Sesenta años de vida religiosa repartidos entre muy pocas cosas. Esta de Villada se lleva la mayor parte de esos seis decenios, principal precio con que compró la «Perla de gran valor». Bien supo gastarlo y consumirlos en su totalidad a cambio del gran logro y adquisición, que era su sueño. Todos cuantos la conocieron dirían lo mismo: su conversación no era más que cuando hablaba del cielo o preguntaba, cosa muy frecuente, algo de la visión beatífica, gozo y alegría de los bienaventurados. Esto, que pudiera llamarse su santa obsesión, dio vida pujante y vigorosa a todas sus actividades, en las que dejaba traslucir la grandeza de su alma, las virtudes características de la Hija de la Caridad con la mayor sencillez, como si todo aquello no tuviese la más mínima importancia.
ESPÍRITU DE TRABAJO.—Yo sé que en sus primeros oficios, allá en las «Escuelas de la Reina», del Hospicio Leonés, en las que trabajaba con la Directora y otra Hermana, ella, a título oficial, era la verdadera maestra y directora oculta que se multiplicaba en la enseñanza de las distintas asignaturas, especialmente el francés, que con plena satisfacción y contento del Prelado de la Diócesis, que subvencionaba aquellas clases y la consiguiente alegría y gratulación de las compañeras. Espíritu de trabajo, que de las clases saltaba a los pacientes zurcidos con que transformaba lo viejo y roto en nuevo y bien fortalecido, a las labores delicadas y artísticas del bordado y la pintura; y en los domingos u otros días de vacación le llevaba hasta la cocina, donde aparte de suplir el trabajo de la Hermana encargada derrochaba sus habilidades. Es curioso consignar en este aspecto el recuerdo de aquella rica y suculenta sopa tantas veces gustadas y alabada en el hospedaje a Prelados con motivo de la visita pastoral.
TRES EN UNA.—Con la mirada puesta en la eternidad desempeñaba todas esas actividades, y reflejo de este mirar era la caridad que en todas ellas le movía e impulsaba. Con «las dos alas del amor gemelo» a Dios y al prójimo volaba por la capilla, por las clases, tránsitos, salas de niñas o ancianas, cocina y piezas de recreación, y con tanta destreza y altura que a todas edificaba e impedía que en torno suyo naciese o prosperase la conversación, escasa de aquella virtud; aún más, lograba con ello tal unión y tanta cordialidad entre las compañeras de trabajo, que en las escuelas antes citadas logró el que las chicas mayores distinguieran al grupo de sus profesoras con el remoquete piadoso de «la Santísima Trinidad». Tres en una. Con todo, yo recogí en sus últimos momentos aspiraciones sublimes de amor a Dios, humildemente expresadas en forma que pudiera llamarse negativa, porque afirmaba que nunca le había amado bien a causa de sus muchas miserias y pecados, a la vez que en un supremo esfuerzo, frente a la asfixia que la ahogaba, su alma se fortalecía aceptando la voluntad de Dios y ofreciendo tanta fatiga porque en , todos los hombres reinase aquella voluntad. «Aquí tiene un alma en pena», decía. A lo que repuse: «No; alma en pena, no; cuerpo en pena, pero alma vigilante y tensa en el amor divino».
HUMILDAD Y POBREZA.—Muchas veces vimos cómo se dibujaba en su rostro una leve y suave sonrisa, mujer de pocas palabras, con que respondía ante una labor suya por todos alabada. Otras, era frase sencilla y sincera exigida por la cortesía y la y buena educación, y siempre su gesto y su expresión reflejaban una presencia divina que mantenía el equilibrio de su alma sin que gustase el sabor humano de la Vanagloria.
Durante más de cuarenta años en el cargo de Superiora, bien conocieron sus Hermanas y gustaron aquel trato humilde con que suavizó su gobierno. La primera en la obediencia y en el servicio jamás movieron su toca aires de mando, ni su actitud denotó impulsos o movimientos de imposición.
Dentro siempre de la Regla, que para ella era algo sagrado, manifestaba profunda y delicadamente maternal e imprimía, al distribuir oficios, tanta bondad en sus decisiones que nacían ya con el resorte de un fácil cumplimiento, y la obediencia, lejos de resultar costosa, se plegaba dócil y suavemente aquella amabilidad. Pertenecía a ese grupo de superioras de hace cincuenta años, bien definido, en quienes se destacaban con magnífico relieve el espíritu de mansedumbre y de bondad de San Vicente.
Su gesto de pobreza para cuanto girase en torno a su persona, convertíase en generosidad cuando se trataba de atenciones para las demás. «No tengo necesidad de brasero. Esta habitación, que el sol baña todo el día, resulta confortable y’ no paso frío, aun cuando mis ocupaciones en ella no exijan movimiento.» Pero todo aquel confort solar dejó de ser suficiente cuando una compañera suya vino a la Casa y tuvo que hacer su vida en la misma pieza, y la camilla escondía ya de modo permanente en cada invierno, el calor permanente familiar del brasero que ella no había querido, hasta entonces, echar de menos. Para los otros, cuanto fuese conveniente. Para ella…, aún de «las bombonas de oxígeno ordenadas por prescripción facultativa se podía prescindir; porque si resultan caras…»; hasta el punto que se hizo preciso repetirla: «¿Pero no sabe que tiene pagadas todas las medicinas?» Y ella respondió aún: «Sí, ¿pero si resultan caras?»
ULTIMOS PRESENTIMIENTOS.–El largo período de su enfermedad vino a ser como el crisol donde se purificaron y enriquecieron todas sus virtudes a través de la edificante paciencia que Dios le concedió para gustar y saborear tantas angustias y fatigas. Una hora antes de morir me dijo: «¿Cree usted que mi alma irá al cielo?» Le respondí con la sugerencia de algunos actos de amor de Dios y aceptación sobrenatural de la muerte, y luego añadí: «Sí, creo que irá al cielo, y me parece que va a ser la Santísima Virgen Milagrosa quien la lleve en los próximos días de su novena.» «En esto último se equivoca–me respondió—; no, no es la Milagrosa, es San Martín quien me lleva y pronto.» Faltaban treinta y seis horas para la fiesta del santo Obispo. ¿San Martín? ¿Qué tiene usted con este santo? «i Ah! Que así me paga los pequeños trabajos que realicé de joven en su iglesia parroquial de León, a donde iba para enseñar el catecismo a los niños.» Y San Martín, que todavía catecúmeno era ya maestro en el amo al pobre, desnudo, efectivamente, recogió el alma de la antigua catequista que supo también mucho del amor al necesitado y la enseñó a conocer y gozar de Dios eternamente desde aquella hora en que aquí abajo, en su iglesia de León, tocaban a las primeras vísperas de su fiesta.
EL PÁRROCO DE VILLADA
El P. Miguel Domingo
El día 6 de enero de 1963 la estrella de los Magos se prestó a guiar los pasos del P. Miguel Domingo en su viaje a la Casa, de su eternidad, porque en la festividad de los Santos Reyes, cuando el P. Domingo, casi a los ochenta y cinco años de edad, se le quedó muerto al Hermano Benito García en sus propios brazos en el momento en que procedía a mudarle de pijama. Había metido ya un brazo, y cuando estaba metiendo el otro notó el Hermano que el brazo se le caía; luego todo el cuerpo. Lo que él tenía en sus brazos ya era un cadáver. Momentos antes todavía el P. Domingo bromeaba afirmaba que no estaba tan mal como se creían. Un poco cárdenos notó el Hermano que se quedaron los pómulos; pero al amortajarle se quedó tan natural, que parecía que la muerte había pasado por allí sin dejar la marca de su mueca.
Sus facciones, duras y angulosas, delatoras de su carácter celtíbero, se habían quedado suaves, distendidas y hasta sonrientes. Diríase que después del rudo batallar de la vida este gran luchador, que siempre fue el P. Domingo, había encontrado la paz definitiva.
Había nacido el día 30 de abril de 1877 en el pueblo de Barrachina, provincia de Teruel y Diócesis de Zaragoza; ingresó en la escuela apostólica de Teruel, desde donde llegó a Madrid para hacer el ingreso en el Seminario interno de la Congregación, que efectuó el 30 de octubre de 1893, haciendo los votos el 31 del mismo mes de 1895. Ordenado sacerdote en las témporas de septiembre de 1902, tuvo los siguientes destinos: Profesor durante tres años en el Colegio del Sagrado Corazón, que nuestros Padres regían en la ciudad le Matanzas; otros tres de misionero en la Merced de La Habana, año y medio en San Juan de Puerto pico y siete años de profesor del Seminario de Oajaca, en Méjico. Como consecuencia de las revoluciones de Pancho Villa y Venustiano Carranza hubo de regresar a España, desde donde, al cabo de tres años pasados en actos de culto y misiones en Orense, regresó de nuevo a Méjico, recorriendo en esta segunda etapa mejicana las Casas de Chihuahua, con dos años de profesorado y misiones; Puebla, como ocho meses de Superior; Tacubaya, con seis años de Superior del famoso Colegio de San José, llamado en su época de Alfonso XIII para disimular su carácter religioso; Guadalajara, con cinco años de Superior; Oajaca, con cuatro años de Superior; otros cuatro de
profesor en la Escuela Apostólica de Uruapán; desde 1941 a 1948 Superior de Chihuahua, y, por fin, procurador y misionero en Guadalajara hasta 1954, regresando en este año a la Península para dejar sus huesos en la madre patria, en la cual después de pasar unos meses en las Casas de Sevilla y San Pedro, de Madrid, formó parte, desde 1955, de esta Comunidad central, en la que «post tot et ten diuturnos labores, sancto fine quievit», a los setenta años de su vida misionera y a los ochenta y seis de su edad.
Estos lugares y estos ministerios no son más que el esqueleto y el hilo conductor de una vida tan variada como prolongada. Especialmente durante su casi medio siglo de trabajos en la nación mejicana le enfrentaron con situaciones tan dramáticas como llenas de peligros, en que sólo por milagro pudo salvar la vida al igual que otros compañeros. El conoció los últimos años tranquilos de la dictadura de Porfirio Díaz y los prolongados años tormentosos de los tiranos de turno, casi todos ellos perseguidores de la Iglesia, tales como Madero, Villa, Carranza, Obregón y, sobre todos, Plutarco Elías Calles. También hubo de enfrentarse con los rojos españoles acogidos y protegidos por los gobiernos masónicos de aquella república, viéndose obligado a sostener con ellos no pocas escaramuzas vindicativas de los valores hispánicos y religiosos que ellos combatían.
Un roble fué el P. Domingo, que se mantuvo fuerte y enhiesto durante el medio siglo largo de peripecia mejicana, desafiando todos los vientos. Durante ella conoció la vida clandestina y errante, el zafarse de los perseguidores, el paso furtivo de fronteras, el enfrentarse con soldados y generalitos de calles y hasta el hacerse simpático por su carácter abierto y valiente a no pocos de ellos, y recibir de uno de ellos la confidencia de que lo que «necesitaba era un Franco». En 1947 qué nombrado por la Provincia mejicana para representarle en la Asamblea General de aquel ario. En esta sazón nuestros vecinos estaban a partir un piñón con Rusia y el piísimo De Gaulle y el no menos piísimo Bidault, entonces tan amigos como hoy enemigos, no tenían escrúpulos en dar la mano al comunismo ateo de Stalin con el pacto franco-soviético, pero lo tenían en dársela al catolicismo francés. Negándole la sal y el agua hasta el punto de echar un cierre hermético a la frontera franco-española, como si los españoles, por el delito de haber defendido con las armas nuestro catolicismo y hecho morder el polvo a las mesnadas comunistas, fuéramos los leprosos de Europa, que era preciso poner en cuarentena. Cuando el P. Domingo se enteró de lo del cierre, se dijo para sí que no estaba dispuesto a respetarle y se resolvió a saltárselo a la torera. Recaló en Hendaya, husmeó, buscó y encontró una pequeña embarcación que alquiló a un vasco francés, quien a espalda de la policía fronteriza le llevo a la costa española; mas como no pudiera arrimar la barca a la orilla hubo de cargar con él a las espaldas y depositarlo entre unos maizales aledaños a la costa, en donde estuvo a punto de perecer a manos de nuestros soldados que andaban por aquellos parajes a caza de maquis y malhechores internacionales que trataban de infiltrarse en España. Como venía de paisano le costó identificarse como sacerdote; mas sus argumentos fueron convincentes y fue guiado hasta San Sebastián. Por tercera vez se embarcó para Méjico, y todavía fue Superior y dio ejercicios y salió de misiones, hasta que 1954 regresó a España, recalando en la Casa Central en 1955.
Donde su vida fue más tranquila, aunque no del todo. Parecía que su recia vitalidad necesitaba un enemigo, y lo encontró en los jóvenes. Entre ellos y él había una distancia de sesenta años, entre su noviciado y el de ellos y entre la Casa Central de 1893 a 1902, que él conoció, y la de 1955 a 1962 en que le tocó pasar sus últimos años, la distancia se medía por una regularidad a ultranza y por un silencio «multitudinario» y valga la paradoja, que alude a los 300 individuos que le guardaban con realismo tal, que parecía mascarse y tocarse; de suerte que su presencia sólo se notaba cuando la campana ponía en movimiento sus pies para algún acto de Comunidad. Se comprende cuando en esta su última etapa veía a los jóvenes bajar o subir las escaleras de dos en dos o de tres en tres y comunicarse ruidosamente sus impresiones, dar algún portazo o correr por los pasillos, estallara su indignación, alzara sus brazos, crespara sus manos, apretará sus mandíbulas y borbotara alguna expresión dura e inapta para transcribirse. Diríasele un Elías o un profeta cualquiera del Antiguo Testamento. Los jóvenes, por su parte, le comprendían y parecían no enterarse, aunque no siempre. En cierta ocasión, ante un gesto de éstos, uno de los jóvenes me dijo:
-Mire, P. Herrera, si cuando yo sea viejo hago una rareza enciérreme en la enfermería y no me deje salir de allí.
– Cuando usted sea viejo –le repliqué—, ¿dónde estaré yo entonces? Si yo viviera cuando usted tuviera la edad del P. Domingo, tendría yo ciento veinte años y ¿qué rarezas no haría?
Cinco días después el joven, rotos sus compromisos con Dios y con la Congregación, abandonaba la casa y se pasaba con sus títulos universitarios y con todo su bagaje de elegancia y finura a la tienda de los pecadores.
iEsta sí que es rareza, comenté por mi capote, y gran extravagancia y locura merecedoras del encierro perpetuo!
Eran muchas veces preferibles aquellas rarezas que es insigne locura, que el P. Domingo jamás hubiera sido capaz de cometer. Su amor a la vocación, lo mismo que su fe, era como eran de carácter enterizo, a la usanza antigua, a machamartillo, sin compromisos ni componendas. Sus mismas rarezas le venían de ahí. Nunca dejó vacío su puesto en meditación de la mañana desde el primer minuto hasta último. La meditación es el nudo de la vocación, y el que n la pierde, diría San Vicente, no perderá la vocación. Y a ella acudía todos los días el P. Domingo, en invierno, en prior vera, en verano y en otoño, a cuerpo limpio, sin dulleta abrigo, como iba siempre, porque en aguantar el frío ganaba los jóvenes. Su actitud polémica en defensa de la fe de la regla o de España no admitía paliativos. Era como si en él hubiera habido un cura carlista frustrado. Es seguro que de haber estado en España en los días de la Cruzada de liberación nacional, cuyas incidencias siguió con gran emoción desde Méjico, no se hubiera contentado con ser capellán de la Legión. Hubiera sido una segunda edición del cura Merino.
A pesar de todo esto, el P. Domingo tenía su coranzóncito, y si buceamos un poco, su gran corazón. Amaba extraordinariamente a España, a Méjico y a la Congregación. Especialmente en Méjico tuvo muy buenos amigos, y de Méjico no sabía parar de hablar cuando alguien, tirándole de la lengua, le abría las válvulas, que él soltaba en catarata de anécdotas y de historia de los personajes de la República. Entre las apostólicas distinguía a la de Teruel, por estar enclavado en su provincia de origen. Y aquello no era un amor platónico; lo prueban estas líneas de una carta que el Superior R. P. Jesús Gómez le escribió con fecha del 7 de febrero 1955: «Mañana, día 8, se cumple el año en que usted, habiéndonos honrado con su grata compañía durante unos días nos dejó al marchar un cuantioso donativo para esta apostólica. Altamente agradecidos entonces, le queremos demostrar hoy que no echó en «saco roto» tan pródiga generosidad. Nunca, P. Domingo, hemos conocido una tal generosidad para
con esta apostólica, cosa que aquí quiero hacer constar para ponderar el gesto que usted tuvo con ella. Los sacrificios y privaciones que esa generosidad de usted supone en los días pasó en Méjico, eso sólo Dios lo sabe».
Todavía más cuantiosa fue su generosidad cuando unos días antes de meterse en cama hizo un viaje a Teruel en compañía del M. R. P. Domingo García, portándose como un abuelo con sus nietos al dejar para la formación de los «Futuros Apóstoles» la cantidad de 100.000 pesetas.
Por fin, su corazón de viejo luchador, como un león que se rinde, se le negó a seguir ayudándole, y ante las órdenes perentorias del médico hubo de internarse en la enfermería para poder ser controlado. En las últimas semanas el Hermano Benito García tenía que hacérselo todo, y hasta fue el que le convenció que estaba grave y que debía de recibir los últimos sacramentos, que recibió de manos del P. Albendea, rogándole que pidiera en su nombre perdón a la Comunidad.
Dos días después, como quien no quiere la cosa, sin esfuerzo, sin agonía ni espasmos, su cuerpo se quedó en los brazos del hermano Benito, mientras su alma siguió el rumbo de la estrella de los Magos que le condujo, como dice el «Manual de Meditaciones»: «in regionem suam».
J. HERRERA, C. M.







