1881 – 1946
María-Ana nace el día 17 de abril de 1881 en la ciudad de Barcelona. Es la menor de seis hermanos; seis hijos que alegran el hogar cristiano fundado por el Sr. Pescador, honrado industrial de tejidos, y su mujer, modelo de esposa y madre.
María-Ana es dulce y tímida. Cuando se suscita alguna querella entre los hermanos mayores, la niña se retira a un rincón a llorar; y cuando el Sr. Pescador tiene que hablar un poco fuerte a los dos mayores, ella mira a su padre con inmensa ternura y gruesas lágrimas corren por sus mejillas. El padre, desarmado le acaricia mientras exclama: «Tú serás mi consuelo en la vejez, hija mía.»
La muerte de su madre en plena juventud, ha ensombrecido el hogar y ha hecho a la niña, que ya lo era por temperamento, más reflexiva y tímida.
Se educa en el Colegio de la Sagrada Familia, «La Granja» en Barcelona, dirigido por las Hijas de la Caridad. Ha recibido una buena instrucción y una sólida formación religiosa.
Tiene apenas quince años. Acaba de salir del Colegio. Preocupación en casa por la operación que han de hacer al hijo de su hermana mayor. El doctor solicita alguna persona de la familia que lo ayude, pero nadie se atreve; sólo María-Ana, sobreponiéndose a su timidez, se ofrece. Cumple tan bien su cometido, que el médico, admirado de su valor y serenidad le dice: «Lo has hecho muy bien, niña, tanto que serías una excelente Hermana de la Caridad.» Pocos años después se haría realidad.
En 1900 siente una imperiosa llamada para seguir a Jesús. Su hermana Antonia hacía unos años que había ingresado en la Compañía de las Hijas de la Caridad. María- Ana, siente dejar a su padre que seguía diciendo que era el cosuelo de su vejez, pero sobreponiéndose al sentimiento de pena, ingresa en la Compañía el día 9 de marzo de 1901, a los diecinueve años.
Después del Seminario llega el momento de la «toma de hábito» y es destinada a la clase de párvulos del Patronato del Sagrado Corazón de Cartagena. Le ponen el nombre de Sor Josefina. Domina ya la clase sin esfuerzo, pero ha de desempeñar otro cometido: preparar a las jóvenes al Magisterio.
En 1914 es destinada a Santesteban, Navarra. Sor Pescador tiene la misión de dirigir la casa. Entre las viejecitas de asilo hay una con un carácter verdaderamente difícil; siempre de mal humor, nada le contenta. Se ha disgustado de tal forma que se despide del asilo y marcha a la casa de la señora fundadora, dando mil quejas contra la Madre. Sor Pescador da muestras de profunda humildad. Pide perdón y suplica haga volver a la anciana porque está sola y sería fácil que muriera abandonada.
Una terrible epidemia de gripe infecciosa asola a toda Europa en 1919. Se cierran las escuelas. Sor Pescador se convierte en la enfermera de la pequeña comarca: Trabaja sin descaso día y noche. Al disminuir los enfermos, ya no es tan necesaria su ayuda, cae ella con la misma enfermedad.
África, 1921.
Se ha sabido del desastre del Annual. Centenares de bajas de nuestros soldados. Los rifeños amenazan tomar la Plaza de Melilla. Se organizan socorros y refuerzos, y centenares de voluntarios corren a alistarse para salir enseguida a socorrer a sus hermanos.
La Reina Victoria, Presidenta de la Cruz Roja Española, designa a la Duquesa de la Victoria para organizar los hospitales de campaña, y ésta a su vez, llama a las Hijas de la Caridad, cuyos servicios le son tan conocidos.
Al llegar a Melilla, Sor Pescador es recibida en el muelle por la Duquesa de la Victoria, y otras Hermanas llegadas anteriormente. Sin pérdida de tiempo se le encomienda la instalación de un hospital en el grupo de escuelas de dicha población
La labor es ingente; Se trata de organizar los hospitales de sangre y servicios sanitarios en la línea de fuego. La misión además de peligrosa en extremo, es particularmente delicada y difícil. ¿Qué podrá hacer esta Hermana tan tímida y al parecer, tan de pocas palabras?
Unida a Dios en todo momento, Sor Pescador lleva a cabo sencillamente la importante misión que se le confía. En el más breve plazo queda perfectamente instalado el hospital y asegurados todos los servicios.
La recia campaña vivida por las Hermanas y la Duquesa nos la describe ésta:
«Uno de los servicios más duros emprendidos es el del primer tren-hospital a Nador, Zeluán y, por último, Monte–Arruit. Salimos todos los días a las cuatro de la mañana, llegando a la estación con cargamento. Afortunadamente hemos podido llevar agua, de las 50.000 botellas de Solares, regaladas a la Reina. No es para decir lo que la han apreciado estos pobres; carecen de agua limpia para beber, y sólo tienen la llevada en tanques de hierro, escasa y que sabe muy mal.
Llevamos también vendas, algodón, leche condensada, huevos y alguna cosa más. Todo esto lo colocamos en un vagón especial, vigilado por nosotras dos –Sor Pescador y la Duquesa-. El tren sale cuando las circunstancias lo permiten; a veces enseguida; otras tenemos que esperar cuatro o cinco horas interminables.
En el tren sólo va la patrulla de protección y nosotras. Nos acercamos todo lo que podemos a la posición y nos trasladan al tren los heridos as medio curar, de los puestos de socorro de las posiciones.
Bajo la vigilancia del médico, rectificamos los vendajes, acomodamos a los heridos en los coches, unos en camilla, los graves; otros, sentado, hasta que se llena el tren, no sólo de heridos, sino también de soldados enfermos de fiebres, que han de hospitalizarse en Melilla. No tenemos un minuto para nosotras: por toda comida, tomamos a toda prisa un pedazo de pan y un huevo crudo; no nos da tiempo para más.
El viaje de regreso no puede ser más penoso, pues hemos de atender a más de 20 hombres heridos o enfermos: darles agua, leche, pan, rectificar vendajes, etc.; en fin, un trabajo verdaderamente agotante
Al llegar a Melilla, no hay que pensar tampoco en descansar. Hemos de acomodar a todos estos heridos, a los que durante el trayecto hemos ido clasificando; en esta labor nos ayudan el personal del Hospital y las escasas enfermeras con que contamos.
En la posición de Sebt, hemos tenido un ataque moro, y un pobre soldado ha caído muerto a nuestros pies –una bala le ha atravesado el corazón-. Es un milagro que no nos hayan cogido; de un tirón, nos han metido en una defensa; lo hemos pasado muy mal, pero gracias a Dios hemos resultado ilesas.
—
¡Por fin, se ha tomado Monte-Arruit! Pasamos un día entero sirviendo vino y coñac a los soldados de los batallones que han abierto la inmensa zanja, donde han sido enterrados 3.000 muertos que cubrían el suelo. Para andar, había que buscar el medio de no pisarlos: Creo que por muchos años que viva, no se me podrá olvidar nunca el horrible espectáculo y el olor que despedían los cadáveres.
Sor Pescador es verdaderamente admirable. Siempre se la ve inalterable, serena, sin perder la paz de su alma en medio de tantos horrores y jamás se ha permitido la menor queja o reflexión. Le he ofrecido que alterne con alguna Hermana para que descanse un poco, pero no lo ha consentido de ninguna manera.
En el hospital de Melilla, la adoran todos los heridos. Y es que además de todas sus cualidades, tiene un carácter encantador: siempre apacible y contenta, con la sonrisa en los labios, no le importan los cañonazos ni los tiros, ni se acuerda de comer ni descansar. Es la abnegación personificada, y se olvida por completo de sí misma para atender a los demás.
Es en la alta noche, clara, iluminada de estrellas. En el hospital reina el silencio. Una silueta vaga se dibuja en el blanco muro de la vasta sala de heridos graves. Se desliza sin ruido. A su paso se agitan suavemente dos grandes alas. Quizás, en su delirio piensan los heridos si es mujer o ángel. A diferencia de la heroína del poeta inglés –Florentina Nighitingale, la primera enfermera americana-, no lleva una lámpara en su mano en las noches de velas. Nuestra Hermana la lleva en su corazón.
Sor Josefina, después de una de esas jornadas que parece que no pueden resistir las fuerzas humanas, se levanta por las noches para ver si a alguno de sus soldados, a alguno de sus hijos, le falta algo. No podría dormir cuando sabe que hay uno en peligro; en peligro de de perder su alma, porque esta verdadera hija de San Vicente, que se da sin medida para atender as los cuerpos, se preocupa todavía mucho más por las almas.
Un soldado de los tiempos heroicos de Monte-Arruit, escribe a su casa:
No os paséis cuidado alguno. Aquí también tengo una madre. La otra noche no me podía dormir, me encontraba con mucha fiebre, inquieto y agitado. Me dolía mucho la herida, y deseaba más que nada que pusieran otra almohada, pero no me atrevía a pedirla y daba vueltas y vueltas, cuando veo que se acerca la Madre y oigo que dice: ‘Este pobre muchacho necesita otra almohada.’ Y ella misma, maternalmente, me la puso, con tanto arte, que me quedé dormido en el acto, ¡y es que parece que nos adivina los pensamientos!
En la Toma de Alhucemas
Son los momentos difíciles de la toma de Alhucemas. Un pequeño grupo de Hermanas y Enfermeras desembarca en las playas de Calabonita, con evidente peligro para su vida. Entre ellas va Sor Pescador. Pronto se prepara el primer barracón-hospital, casi dentro de la línea de fuego. Los heridos afluyen en tal número que el local resulta insuficiente. No se pueden abastecer de agua, es un peligro continuo porque los moros no dejan el paso libre.
De pronto rompe el silencio de la noche un nutrido tiroteo que resuena cada vez más cercano. Los rifeños se acercan. Se produce tal pánico, que todo el mundo huye hacia la playa. Los heridos, enloquecidos, tratan de levantarse para huir también; mas se detienen súbitamente. En la sala acaba de aparecer la «Madre», la madre de todos, con semblante sereno, apacible. Con un gesto les indica que no se muevan. Nadie se atreve a hacerlo, tal es la confianza y el respeto que infunde. En el barracón abandonado, quedan sólo las Hermanas y los heridos. Sor Pescador encomienda la defensa a la virgen Milagrosa, y espera confiada, mientras los labios se mueven en plegaria.
Ha cesado el tiroteo. El personal va regresando a la casa. En el Hospital no ha habido una sola baja. Sor Pescador tiene la «corneta» agujereada por las balas y la sonrisa en los labios.
Al terminar la campaña de Marruecos, es condecorada con la Cruz del Mérito Militar, la Medalla de la Cruz Roja y la Cruz de Beneficencia. Pero ella trabaja sólo por Dios.
En 1922, cesadas temporalmente las hostilidades, Sor Pescador se dedica de lleno a la reorganización del Hospital de la Cruz Roja de Melilla, empezando por la formación de la Hermanas, siempre con su ejemplo, siendo la primera en todo. Todas sus compañeras confirman que, bajo un aspecto frío, un tanto austero, oculta un gran corazón y un verdadero interés por las almas; lo mismo que bajo su aparente timidez hay una voluntad decidida y un alma bien templada. Tiene además, el arte de hacer felices a los demás. Incapaz de dar pena a nadie, no se contenta con eso sino que trata siempre de sembrar la alegría y el bienestar en torno suyo. Con ella es grato vivir y muy fácil cumplir la regla: no hay más que seguir sus huellas.
Los soldados presbíteros, los seminaristas, expuestos a tantos peligros fuera del ambiente de sus seminarios, encuentran cordial acogida en ella. Todos le hacen sus confidencias y ella aprovecha una fiesta, una enfermedad, cualquier cosa, en fin, para atraerlos y convertir el hospital en la casa de todos.
Pasan los años; doce ya desde que Sor Pescador inauguró el Hospital de Melilla y desde entonces ha llevado la dirección de la casa.
Llega la República y con ella todo aquel período de inquietud y alarma, de luchas, rencores, que termina con la terrible guerra civil.
Organizadora de los estudios de Hermanas
Se recibe orden de los Superiores para que estudien las Hermanas, al objeto de obtener sus títulos. Sor Pescador no vacila, organiza enseguida el plan de estudios, preside las clases que da el Director del establecimiento y explica ella luego y pregunta las lecciones a sus compañeras. Hay que estudiar de noche, después del rudo trabajo del día; pero no importa.
Al terminar el año, cinco Hermanas obtienen el título que las capacita para continuar en el servicio.
Crece el malestar. Las noticias de la Península no son nada tranquilizadoras y el horizonte se presenta muy sombrío. El veneno se infiltra en el personal de la casa, que tanto debe a la «Madre», y se inicia una verdadera campaña contra las Hermanas. No se puede describir todo lo que tienen que sufrir: humillaciones y vejaciones sin cuento, dificultades de todo género, nada es capaz de alterar la igualdad de ánimo de Sor Pescador. Y no es que no sienta. Sufre intensamente; la prueba es, que su salud se resiente de la lucha continua. Ofrece todo a Dios y ruega por los que la crucifican.
Entre los empleados se ha lanzado un periodicucho, que se publica los sábados, lleno de calumnias e inconveniencias contra las Hermanas. El papel circula de mano en mano por los pabellones. Una Hermana consigue un ejemplar y lo lleva a la Hermana Sirviente, que le pide que lo rompa en el acto: Hermanas, hemos de ser muy buenas con todos, ahora más que nunca, y me parece que ignorando todas esas cosas que dicen contra nosotras, no tendremos que hacernos tanta violencia.
Un moribundo, llama a la Madre, delante de todos, sin respeto humano, le pide perdón: Madre, le pido que me perdone, y también a todas las Hermanas, particularmente a Sor N., por las cosas que con mentira dije y escribí contra ustedes. Pide un sacerdote y se confiesa, pide que le acerquen la Virgencita del altar, le besa la mano y haciendo un supremo esfuerzo exclama: Compañeros, esta es la única verdad. Sor Pescador llora. Es la primera vez que la vemos llorar.
Los modos establecidos por la República son incompatibles con la presencia de las Hermanas en el Hospital. Con su marcha se cierra esta etapa tan rica en la vida de nuestra Hermana.
Vuelta a Cartagena
1936 – 1938. Encontramos a Sor Pescador en Cartagena, en la Casa de Expósitos, en pleno dominio rojo… Tiene la dirección de la casa. Sin arredrarse por la situación caótica de la ciudad, sin considerar que puede ser destruida su casa por las bombas, se sostiene en su puesto. Pone a salvo a sus compañeras ancianas o enfermas y se dispone a defender con toda su alma a los pobres niños expósitos. …
A media noche suena estridente la sirena. Poco después empieza el bombardeo. Un grupo de milicianos se presenta en la Casa de Expósitos amenazando a la Madre con sus fusiles. Dicen que desde el último piso se hacen señas a los facciosos. Sor Pescador, con la serenidad que la caracteriza, no pierde el ánimo y exclama: Suban ustedes a ver las señales. La sala está llena de chiquitines que duermen. Uno se despierta y la Hermana de vela se acerca a la cuna con la lamparilla en la mano. La lamparilla oscila de cuna en cuna hasta llega al niño que llora…
Los rojos, un tanto intimidados, se apresuran a retirarse balbuciendo una excusa. En la terraza arden unos colchoncitos, pues ha caído una bomba incendiaria, y ellos mismos se aprestan a sofocar las llamas.
1939. Ha terminado la guerra. Ha pasado la tormenta revolucionaria. Sor Pescador quiere sacar la casa de la gran penuria en que se halla. Expone las necesidades a las autoridades de la provincia, pero nada se consigue por el momento. Sigue llamando a otras puertas y continúa la labor.
El Patronato, la casa de sus desvelos, la casa primera que conoció al salir del Seminario, los rojos, en el último estertor de su rebelión, le lanzan unas bombas de aviación y aquel edificio, orgullo de los estudiantes y de Cartagena, sufre una casi total destrucción.
Sor Pescador hace un llamamiento a todos los que miran con cariño aquella casa. Juntas, reuniones, iniciativas, todo se pone en marcha alentado por ella. Al fin se empieza la reconstrucción y los esfuerzos se ven coronados con el mayor éxito. La Casa surge de entre las ruinas con más brío que nunca.
En 1942, las autoridades de Cartagena solicitan de los Superiores, Hermanas para ponerse al frente del Albergue de Mendigos que se construye. La Hermana Sirviente de la Casa de Expósitos es encargada de la organización de este nuevo establecimiento.
1946. ¡Qué mala está la Madre! Es la frase que corre de boca en boca de los que la rodean y la quieren. La salud de Sor Pescador declina. Desde la grave pleuresía que sufrió en 1944, de la que se levantó con fiebre para atender a dos de sus compañeras enfermas, y a los pequeñitos, no ha hecho más que decaer.
La enfermedad empeora. Sabe que el mal no tiene remedio, pero cuando el médico habla de trasladarla a Madrid, obedece sencillamente. El examen practicado en la Cruz Roja revela la existencia de un cáncer localizado en el pulmón izquierdo. Los médicos no dan ninguna esperanza. La enferma sufre agudos dolores. No se queja, y cuando mueve los labios es para aceptar la voluntad de Dios, bendiciéndole. Bendita sea tu santa voluntad…
El Padre Director le administra los últimos Sacramentos. La enferma sigue todas las ceremonias recogida en íntimo fervor. Recibe al Señor y se abandona a la acción de gracias. Transfigurada murmura: Hoy es el día más feliz de mi vida. ¡Toda para mi Dios!
¡Madre mía salvadme! Al oír la voz de su compañera, haciendo un esfuerzo, clava su mirada ya turbia en la imagen de la Virgen.
Y el alma liberada de las ataduras del cuerpo, purificada por el sufrimiento, va a presentarse ante su Creador el día 8 de julio de 1946.
Bibliografía:
AGPSL Archivo General de la Provincia Canónica «Santa Luisa de Marillac» Gral. Martínez Campos 18, Madrid.
ASPHCM Archivo de la Secretaría Provincial de las Hijas de la Caridad, Madrid..
ACMHCP Archivo de la Casa Madre de las Hijas de la Caridad, París.
AMCM Archivo Matritense de la Congregación de la Misión. García de Paredes, 45, Madrid.







