar muchos recreos en su vida de Comunidad.

Una que ella contaba con verdadera gracia es la siguiente: «Tenía cada Hermanita una pequeña pila de agua bendita junto a la cama. Sor Natividad tenía sus delicias en hacer frecuentemente la señal de la cruz con agua bendita, y así, una noche, con el afán de mojar y remojar bien los dedos en ella, sucedió que la pila cayó al suelo y se hizo añicos. Cruzó por su mente la idea feliz de cambiarla por la de su vecina de dormitorio; creyéndola dormida, fue a descorrer las cortinas de su cama y… se la encontró en fervorosa oración con los brazos en cruz. Ante este inesperado cuadro, se arrepintió de su fechoría y se resignó a pedir perdón a la Hermanita y a Sor Directora…» Y Sor Natividad añadía: «Ex­cuso decirles la segunda parte de este hecho…»

Cuando vistió el Santo Hábito, fue destinada al Hospital de Santurce. Por entonces todavía seguía la incomprensión de sus padres, cosa que le hizo sufrir mucho, pero ella siguió adelante, generosa y llena de amor al Señor.

Su primer oficio en la Casa fue el de la Sala-Cuna. San Vicente había dicho: «Estos pequeñines pertenecen a Dios de manera especial…» Sor Natividad amaba mucho a aquellos niños que no conocían el cariño maternal; su amor a los pobres fue creciendo día a día y, movida de este amor a ellos se ofreció para ir diariamente al puerto a pedir pescado y otras cosas para sus queridos pobres: los niños, enfermos y ancianos aco­gidos en el Hospital.

Después de algún tiempo en la Sala-Cuna, la pusieron en el Pabellón de Infecciosos, donde Sor Natividad dio muestras de una gran ternura y caridad. Estando con los infecciosos, tuvo lugar aquella terrible epide­mia gripal del año 18, teniendo entonces Sor Natividad que multiplicarse para atender los numerosos enfermos que llenaban la Casa, siendo mu­chos los que morían a pesar de los cuidados prodigados, por lo que Sor Natividad, llena de energía, hacía de enterrador por la noche.

Pasados unos años de verdaderos sacrificios, se le confió el oficio de la cocina, de lo que Sor Natividad no tenía la menor idea.

Con toda generosidad se preparó para encontrarse con los pucheros… Su obediencia era confiada, y su entrega, completa. Más de cincuenta años al frente de este oficio, tienen como consecuencia un buen tesoro de méritos para el Cielo. Con el correr de los años, Sor Natividad fue no sólo una excelente Hermana de Cocina, sino también una excelente repostera.

Durante muchos años acudió diariamente al puerto a pedir a sus amigos, «los marineros», el pescado fresco para sus pobres. Varias anéc­dotas hay de sus visitas al puerto, pero voy a hacer mención solamente de una.

«Un día andaba por el puerto, cuando vio que descargaron un barco de azúcar (era durante la guerra). Ni corta ni perezosa, se acercó a los obreros que hacían la descarga para preguntarles cómo podría ella ha­cerse con algo de azúcar. Los buenos muchachos le indicaron que se dirigiera a la oficina y hablara con el jefe, y así lo hizo, pero éste le dijo que no podía hacer nada, ya que estaba muy controlada la mercan­cía, añadiendo: «a no ser que se rompa alguno de los sacos…».

Comunicado esto a los obreros por Sor Natividad, la respuesta de ellos fue la siguiente: «No se vaya, Sor Nati, que en seguida rompemos un saco…» Y con mucha maestría, hicieron la fechoría con la grúa, para que Sor Natividad no volviera a casa con la pena de no poder endulzar a sus queridos pobres.

No puedo dejar de decir que Sor Natividad también quería mucho a los marineros, a quienes obsequiaba con Medallas Milagrosas, que ella misma les colgaba al cuello y que ellos recibían con fe y agradecimien­to, pues querían de verdad a Sor Nati; más: sentían por ella veneración.

Durante la última guerra, su caridad ingeniosa supo burlar hasta la vigilancia de los milicianos que guardaban la Casa. De acuerdo con un fontanero, amigo del pueblo, inventó un aparatito para colocarlo en las tuberías, de forma que, cuando quería, sonaba igual que la sirena de alarma, invitando así a la gente a huir al refugio, y, mientras, ella apro­vechaba para sacar la cesta de provisiones y hacerla llegar hasta los Padres Paúles y otras muchas personas detenidas en barcos y en la prisión de Begoña.

Tenía un gran amor a los Superiores, a la Comunidad, a los pobres… ¡Cuánto trabajó y se sacrificó por ellos! Gozaba dando y dándose, y si bien es verdad que su caridad se extendía a todos, los más favorecidos fueron siempre los pobres de Casa y los pescadores, a los que quería en­trañablemente.

Sabía llegar allí donde hacía falta. Una vez era un «sobrecito» a una madre de familia numerosa; otras, ayudando a un futuro sacerdote, o a una joven que deseaba ser religiosa, o, sencillamente, sembrando la sonrisa en un niño enfermo, mediante un juguete… Los pobres vergon­zantes eran tratados por Sor Natividad con una delicadeza sin igual, y las familias de las Hermanas eran objeto privilegiado de sus atenciones. Unas palabritas de afecto, un paquetito de caramelos para los niños, una acogida cariñosa y un inmenso interés por todos y cada uno.

Sor Natividad tuvo muchos amigos, buenos y agradecidos amigos, que en muchas ocasiones colaboraron con ella en solucionar no pocos pro­blemas en el pueblo.

En el año 1961 celebró sus Bodas de Oro vocacionales, y todo el pueblo quiso participar en el homenaje que se le hizo. Al preguntarle el señor Alcalde, Presidente de la Junta de Gobierno de la Residencia, «qué recuerdo quería como regalo personal, pues el pueblo quería obsequiarla en esa fecha», ella contestó, «que para ella, nada, que si querían algo para la Capilla, eso sí…».

Por unanimidad se acordó en el Pleno de la Corporación regalarle un Sagrario, y dedicarle una calle en el pueblo, que llevaría su nom­bre, como recuerdo permanente a Sor Natividad, de todos los santur­zanos.

En su día se le hizo entrega del Sagrario, junto con la lista de los donantes, la que Sor Natividad guardó con mucho cariño, leyéndola de vez en cuando para encomendar a sus queridos santurzanos y de una manera especial a los pescadores, de quienes decía que eran «de lo bueno, lo mejor».

El mismo día 8 de septiembre de 1961 tuvo lugar el acto del descu­brimiento de la placa-dedicatoria de la calle de Sor Natividad Oredes, lo que sorprendió grandemente a la Hermana, pues ignoraba por completo este detalle.

Las autoridades del pueblo quisieron que esta calle fuera precisamente la calle donde está enclavada la Residencia de Ancianos de Santurce (el antiguo Hospital).

Al descubrir la placa, se hizo de Sor Natividad un bello y merecido elogio de su vida de Hija de la Caridad, entregada, generosa, alegre, durante tantos años, en el servicio de los pobres, elogio que terminó así: «Sor Natividad ha sido durante muchos años «alma de Santurce»; justo es que su memoria no quede solamente en el frío papel de un archivo.» Sor Natividad se había ganado un puesto en el cariño de un pueblo con historia, y a fuer de ser sinceras, hay que confesar que, ella misma, había intervenido activamente en esa historia.

Sor Natividad hasta el final de sus días conservó su espíritu «joven»; trabajadora, alegre, con muy fina sensibilidad y optimismo y siempre dis­puesta a recibir, a aceptar cualquier innovación. Hablaba con facilidad de acontecimientos sucedidos cuarenta, cincuenta, sesenta años atrás, sin desconocer el presente (como es corriente en personas mayores). Su in­teligencia permaneció hasta sus últimos momentos viva, e igualmente su serenidad.

Con razón pudo decir de ella un periodista –después de la interviú que le hizo con motivo de sus Bodas de Oro—: «Sor Natividad es tan actual como el periódico de esta mañana…»

En sus últimos años se vio obligada a caminar apoyándose en un bas­tón, cosa que sin duda le costaba, pero que aceptó con verdadero espíritu de fe. Solía decir: «Me abandono a la Voluntad de Dios; El lo quiere así…» «No he buscado nunca más que una cosa: hacer en cada momento lo que el Señor me pedía…»

Pocos días antes de su muerte dijo que le gustaría recibir la Unción de Enfermos, con conocimiento y a petición suya.

La noticia de su fallecimiento —como decíamos al principio– produjo una gran pena al pueblo de Santurce, que si en vida supo elogiar la bondad y virtud de esta buena Hermana, mucho más al ocurrir su muerte. Fue inmenso y constante el número de personas, de todas las categorías sociales, que desfilaron ante el cadáver de Sor Natividad, ofreciéndole el último homenaje de su oración. Durante muchas horas la Capilla ardiente fue un verdadero testimonio de la honda pena que la muerte de Sor Na­tividad dejaba en el pueblo de Santurce.

Impresionante la manifestación de duelo en el cortejo fúnebre que acompañó a Sor Natividad hasta su última morada, aquí en la Tierra. Tan­tas personas acudieron a decirle su último adiós, que fue preciso inte­rrumpir la circulación. Nueve ancianos portadores de coronas formaban una sola en el cortejo, símbolo de la que habrá recibido del Señor como premio a sus trabajos en favor de los pobres.

A los funerales asistió el Excelentísimo Ayuntamiento en Cuerpo de Co­munidad, numerosas Hijas de la Caridad de las Casas de Bilbao y pueblos vecinos, y el pueblo entero, en masa, por lo que la Parroquia fue insufi­ciente para dar cabida a todos los asistentes.

La Misa, concelebrada por cuatro Sacerdotes Paúles y cuatro Sacer­dotes de las Parroquias de Santurce, unió en ofrenda común de oracio­nes a cuantos en ella participamos. Fue una comunión en el dolor, pero también, y sobre todo, en la ESPERANZA. Las diez Comunidades reli­giosas de Santurce se unieron en el coro para cantar hermosos y alegres salmos. Sor Natividad había dicho: «Cuando se haga mi funeral, que no haya ningún rasgo de tristeza… Y obsequien a los pobres, ese día, con una comida extraordinaria, para que de esta forma brinden ellos también por mi marcha al Cielo…»

Nada más propio para cerrar esta crónica que las palabras del P. Mu­rillo en su homilía: «Cuando una persona ha vivido en el período tem­poral de su vida, en la presencia del Señor, su muerte garantiza la con­tinuidad de esta presencia, ya sin problemas. Ella intercederá ante el Señor, en favor de los que aún quedamos aquí.»

¡Qué difícilmente podrá llenar otra persona el vacío que Sor Natividad nos ha dejado!

 

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