Sor Joaquína Rey y Sor Víctoría Arreguí (Mártires de Valencia)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Elías Fuente · Year of first publication: 1942.
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En torno al fusilamiento de estas dos Hermanas, y en par­ticular con respecto al de Sor Joaquina, se han hecho los más opuestos comentarios, que se pueden compendiar en estas dos palabras: escándalo y mentira.

Por ende, el cronista halló mayores dificultades para averiguar la verdad, y a pesar de sus esfuerzos, aun quedan entre brumas que ocultan su luz.

Sor Victoria Arregui Guinea, natural de Bilbao, nació el 19 de diciembre de 1894. Sus padres, Venancio y Liboria. In­gresó en la Congregación el 17 de marzo de 1921. Fue destinada a la Beneficencia de Valencia el 29 de septiembre de 1921. Profesó el 25 de marzo de 1926.

Sor Joaquina Rey Aguirre era natural de Begoña (Vizca­ya). Nació el 23 de diciembre de 1895. Sus padres se llamaban Francisco y Joaquina.

Ingresó en la Compañía de las Hijas de la Caridad el 17 de enero de 1926. Su único destino fue la Casa de Beneficen­cia de la ciudad del Cid.

Era de temperamento vivo, resuelta, agradable y dispues­ta. Llegó a ser una potencia. Era considerada dentro y fuera de casa. Tenía don de gentes. En tiempo de la República es cuando precisamente se acreció más su figura y su poder. Ma­nejaba a su gusto a muchos zurdos y republicanos netos. Así, por ejemplo, hacía lo que se dice buenas migas con la seño­ra de Blasco Ibáñez. Los chicotes de la Beneficencia la temían, no porque les pegara, sino porque sabían que tenían la sartén poli el mango. Su oficio, durante los últimos arios, estaba en la Comisaría del Establecimiento.

Nunca creyó que los tigres iban a ser tan fieros como los demás los pintaban. ¡Si con ella se portaban como perros za­lameros! Veía las cosas con el prisma que delante de sus ojos le ponían los izquierdistas. Por eso, le molestaban los profe­tas a lo Jeremías. Harta ya, cierto día, de oír malos presagios de bocas derechistas, dando una patada de corajuda repulsa, dijo: «Este bendito don Ramón siempre nos dice lo mismo. ¿Quiénes serán las mártires de esta casa?

Algo de su optimismo ilusorio se le pegó a la buena de Sor Victoria. Ellas dos se burlaban a las veces de una Herma­na que todo lo veía negro, y la llamaban en término valencia­no la poreguita, que quiere decir la miedosa.

Cuando la triste realidad se echó encima con su séquito, de horrores, la impresión que produjo en el ánimo varonil de Sor Joaquina no fue de apabullamiento. Si se nos permite la frase, Sor Joaquina se revistió de una naturaleza mitad de leona y de hiena: de leona por la majestad, y de hiena por la astucia. Sin dejar, ciertamente, en el fondo de ser una man­sa cordera.

De ahí que cuando los capitostes revolucionarios se perso­naron en la casa, exigiendo las llaves de la misma y que salie­ran las Hermanas, Sor Joaquina le escupió a uno de ellos a la cara esta frase: «Saldremos, sí; pero volveremos con más hon­ra». En su grandeza y altivez de reina ofendida, se engallaba y enaltecía.

Y conservaba su serenidad y frescura habituales Cuando los rojos, en tumulto, se incautaron del establecimiento, ella, que los había abierto la puerta, sin inmutarse, estando hablan­do por el teléfono interior, para comunicar a la Superiora lo que ocurría, vio que un miliciano la estaba apuntando, y dijo, como si se tratara de juego: «¡Oiga, oiga! Eso no será de ve­ras. Baje la pistola, que me da miedo».

La realidad cruda se impuso, y las Hermanas salieron de la Beneficencia.

Sor Victoria anduvo de la ceca a la meca. Primero, el 26 de julio, se refugió en la «Finca Roja del Chabo», donde doña Adelina Milio la recibió con amor entrañable. Pero de allí tuvo que salir para dejar la habitación a una religiosa herma­na del dueño de la finca. La buena de Rosalía la condujo a la Pensión Salvador, calle del Pilar, núm. 15, y allí estuvo dos días. Porque personas amigas se la llevaron a Masalfasar. Mas en el monte había por aquellos calamitosos tiempos poco, muy poco orégano. El Comité del pueblo se opuso a que permane­ciera allá Sor Victoria. Luego que del caso tuvo noticia la Su­periora Sor Juliana, refugiada con Sor Joaquina en, el pueblo de Foyos, en casa de la familia de Sor Encarnación, envió a aquélla a buscarla para que la trajera a tan seguro refugio.

Sor Joaquina, que, desde el día 27 de julio, estaba en Fo­yos, como se ha indicado, fue, en efecto, a hacerse cargo de Sor Victoria, menos ducha que ella en aquellos jaleos. Y que fue acertada la medida lo prueba el siguiente rasgo: Juntitas iban las dos, no sé por qué lugar, cuando gentecilla malinten­cionada se fijó en ellas y alguien empezó a motejarlas de mon­jas. Interviene al punto Sor Joaquina, con su habitual desen­voltura. Y dirigiéndose al más atrevido: —»¡Dos monjas! ¿Es­ta infeliz? ¿No ves que ha tenido el tifus, y viene del hospi­tal?» Y como hablando con su compañera; despreciando a la canalla: «¡Vamos, vamos a Foyos por abaecho !» Y salieron del apuro.

Pasaron los días y los meses con relativa tranquilidad. Aun se recuerda en Foyos el siguiente apóstrofe, que Sor Joaquina pronunció el 24 de octubre, domingo, festividad de Cristo Rey: «¡Animo, Josefina; que el Corazón de Jesús está con nosotros, y hemos de vencer!»

Sí; pero la victoria, a la que ella había de colaborar, por secretos designios del Divino Corazón de Jesús, con el sacri­ficio de su vida, la contemplaría desde el Cielo.

El día 28 de octubre de 1936 se presentó en casa el algua­cil del pueblo, para comunicar la orden de que se presentasen las Hermanas en el Ayuntamiento, por la noche, para hacer­les unas preguntas. No se apresuraron ellas a cumplimentar di­cha orden. Y a las diez y media llamaron unos milicianos a la puerta. Entonces fue cuando Sor Joaquina dijo a la dueña de la casa: «Rosa, ¿usted sabe que esto me huele mal?» La que estaba de verdad impresionada y temerosa era Sor Victo­ria. Con acento de extrema amargura se lamentó: «¡Ahora nos matan!» Sor Joaquina, que, como se ve, no andaba lejos de tal opinión, para reanimarla, aparentando tranquilidad y hasta desaprensión: «Bueno, me voy a mudar; porque ésta dice que nos van a dar dos finitos». Y dándole una palmadita a la propia Sor Victoria: «Ponte bien chula, y vamos a ver qué quieren esos canallas».

La anciana Sor Juliana, la Superiora, estaba ya acostada; para declarar, bastaría que fueran las otras dos Hermanas. Baja­ron, en efecto, ellas dos solas a verse con los enviados del co­mité rojo. Alguno de éstos advirtió a los demás que faltaba una monja. Pero otro dijo en seguida: «Deixen a la abuela_ que nos va a costar molt de carregar». Y la dejaron en paz. A Sor Joaquina y Sor Victoria las llevaron, en efecto, al Ayun­tamiento, y allí quedaron en calidad de detenidas. A las doce y minutos las sacaron en un coche, y con ellas dos sacerdotes, uno de ellos D. José Ruiz, párroco de San Nicolás, de Valen­cia, más dos sobrinos de éste. Siguiendo la ruta norte, llegaron a Rafelbuilol, y aquí sumaron otra víctima más. Al emprender de nuevo la marcha, se desviaron de la carretera general y, corriendo, corriendo, llegaron a Gilet, pueblecito de la pro­vincia y diócesis de Valencia, correspondiente al partido ju­dicial de Sagunto, situado en la falda septentrional de la Sie­rra Calderona. Aquí hicieron alto y en seguida se dirigieron al cementerio. Abrieron las puertas del mismo y el triste cor­tejo penetró en el recinto.

Tiene este cementerio una ampliación, según se entra a mano derecha, sin que a la sazón se hubiera utilizado para enterramientos, y se entra en ella por una brecha del muro antiguo, que aun se conserva. Por ella hicieron los verdugos pasar a sus víctimas.

El mencionado D. José Ruiz, venerable anciano de ochenta años, que durante todo el trayecto no había cesado de rezar en alta voz, y tanto más alto rezaba cuanto más le manda­ban callar, cual otro Eleazar, con su edificante conducta, in­fundía aliento a los demás. Dieciséis arios había sido confesor de las Hijas de San Vicente, en la ciudad de Valencia, y siem­pre profesó al Instituto peculiar afecto. Pues bien; Dios, en su admirable Providencia, le había conservado la vida hasta entonces para que en sus últimos momentos prestara a nues­tra Congregación y a la Iglesia un servicio digno de eterna gratitud. Fue el Angel Salvador de Sor Joaquina.

De cara al dicho muro divisorio estaban ya las víctimas, y, detrás, los milicianos enfilando sus fusiles. Al ruido de los ga­tillos, cual si la moviera, con fuerza incontenible, un juego de resortes, se vuelve rápida Sor Joaquina, de un salto se lan­za sobre uno de los milicianos, le arroja al suelo y trata de ahogarlo entre sus dedos crispados de coraje. La escena es ra­pidísima, y la tragedia se impone. Los otros milicianos se pasman de modo que parecen estatuas inertes. Pero el santo sacerdote grita con suprema angustia, con, arrebatadora un­ción, con el alma más que con los labios: «¡Por Dios, Sor Joaquina, que perdemos el Cielo! Mire, ya bajan los ángeles con la palma del martirio. Un instante, y para siempre sere­mos felices». Al conjuro de estas inspiradas frases, Sor Joa­quina, como despertando de una pesadilla horrible, prorrum­pe en sollozos y, de rodillas, pide, con ardimiento, perdón al miliciano. Luego, se levanta y se une a sus compañeros. Suena la descarga. Y las almas de los mártires vuelan raudas a las mansiones eternas.

Esto cuentan unos que sucedió; pero otros, sin extremar el dramatismo, dicen que primero habló poco menos que pro­bando que era de sus ideas, mencionando sus amistades con izquierdistas.

Días más tarde, al pie de una ventana, detrás de la cual se ocultaba un derechista perseguido, en la ciudad de Valen­cia, contaba el caso uno de los asesinos a otro rojo como él, con la viveza que inspira una impresión imborrable. Y, entre otras, esta frase cogida al vuelo: «No matamos a una monja; matamos a un abogado.

Todos los cadáveres fueron sepultados en el propio cemen­terio, en el ángulo del fondo derecho, conforme se entra; al pie de los nichos.

Poco después de la Liberación fueron trasladados los de las dos Hermanas al cementerio del pueblo de Foyos, siendo inhumados de nuevo en sepulturas adjuntas a la de. Sor Ju­liana, su Superiora, a quien, todavía en guerra, mataron, jun­to con los muchos años, las penas hondas.

 

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