A sus treinta años había pasado muchos meses de crueles sufrimientos: cáncer, operación en el Sanatorio de la Milagrosa, bomba de cobalto, recaída, nuevo traslado a Madrid, diagnóstico final de metástasis y regreso a Oza muy pocos días antes de su muerte.
Pero lo importante en esta Hermana es la resignación, más aún, la alegría con que supo soportar tantos dolores físicos y morales. Cabe incluso pensar que había ofrecido voluntariamente su vida como víctima del Señor: «Dios Nuestro Señor acepta lo:, sacrificios y nos coge por la palabra», había dicho en el mismo momento de su segunda partida para Madrid a una Hermana que le deseaba buen viaje y pronto regreso.
Y en sus últimos instantes repetiría varias veces, besando el crucifijo y pensando en su angustioso estado: «Por las misiones, por el Concilio, por la Comunidad, por la Compañía, por lo que Tú ya sabes». Y después de la última comunión: «Jesús, como Tú en el Huerto de los Olivos: por los pescadores, por la perseverancia de los justos, por eso que Tú ya sabes».
Su muerte misma, en cambio, fue de una extraordinaria serenidad: «Dios se lo pague», dijo al padre que le daba la última absolución, e inmediatamente, sin un solo estremecimiento, entregó su alma al Señor. Eran las doce del día 16 de octubre de 1963.







