También Sor Luisa Orcajo era la hija mayor de una familia numerosa: la formada a fines del siglo pasado en un pueblo tan vicenciano como Rabé de las Calzadas por los dieciocho hijos de don Apolinar Orcajo y doña Alejandra Mayoral. Al calor de la Comunidad de Hermanas de su pueblo despertó su vocación, como una flor temprana, a los quince años de una adolescencia llena de encantos. Había hecho poco antes, conforme a las costumbres de la época, la primera comunión, y con el mismo vestido con que se había engalanado aquel día se presentó en la Comunidad para empezar el postulantado. Era sin duda un símbolo presagiados de su vida de limpio y puro servicio al Señor de la caridad, del amor.
En su larga vida religiosa—murió a los ochenta y nueve arios de edad y setenta y cuatro de vocación—tuvo cinco destinos: Nájera, Alcorisa, Híjar, Astudillo y el Asilo Provincial de Vitoria. Pero, excepto en la última población, su oficio fue siempre el mismo: parvulista. Había sin duda una cierta afinidad entre su espíritu claro y sencillo, lleno de amoroso fervor, y el de los niñitos a quienes enseñaba las primeras letras. Las Hermanas que la conocieron saben de su exactitud en el cumplimiento de los más pequeños detalles de las reglas, de su piedad incansable, de su amor a la pobreza y, sobre todo, de su extraordinario sentido de la gratitud. «No exigía nada, no pedía nada, no se quejaba de nada—escribe una de ellas—; pero cuando se le ofrecía el más insignificante servicio no se podía contener. Tenía que expresar, con frases llenas de cariño, su viva gratitud, afirmando con frecuencia que la había de traducir en algún sacrificio u oración en favor del bienhechor».
En Vitoria se le asignó el cuidado de los alienados, hombres y mujeres. Y lo hizo con el mismo esmero con que antes se había prodigado para instruir y orientar las mentes y los corazones infantiles. Por eso lamentaron todos que la enfermedad le impidiera atenderlos en los últimos años de su vida y la lloraron el día de su muerte.
Falleció el 19 de noviembre de 1961, a la hora de recreo, rodeada por toda la Comunidad que rezaba el rosario, en una especie de sonriente y mudo éxtasis.







