Sobre la «consagración» de la Hija de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Lloret, C.M., C.M. · Traductor: Víctor Landeras, C.M.. · Fuente: Segundo encuentro de animadores espirituales de las Hijas de la Caridad, Salamanca, Octubre-Noviembre de 1979, propiciado por el Secretario de la Comisión Mixta Española.
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Nuestro encuentro se sitúa en un momento muy impor­tante ya que estamos a unas semanas de la Asamblea Gene­ral de las Hijas de la Caridad. Más que nunca se plantea el problema que tanto nos preocupa desde que la Iglesia nos llamó a una «renovación apropiada»: la fidelidad.

Fidelidad a los orígenes de la Compañía: más allá de todo lo que los Fundadores dijeron e hicieron, hay que re­descubrir sus inspiraciones, sus intuiciones, sus intenciones fundamentales.

Fidelidad para hoy y para mañana pues todo eso hay y habrá que vivirlo con una atención y una disponibilidad siempre renovadas hacia las llamadas de los pobres, hacia las llamadas de la Iglesia, hacia los signos de los tiempos. Uno se acuerda de la famosa expresión de san Vicente: «Sois Hijas de la caridad, hay que ir allá».

La Asamblea General de 1974 pretendió ya estar muy atenta a todo lo que se estaba viviendo en la Compañía, en la Iglesia y en el mundo desde la Asamblea precedente. Habida cuenta de aquel encaminamiento en lo positivo y en lo negativo, retocó notablemente el texto de las Constitucio­nes, tratando de esclarecer más las dimensiones que hacen y harán siempre a la verdadera Hija de la Caridad. En la me­dida que la próxima Asamblea deba dar unas Constituciones llamadas «definitivas» —es decir, que nosotros ya no podremos modificar sin una intervención expresa de la Iglesia—ese texto deberá a fortiori expresar tan perfectamente como sea posible los elementos sin los cuales la Compañía ya no sería ella misma: aquí una vez más, el problema del «re­monte» forma cuerpo con el de la fidelidad de siempre y para siempre. En otros términos, es toda la cuestión de la identi­dad de la Compañía, y por vía de consecuencia, la de su «unidad» en el sentido más profundo de la palabra. Sin eso, en realidad, ya no sería ella misma, se fragmentaría en gru­pos o grupúsculos sin otro lazo entre ellos que el de una vaga referencia a los Fundadores y a los pobres.

Por eso nos encontramos mucho más, con esta Asam­blea, en la necesidad de cercar bien y discernir lo esencial de la vocación de las Hijas de la Caridad, de revalorizar y de situar mejor su «consagración» en lo que tiene de propio, así como su compromiso en el servicio de los pobres. Será preciso volver siempre a la explicitación fiel del «enteramen­te dadas a Dios para el servicio de los pobres» de san Vicen­te, así como de la primera frase de las Reglas Comunes: «Dios ha llamado y congregado a las Hijas de la Caridad para honrar a nuestro Señor Jesucristo como Fuente y Mode­lo de toda Caridad, contemplándole y sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres». Es, por lo de­más, en esta frase donde se inspiran las Constituciones de 1975 cuando dicen que «Las Hijas de la Caridad, en fideli­dad a su bautismo y en respuesta a una llamada divina, se consagran enteramente y en comunidad al servicio de Cristo en los pobres, sus hermanos, con un espíritu evangélico de humildad, de sencillez y de caridad».

Se ha querido por ahí valorar particularmente el cristo-centrismo del ideal y la vida de las Hijas de la Caridad, pero precisando mucho que Jesucristo es inseparable, para ellas, de los pobres a quienes han de servir y evangelizar con un amor sencillo y humilde: esto es lo que ordena, especifica y unifica su existencia y, en particular, da el verdadero sen­tido a su práctica de la castidad, de la pobreza y de la obediencia.

1. Una verdadera «Consagración»

De primero, debo decir que el término «consagración» no está exento de problemas, por tres razones:

Hay siempre una tendencia a asimilar «vida consagrada» y «vida religiosa», tanto en el lenguaje general del mundo y de la Iglesia como en el pensamiento de las Hijas de la Caridad mismas: algunas expresan por ahí su adhesión —completamente normal en sí misma— a los valores espi­rituales más profundos de su donación; temen, no siempre sin razón, lejos de ahí, una disminución en esos valores y una desafección al respecto. Históricamente, hay que recono­cer que la Compañía se ha comportado muchas veces de tal manera que las Hermanas han aparecido como «más re­ligiosas que las religiosas». Se pasó del «tener más virtud que las religiosas» de san Vicente al «ser y comportarse co­mo más religiosas que las religiosas». Las estructuras, únicas en su género, con que el Fundador había dotado a su familia espiritual para que guardara toda su flexibilidad, toda su creatividad, toda su movilidad en función de su ideal fue­ron, contrariamente, aprovechadas para «reglamentarla» de tal manera que no se viera ya verdaderamente en qué no era ella «religiosa». La falta de lógica era tanto más sorpren­dente cuanto que, gracias a Dios, la Compañía no cesó de afirmar su originalidad y de defenderla vigorosamente cada vez que esto pareció necesario.

Por otra parte, la «vida consagrada» es definida tradi­cionalmente como la profesión de los Consejos Evangélicos de Castidad, Pobreza y Obediencia. ¿No hay, aquí también, una asimilación a la Vida Religiosa propiamente dicha? Que una vida de pobreza, de castidad y de obediencia según el Evangelio sea parte integrante de toda «consagración», es indubitable: ¿no es ella la expresión de un don total? Que ella sea su «definición» en sentido estricto es otro asunto. ¿No es lo propio de la Vida Religiosa testimoniar lo Absolu­to del Reino por la profesión pública de sus «consejos evan­gélicos» y depender de una legislación eclesiástica que está enteramente centrada en un ideal así entendido? Para unas Hijas de la Caridad lo que está en el centro es Cristo en los pobres y los pobres en Cristo. Todo es vivido en función de esto, incluidas la pobreza, la castidad y la obediencia. Y si, para ellas, hay que hablar de «consejos evangélicos», será más bien como lo hicieron los Fundadores, en términos de humildad, sencillez y caridad; será más bien en referencia a las Bienaventuranzas y al capítulo XXV de san Mateo, en referencia a la Buena Nueva del Servicio y Reparto. Cuando se define toda la Vida Consagrada como la profesión de los «consejos evangélicos», la ambigüedad es doble e incluso triple: el término «profesión» ¿se refiere a los votos públicos o a una manera de vivir? Estos «consejos evangélicos» ¿están forzosamente en el «centro»? ¿No hay lugar para otros «con­sejos evangélicos», incluso si, en buena doctrina y en la práctica, se interfieren sus dominios? El término de «conse­jos» pide ser bien entendido.

Por fin, por ahí mismo llegamos al hecho de que no hay, en realidad, otra consagración, en rigor del término, que la del bautismo. Lo que llamamos «vida consagrada» consiste en vivir la consagración bautismal «con un título nuevo y particular», puesto aquí el acento en la plenitud, en la radi­calidad sobre todo, en función de un carisma que la Iglesia reconoce así como el estado de vida estable en el que todo esto se va a encarnar. Ciertos autores llegan incluso a decir que la «radicalidad» se inscribe en el programa de toda la vida bautismal. Tal afirmación, en mi humilde opinión, no deja de ser igualmente ambigua, y de correr el peligro de desnaturalizar lo que llamamos «Vida consagrada» o, al me­nos, de quitarle su significación y significado verdaderos. Es muy cierto que todo cristiano debe vivir su bautismo lo más plenamente posible y lo más perfectamente posible se­gún su estado de vida. Por otra parte, todo cristiano puede encontrarse un día en la obligación de optar en favor de Cristo si tal opción debiera entrar en conflicto con cualquier otra cosa, por válida que sea ella en sí misma. Es cierto que todo esto no es suficientemente recordado y que parece abrirse por ahí el camino a la tibieza en lugar de insistir a tiempo y a destiempo sobre las exigencias de una verdadera vida según el Evangelio. Pero ¿es preciso, sin embargo, ne­gar la existencia y la importancia, en la Iglesia, de lo que se ha designado con el término de «Vida Consagrada» hace tantos siglos? El Concilio Vaticano II ¿no ha mostrado el camino auténtico al reinscribirla en la consagración bautis­mal y al afirmar que unos cristianos son llamados a vivir ésta con un acento de radicalidad que les introduce en un «estatuto» particular?

En todo caso, lo que yo quisiera decir, a pesar de todos estos problemas que merecen consideración y tienen al me­nos la ventaja de obligarnos a más precisión, a más convic­ción, es que, justamente en la línea del bautismo, los «vicen­cianos» en cuanto tales no pueden dejar de aspirar ante todo a una intimidad lo más profunda posible con Jesucristo y a una identificación lo más radical posible con Jesucristo den­tro del espíritu de su familia espiritual. A este Cristo, cierta­mente, san Vicente le ve esencialmente como Evangelizador de los pobres que «pasa haciendo el bien». Y a este Cristo se trata de darse y de pertenecer sin reservas.

«La dicha de los cristianos, dice san Vicente en su con­ferencia del 5 de julio de 1640 a las Hijas de la Caridad, es permanecer siempre en el estado que les haga más agrada­bles a Dios de suerte que no haya en ello nada que le pueda desagradar. Dos clases de personas puede haber en tal esta­do: unas están en su casa y se dedican al cuidado de su familia y a la observancia de los mandamientos; las otras son aquéllas a las que Dios llama al estado de perfección, como los religiosos de todas las órdenes, e incluso a los que El pone en comunidades como las Hijas de la Caridad, las cuales, aunque no tengan por ahora votos, no dejan de estar en un estado de perfección si son verdaderas Hijas de la Caridad».

Lo que sigue es más conocido aún: «Para ser verdaderas Hijas de la Caridad hay que haber dejado todo: padre, ma­dre, bienes, aspiración al matrimonio».

Como acabamos de ver, tal presentación de la «Vida consagrada» no iría tal vez de por sí hoy. Por otra parte, es preciso que no quede la menor duda en cuanto al carácter apostólico y misionero de la Compañía: san Vicente —vol­veremos sobre ello— ha dado él mismo las precisiones re­queridas sobre este punto capital sin el cual recaeríamos en la distorsión que las Asambleas precedentes quisieron preci­samente conjurar un buen día en la vida de las Hermanas. Pero estas mismas Asambleas no quisieron menos reafirmar netamente que la Vida Consagrada es siempre y ante todo una vida con y para el Señor, una vida en la que Cristo está en el centro.

Queda, como lo recordó el Concilio en el Perfectae Ca­ritatis, que hay dos grandes líneas posibles: una vida en la que todo toma su significación y se organiza en referencia al Señor contemplado en Sí Mismo (vida contemplativa) y una vida en la que todo toma su significación y se organiza en referencia al Señor contemplado y vuelto a encontrar en la acción de su gracia y su Espíritu de Amor en el corazón y en la vida de los hombres donde El está presente y no cesa de actuar para santificarles y salvarles. Se hablará entonces —y es nuestro caso— de Vida Consagrada Activa o «Apos­tólica». Este último término tiene tal vez el inconveniente de dejar creer que la Vida Contemplativa no es «apostóli­ca» a su manera, cuando lo es incluso de una manera emi­nente. Pero tiene la ventaja, en relación con el término de «Vida Consagrada Activa» (que es, sin embargo, tradicional) de guardarnos del activismo, al recordarnos que la acción de la que se trata no es primeramente la nuestra sino la de Dios con la cual somos llamados a cooperar. Sólo El puede salvar, sólo El puede convertir, de donde se sigue para los «apóstoles» la exigencia de una profundísima vida espiritual y, en particular, de tiempos fuertes de contemplación para volver a encontrarse verdaderamente con la acción de Cristo.

Las Hijas de la Caridad, por su parte, tienen pues que «contemplar» (la expresión es de san Vicente en las Reglas Comunes) y volver a encontrarse el Señor en la acción de su gracia y de su amor en el corazón y en la vida de los pobres con los que El se identifica en cierta manera. Todo, para ellas, debe pues vivirse y organizarse en función de este ideal y según sus exigencias propias y auténticas.

Las Constituciones de la Asamblea General de 1968­-1969 decían ya, haciendo suyas expresiones conciliares: «Convencidas de que la acción apostólica y benéfica pertene­ce a la naturaleza misma de su Vida Consagrada, las Hijas de la Caridad miran el ejercicio de su apostolado como la expresión de su consagración al Señor y un medio privile­giado de encontrarle. Por la misma razón, están persuadidas de que su vida apostólica sólo es auténtica si está penetrada de contemplación y si se aplican de día en día a dejarse asir por Aquél a quien el Padre ha consagrado y enviado para llevar la Buena Nueva a los pobres».

Las Constituciones de 1975 dirían a su vez: «La vida de las Hijas de la Caridad es a la vez oración y servicio, con­sagración y servicio, vida fraterna y servicio. Su relación con Dios suscita y reanima sin cesar su compromiso apostólico de cara a los pobres, lo mismo que su servicio enriquece y nutre su contemplación».

II. Una consagración específica

Estas últimas expresiones nos permiten precisar una vez más el cristocentrismo de la vocación de la Hija de la Cari­dad. «Fuente y Modelo de toda Caridad», tal es Cristo que la interpela como tal, nos dice san Vicente, y la urge a pasar del amor afectivo al amor efectivo, «contemplándole y sir­viéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres».

Nuestra manera de seguir más de cerca a Cristo, la que nos especifica, es contemplarle y servirle en los pobres con un amor sencillo y humilde. Esta contemplación y este ser­vicio son, desde entonces, la finalidad que vivifica toda nuestra existencia y le da unidad y coherencia. Tal debe ser también el fondo inspirador de todas las Constituciones: nada, en efecto, dentro de la vida real de una Hija de la Caridad cuya regla son ellas, puede ni debe escapar a esta iluminación fundamental y primordial.

Así es reconocida esta originalidad de nuestra vocación que san Vicente mismo designa con la expresión tan precisa y feliz de «estado de Caridad». No hay mejor respuesta que dar a la Iglesia cuando nos pide que nos volvamos a definir. Lejos de minimizar por ahí cualquier exigencia que sea de toda Vida Consagrada y de la nuestra en particular, las situamos en su verdadero puesto y les damos su verdadera significación en nuestro don total al Señor. En el mismo sentido, san Vicente escribía a sor Juana Hardemont el 24 de noviembre de 1658 (dos años, pues, antes de su muerte) estas palabras a las cuales nos es absolutamente preciso re-referirnos porque son reveladoras y muy precisas:

«Oh Hermana, cuán consolada te verás a la hora de la muerte por haber consumido tu vida por el mismo motivo por el que Jesucristo dio la suya: es por la Caridad, es por Dios, es por los pobres. Y qué mayor acto de amor se puede hacer que darse uno mismo por entero de estado y de oficio para la salvación y alivio de los afligidos. He ahí toda nues­tra perfección».

Es, pues, ciertamente ese Cristo «Fuente y Modelo de toda Caridad» quien está en el centro de la vida de las Hermanas:

Es El a quien ellas quieren continuar e imitar como Adorador del Padre, Siervo fidelísimo de su designio de amor, Evangelizador de los pobres, tal cual se le revelan la lectura y la meditación asiduas de la Escritura y sobre todo del Evangelio. Ellas le contemplan, como san Vicente y santa Luisa, en el anonadamiento de la Encarnación redentora. Ellas le dejan continuar en sus personas su propia misión: así se aseguran de ir a los pobres con El y en su nombre.

Es a El a quien quieren contemplar y volver a encontrar en los pobres. Persuadidas de que Cristo, Unico Salvador, las precede siempre y de que su amor está trabajando en el corazón y en la vida de los pobres, ellas se aplican a volverle a encontrar para cooperar humilde y generosamente con El.

Ellas le contemplan maravilladas en los que son sus amos y de quienes ellas tienen tanto que aprender y que recibir.

Es El a quien ellas quieren servir en los pobres. Con una mirada de Fe, ellas ven a Cristo en los pobres y a los pobres en Cristo. Por eso la Caridad las urge justamente a pasar del amor afectivo al amor efectivo que no es otra cosa que «el servicio de los pobres emprendido con alegría, coraje, constancia y amor». Conscientes de la importancia que to­man hoy las dimensiones colectivas y sociales, ellas, con to­do, no perderán jamás de vista a la persona de los pobres en quienes vuelven a encontrar a los miembros y a los amigos de Cristo sufriente y humillado, y mantendrán el cuidado de una relación lo más directa posible con ellos. ¿No nacieron las Hijas de la Caridad de esta preocupación: restablecer el contacto directo entre el pobre y la Caridad de Jesucristo tomando el lugar de las «criadas» que las señoras enviaban junto a los pobres para los servicios más humildes, sirvién­doles así en cierta manera «por personas interpuestas».

Es ese Cristo a quien ellas quieren anunciar y revelar a los pobres. Llamadas a un servicio apostólico y misionero harán presente el Señor a los pobres. El amor de Caridad es el testimonio evangélico por excelencia y su misión es esen­cialmente una misión de amor. Ellas tendrán, pues el cuidado primordial de «hacer conocer a Dios a los pobres, de anun­ciarles a Jesucristo, de decirles que el Reino de los Cielos es­tá próximo y que es para los pobres». Ellas les revelarán a Jesucristo «por la palabra y por los actos» ya que «es lo más perfecto».

No es menos importante añadir que este servicio de Cris­to en los pobres debe hacerse con espíritu de humildad, sen­cillez y caridad del que san Vicente dice ser «el alma de la Compañía». Esta expresión no debe sobre todo permanecer abstracta. Ciertamente la palabra «espíritu» tiene abundan­cia de significaciones en boca de san Vicente (el P. Dodin habla de 27, ¡creo yo!), pero, aquí, no hay duda de que debe ponerse en relación con el Espíritu Santo mismo. Se trata de la manera como ha actuado el Espíritu Santo en nuestros Fundadores (y esto está en el corazón de su «caris­ma») y cómo continúa El actuando en nosotros. El, que dis­tribuye sus dones múltiples según su beneplácito para la edi­ficación del Cuerpo de Cristo, ¿cómo no había de actuar en el corazón de las Hijas de la Caridad para inspirarles ese amor sencillo y humilde que es El mismo y que les permitirá vivir auténticamente su vocación de siervas de los pobres?

Así mismo san Vicente no teme decir: «Es preciso saber, mis queridas Hermanas, que el espíritu de vuestra Compañía consiste en tres cosas: amar a nuestro Señor y servirle en espíritu de humildad y de sencillez. Mientras la caridad, la humildad y la sencillez estén entre vosotras, se podrá decir: la Compañía de la Caridad vive todavía».

He aquí, pues —repitámoslo— el alma que hace vivir al cuerpo y coordina a todos sus miembros. Y no sin razón vio así san Vicente las cosas. Las Hijas de la Caridad no pro­fundizarán jamás suficientemente en este punto. Ellas gusta­rán de encontrar en Cristo esas mismas disposiciones. Ellas se aplicarán a traducirlas en sus comportamientos interiores y exteriores, ajustándose así a los pobres.

Es ciertamente el espíritu de las «siervas» en el sentido evangélico de la palabra, a la manera como Cristo se hizo «Siervo» por excelencia. Este sentido lo encontramos, ade­más, en las actitudes misioneras requeridas por el Vatica­no II: atención, proximidad, reparto, marcha con… También ese corazón de pobre será el que nos permitirá enjuiciarnos y aceptar que sean enjuiciadas nuestras maneras personales y comunitarias de ser y de actuar. Ese espíritu será el que nos enseñará a echar sobre los demás una nueva mirada, a aceptar todas nuestras clases de limitaciones.

III. Castidad, pobreza, obediencia

Cuando la consagración de la Hija de la Caridad ha sido comprendida así en su carácter específico, se puede más fá­cilmente situar en ella los Consejos Evangélicos de castidad, pobreza y obediencia.

A ellos se refería san Vicente cuando decía que hay que usar los mismos medios que usó Jesucristo y defenderse con las mismas armas que El. La pertenencia radical al Señor, a nivel del tener, a nivel del ser y a nivel del actuar, ha en­contrado aquí tradicionalmente —lo hemos visto— su ex­presión favorita. También «las Hijas de la Caridad, para ser­vir a Cristo en los pobres, se comprometen a vivir su con­sagración bautismal por la práctica de los Consejos Evan­gélicos de castidad, pobreza y obediencia. El servicio es la expresión de su consagración a Dios en la Compañía y le da su sentido pleno».

Más aún, «para seguir a Cristo más de cerca y para continuar su misión, las Hijas de la Caridad escogen vivir total y radicalmente los Consejos Evangélicos de castidad, de pobreza y de obediencia, que las hacen disponibles para la finalidad de su Compañía: el servicio de Cristo en los pobres».

Se ve por ahí, una vez más, que hay un compromiso pro­piamente vicenciano, ese «estado de Caridad» ya mencio­nado; es, para una hija de la Caridad, la manera específica de vivir su consagración bautismal con un acento de pleni­tud y de radicalidad: enteramente dada a Dios para servirle en los pobres dentro de la Compañía y según su espíritu, según la regla de vida.

Pero se comprende fácilmente que esto implica una vida según los Consejos Evangélicos y, por el mismo hecho, con­fiere a esta vida una coloración particular. Será la castidad, la pobreza, la obediencia de una hija de la Caridad, que le permite vivir mejor aún, vivir plenamente su don total al Señor en una línea específica como es la suya. Tan es así que san Vicente precisa que esto es requisito de las Herma­nas desde el instante en que ellas entran en la Compañía.

«Se podría pensar —dice él como ejemplo— que sólo aquellas que han hecho los votos están obligadas a la prác­tica de la pobreza. Pero es preciso saber, Hermanas mías, que estáis obligadas a ello todas, las que han hecho los votos y las que no los han hecho, porque las que vienen a la Compañía tienen o deben tener intención de servir a Dios y, para esto, Hermanas mías, es necesario que todas las hijas de la Caridad estén desasidas de todas las cosas para ser semejantes a su Esposo.

—Señor, no dudamos de que las que han hecho los votos estén obligadas a guardar esta regla, pero, ¿están las otras igualmente obligadas?

—Sí, Hermanas mías, tanto que se les propuso esto an­tes de recibirlas; vosotras lo quisisteis y prometisteis ha­cerlo».

Estos Consejos Evangélicos deben pues ser presentados, comprendidos y vividos como una identificación siempre ma­yor con Jesucristo como Evangelizador de los pobres, como «Siervo», y como una disposición de servirle aún mejor en los pobres, como una expresión evangélica de este servicio.

«La pobreza esencial es la del corazón: es la primera de las Bienaventuranzas. Ella permite aceptar en paz las con­tradicciones, los fracasos, las limitaciones personales y las de los demás. La pobreza del corazón, acogida del Espíritu, abre al amor de todos e incita a las Hijas de la Caridad a poner al servicio de los hermanos su persona, sus talentos, su tiempo, su trabajo, lo mismo que los bienes materiales que consideren como patrimonio de los pobres».

Así se expresan las Constituciones de 1975 que dicen además en relación a la castidad: «Las Hijas de la Caridad viven en el agradecimiento y la alegría, la castidad que libe­ra su corazón y lo ensanchan con las dimensiones del Cora­zón de Cristo, fuente y modelo de toda caridad».

Y también: «La autoridad y la obediencia comprometen a las Hijas de la Caridad a buscar y a aceptar, humilde y lealmente, la voluntad de Dios manifestada a la Compañía por el clamor de los pobres, las llamadas de la Iglesia y los signos de los tiempos».

En cuanto a los votos, sabemos que ellos vienen a con­firmar y reforzar con su carácter propio este mismo com­promiso vicenciano. Por eso su renovación anual, lejos de contradecir el compromiso de las Hermanas por siempre para con la Compañía y la fidelidad que debe derivar del mismo, les permite intensificar su amor por una vocación a la que, desde el comienzo, ellas desean y deben permanecer fieles toda su vida.

Las Hijas de la Caridad han contado siempre sus «años de vocación» a partir de su entrada en la Compañía. La emi­sión de los votos por primera vez es una de las condiciones requeridas para el pleno ejercicio de los derechos y de los deberes que les corresponden y, a partir de ese momento, los votos son exigidos para vivir dentro de la Compañía y para permanecer en ella. Pero es preciso ver ahí esencialmente una exigencia espiritual, como lo expresó bien santa Luisa. Es el coronamiento de una consagración que quiere ir, por amor, hasta las extremas exigencias del don total.

Discusión

De la discusión que siguió, retuve algunos puntos:

1. ¿Cómo es que el «servicio» de las Hijas es «signo» pues­to que se nos dice que la Vida Consagrada es «signo» en la Iglesia?

Todo, dentro de su vida, debe estar en función del prin­cipio: enteramente dadas a Dios para el servicio de los pobres; es un servicio de Jesucristo en los pobres con el espíritu de la Compañía.

La «consagración» es una manera de vivir el bautismo (véase más adelante): es ciertamente lo que san Vicente quiere expresar con su «enteramente dadas a Dios».

En concreto, hay que aceptar vivir la tensión vicencia­na entre los aspectos «religiosos» y «el compromiso» como tal, con todas sus exigencias. Sería muy impor­tante, a este respecto, volver a lo que Pablo VI dijo a las Hermanas con ocasión de la Asamblea del 68-69. Esto se encarnará en formas diversas y hay que aceptar también este pluralismo dentro de la decisión de vivir el ideal vicenciano de tal o tal manera concreta.

En cuanto al hábito, no aparece por primera vez en un documento de la Iglesia, como muchas otras cosas, hasta las Constituciones de 1954. Aún hay que precisar que tales Constituciones, contrariamente a las de los Sacer­dotes de la Misión, no llevan la aprobación del Papa sino solamente la de la Sagrada Congregación de Reli­giosos. De todas formas, hay que dejar de lado 1954 ya que se nos pide remontar a las fuentes.

2. ¿Vida Consagrada y consagración bautismal?

El documento «Mutuae Relationes» dice que la Vida Consagrada nos hace vivir el bautismo «novo et pecu­fiari titulo», «con un título nuevo y peculiar». No se trata de una nueva consagración, de otra consagración.

La consagración bautismal es de orden «entitativo»: al­canza nuestro ser mismo. La consagración religiosa y las otras formas de Vida Consagrada son una respuesta a una llamada a vivir esa «entidad» con un título nuevo y específico.

Hay diversas maneras de vivir el Bautismo y, más par­ticularmente, su aspecto de «radicalidad»: se trata de un estado de vida estable reconocido por la Iglesia, y éste es de orden «cualitativo», de orden «modal».

— Los Consejos Evangélicos de castidad, pobreza y obe­diencia son una formulación teológica a partir de la Alta Edad Media. ¿Es la sola posible? Es cierto que la vida según esos «consejos» es necesaria bajo una u otra forma para que haya «vida consagrada», pero ¿cuáles son exactamente el alcance y extensión de tales nociones? El Concilio ratificó esta formulación desde un punto de vista «histórico» y no pretendió absoluti­zarla como tal con exclusión de toda otra. Los «Conse­jos Evangélicos» son múltiples en realidad. Y la palabra misma de «consejo» es discutible.

En lo concerniente a las Hijas de la Caridad, la castidad, pobreza y obediencia les permite estar más disponibles para su consagración propiamente vicenciana («el servi­cio de los pobres debe ser preferido a todo»). Ellas están disponibles en castidad, pobreza y obediencia para el fin propio de su Compañía. San Vicente compara estas virtudes a unas «armas», aquéllas mismas de las que nuestro Señor se sirvió.

Al contrario, san Vicente llega hasta decir, en su con­ferencia del 14 de febrero de 1659, que todos los Con­sejos Evangélicos no convienen por igual al estado de hija de la Caridad. Esto es comparable al capítulo II de las Reglas Comunes de los Sacerdotes de la Misión don­de san Vicente describe nuestro espíritu evangélico pro­pio sin referencia ninguna a la castidad, a la pobreza y a la obediencia de las que habla en otros capítulos.

Los postulados de las Hermanas para la Asamblea Ge­neral presentan tres corrientes al respecto:

a) Una insistencia sobre la consagración en el sentido tradicional de la palabra. Es verdad que la presentación del cuestionario se presta a ello al tener cuenta de lo positivo, de lo negativo, etc…, lo que llevó a las Hermanas que eran de tal mentalidad a insistir sobre este punto.

b) Una insistencia sobre el servicio como consagración.

c) En todo caso una visión más neta sobre la natura­leza de los votos en la Compañía.

En su homilía del 15 de agosto en la Casa Madre, el P. Jamet tuvo una feliz expresión sobre este particular.

Sería importante hablar más bien de «vida apostólica» explicando bien que nosotros «consagramos» nuestra vi­da a juntarnos a la acción de Dios en la vida de los pobres. Hay que insistir sobre el aspecto evangelizador de todo servicio de hija de la Caridad, lo que no impide que se le pueda dar su preferencia a una evangelización más directa (catequesis, por ejemplo) o buscar y dedicar otros momentos a esa evangelización más directa.

3. ¿Cómo hay que ver el «estatuto» de las Hijas de la Caridad en la Iglesia?

La Iglesia les ha pedido volver a definirse. Ellas no ha­cen más que explicitar lo que fue siempre vivido o, por lo menos, lo que fue afirmado siempre desde los orígenes.

Pero hay que reconocer que, al menos por el momento, no se les ofrece nada verdaderamente satisfactorio para situarse. Hay en ello una especie de contradicción, tanto más que parece se les quiere imponer a la fuerza un «lugar» que no tiene verdaderamente en cuenta la ori­ginalidad de su Compañía.

— Se plantea aquí el problema práctico de las relaciones de las Hermanas con las religiosas y de su participación en todo lo que se hace y se escribe para estas últimas. Hay que guardarse de favorecer sea en lo que sea las «confusiones» y las «ambigüedades» (de parte de los sacerdotes y obispos especialmente). Hay que distinguir bien los aspectos profesionales o incluso pastorales de los aspectos propiamente espirituales: estos últimos de­ben ser esclarecidos y precisados, tanto para Vida Con­sagrada en general como para la originalidad de la Com­pañía en particular. En ciertas circunstancias, las Her­manas y nosotros mismos no debemos temer tomar «ac­titudes» que obliguen a reconocer esta originalidad o a interrogarse sobre ella, tanto más cuanto que hay do­minios, como el Pastoral, donde no se pueden evitar interferencias en la práctica. Sobre ciertos puntos, el documento «Mutuae Relationes» es claro; sobre otros, es muy poco esclarecedor (afirmaciones de principio) y sobre todo cuando están en juego unas personas en si­tuaciones concretas y complejas. Deseamos tener unos criterios más precisos, en particular para lograr una línea de conducta lo más común posible.

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