Nació el 7 de junio de 1890 en un pueblecito navarro, Araúza. En su casa se reunían todos los sacerdotes del contorno, y cuando el Párroco del pueblo no tenía quién le sirviera, era un familiar más en la casa de los 011o. Con ellos estuvo mucho tiempo don Bruno, el santo sacerdote que tantas almas llevó al altar y al servicio de Dios. De él fue de quien se valió el Señor para encaminar a la joven piadosa Isidora a consagrarse al servicio de los pobres. Después de ella, otras muchas siguieron su camino.
El 8 de septiembre, cuando la niña contaba diez años, se quedó sin madre. Desde entonces, su buen padre hizo el oficio de los dos respecto a la educación de sus seis hijos. Dos de sus hijas se dedicaron al Señor: la mayor, que murió a los ochenta años en el Convento del Refugio, de San Juan Eudes, en Bilbao, y la benjamina, que sería Sor Isidora 011o. A los dieciséis años obtuvo el permiso de su padre, con la ayuda de don Bruno. Entró de colegiala interna en la célebre casa de Viana, en 1906. Siempre guardó un recuerdo cariñoso para aquellas «santas Hermanas», como ella las llamaba.
En el Seminario de Madrid ingresó en mayo de 1909 y a fines de este año ya estaba en su primer destino: la Casa de Caridad, de Zaragoza. Siempre recordaba aquellos años de tanto sacrificio…, y por lo mismo fue tan caritativa y amable con todos; sin embargo, decía que fueron para ella estos años los más felices de su vida, por lo mucho que aprendió en los diez años que estuvo allí.
Superiora de la Casa de Sobradiel. Era una fundación reciente y, por lo mismo, llena de preocupaciones y estrecheces. Ella tenía sólo diez años de vocación (1919). Allí enfermó, y siempre ya quedó débil, si bien se recuperó algo en la Guindalera, al pasar a esta Casa a petición suya, como enferma.
En el Hospital General de Madrid trabajó como Hermana particular hasta el comienzo de la guerra civil. Salió con las demás Hermanas a una pensión conocida de sus compañeras de oficio, Sor América y Sor Martina, que aún sigue en el mismo hospital. Los continuos registros, el ser llevadas a la checa, donde estuvieron veinticuatro horas en declaraciones sucesivas, llenaron de amargura su alma sencilla.
Lograron entrar en la Embajada de Chile, con la esperanza de pasar algún día a la zona liberada. La encargaron de la cocina de uno de los pisos; la pobre sufría al no tener casi nada que dar de comer. Contaba que un día tenía en una olla mucha agua caliente con algunos garbanzos. Era el menú del mediodía. En un momento que hubo de salir, se llevaron el agua y los pocos garbanzos. Aquel día no se comió en el piso y desde entonces, si había de salir de la cocina, ataba con una cuerda la tapa de la olla con las asas para que los pobres hambrientos no se la llevaran tan fácilmente. Casi ningún día comió los treinta gramos de pan que le tocaban de ración para darlo a otros más necesitados. Se edificó mucho de un caballero, título de España muy conocido, que se encargó de limpiar los cuartos de aseo. Por fin, gracias a la misma Embajada, pasó la frontera y fue destinada a León, a un hospital de sangre, en la Casa de Beneficencia, y allí permaneció trabajando hasta el final de la guerra.
Superiora del hospital de Ronda. Desde 1939 a 1948 estuvo al frente de esta Casa. Todos recuerdan la bondad mansa, afable y hacendosa de Sor Isidora. Eran tiempos difíciles para la alimentación; y ella se ingeniaba para que no faltara nada a los muchos hospitalizados. Durante la fervorosa Misión de Ronda (1946) ella atendió a los Misioneros, fatigados de un trabajo agotador. Las Hermanas, que han pasado de Casa, aún la recuerdan con veneración. Esta huella dejan las almas bondadosas.
En la Cruz Roja de Zaragoza pasó los últimos quince años de su vida, parte como Hermana Sirviente, y los últimos años como Hermana particular, desde el 31 de diciembre de 1948 al 18 de diciembre de 1965. En la tierra de la Virgen del Pilar inició su vocación de Hija de la Caridad y de aquí voló al cielo.
Su vida edificante fue siempre para nosotras un ejemplo permanente, tanto en los nueve años de Hermana Sirviente como en los seis restantes, retirada y enferma. Hacía diez años que una grave enfermedad la iba consumiendo con grandísimos dolores. En medio de ellos siempre tenía una sonrisa para quien se le acercaba. Aun enferma siempre estaba trabajando; no rindió sus armas hasta dos meses antes de su muerte, que se quedó en cama como clavada en una cruz. Estos dos meses fueron para la Comunidad, que tanto la quería, una escuela de enseñanza ejemplar vivida día a día. Todas queríamos cuidarla, nunca lo consintió, a pesar de las terribles noches que pasaba. Decía: «Las Hermanas tienen mucho trabajo, y son pocas, si las necesito ya las llamaré.» Solamente los dos últimos días de su enfermedad la velamos.
Desaparece el miedo a la muerte que la dominó durante toda su vida: mas en la última enfermedad la esperaba tranquila. El Padre Saldaña, que la atendía espiritualmente y le dio los últimos sacramentos, nos decía: «Se nos ha ido una santa al. Cielo.» Tuvo pleno conocimiento hasta el fin. Preguntó unos días antes de su muerte: «Díganme, Hermanas, qué defecto tengo que el Señor no me llama, para enmendarme y volar al Cielo.» Al notar en su mano una lágrima de la Hermana que la asistía, exclamó: «No sufran por mí, que voy a cumplir la voluntad de Dios». Estas fueron sus palabras finales. Su cuerpo quedó tan hermoso y su rostro tan fino y sin arrugas, a pesar de sus setenta y cinco años, que era admirable; no se descompuso, aunque estuvo sin enterrar treinta y seis horas.
El funeral y entierro resultó un homenaje impresionante. En la Parroquia de San Miguel de los Navarros, a las nueve de la mañana, no cabía una persona más. Bien se notaba el cariño. En esta Parroquia dieron los Padres una Misión y también fueron hospedados en la Cruz Roja.
Un médico de casa, hace unos días, aún decía: «Cómo recuerdo a Sor Isidora, ha dejado un gran vacío.»
Era una santa en todo su porte, y esto dicen todos los que la trataron.
Nosotras guardamos en nuestro corazón sus santos ejemplos. Que ella nos ayude a imitarla.
UNA HIJA DE LA CARIDAD







