Tras larguísima y dolorosa enfermedad, el 12 de enero de 1970, murió, en la enfermería de la Casa Provincial «San Vicente», Sanjurjo, 30, Sor Concepción Carrascosa.
Así, escuetamente, corrió la noticia de boca en boca. Escuetamente. Muy a tono con la personalidad de la difunta.
Nacida en la tierra castellana, donde vio la luz primera Santa Teresa de Jesús, en esa tierra, noble por definición, en esa extensión de «cielo absoluto y tierra absoluta», se diría que en su alma quedó grabada a fuego la fuerza elemental del paisaje. Porque su vida tuvo siempre el equilibrio y la serenidad de esa tierra que nuestro poeta describió así:
«El campo que está a tus pies siempre es tan igual, tan serio, tan grave como hay lo ves.
No es mi campo un cementerio, ¡pero un templo, sí lo es!»
La vida de Sor Carrascosa fue muy larga: noventa y tres años, pudieran dar una buena perspectiva. Pero en esa vida, más que extensión, hay intensidad; más que movimientos, quicios inmutables; y la igualdad de su carácter, y la sistemática negación a hablar de sí misma, dificultan la reseña o la crónica, o un enfoque anecdótico, que siempre vierte luz. No hay más remedio que comenzar con una frase tópica: «todo lo grande es sencillo».
De su niñez, apenas tenemos datos. De su juventud, se saben pocos. Los suficientes, sin embargo, para entrever que se trata de un espíritu cultivado y selecto. Hija de una familia acomodada y cristianísima del último tercio del siglo XIX, formada por don Olegario Carrascosa y doña Eloísa Espinosa de los Monteros, la futura, Sor Concepción alegró aquel hogar con su llegada a este mundo un 12 de febrero, cuando todavía arrebuja la nieve, con su inmaculada blancura, el largo invierno de Ávila. De la generosidad de sus padres, habla el hecho de haber entregado al. Señor a cuatro de sus hijas, en la Compañía de las Hijas de la Caridad.
En tiempos en que la mujer tardaría aún muchos años en incorporarse de lleno a tareas que no fuesen las del hogar, nuestra joven, cursa, en su ciudad natal, los estudios del Magisterio y, a continuación gana las oposiciones con el número uno. Pasa a regentar, por breve tiempo, una Escuela de Niñas. Tal vez en ella realizó el aprendizaje de su magnífica labor docente posterior en un futuro próximo.
Al igual de Teresa, oye en su tierra de Avila la voz del Esposo que la llama a vida más perfecta, e ingresa en la Compañía de las Hijas de la Caridad el 1 de octubre de 1903.
Tampoco existen datos concretos de su vida de Seminario. O se desvanecieron con el tiempo, ya tan lejano, o ella no los comentó con nadie. Posiblemente, allí, como a lo largo de su vida, y a tono, repetimos, con su solera nativa y ancestral de hidalgos castellanos «largos en facellas y cortos en decillas», pasaría inadvertida; como pasan inadvertidos el ocaso y la aurora, el día y la noche, la luz y el aire, el vuelo y el trino… todo eso que, dando el canon de toda belleza, requiere, sin embargo, para ser apercibido, una epidermis espiritual muy delicada y exquisita, y que por eso, solo los elegidos y los poetas saben captar.
A su salida del Seminario se la destina a las Escuelas Católicas de la calle de Enrique Granados, de Barcelona. De esta época ya se tienen noticias más concretas. Quien conozca «de visu» la organización de aquel Centro, habrá podido apreciar la ingente y magnífica labor educativa que allí se realiza con las jóvenes obreras. La amplia dimensión cultural y humana de Sor Carrascosa, su prudencia, su caridad, su dominio de sí, su amor a las jóvenes, su celo apostólico… todo eso que fue siempre el sello de su vida, encontró ancho campo donde ejercitarse. La cosecha de su siembra fue un crecido número de madres cristianas y un grupo de buenas Hijas de la Caridad y Religiosas de otros Institutos. Para todas ellas, cuando, transcurridos los años, por alguna circunstancia venían a Madrid, la visita a Sor Concepción era cosa obligada.
Por aquel tiempo, los PP. Jesuitas instalaron una Escuela de niños en aquella populosa barriada barcelonesa, y pidieron una Hermana para regentarla. Allá fue enviada Sor Carrascosa. Los Jesuitas, acertadamente exigentes en la enseñanza, la felicitaron siempre por su actuación y por su arte para sembrar en aquellas almas tiernas la Fe cristiana. Muchos de aquellos niños, hoy caballeros cristianos y ejemplarísimos, al visitar más tarde su antigua Escuela, y hablar con las Hermanas que sustituyeron a Sor Carrascosa, la dedicaban siempre un recuerdo y se gloriaban de haber sido sus discípulos.
El Presidente de la institución de las Escuelas Católicas de la calle de Enrique Granados, Mosén Edualdo Serra, y el Capellán y Director de la Casa, que cuando en los comienzos de la EDITORIAL BALMES, escribían ellos sus obras en catalán, era Son Concepción su mejor cooperadora traduciéndolas al castellano, labor a que se entregaba con entusiasmo, pues veía en ello un medio de fomentar la piedad y proporcionar al público en general, pero especialmente a la juventud, lecturas amenas y cristianas. Los dos santos sacerdotes mencionados, la consideraban, según propia confesión, como «cofundadora» de la citada Editorial, hoy una de las mejores e Cataluña.
En el año 1943 se celebraron las Bodas de Oro de la fundación de las Escuelas. Fue invitada Sor Concepción. Con este motivo, renovó aquellas recuerdos que tan íntima y amorosamente conservó toda su vida por aquella Casa. Aquel, su viaje a Barcelona, fue un acontecimiento para sus alumnos y alumnas, que le prodigaron las más sinceras muestras de su agradecimiento. Por su parte, Sor Concepción disfrutó días felices, de esos sin nubes que de vez en cuando nos da el Señor para que podamos entrever lo que nos aguarda si le somos fieles…
Cuando más entregada estaba a su tarea, le pide la Obediencia un doble sacrificio: el destino y la aceptación del cargo, y pasa como Hermana Sirviente al Asilo de Nuestra Señora de los Desamparados de Carcagente (Valencia). Su estancia en aquel bello rincón valenciano debió ser muy breve, ya que pronto fue destinada a las Escuelas del Círculo Católico de Obreros de Burgos, con el mismo cargo de Superiora. De este Centro se la oía hablar con encomio bastantes veces. Pero refractaria por temperamento a ostentar cargo alguno, debió exponer sus razones a los Superiores con tanta prudencia, mesura y acierto, que aquéllos, accediendo a sus deseos, le quitan la cruz del cargo, y va destinada a la entonces Casa Central de la Calle de Jesús, donde estuvo un poco de tiempo en Secretaría, pasando después al Economato, su destino definitivo, donde trabajó con intensidad y acierto hasta que la enfermedad se lo impidió.
No hay una sola discrepancia en el concepto que de ella tuvieron las diferentes Hermanas que se fueron sucediendo en el cargo de Ecónoma, y con las cuales trabajó. Algunas, más jóvenes que ella, y sin elementos ni motivos para conocer de momento el oficio tan a fondo como ella lo conocía, siempre se mostró con todas respetuosa y sumisa. Velaba por los intereses de la Comunidad con exquisita delicadeza. Su espíritu de Pobreza y su austero concepto de esta virtud eran tan manifiestos que en alguna ocasión hasta sirvió de inocente comentario. Un día estaba la Comunidad en la recreación. Una Hermana escribía, con su estilográfica, algún apunte. Sor Carrascosa comentó: «yo ni quiero ni necesito estilográfica, me basta con la pluma del oficio». En aquel momento, entra una Hermana de la Portería con un papel que Sor Carrascosa había de firmar. Se dirige a la Hermana de los apuntes y le pide la estilográfica. Con cariñosa picardía le dice la interpelada: «Pero bueno, ¿es que no quiere tener estilográfica o es que no quiere usted molestarse en tener estilográfica?». Una cascada de risas amenizó la ocurrencia. En asuntos de Pobreza era, si así puede decirse, exagerada; llegó a veces incluso a alarde un poco fuera de órbita, aunque siempre dentro de la verdad. Porque su alarde no provenía de vanidad, sino de una convicción honda, aunque quizá inicialmente desenfocada. La honradez no excluye el error, que es cosa humana, sino que implica la fidelidad a lo que se piensa, anhelando siempre pensar lo mejor. Lo que la honradez rechaza es la mistificación; ¡y ésta si que no tuvo nunca cabida en aquella alma recta por naturaleza, por convicción y por virtud!
Una especial providencia de Dios hizo que nuestra Cruzada de Liberación (que éste es el verdadero nombre de la lucha iniciada en España el 18 de julio de 1936) sorprendiera a Sor Carrascosa fuera de la zona roja. De haber estado en ella sólo Dios sabe cuál hubiera sido su suerte entre aquellos desgraciados sedientos de sangre y de dinero. Terminada la guerra comenzó a trabajar con ahinco en la recuperación de los bienes de la Comunidad, logrando su propósito. Y siguió en su oficio como si nada de particular hubiese hecho; con su paz imperturbable, su porte digno y siempre acogedor, con esa decidida repugnancia de las mentes claras y los espíritus selectos a todo lo que tiene visos de empaque y pedantería.
Un día, al subir al oficio, tuvo una caída fatal, por cuya causa fué precisa una inmediata intervención quirúrgica. Sin embargo, aquella fuerte naturaleza que se ocultaba en un cuerpo diminuto y, al parecer, débil, logró rehacerse, si bien sólo parcialmente. Ayudada de su bastón, andaba por la enfermería, y a veces llegaba a la Capilla. Otra segunda caída, seguida de nueva operación, la recluyó definitivamente en la enfermería. Convencida y resignada se abrazó con la cruz, segura de que la cruz sirve de orientación en la oscuridad, de consuelo en la pena y de anestésico en el dolor. Arrancada, por así decir, al tiempo y a la realidad de este tiempo, nunca supo ni quiso saber nada de la vorágine en que hoy se vive. Muchas veces, cuando su estado lo permitía, las Hermanas de la enfermería la llevaban a la Capilla en un sillón de ruedas. Impresionaba verla durante horas enteras con los ojos fijos en el Sagrario y las manos juntas en actitud de adoración. Con frecuencia nos preguntábamos: «¿Cómo no se cansará de estar así?» Al verla, se adquiría la persuasión de que todavía no se ha atrancado la puerta de esa habitación interior en que cada alma debe recogerse si quiere orar y unirse a Dios.
Poco a poco fué decayendo, hasta que ya fué imposible levantarla de la cama. Como conservaba toda su lucidez mental, recibía con agrado las visitas que le hacíamos, y siempre tenía a punto una anécdota o una frase edificante. Cuando alguna vez hablaba de sus achaques, su frase final, que pasó a ser estribillo, era ésta: «… En fin, Dios lo quiere…» Su memoria prodigiosa se mantuvo hasta casi el final de sus días; en ella estaban catalogados con precisión matemática fechas, datos, nombres, cifras, lugares… En cierta ocasión se trató en el Consejo de la Comunidad cierto asunto del que no se tenían los datos precisos para resolver acertadamente: Sor Carrascosa los facilitó desde su lecho de enferma con precisión admirable.
Como unos dos meses antes de su muerte, aquella lucidez comenzó a nublarse. El desvarío era pasajero, y siempre o casi siempre tenía relación con asuntos de su antiguo oficio del Economato o con asuntos piadosos.
Extenuada por fin hasta lo inverosímil expiró en la paz del Señor a las 3 de la tarde, con aquella paz que fue la característica de su vida toda; esa paz de la conciencia que es lo único que da valor al último número del último balance. Morir así es una forma de renacer.
Sus funerales fueron lo que deben ser: una profesión de fe en la resurrección. Para ella, como para cualquier cristiano que mucre en su fe, la muerte no es una caída, sino una apoteosis.
Sor CONSUELO GONZALEZ
Tomado de Anales españoles, 1970







