El día 25 de enero de 1966, a las 7,20 de la tarde, el divino Jardinero, trasplantaba de la Casa Provincial de Barcelona, a la Casa del Padre, a nuestra amada Hermana Sor Consuelo Rodríguez López.
Nació en Baracaldo, Vizcaya, el 27 de abril de 1913, siendo la tercera de una numerosa familia cristianísima; pasados sus primeros años bajo el amparo y ambiente de este ejemplar hogar (del cual no es de extrañar que Dios eligiera a dos de sus miembros), entró en la flor de sus veinte años en el Seminario…
Su primer destino fue Tafalla, Hospital y Escuelas, y después de algunos años pasados en el Colegio de Huérfanas de la Guardia Civil (Juncarejo), Valdemoro, Madrid, vino a esta Casa de Hostafranchs, de Barcelona; era el año 1961.
Siempre gozó de excelente salud; por eso, cuando la muerte llamó para, por designios de Dios, llevársela, fue muy grande nuestra sorpresa.
De ella sí que se puede decir que murió con las armas en la mano, pues Dios le dio su primera llamada, estando en pleno trabajo de clase. Eran las cinco de la tarde de un día de noviembre, y, al mandar a las niñas que salieran al recreo, una embolia la dejó sin habla ni movimientos. Fue grande el susto y sorpresa; pero nuestro misericordioso Dios quiso que de este primer ataque se recuperara, de tal manera, que todas albergamos la esperanza de llegar a verla completamente buena; pero muy otros eran los designios de la divina Providencia, ya que el domingo 23 de enero, a las once de la mañana, le repitió el ataque, que sería el definitivo, pues fue el medio que empleó el Señor para trasladarla al Cielo, después de una larga y penosa agonía.
No nos cabe la menor duda de que ya gozará de la vista de Dios y que desde allí rogará por toda la Provincia para que el Señor suscite un gran número de fervorosas vocaciones, y donde nos espera, para reunirnos un día para siempre.
Como homenaje póstumo a nuestra querida Hermana, diremos aquellos rasgos que, durante su vida en esta Comunidad, edificaron a las que tuvimos la dicha de ser sus compañeras. Su temperamento, como buena vasca, era fuerte, pero supo reprimirse en muchísimas ocasiones, y si alguna vez por la debilidad humana, de la que todas adolecemos, mostraba su molestia, se esfumaba en seguida la nube, sin dejar el menor rastro. Fue una excelente maestra, cumpliendo con extraordinario celo su deber, preparando con minucioso detalle sus clases y ejercicios. Pero su gozo, su alegría, eran inmensos cuando, aprovechando el descanso de clases, estival, era nombrada para ir unos días a Montserrat. «Es tanto el fervor que se respira, en aquel Santuario, que me gustaría ser monje benedictino, para poder estar junto con la Moreneta en su basílica montserratina», solía decir con muchísima frecuencia.
Siempre estaba preparada para acompañar a las demás en sus giras a las distintas provincias españolas… Hay que ir aquí o allí: «Irá usted, Sor Consuelo.» «Olé, olé», contestaba. Siempre fue muy alegre y optimista; de todo hacía fiesta. Hay en la Casa Provincial un lindo «bambi», indicador del tiempo, según su color. Ella se había formado, en sus días de convalecencia, la obligación de, como si dijéramos, darle Cuerda, para ver qué indicaba. Todas celebrábamos el momento en que, a la hora del recreo de las dos, lo enseñaba para que viéramos su color y supiéramos qué tiempo haría. Ninguna llegamos a sospechar, ni ella ni nosotras, que el sábado día 22 sería el último que nos lo mostraría. Pero el Señor así lo tenía dispuesto y nosotras aceptamos su santísima voluntad a ejemplo de nuestra querida desaparecida, que viéndose con sus energías y actividad un tanto disminuidas por su enfermedad, nos edificaba diciendo: «Sí, lo que Dios quiera…»
Y así decimos nosotras: «¡ Señor, hágase tu voluntad!» Nos has separado para volvernos a unir en el Cielo. Por eso no os decimos… «Adiós, Sor Consuelo, sino ¡hasta luego!…»







