Solía decir San Vicente que la vocación de las Hermanas es la más sublime, la más exigente, y mucho más difícil que la simple vida contemplativa. Por eso, la Hija de la Caridad que se empeña en vivir lealmente su vocación, pasa dejando una estela de santidad que perfuma durante mucho tiempo el pequeño mundo que la conoció.
La vida de Sor Concepción Otín, nacida en Sangüesa—Navarra—, en 1896 y fallecida el 12 de diciembre de 1965, ha transcurrido casi entera en un rinconcito de la Casa Amparo, de Zaragoza. Cincuenta y un años de vocación, y siempre en la penumbra de un segundo cargo, desde el que irradió toda su personalidad. Los primeros cinco años de su vocación los vivió en Falces, y luego entró en la Casa Amparo, donde había de permanecer hasta su muerte.
Sor Concepción era una de esas personas superdotadas, rica en facultades e inagotable en recursos expeditivos para solucionar los casos difíciles. Puesta al frente del
departamento de ancianas, empezó su obra, consiguiendo en aquellos tiempos difíciles que fueran transformadas, por arte de magia, las ropas, el mobiliario y las dependencias. Luego pasó a ser Encargada de la Despensa y Ecónoma General de la Casa. Hay que saber lo que significa este puesto en una Institución que tiene casi 500 personas, entre ancianos, ancianas y que, además, constituye la CASA SOLARIEGA MUNICIPAL, donde el Ayuntamiento celebra convites de ocasión y convoca reuniones en las regias dependencias destinadas a estos fines.
Durante casi cincuenta años, Sor Concepción actuó como Segundo de a bordo en aquella inmensa nave, disponiendo todos los detalles, estando en todas partes, quedando bien con todos, mejorando constantemente a los pobres y ganándose la admiración y simpatía del Ayuntamiento, que, pared con pared de la Casa Amparo, no pierde detalle y percibe más visiblemente el constante ritmo de las transformaciones operadas en la Casa, ante las sugerencias o la intervención, siempre velada, de Sor Concepción. Sor Mercedes, Superiora, Administradora y Comisaria durante muchos años, comprendió la valía de Sor Concepción y, hermanadas ambas en un mismo esfuerzo lograron mantener una constante superación, pocas veces lograda en Fundaciones de la envergadura de ésta.
EL FLORILEGIO DE SUS VIRTUDES
Destaquemos algunas florecillas de virtud como muestra de lo que fue la vida interior de Sor Concepción.
SU HUMILDAD, pudiéramos decir que fue la característica de su personalidad. Vivir oculta. Hacer el bien, pero dejando que destaque en los éxitos la Superiora. Hace años quisieron investirle del cargo de Hermana Mayor, pero pudo soslayar el honor alegando que: «Las navarras tenemos mucho genio y lo sacamos muy fuerte.»
Las Hermanas que la conocieron, todas coinciden en atestiguar que era «humilde, humildísima».
En la última entrevista que le hicieron cuando sus bodas de oro vocacionales, el 24 de junio de 1964, eludió la incensación del periodista con sencillez, pasándole todo el mérito a la Superiora: «Todo está muy bien en la Casa, gracias a la Superiora, Sor Mercedes.» Su lema fue vivir oculta, y su martirio tener que aparecer en público.
SENCILLEZ
Era también connatural. Hermanada con la más exquisita prudencia y discreción, Sor Concepción lograba grandes triunfos gracias a su sencillez. En su habla, en su porte y en toda su persona no había fingimiento. Cualquiera adivinaba que no tenía grandes estudios ni procedía del mundo de la aristocracia. Su sencillez se reflejaba en su rostro, en su presentación, en sus expresiones. Pero nunca pecó de corta y siempre supo decir lo que quiso. Cuando en una ocasión cierta persona bienhechora del establecimiento que no llevaba una vida ejemplar vino a visitarla, Sor Concepción le dijo:
—Don Fulano, haga usted todo el bien que pueda entre los pobres y el Señor tendrá misericordia de usted.
—¿De mí?—dijo el señor—. Si soy muy bueno.
—Pues para que sea mejor—replicó Sor Concepción—. Ayude a los pobres y ellos le ayudarán.
Y, en efecto, así fue: obtuvo la gracia de una buena muerte.
CARIDAD.
Fue el constitutivo de su vida. La característica de su caridad fue «estar en todo» y «llegar siempre a tiempo a todas partes». Desde el puesto que ocupaba, pesaban sobre ella responsabilidades enormes. Sor Concepción supo responder siempre a su deber, pero con una plenitud de entrega y en la vivencia alegre de quien obra por vocación.
«Durante la guerra—dicen las notas que me ha enviado la Comunidad de la Casa Amparo—se multiplicaron los trabajos en la Casa, y allí estaba Sor Concepción preparando los alimentos tan variados y múltiples, ya que había que llevar comida a la cárcel, a los trenes y a cualquier hora del día o de la noche, comedores de refugiados, de limpieza pública, transeúntes, etcétera, etc. En esta época llegó hasta el agotamiento.»
El Rvdo. Padre Miguel Gómez, Director de la Provincia de Pamplona, entre otros elogios de sus virtudes, dijo: «Yo estoy convencidísimo de que Sor Concepción está en el cielo, porque ha sido una verdadera Hija de la Caridad, que ha amado mucho a los pobres.» El actual señor Arzobispo de Zaragona, en una de las visitas a la Casa Amparo, enterado del proceso de restauración logrado en la Fundación gracias a la intervención genial, pero siempre oculta, de Sor Concepción, pidió le llevasen junto a su lecho—estaba ya enferma de cuidado—, y después de bendecirla le dijo: «Sor Concepción, sé lo que ha hecho por esta Casa y cuánto ama a los pobres. Yo le prometo tenerla muy presente en mis momentos de la misa y nunca la olvidaré.»
El Excelentísimo Ayuntamiento, con motivo de sus bodas de oro vocacionales, celebradas el 12 de junio de 1964, testimonió su admiración—dice el documento oficial— «por tanto bien como hizo a la Casa por su Caridad». Y en el pésame del Ayuntamiento a la Comunidad vuelven a destacar los «invalorables servicios prestados durante cuarenta y cinco años a la Casa Amparo, corno inteligente y acertada colaboradora en la Dirección de la Obra…, con extraordinaria capacidad, dinamismo y abnegación».
(Documento oficial de la Secretaría del Ayuntamiento.)
Los Padres de Zaragoza testimonian su admiración por labios del P. Vicente Jiménez, el veterano de la Casa: «No la olvidaremos tan fácilmente. ¡De cuántos apuros nos ha sacado en tiempos de escasez!»
CARIDAD COMUNITARIA
No le faltó esta dimensión a su caridad. Sor Concepción amaba a sus Hermanas. Procuraba que no les faltase nada, sugería mil detalles que luego la Superiora los ejecutaba, pero que en el fondo tenían origen en el corazón generoso y solícito de Sor Concepción Otín. Su caridad para con las Hermanas dlfuntas le inspiró la costumbre de rezar varios de profundis diariamente, encomendando a todas, pero en especial a la Hermana fallecida recientemente.
El último rasgo de su caridad comunitaria fue hacer llamar a la Comunidad en pleno y pedirle perdón públicamente por cuanto hubiese podido ofenderles. Todas las Hermanas lloraban conmovidas. Querían declinar este momento penoso para todos, pero ella insistió: » ¡No moriría tranquila. Quiero que todas me perdonen si en algo las he ofendido!».
CARIDAD SOBRENATURAL
Esta era otra de las tonalidades. Buscaba a Dios, veía en el prójimo a Dios. Se ganaba primero el corazón, pero era para arrancárselo al diablo y ofrecérselo a Dios. Tenía ingeniosidades de solicitud maternal: los domingos por la tarde se hacía la encontradiza con los ancianitos desamparados de todos, sin familiares cercanos que visitar. y, tras un diálogo de cordialidad, les agasajaba con algunas cajetillas de tabaco.
¡Cómo iban a tomar a mal que en cualquier ocasión les recordaba que llevaban tantos años sin confesarse !…
«Siempre—dicen las notas de la Comunidad—tenía a punto una palabrita de Dios», y aprovechaba cuantas ocasiones se le presentaban para lanzarla prudentemente. ¡En cuántas almas despertó de este modo la inquietud de una vida mejor!
Una confirmación de lo que eran sus actuaciones con los externos es esta confidencias que quedó grabada en la memoria de su hermana Sor Carmen Otín, que todavía vive, y es quien la ha revelado: «Nunca —confesó ya cercana a morir—, a pesar de alternar tanto con las gentes, nunca he tenido que acusarme de haber perdido un cuarto de hora siquiera en el recibidor.»
LA SEÑAL DE LAS PREDILECCIONES DIVINAS
Es el dolor. Cristo escogió para sí mismo el dolor, el sacrificio, la muerte más cruel y vergonzosa. Y Cristo a los suyos les honra con la Cruz… A Sor Concepción la distinguió toda la vida con esta señal. Si pudiera ella contarnos todo el calvario que recorrió Martirios morales de parle de sus familiares por la sangre y de la familia del espíritu… Dejemos caer un velo sobre todo el cuadro de amarguras con que Dios abrevó su alma en ciertas épocas de su vida. Al final, el Señor la quiso acercar más y más a su cruz y le envió enfermedades y dolores físicos, que fueron ocasión de destacar su enorme fortaleza y sumisión dulce a la voluntad de Dios.
«Últimamente—relata el informe enviado por la Comunidad—pasó una larguísima temporada en constantes sufrimientos. Materialmente no tenía ya sitio para almacenar tanto dolor.» Así fue… A sus enfermedades de artritismo y de corazón, se unió el crecimiento desmesurado de un bocio en el cuello, bajo la barbilla, que le impedía llevar una vida normal. La operación no parecía aconsejable por su afección de corazón… Varios años de martirio lento, que ella supo llevar con dulzura y con ese callado estilo que fue la consigna de su vida.
SU MUERTE Y EXEQUIAS
El día 12 de diciembre de 1965 entregó su alma a Dios. Me dicen las Hermanas de su Comunidad que la noticia de su defunción constituyó una manifestación de dolor para cuantos la conocían y que ante su cadáver se postraron el actual Excmo. Sr. Alcalde y bastantes concejales de anteriores promociones, personalidades civiles y religiosas: funcionarios, abastecedores y numerosas gentes, sin contar los ancianos y ancianas, que se turnaron en grupos para rezar un rosario por su eterno descanso.
En los momentos que precedieron a su agonía pidió, como Santa Catalina, que le sugirieran constantes jaculatorias e invocaciones a la Virgen, de quien era devotísima.
Las Hermanas de la Comunidad, rodeando su lecho, se turnaban en la recitación. La moribunda asentía levemente con la cabeza, como diciendo: » ¡ Os oigo!»
A pesar del miedo que tuvo a morir de bocio, por los dolores que suelen experimentar al final, los postreros momentos fueron de calma y serenidad, extinguiéndose muy suavemente con la paz de los justos.
Descanse en paz Sor Concepción Otín Lozano, otra venerable Hija de la Caridad, tal como las quería San Vicente.
J. TABOADA, C. M.







