«¡Qué concertada vida
La del que huye el mundanal ruido
Y sigue la escondida
Senda, por donde han ido
Los pocos sabios que en el mundo han sido!…»
Que el maestro de Salamanca me perdone la osadía de haber puesto ese retoque en su estrofa. Lo hago, porque ella es el resumen más bello y exacto del paso por la tierra de nuestra Hermana Sor Heriberta. Sólo que sería inexactitud imperdonable, casi un baldón, llamar DESCANSADA a la vida de una Hija de la Caridad.
Que ello justifique mi atrevido retoque.
Sí; concertada fue la vida de Sor Heriberta; Sor Heri, como la llamábamos cariñosamente, sobre todo, en la última etapa de su ida, verdadera —¡y dolorosa!— segunda infancia.
Por paradoja, esta vida tan concertada, desconcierta al pretender describirla; ¡fue tan sencilla, tan uniforme, tan ignorada, tan sin altibajos!… Repito: la estrofa del inmortal Fray Luis de León la resume. Y la deja completa: «Huyó el mundanal ruido y siguió la escondida senda.»
Nacida en un pueblecito navarro, ingresa en la Compañía de las tijas de la Caridad a los veintiún años de edad. A su salida del seminario, va destinada a las Escuelitas de Villalpando, de donde, a los pocos años, sale para su segundo y definitivo destino a Madrid: a la Casa Provincial que decimos ahora; a la Casa Central, que se decía antes; o al Real Noviciado, como se dijo en algún tiempo.
Exceptuando el trágico paréntesis de nuestra guerra civil, durante el cual, como es sabido —aunque está muy olvidado—, las Hermanas que quedaron en la zona roja tuvieron que abandonar las Casas, las Obras, el Santo Hábito y la vida común, aquí permaneció Sor Heriberta, aquí gastó su vida como una lamparita que arde ante el Sagrario.
Los dos destinos fueron los dos polos sobre los que giró su existencia; esos dos puntos de referencia, Villalpando y Madrid, le bastaron para llenar su larga vida. En Villalpando, la enseñanza de niños párvulos; en Madrid, el cuidado y atención del departamento de Hermanas transeúntes; planchado y costura, sobre todo. Oficios «sin ruido», que durante cuarenta y siete años comparte con Sor Vicenta Mazo en una colaboración, mejor, en una fusión íntima y cordial, pero tan transparente, que nadie, sobre asunto tan discutido, se atrevió jamás a–emitir juicios más o menos sinuosos…
Es curioso que Sor Heriberta acertase a permanecer oculta aun entre las Hermanas, a las que por obligación tuvo que atender, y que en crecido número, como es sabido, desfilan a diario por la Casa. Al hablar ahora de su muerte, son varias las que quedan pensativas hasta que recuerdan: «¡Ah! sí: aquella que estaba con Sor Vicenta en el oficio…» ¡Ya es esconderse!
He tenido ocasión de observarla de cerca, por tener ella su cuarto de trabajo cerca del mío. Puedo dar fe de lo siguiente:
I. Jamás la oí palabra menos caritativa para nadie, a pesar de que en su oficio, tuvo forzosamente que oír y ver «de todo».
Nunca la vi ociosa: desde la primera hora de la mañana hasta la caída de la tarde, sentada en su sillita baja o en la máquina de coser, no daba reposo a la aguja, pasando imperturbable e igual las interminables horas de su faena.
Era notable, sobre todo, su acogida cuando se le pedía algo. Con frecuencia, la petición de un favor lleva consigo un vencimiento del amor propio más o menos furtivo. Al acudir a Sor Heriberta no era así. Su gesto, naturalmente grave y serio, se abría en una franca sonrisa, hasta el punto de que una Hermana comentó en una ocasión: «pedir un favor a Sor Heriberta, es ensanchar el corazón». No sólo hacía el favor de buena gana, sino que abría horizontes a más amplias posibilidades, y si estaba en su mano, daba más de lo que se le pedía. Puedo dar fe de esto que afirmo, porque he sido de ello testigo presencial.
Esta manera de servicio, no necesita epítetos; se define por sí sola. Quizá intuyó que el mejor servicio a Dios, el mejor logrado, es servirle en espíritu y verdad, lo cual es, a la vez, la mejor mane_ ra de servir al prójimo. Pero siempre en la penumbra; nada de ritos exhibicionistas; su vida no se advierte, en lo que no se repara, lo que no se comenta, porque se ve natural; como la salida y la puesta del sol, o el vuelo de un ave, o el correr de una fuente… Esto fue la vida de Sor Heriberta. Nada más. Y nada menos.
Hace cosa de unos cinco años, tuvo un ataque repentino, que la hizo perder el conocimiento y caer. Se le prodigaron los cuidados necesarios, y se recuperó, pero no totalmente. Su fuerte contextura comenzó desde entonces a desmoronarse en un proceso lento, pero irreversible; hasta que últimamente, la falta de riego cerebral le ocasionó la pérdida de la memoria y las reacciones de esa dolorosa infancia a la que se aludía al comienzo de esta brevísima reseña.
Su vida, en estos últimos años, acabó de eclipsarse por completo en la enfermería, donde pasaba el tiempo en rezos interminables. No fue la suya una vejez sin eco y sin reflejos, o lo que viene a ser lo mismo, sin objetivo. Aun en su inconsciencia, hallaban eso las grandes necesidades de la Iglesia, de la Compañía, de la Provincia, del mundo entero… Y por ellas oraba, demostrando así, aun sin pretenderlo ni saberlo, que cuando nada se puede hacer ya con las ideas, todavía queda siempre algo que hacer, con el corazón.
Si
«la virtud más excelente
es hacer sencillamente
lo que tenemos que hacer.»
como dice nuestro Pemán, muy excelente debió de ser la virtud de Sor Heriberta.
Sigue, Hermana nuestra, sigue orando por nosotras en el acatamiento de Dios, ahora que se disiparon para ti todas las sombras, ahora que tu espíritu ve claramente su gloria infinita.
SOR CONSUELO GONZALEZ
Hija de la Caridad
Junio 1968. Casa Provincial.








