Según los datos de su mismo pasaporte, nació Sor Gregoria Echevarría en San Millán de Burgos el día 24 de diciembre de 1892, y el Señor se la ha llevado al cielo este 17 de enero, a eso de las cinco y media de la mañana, después de haber recibido los sacramentos con toda urgencia.
De sus setenta y cuatro años con veinticuatro días que vivió en este mundo, cincuenta y dos de ellos los gastó por Cristo como Hija de la Caridad—cincuenta de ellos en Filipinas, educando a la juventud, consolando al herido y al pobre y a todo necesitado que encontraba a su paso. Todos la querían como se quiere a una verdadera madre. Esto lo sabemos muy bien los que hemos tenido la suerte de tratar con ella.
Desde febrero de 1917, fecha en que consta inscrito su no222,bre por primera vez en Filipinas, Sor Gregoria, la «pequeña», pero terriblemente inteligente y enormemente amable y amada de todos, estuvo destinada en las siguientes casas de esta Provincia: Santa Isabel de Intramuros de Manila, Samar, San José de Jaro; otra vez volvió a Manila para cuidar a los enfermos en el Hospital de San Juan de Dios; de nuevo a Jaro, para ser la superiora del colegio, oficio que desde ahora desempeñaría en todas las demás casas de sus nuevos destinos, entre los cuales están el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, de Iloilo; el Asilo de Molo, de Iloilo; el Colegio de Sorsogon; la Cruz Roja de Manila y, finalmente, el Colegio de Santa Isabel, de Taft Avenue, de donde fue destinada al cielo para encontrarse con Cristo, a quien había servido en los pobres, enfermos y necesitados durante tantos años.
Fue siempre Sor Gregoria la Hija de la Caridad imagen viva de lo que su título significa, siempre amada de todos, incluso de los mismos japoneses y amargados guerrilleros de la última guerra mundial, de quienes tenía siempre anécdotas conmovedoras para contarnos, ya que a ella nadie la molestaba, antes al contrario, todos los partidos la defendían y ayudaban; también ella defendía a Cristo llorando en los heridos, refugiados y hambrientos que se morirían si no fuera por la vida que Sor Gregoria les transmitía. La razón era, naturalmente, que ante tal amor de Hija auténtica de la Caridad, encarnado por decirlo así en Sor Gregoria, nadie se podía resistir y cedía ante las súplicas de tan buena, madre. Yo mismo confieso que no he conocido en mi vida persona tan buena como Sor Gregoria. Y más de una vez pasó por mi mente. La frase de nuestro fundador, aplicándola a ella: «¡Qué bueno tiene que ser Dios cuando Sor Gregoria es tan buena!» Y cuando hace tres días, minutos después de haberse apagado la llama de su vida y subido al cielo, bajé a la capilla para empezar la santa misa, en donde estaban impacientes las estudiantes y demás personal del colegio esperando alguna noticia consoladora sobre «la Madre», como la llamaban, y entonces, al enterarse de que nos había dejado para no vernos más hasta el cielo, no sé empezó a oír sino suspiros y llantos, prueba vibrante de lo querida que era de todos; yo mismo tuve que hacer los esfuerzos más grandes para poder continuar la misa que estaba celebrando por el alma de «la Madre» que todos tanto queríamos.
Sor Gregoria se ha ido al cielo. Deberíamos alegrarnos, pues aquella buena madre lo continuará siendo buena y más eficazmente desde el cielo. Como el mismo Cardenal Rufino Santos, Arzobispo de Manila, afirmó en su oración fúnebre, elogiándola el día de los funerales, a los que él quiso no sólo asistir, sino incluso oficiar personalmente: «Sor Gregoria tiene que estar ya en el cielo, y ese corazón de oro que allí tenemos ahora continuará amándonos y siendo eficaz con sus oraciones ante el Señor. Yo mismo le he pedido al Señor por medio de ella, esta mañana, un favor grande, que espero me lo concederá».
Todos queríamos a Sor Gregoria. Y a nadie se le ocurría pensar por qué, puesto que todos sabían muy bien que aquella alma toda de Dios se entregaba toda de lleno a los demás, desprendiéndose de todo lo que tenía, lo mismo que el espejo se desprende de todos los rayos de sol que recibe de lo alto, y así alumbra y calienta y ayuda a los demás. Sor Gregoria era un reflejo vivo del amor de Dios al hombre; era una auténtica Hija de la Caridad, pues que Dios es caridad, y caridad es amor, amor puro y fiel, que ama aun cuando tenga que desangrarse por los seres amados, pues este sacrificio cruento es como el combustible que acrecienta el amor primero encendido por el Creador en el corazón de la creatura. Esto es lo que quiere decir una Hija de la Caridad como Sor Gregoria, una Hija de Dios, una encarnación del amor divino que se entrega sin reservas al servicio de Jesucristo, que vive en los demás hombres, especialmente en los que más necesitan de corazones tan buenos como el corazón de Sor Gregoria Echevarría. ¡Que el Señor lel dé la corona de gloria bien merecida, tan grande como su caridad, y plegue al Señor, fuente de todo amor verdadero, enviarnos muchas «Madres» buenas como ella!
SERGIO BLANCO, C. M.







