Sor Elisa Casassas

Mitxel OlabuénagaBiografías de Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: J.M.R. · Source: Anales españoles, 1964.
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biografias_hijas_caridadEsta vez la moribunda era una venerable an­ciana, de setenta y cuatro años de edad: Sor Elisa Casassas. Ca­talana y barcelonesa de nacimiento, había vivido en su juven­tud en contacto con el ambiente rural e industrioso al mismo tiempo de su región natal. Se le había formado el espíritu en la admiración de la obra de Dios en la naturaleza (peregrinaciones a Montserrat, excursiones al Pirineo, que le hacían pro­rrumpir en exclamaciones de alabanza al Señor). Como mujer, la habían madurado tempranamente sus responsabilidades de primer vástago de una familia de diez hermanos.

Su vocación fue como un último florecimiento de su dedicación a los otros. Pero ella, que había soñado sin duda con una vida de cuidados maternales a los pobres, se vio pronto confiada, tras unos breves años en la Casa de Maternidad y de Barcelona, al trabajo oscuro y árido de la Secretaría Provincial.

Supo encontrar, sin embargo, en medio de la rutina burocrática, la chispa luminosa que transformase su vida en ardiente y celoso apostolado. Encargada de los asuntos relacionados con las Viceprovincias de Ultramar, hubo de recorrer incansablemente Embajadas, Consulados, Agencias de viaje y Ministerios… En todas partes se hizo proverbial su simpatía, su alegre naturalidad,  su modesta intrepidez, su tenacidad en obtener lo que pretendía. Pronto contó en los más diversos ambientes con amigos y valedores para los casos de apuro. El mero nombre de Sor Elisa allanó más de una vez complicados trámites burocráticos. Algún cónsul extranjero, al reconocerla entre las Herma­nas que despedían en Barajas a un grupo misionero expedicio­nario, le ofreció su coche para regresar a Madrid.

Los achaques de sus últimos años de vida la redujeron a la actitud más opuesta a su temperamento: la inactividad, que ella retrasó todo lo que le fué posible. Murió después de una larga enfermedad y de varios meses de cama. Aún entonces sabía re­cuperar la viveza de los mejores años en los momentos diarios en que recibía la visita de la Respetable Madre. Su tránsito fue también apacible y sereno: hacía años que para ella no tenían secreto los requisitos del paso de fronteras.

 

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