SERVIR A LOS POBRES ES IR A DIOS (VII)
LAS HIJAS DE LA CARIDAD: ENTREGADAS A CRISTO PARA SERVIR A LOS POBRES
LA HIPÓTESIS
Comenzaremos por una tautología. Si el derecho eclesial define como religioso a todo grupo que practica los consejos evangélicos, todo grupo que practica los consejos evangélicos será por definición religioso. La conciencia que un grupo dado tenga de sí mismo, aunque haya sido fuertemente divergente en sus comienzos, acabará a la larga acomodándose a la definición jurídica. Hay en todo derecho, también en el eclesial, un elemento de constreñimiento que acaba normalmente imponiéndose a la realidad social original y la modifica a su imagen. Esto puede suceder aun en el caso de una escasa racionalidad de la norma, si la fuerza detrás del derecho es suficientemente poderosa. Sit pro ratione voluntas. Sólo una cosa puede romper en la Iglesia el imperio de la voluntad: el Espíritu, que sopla donde quiere y como quiere, y al que todo en la Iglesia, también el derecho, debe acomodarse si pretende mantener su legitimidad.
Este trabajo se basa en la hipótesis siguiente: las Hijas de la Caridad fueron fundadas como un grupo de mujeres seglares (en latín: saeculares, laicae; negativamente: no religiosas, en ninguno de los sentidos que la palabra «religiosas» tenía cuando fueron fundadas), que se consagraban a Dios y vivían los consejos evangélicos sin dejar por ello su original carácter seglar. Todo ello por declaración expresa y repetida muchas veces por los fundadores, por los dos, Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, que creían responder así a un movimiento del Espíritu en la Iglesia y en el mundo. Posteriormente la idea original se fue difuminando, en parte por confusión interior al mismo grupo, en parte por presión del derecho eclesial. Finalmente, y sin duda por una nueva influencia del Espíritu, este grupo ha vuelto a reencontrar en el texto de sus Constituciones actuales su verdadera definición original.
Esta es la hipótesis, y a su luz vamos a leer el texto de las Constituciones de la Hijas de la Caridad en lo que se refiere a su consagración y a su práctica de los consejos evangélicos.
EL ESTADO DE LA CUESTIÓN
La palabra «consagración» ha resultado ser la privilegiada entre una serie de sinónimos que quieren significar la actitud radical de sometimiento voluntario a Dios, fin de toda vida humana, también de toda vida cristiana: inmolación, sacrificio, don total de la vida a Dios. En el uso preconciliar la palabra consagración y sus derivados eran de hecho monopolizados por el submundo eclesial de los religiosos, el de los clérigos ordenados, y de algunas materias sacramentales: óleos, pan, vino. Pero no se hablaba, por ejemplo, de consagración bautismal o matrimonial.
Las cosas han cambiado notablemente después del concilio Vaticano II, y sin duda por influencia deliberada de éste, quien declaró en Perfectae caritatis, 5, que toda consagración religiosa «radica íntimamente en la consagración del bautismo Al decir esto se relativiza de un solo golpe toda consagración especializada dentro de la Iglesia: sólo vale en cuanto encuentra sus raíces en la original e indestructible consagración bautismal y en cuanto «la expresa con mayor plenitud» (ibid.). A partir de aquí ya no tiene sentido el referirse a la consagración religiosa , según se había hecho en la teología desde los tiempos de la escolástica clásica, como a un «segundo bautismo» que incluso perdona, como el primero, los pecados, y que constituye al que lo recibe en una clase especial (y superior) dentro de la Iglesia,
Por contraste con esta visión teológico-canónica, en la perspectiva conciliar la vida consagrada religiosa es ciertamente una manera muy adecuada de vivir en plenitud la consagración original del bautismo. Pero hay sin duda otras que también lo son. Por ejemplo, la de las Hijas de la Caridad.
La consagración-inmolación-entrega-don de la vida a Dios en el cristianismo se encarna de hecho y se configura como seguimiento-imitación de Jesucristo. De esto no sabe nada el piadoso judío, el mahometano o el hinduista, pero para el cristiano es lo decisivo. En el seguimiento-imitación de Jesucristo se encuentra el único camino posible para entregarse-consagrarse a Dios.
Fue el deseo de puro seguimiento de Jesucristo, y no otra cosa, lo que empujó a los primeros anacoretas y cenobitas al desierto. Este movimiento no pretende constituirse en aristocracia dentro de la Iglesia; ni siquiera pretende ser «una novedad; sí que lo es la vida acomodada a este mundo de la gran mayoría de los cristianos en el momento en el que cesan las persecuciones. Los monjes, por su parte, no hacen más que guardar, en medio de unas circunstancias que han cambiado, el ideal intacto de la vida cristiana de los primeros tiempos.
Una expresión que recorre durante muchos siglos la literatura monacal y la de los canónigos regulares refleja muy bien esta idea: adoptan una forma de vida denominada «vita apostolica » que se refiere expresamente al estilo de vida de los cristianos de la generación apostólica tal como se presenta idealizada en los Hechos de los Apóstoles (2,42-46;4,32-35). Tampoco san Benito, el patriarca de la vida monástica en Occidente, pretende otra cosa al fundar sus monasterios que crear un espacio en el que el seguimiento de Cristo sea posible, en el que sea posible ser cristiano de verdad. Su monasterio no es más que una «dominici schola servitii», una escuela en la que se aprende a seguir-servir al Señor.
Así empezaron las cosas, pero cambiaron profundamente con el tiempo. No vamos a describir aquí los detaIles de una evolución histórica, canónica y teológica muy compleja. Esta encontró su condensación oficial más reciente en el canon 497 del Código de Derecho Canónico de 1917, que parece reservar la práctica de los consejos evangélicos (o sea, la imitación plena de Cristo) a cristianos «especializados» que además monopolizan el calificativo de «religiosos». Este calificativo no se aplica a los «simples» fieles, quienes por definición no se encuentran en un estado totalmente satisfactorio de seguimiento de Cristo, pues sólo de los religiosos se dice que están en un estado de perfección, o sea, un estado en el que el seguimiento perfecto de Cristo es posible. Ahora bien, lo que caracteriza el estado de perfección es la práctica de los consejos evangélicos. De ahí la tautología inicial. Así es si así lo define el derecho, aunque un grupo dado que practica los consejos evangélicos no quiera en manera alguna ser contado entre los religiosos, como de las Hijas de la Caridad dicen con total claridad los fundadores.
He aquí la diferencia fundamental: el religioso se consagra a Dios por la profesión de los consejos evangélicos (por los votos); la hija de la caridad se consagra a Dios por la entrega de su vida al servicio de los pobres. Y esta diferencia no cambia en nada aunque el religioso, además de a vivir su consagración (sus votos), se dedique a obras de apostolado, y la hija de la caridad practique (aunque no haga profesión de) los consejos evangélicos como exigencia de su consagración al servicio de los pobres. La diferencia está en la base misma de sus consagraciones respectivas, y las dos no tienen nada en común, si dejamos de lado la raíz última de ambas consagraciones, que es el bautismo. Pero ésta es la raíz última común a todos los estados de vida cristiana dentro de la Iglesia.
Las hijas de la caridad no son, ya se advirtió arriba, religiosas en ninguno de los sentidos que la palabra tenía en tiempo de los fundadores, y no le debieran ser en ninguno de los sentidos modernos de la expresión. Su consagración peculiar no cambia ni añade nada a su consagración radical bautismal, aunque sí la especifica como uno entre los muchos caminos que el Espíritu reparte con libertad en la Iglesia para concretar los varios modos posibles de seguimiento de Cristo.
LA DEFINICIÓN DE LA CONSAGRACIÓN DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD
«Las hijas de la caridad, fieles a su bautismo y en respuesta a un llamamiento divino, se consagran por entero y en comunidad al servicio de Cristo en los pobres, sus hermanos, con un espíritu evangélico de humildad, sencillez y caridad » (Const. 1.4).
Esta formulación nos parece insuperable desde el punto de vista de la fidelidad a los fundadores. La consagración propia de las hijas de la caridad
- brota de las exigencias de su bautismo, o sea, de exigencias cristianas generales;
- es una respuesta a una llamada de Dios específica, o sea, particular, pero cuyo contenido (servir a Cristo en los pobres) se encuentra dentro de las exigencias generales cristianas, y no al margen, o más allá, o por encima de ellas;
- su consagración es entrega total de la persona a Cristo, lo cual es ya una exigencia del bautismo;
- esta consagración se manifiesta, se encarna, toma cuerpo, se define, se especifica como dedicación exclusiva al servicio de los pobres, servicio que es también una exigencia general de las enseñanzas de Jesucristo;
- la consagración personal de cada una se da, se expresa y se comparte, a una con otras, en una forma de vida que quiere reproducir el estilo comunitario (comunidad de bienes, de oración, de entrega al apostolado) de «vita apostolica» del colegio apostólico y de las primeras comunidades cristianas, y esto precisamente como exigido por su dedicación-consagración para el servicio de los pobres;
- todo ello en un estilo de vida en el que deben brillar como características la sencillez, la humildad, la caridad, que no son más que tres virtudes cristianas generales, pero elegidas precisamente como necesarias para el cumplimiento de su consagración-entrega al servicio de los pobres.
Esta formulación define suficientemente la consagración propia de las hijas de la caridad. Todo brota en ella del hecho bautismal; todos sus elementos están contenidos entre las exigencias de ese hecho. Lo que especifica, lo que distingue a esta consagración no son los elementos que la componen, sino la elección de algunos elementos generales cristianos y su conjunción para caracterizar un estilo de vida dentro de la vocación general cristiana.
La hija de la caridad no es más que una cristiana que quiere vivir su cristianismo en serio. Para ello selecciona, en respuesta a una llamada de Dios, algunos elementos contenidos en la vocación general, hace de ellos el fundamento de su propia experiencia cristiana y lee a su luz la figura y las enseñanzas de Jesucristo. Jesucristo es para todo cristiano el Verbo por el que todo fue hecho, el Hijo de Dios, el Redentor, el que murió por nuestros pecados, el resucitado que envía a sus apóstoles, la Cabeza de la Iglesia, el Alfa y el Omega de la historia humana; es todo eso a la vez y sin fisuras. La hija de la caridad, pues es cristiana, acepta todo eso con fe viva. Pero en su visión peculiar de Cristo ve todos esos aspectos de su Salvador y Señor a la luz de otro aspecto cristiano también fundamental: Jesucristo es el evangelizador de los pobres. A imitarle como tal se consagra la hija de la caridad. Al hacerlo, no hace más que responder a una exigencia fundamental de su bautismo.
LOS CONSEJOS EVANGÉLICOS EN LA CONSAGRACIÓN DE LA HIJA DE LA CARIDAD
«Para servir a Cristo en los pobres, las hijas de la caridad se comprometen a vivir su. consagración bautismal por la práctica de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia » (2.4),
Se dice «práctica de los consejos» y no «profesión de los consejos», pues aunque las hijas de la caridad viven los consejos evangélicos, no hacen profesión de ellos. La profesión de los consejos evangélicos, recordemos, es la característica decisiva de la vida religiosa. La profesión de las hijas de la caridad es entrega al servicio de los pobres.
Esta práctica de los consejos se ordena a facilitar el cumplimiento de su consagración a Cristo para servir a los pobres: «Para servir a Cristo en los pobres…». Esta manera de definir el lugar de los consejos evangélicos en la vida de las hijas de la caridad es sin duda netamente vicenciana. Tal vez sorprenda a alguno la advertencia de que también en la perspectiva teológica de santo Tomás de Aquino la práctica de los consejos evangélicos no tiene tampoco un valor en sí. Si se quita a los dos adjetivos todo sabor mecanicista, no habría inconveniente, según la perspectiva de santo Tomás, en calificar a los consejos de «funcionales» o «instrumentales», pues se ordenan a facilitar el cumplimiento de la caridad: «Consilia sunt quaedam instrumenta perveniendi ad perfectionem «. La perfección consiste por cierto para santo Tomás no en la guarda de los consejos, sino de los preceptos, pues estos incluyen el de la caridad». Para san Vicente las hijas de la caridad se encuentran no en un «estado de perfección», pues esta expresión se reserva para los que hacen profesión de los consejos evangélicos (para los que hacen votos públicos), y ellas no «profesan» tal cosa. Pero sí se encuentran en un «estado de caridad», expresión que él mismo se ha inventado como muy adecuada para describir el estado de misioneros y hermanas, que no son ni religiosos ni religiosas (XI 564).
Los números 2.6, 2.7 y 2.8 tratan con detalle los tres consejos evangélicos clásicos. En la descripción de los tres aparece claramente expresado el elemento de «funcionalidad» de su práctica en relación a la consagración propia de las hijas de la caridad: las hijas de la caridad deben y quieren ser castas, pobres y obedientes con vistas a su dedicación-consagración-entrega a Cristo para servir a los pobres, en la convicción de que sin una castidad, pobreza y obediencia vividas realmente, una dedicación total de la vida a ese servicio se hace imposible, como se comprobó con la experiencia de muchos de los miembros de las cofradías de la caridad.
Y así su castidad (2.6) «es una fuente extraordinaria de fecundidad espiritual «; la castidad «libera su corazón y lo ensancha a las dimensiones del corazón de Cristo, fuente y modelo de toda caridad».
La pobreza (2.7) es un «signo de su misión (de Cristo y de la hija de la caridad) en el Inundo «, e «impulsa a las hijas de la caridad a poner al servicio de sus hermanos su persona, talentos, tiempo, trabajo, lo mismo que los bienes materiales, que consideran conto patrimonio de los desheredados’; «con el deseo de compartir la vida de los pobres, se esfuerzan por convertirse todos los días a la pobreza evangélica, tal y como la vivieron los fundadores .
En cuanto a la obediencia (2.8), «les lleva a una búsqueda en común de la voluntad de Dios, que se manifiesta a la compañía por el clamor de los pobres… .
Esto en cuanto a la motivación específica de la práctica de los tres consejos para las hijas de la caridad. Aparecen en los citados números otras muchas motivaciones que pudieran llamarse genéricas y no específicas, que valen para cualquier cristiano, religioso, clérigo o seglar que quiera practicar los tres consejos, y que valen ciertamente también para las hijas de la caridad. No hay ninguna inconsecuencia en ello, y es además inevitable, pues la consagración propia de las hijas de la caridad es una manera particular de vivir la consagración general cristiana y no se puede por eso mismo, ni se debe, evitar múltiples referencias a ella en sus diversos aspectos, incluyendo la práctica de los consejos evangélicos.
LOS VOTOS
“Muy pronto en la historia de la compañía. las hermanas expresaron el deseo de ratificar su entrega total a Dios por medio de los votos » (2.5; I .5).
Los votos pertenecen efectivamente a la práctica primitiva de la compañía de las Hijas de la Caridad. Aunque ciertas modalidades secundarias son posteriores al tiempo de los fundadores, el hecho fundamental de querer ratificar por medio de votos la consagración radical de la persona pertenece a los orígenes. Los votos vienen a confirmar, poner sello, dar fuerza, a una consagración que ya existe antes de hacer los votos, y que en todo caso es diferente de ellos.
Hay que insistir una vez más: ésta es la diferencia decisiva entre el peculiar espíritu de las hijas de la caridad y el espíritu religioso. El religioso se consagra a y en la profesión de los votos. La hija de la caridad se consagra a y en el servicio de los pobres. Los votos tienen pues en su vida un carácter «instrumental» del que ya hablamos antes también en relación a su práctica de los consejos evangélicos.
Los votos de las hijas de la caridad son cuatro. A los tres votos clásicos de la tradición religiosa se añade otro voto de servicio a los pobres que es en realidad el que da su sentido último a los otros tres. En otras palabras, la hija de la caridad hace votos de castidad, pobreza y obediencia en vistas a reforzar la práctica del voto de servicio a los pobres, que es el que de verdad define lo fundamental de su consagración.
A diferencia de los votos religiosos, que son perpetuos para expresar con ello la radicalidad de la consagración para toda la vida, los votos de las hijas de la caridad son anuales; es decir, se emiten para un año solo y se renuevan todos los años. Esta extraña, única en la Iglesia, y sin duda genial costumbre de renovar los votos (hacerlos de nuevo) «permite a las hermanas afianzar su voluntad de responder a la vocación, a la vez que garantiza la estabilidad de su servicio a Cristo en la compañía » (2.5). Los votos se hacen para trescientos sesenta y cinco días, y se vuelven a hacer una y otra vez para confirmar cada año la voluntad de su entrega libre. Pero esa voluntad de entrega-consagración debe ser perpetua, y se hace de una vez para siempre. No existe ni en la mente de los fundadores, ni en la larga historia de la compañía de las hijas de la caridad, ni en las constituciones actuales algo así como una llamada o vocación temporal a ser hija de la caridad.
CONCLUSIÓN
«Entregadas a Dios para el servicio de los pobres, las hijas de la caridad encuentran la unidad de su vida en esa finalidad. El servicio es para ellas la expresión de su consagración a Dios en la compañía, y comunica a esa consagración su pleno significado » (2.1)
Las hijas de la caridad son «mujeres solteras o viudas pertenecientes a la Iglesia Católica » (3.2), que expresan su consagración en el servicio de los pobres. Su vida es una vida compleja, como toda vida humana y cristiana. Pero todo en su vida (práctica de consejos, votos, oración, vida en común, formación, gobierno, trabajo, ascética, etc.) encuentra el punto de unidad en la entrega a Dios para el servicio de los pobres. A esto se entrega en cuerpo y alma como respuesta a una llamada de Dios a vivir de una manera específica y concreta la vocación cristiana común.
No hay en todo esto nada que deba motivar confusión entre la forma de vida de la hija de la caridad y cualquiera de las formas del estado religioso. No habrá confusión si las hijas de la caridad se atienen a la enseñanza precisa y constante de los dos fundadores, y tampoco si se atienen al texto de sus constituciones. Estas han sido fieles a la idea original.
La confusión puede venir de otras fuentes. Por ejemplo, del derecho eclesial, si éste no tuviera en cuenta todos los aspectos originales de la compañía y la constriñera a adoptar moldes e ideas de la vida religiosa. Esto sucedió a través de las mismas constituciones de las hijas de la caridad elaboradas antes del concilio Vaticano II, como respuesta a un mandato de acomodación de las constituciones a las normas del Código de Derecho Canónico de 1917.
La confusión puede venir también de la opinión pública, que muy a menudo considera a las hijas de la caridad monjas o religiosas en sentido estricto. Esto puede que sea en parte inevitable, y no debería preocupar con exceso mientras se deba a falta de información o de precisión en esa misma opinión. Pero debe preocupar cuando la confusión en la opinión pública esté provocada por las mismas interesadas. Eso sucederá, por citar un ejemplo aparentemente nimio, si ellas mismas se consideran monjas y se lo llaman unas a otras; o, por citar otro ejemplo no tan nimio, si insisten, como siguen haciéndolo las constituciones, en que el hábito es «uno de los signos de su entrega total a Dios (3.14), idea que tienen derecho a expresar así, si así lo desean, pero que no se encuentra ni por asomo en el pensamiento de san Vicente ni de santa Luisa. El hábito puede muy bien ser un signo «de su pertenencia a la compañía (ibid.), y no hay en esa afirmación nada que contradiga al espíritu y a la práctica primitiva. Pero que se vea en él uno de los signos de su consagración a Dios, puede que sea en la compañía una novedad que tiene tal vez más de un siglo de existencia, pero que ciertamente no se puede atribuir a ninguno de los dos fundadores.
Si no interpretamos mal su pensamiento, así como el espíritu genuino de las constituciones, el único signo de la consagración de las hijas de la caridad a Dios es el servicio efectivo a los pobres.
Finalmente, la confusión podría brotar de la misma compañía, y esto en el terreno de las configuraciones mentales y de las costumbres. La hija de la caridad que se sienta religiosa por efecto de una formación no del todo adecuada o por influencias interiores o exteriores a la misma comunidad, será en efecto religiosa aunque sus propios fundadores y sus constituciones le digan que no lo es y que no debe serlo. Si se siente tal, aceptará desde una óptica religiosa todo lo que entre en el campo de su experiencia espiritual. Por ejemplo, se sentirá atraída a retiros y cursillos convocados para religiosas en sentido estricto, olvidando o desconociendo la enseñanza repetida y clarísima de los fundadores; se sentirá atraída en el campo de la dirección de conciencia y de la piedad por ciertos estilos religiosos que no tienen nada que ver con su propio espíritu. El espíritu religioso es muy hermoso, es atractivo, es más perfecto que el de las hijas de la caridad, como repetía sin cesar san Vicente. Pero no es para ellas. Lo suyo es ser mujeres católicas solteras o viudas que en la compañía fundada por san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac se entregan a Cristo en comunidad para continuar su misión de redención de los pobres.
Jaime Corera
La Milagrosa







