Sor Concepción Otín Lozano

Mitxel OlabuénagaBiografías de Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: J. Taboada · Source: Anales españoles, 1966.
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biografias_hijas_caridadSolía decir San Vicente que la vocación de las Hermanas es la más sublime, la más exigente, y mucho más difícil que la simple vida con­templativa. Por eso, la Hija de la Caridad que se empeña en vivir leal­mente su vocación, pasa dejando una estela de santidad que perfu­ma durante mucho tiempo el pe­queño mundo que la conoció.

La vida de Sor Concepción Otín, nacida en Sangüesa—Navarra—, en 1896 y fallecida el 12 de diciembre de 1965, ha transcurrido casi en­tera en un rinconcito de la Casa Amparo, de Zaragoza. Cincuenta y un años de vocación, y siempre en la penumbra de un segundo cargo, desde el que irradió toda su perso­nalidad. Los primeros cinco años de su vocación los vivió en Falces, y luego entró en la Casa Amparo, donde había de permanecer hasta su muerte.

Sor Concepción era una de esas personas superdotadas, rica en facultades e inagotable en recursos expeditivos para solucionar los casos difíciles. Puesta al frente del
departamento de ancianas, empezó su obra, consiguiendo en aquellos tiempos difíciles que fueran transformadas, por arte de magia, las ropas, el mobiliario y las dependencias. Luego pasó a ser Encargada de la Despensa y Ecónoma General de la Casa. Hay que saber lo que significa este puesto en una Institución que tiene casi 500 personas, entre ancianos, ancianas y que, además, constituye la CASA SOLARIEGA MUNICIPAL, donde el Ayuntamiento celebra con­vites de ocasión y convoca reunio­nes en las regias dependencias des­tinadas a estos fines.

Durante casi cincuenta años, Sor Concepción actuó como Segundo de a bordo en aquella inmensa nave, disponiendo todos los detalles, es­tando en todas partes, quedando bien con todos, mejorando constan­temente a los pobres y ganándose la admiración y simpatía del Ayun­tamiento, que, pared con pared de la Casa Amparo, no pierde detalle y percibe más visiblemente el constante ritmo de las transformaciones ope­radas en la Casa, ante las suge­rencias o la intervención, siempre velada, de Sor Concepción. Sor Mer­cedes, Superiora, Administradora y Comisaria durante muchos años, comprendió la valía de Sor Con­cepción y, hermanadas ambas en un mismo esfuerzo lograron man­tener una constante superación, po­cas veces lograda en Fundaciones de la envergadura de ésta.

EL FLORILEGIO DE SUS VIRTUDES

Destaquemos algunas florecillas de virtud como muestra de lo que fue la vida interior de Sor Con­cepción.

SU HUMILDAD, pudiéramos de­cir que fue la característica de su personalidad. Vivir oculta. Hacer el bien, pero dejando que destaque en los éxitos la Superiora. Hace años quisieron investirle del cargo de Hermana Mayor, pero pudo sos­layar el honor alegando que: «Las navarras tenemos mucho genio y lo sacamos muy fuerte.»

Las Hermanas que la conocieron, todas coinciden en atestiguar que era «humilde, humildísima».

En la última entrevista que le hicieron cuando sus bodas de oro vocacionales, el 24 de junio de 1964, eludió la incensación del periodista con sencillez, pasándole todo el mé­rito a la Superiora: «Todo está muy bien en la Casa, gracias a la Supe­riora, Sor Mercedes.» Su lema fue vivir oculta, y su martirio tener que aparecer en público.

SENCILLEZ

Era también connatural. Herma­nada con la más exquisita pruden­cia y discreción, Sor Concepción lo­graba grandes triunfos gracias a su sencillez. En su habla, en su porte y en toda su persona no había fin­gimiento. Cualquiera adivinaba que no tenía grandes estudios ni proce­día del mundo de la aristocracia. Su sencillez se reflejaba en su ros­tro, en su presentación, en sus ex­presiones. Pero nunca pecó de cor­ta y siempre supo decir lo que qui­so. Cuando en una ocasión cierta persona bienhechora del estableci­miento que no llevaba una vida ejemplar vino a visitarla, Sor Con­cepción le dijo:

—Don Fulano, haga usted todo el bien que pueda entre los pobres y el Señor tendrá misericordia de us­ted.

—¿De mí?—dijo el señor—. Si soy muy bueno.

—Pues para que sea mejor—re­plicó Sor Concepción—. Ayude a los pobres y ellos le ayudarán.

Y, en efecto, así fue: obtuvo la gracia de una buena muerte.

CARIDAD.

Fue el constitutivo de su vida. La característica de su caridad fue «es­tar en todo» y «llegar siempre a tiempo a todas partes». Desde el puesto que ocupaba, pesaban sobre ella responsabilidades enormes. Sor Concepción supo responder siempre a su deber, pero con una plenitud de entrega y en la vivencia alegre de quien obra por vocación.

«Durante la guerra—dicen las no­tas que me ha enviado la Comu­nidad de la Casa Amparo—se multi­plicaron los trabajos en la Casa, y allí estaba Sor Concepción prepa­rando los alimentos tan variados y múltiples, ya que había que llevar comida a la cárcel, a los trenes y a cualquier hora del día o de la noche, comedores de refugiados, de limpieza pública, transeúntes, etcé­tera, etc. En esta época llegó hasta el agotamiento.»

El Rvdo. Padre Miguel Gómez, Director de la Provincia de Pam­plona, entre otros elogios de sus virtudes, dijo: «Yo estoy conven­cidísimo de que Sor Concepción es­tá en el cielo, porque ha sido una verdadera Hija de la Caridad, que ha amado mucho a los pobres.» El actual señor Arzobispo de Za­ragona, en una de las visitas a la Casa Amparo, enterado del proceso de restauración logrado en la Fun­dación gracias a la intervención ge­nial, pero siempre oculta, de Sor Concepción, pidió le llevasen junto a su lecho—estaba ya enferma de cuidado—, y después de bendecirla le dijo: «Sor Concepción, sé lo que ha hecho por esta Casa y cuánto ama a los pobres. Yo le prometo tenerla muy presente en mis mo­mentos de la misa y nunca la ol­vidaré.»

El Excelentísimo Ayuntamiento, con motivo de sus bodas de oro vo­cacionales, celebradas el 12 de ju­nio de 1964, testimonió su admi­ración—dice el documento oficial— «por tanto bien como hizo a la Ca­sa por su Caridad». Y en el pésame del Ayuntamiento a la Comunidad vuelven a destacar los «invalora­bles servicios prestados durante cuarenta y cinco años a la Casa Amparo, corno inteligente y acerta­da colaboradora en la Dirección de la Obra…, con extraordinaria capacidad, dinamismo y abnegación».

(Documento oficial de la Secretaría del Ayuntamiento.)

Los Padres de Zaragoza testimo­nian su admiración por labios del P. Vicente Jiménez, el veterano de la Casa: «No la olvidaremos tan fácilmente. ¡De cuántos apuros nos ha sacado en tiempos de escasez!»

CARIDAD COMUNITARIA

No le faltó esta dimensión a su caridad. Sor Concepción amaba a sus Hermanas. Procuraba que no les faltase nada, sugería mil deta­lles que luego la Superiora los eje­cutaba, pero que en el fondo tenían origen en el corazón generoso y so­lícito de Sor Concepción Otín. Su caridad para con las Hermanas dlfuntas le inspiró la costumbre de rezar varios de profundis diaria­mente, encomendando a todas, pe­ro en especial a la Hermana fa­llecida recientemente.

El último rasgo de su caridad co­munitaria fue hacer llamar a la Comunidad en pleno y pedirle per­dón públicamente por cuanto hu­biese podido ofenderles. Todas las Hermanas lloraban conmovidas. Querían declinar este momento pe­noso para todos, pero ella insistió: » ¡No moriría tranquila. Quiero que todas me perdonen si en algo las he ofendido!».

CARIDAD SOBRENATURAL

Esta era otra de las tonalidades. Buscaba a Dios, veía en el prójimo a Dios. Se ganaba primero el co­razón, pero era para arrancárselo al diablo y ofrecérselo a Dios. Te­nía ingeniosidades de solicitud ma­ternal: los domingos por la tarde se hacía la encontradiza con los ancianitos desamparados de todos, sin familiares cercanos que visitar. y, tras un diálogo de cordialidad, les agasajaba con algunas cajetillas de tabaco.

¡Cómo iban a tomar a mal que en cualquier ocasión les recordaba que llevaban tantos años sin confe­sarse !…

«Siempre—dicen las notas de la Comunidad—tenía a punto una pa­labrita de Dios», y aprovechaba cuantas ocasiones se le presentaban para lanzarla prudentemente. ¡En cuántas almas despertó de este mo­do la inquietud de una vida mejor!

Una confirmación de lo que eran sus actuaciones con los externos es esta confidencias que quedó graba­da en la memoria de su hermana Sor Carmen Otín, que todavía vive, y es quien la ha revelado: «Nunca —confesó ya cercana a morir—, a pesar de alternar tanto con las gen­tes, nunca he tenido que acusarme de haber perdido un cuarto de hora siquiera en el recibidor.»

LA SEÑAL DE LAS PREDI­LECCIONES DIVINAS

Es el dolor. Cristo escogió para sí mismo el dolor, el sacrificio, la muerte más cruel y vergonzosa. Y Cristo a los suyos les honra con la Cruz… A Sor Concepción la dis­tinguió toda la vida con esta señal. Si pudiera ella contarnos todo el calvario que recorrió Martirios morales de parle de sus familiares por la sangre y de la familia del espíritu… Dejemos caer un velo so­bre todo el cuadro de amarguras con que Dios abrevó su alma en ciertas épocas de su vida. Al final, el Señor la quiso acercar más y más a su cruz y le envió enfermedades y dolores físicos, que fueron ocasión de destacar su enorme fortaleza y sumisión dulce a la voluntad de Dios.

«Últimamente—relata el informe enviado por la Comunidad—pasó una larguísima temporada en cons­tantes sufrimientos. Materialmente no tenía ya sitio para almacenar tanto dolor.» Así fue… A sus en­fermedades de artritismo y de cora­zón, se unió el crecimiento desme­surado de un bocio en el cuello, bajo la barbilla, que le impedía lle­var una vida normal. La operación no parecía aconsejable por su afec­ción de corazón… Varios años de martirio lento, que ella supo llevar con dulzura y con ese callado es­tilo que fue la consigna de su vida.

SU MUERTE Y EXEQUIAS

El día 12 de diciembre de 1965 entregó su alma a Dios. Me dicen las Hermanas de su Comunidad que la noticia de su defunción consti­tuyó una manifestación de dolor para cuantos la conocían y que ante su cadáver se postraron el ac­tual Excmo. Sr. Alcalde y bastan­tes concejales de anteriores promo­ciones, personalidades civiles y re­ligiosas: funcionarios, abastecedo­res y numerosas gentes, sin contar los ancianos y ancianas, que se tur­naron en grupos para rezar un ro­sario por su eterno descanso.

En los momentos que precedieron a su agonía pidió, como Santa Ca­talina, que le sugirieran constantes jaculatorias e invocaciones a la Vir­gen, de quien era devotísima.

Las Hermanas de la Comunidad, rodeando su lecho, se turnaban en la recitación. La moribunda asen­tía levemente con la cabeza, como diciendo: » ¡ Os oigo!»

A pesar del miedo que tuvo a mo­rir de bocio, por los dolores que sue­len experimentar al final, los pos­treros momentos fueron de calma y serenidad, extinguiéndose muy suavemente con la paz de los justos.

Descanse en paz Sor Concepción Otín Lozano, otra venerable Hija de la Caridad, tal como las quería San Vicente.

J. TABOADA, C. M.

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