Sor Luciana Pérez Platero (1873-1963)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Anónimo · Source: Anales españoles, 1963.
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biografias_hijas_caridadBurgos ha perdido en una semana, la primera de marzo, dos Hijas de la Caridad, muy amadas en la ciudad y en toda la Provincia Española de las Hijas de la Caridad: Sor Lucia­na Pérez Platero, hermana del excelentísimo señor Arzobis­po de Burgos, y Sor Vicenta Abuín, que llevaba sesenta y dos años trabajando por la educación de las jóvenes en el Co­legio «Saldaña». A Sor Luciana la faltaba un mes escaso para cumplir los noventa años de edad, y en junio llegaría a los setenta de vocación. Sor Vicenta lindaba ya los mismos años dorados, que ahora van a llenar en la eternidad feliz, prome­tida a las santas Hijas de la Caridad.

UNA MUERTE ENTRE CANTICOS DE ALEGRIA, LA DE SOR LUCIANA

Todavía conservaba sus facultades plenas a primeros de marzo, que la pude saludar, excepto la vista, que le fallaba. Su memoria privilegiada le hizo recordar personas y cosas en la breve conversación, antes de salir yo para misionar en Sa­samón, y me prometió orar por ésta y las demás misiones, como lo hacía a diario, en las varias misas que oía, y a las que respondía en lugar de monaguillo, en la preciosa capilla del Hospital de Barrantes y Pardo, que hace tanto tiempo llevan las Hijas de la Caridad como obra de estos dos canó­nigos fundadores.

Su hermano, el señor Arzobispo, volvía el 2 de marzo de la reunión de Cortes e inmediatamente, como era su costum­bre, fue a visitar a su queridísima hermana, y la encontró muy bien, interesándose por todos los detalles de los días en Madrid.

El lunes día 4 se siente afectada de gripe, y permanece en el lecho, presintiendo y anunciando su próxima muerte a -‘as Hermanas.

Cuando el martes su sobrino el muy ilustre señor don Isi­doro la dijo que había celebrado la misa para que se curara, le respondió estas significativas palabras, que fueron las úl­timas: «No hijo, no; me quiero ir al cielo y ya estoy cerca de Dios», lo mismo que había dicho el sábado anterior antes de meterse en cama. Estas alma privilegiadas reciben la muerte con una serenidad envidiable, y es el premio de su servir a los pobres.

El señor Arzobispo no se aparta del lecho de su hermana, y con grande sorpresa de todos anuncia a su hermana que Van a cantar gozosamente, «pues nos debemos regocijar to­dos—son sus palabras textuales–, ya que es un alma que va a entrar en la gloria». El «Oh, María Madre mía» fue el pri­mero que, con voz potente, elevó al cielo el señor Arzobispo. Después le acompañaron todos los asistentes, eclesiásticos, Hermanas, las religiosas y algunos seglares que estaban en el recibidor contiguo. Cinco rosarios dirigió el señor Arzobis­po en la cabecera de su santa hermana moribunda. La lla­maba con frecuencia al oído, y como no hablaba, la indicó que le apretara la mano si le oía. Efectivamente, hasta el úl­timo momento oyó los rezos y los cantos, que terminaron, después del viático y de la santa unción, administrados, res­pectivamente, por el ilustrísimo señor vicario general, doctor Buenaventura Díez, y por Mons. Demetrio Mansilla, Obispo Auxiliar, con un tedéum, cantado a voces por los sacerdotes y cantores de la Catedral. Así expiró plácidamente la bene­mérita Sor Luciana en brazos de su hermano el Arzobispo y de su otro hermano, el P. Joaquín, jesuita, que vive en Oña.

LOS TRES GRANDES AMORES DE SOR LUCIANA

Esta escena emocionante da pie a escribir unas líneas so­bre el corazón de esta Hija de la Caridad, nacida en Azcona (Navarra) el 14 de abril de 1873, de padres profundamente religiosos y patriotas, como ella se gloriaba en repetir de pa­labra y por escrito, sobre todo al morir su santa madre en 1901. Conservaba con cariño toda la correspondencia suya y de sus cuatro hermanos, otro Padre jesuita, que murió en el barco al volver a España, e Inocencia, que fue casada, la única que no tuvo vocación de religiosa, como se lo dice Sor Luciana a sus otros hermanos en una carta feliz de pensa­miento y expresión.

El entusiasmo por su vocación de Hija de la Caridad lo tuvo igual cuando entró que en el último momento. Son edifi­cantes en extremo sus cartas sobre este punto a sus herma­nos. Escribe a principios de este siglo que por encima de todo está su vocación; después, sus hermanos y España, que ama con toda el alma. Ella recogía todas las cartas de todos y se las ha conservado hasta su muerte, como un tesoro de santa amistad de hermanos, que no decae por la edad ni por nada. Formarían un espistolario ejemplar de una familia cristiana y de unos hermanos consagrados al servicio de Dios que se alientan mutuamente en ser santos y se consuelan con una intimidad maravillosa. De esta correspondencia se despren­de que el centro de ellos era Sor Luciana, después de muer­tos sus padres, y así se explican sus continuas visitas, el con­suelo que recibió el señor Arzobispo al venir su hermana a Burgos, y todo lo que hizo en la muerte y en los funerales. Dejamos la vez a la Prensa y a las fotos elocuentes:

«Ayer, a mediodía, 17 de marzo, se verificó el sepelio de Sor Luciana, Hija de la Caridad y hermana de nuestro re­verendísimo Prelado, el Dr. D. Luciano Pérez Platero.

En la capilla ardiente se celebraron misas desde las seis y media, distribuyéndose en ellas la sagrada comunión. Entre los celebrantes se hallaban los Obispos de Lérida, Calahorra y Auxiliar de Burgos, siendo las dos últimas las celebradas por el Excmo. Sr. Arzobispo y don Félix Mozo, sacerdote bur­galés residente en Madrid.

Terminada la última misa se procedió a cerrar el féretro que contenía los restos mortales de Sor Luciana para la ceremonia del entierro.

A las doce menos cuarto salió del santo templo Metropo­litano el Cabildo Catedral, precedido de la Universidad de curas párrocos y coadjutores de la ciudad, con cruz alzada, dirigiéndose al palacio arzobispal, actuando de preste el vicaldo general y deán del Cabildo, monseñor Díez y Díez, asis­tido del canónigo don Nicolás López y del beneficiado don Bonifacio Zamora.

En la calle de Martínez del Campo se hallaban formadas en filas las niñas de los Colegios regentados por Hijas de la Caridad y los alumnos de los tres Seminarios.

En el zaguán esperaban las autoridades burgalesas y, arri­ba, los Obispos citados.

Llegado el clero al palacio subió hasta la capilla ardien­te donde, tras las preces de ritual, se procedió a levantar el cadáver, organizándose a continuación el fúnebre cortejo, para dirigirse a la Catedral, donde habían de celebrarse las honras fúnebres.

Abrían marcha en dobles filas las niñas de los Colegios y alumnos de los Seminarios, a los que seguían representacio­nes de las diversas Órdenes religiosas, nutridas filas de sa­cerdotes de la capilla y de la Diócesis, Universidad de curas párrocos y coadjutores y Cabildo Catedral, presidido por el preste y ministros.

Tras de la carroza fúnebre, a cuyos lados iba el Ayunta­miento de Viana, del que el Sr. Arzobispo es hijo adoptivo, marchaba nuestro Reverendísimo Prelado, con los Obispos doctores Del Pino, Del Campo, Lecuona y Mansilla; hermano de la finada, reverendo P. Joaquín, S. J.; sobrinos de la mis­ma y autoridades burgalesas; don José Puigdollers y don Fé­lix Mozo; el párroco que fue de Viana, don Fermín Lezaun y otras representaciones y numerosas amistades de la fami­lia, así como Hijas de la Caridad, presididas por su comisaria regional y, finalmente, religiosas de Acción Parroquial, de la que es fundador el doctor Pérez Platero.

El cortejo se dirigió por las calles de Martínez del Campo, Asunción, Nuño Rasura y Cadena y Eleta a la Catedral.

Al llegar a la plaza de Santa María, la representación de Viana tomó a hombros la caja mortuoria, y el cortejo siguió la marcha hasta depositar el féretro bajo el crucero, subien­do los prelados al presbiterio, donde el señor arzobispo se si­tuó en el trono, con su hermano a la derecha, mientras los obispos ocupaban sitiales al lado de la Epístola, colocándose U duelo familiar femenino junto al túmulo.

Al pie del presbiterio figuraban el gobernador civil, señor Perlado; gobernador militar, general Miranda, en represen­tación del capitán general; jefe del Estado Mayor, general Lago; presidente de la Audiencia, señor Basanta; alcalde, se­ñor Martín Cobos; fiscal, señor Ubillos; presidente de la Di­putación, señor Dancausa; delegado de Hacienda, señor Go­bernado; sobrinos de la finada, Ayuntamiento de Viana, pre­sidido por su alcalde, don Antonino Dueñas; delegados de Información y Turismo, Sindicatos, Educación Nacional y Vivienda; directores de los distintos centros docentes y el del Banco de España; comisario jefe de Policía, ingeniero jefe del Distrito Forestal, presidentes del Círculo Católico de Obreros y de las Conferencias de San Vicente de Paúl, Acción Católica y otras personalidades civiles y militares, que con [as representaciones religiosas llenaron la nave central.

Acto seguido se celebraron las honras fúnebres y misa «de corpore insepulto», cantándose al final ante el túmulo solem­ne responso.

Terminado éste, el Ayuntamiento de Viana volvió a coger a hombros la caja mortuoria para llevarla hasta la carroza fúnebre, situada junto a la puerta principal, donde se reza­ron las últimas preces y, a continuación, un responso cada uno de los Reverendísimos Prelados, iniciándose acto segui­do la marcha hasta el cementerio de San José, después de haber testimoniado su pésame todas las autoridades al doc­tor Pérez Platero, que agradeció vivamente esta deferencia.

Al llegar la comitiva fúnebre al sagrado recinto, fue reci­bida por el capellán, don Luis Almendres, que rezó las pre­ces de ritual, verificándose el sepelio en el panteón de las Hijas de la Caridad.

No queremos cerrar estas líneas sin reiterar, una vez más, a nuestro Reverendísimo Prelado, a su hermano el R. P. Joa­quín, sobrinos e Hijas de la Caridad, el testimonio de nuestra condolencia.

 

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