Servicio y evangelización

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana, Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Autor: Florián KAPUSCIAK · Año publicación original: 1991 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1991.
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I – El mundo en tiempo de san Vicente de Paúl y el mundo de hoy

vicente_pobreLas Constituciones de ustedes hablan de una manera muy sencilla y muy clara de sus orígenes: «Atento a caminar al paso de la Providencia y dócil a la acción del Espíritu Santo, Vicente de Paúl descubre la miseria material y espiritual de su tiempo, y consagra su vida al servicio y a la evangelización de los pobres, a quienes llama «nuestros Amos y Señores»» (C. 1. 2).

Conocemos aquella miseria material y espiritual del tiempo de San Vicente. Desde su infancia, Vicente fue descubriendo progresivamente los diferentes rostros y las diferentes formas de aquella miseria: la pobreza de los campesinos, que se veían en la imposibilidad de atender a la educación de sus hijos; la esclavitud, las galeras, las víctimas de las guerras y de las intrigas políticas; los niños abandonados, los mendigos que mutilaban a los niños para inspirar compasión; el pueblo que se condenaba porque los pastores no estaban a la altura de su tarea. A las Hijas de la Caridad, les decía Vicente que se trataba a los pobres como a bestias, y que los niños abandonados eran más numerosos que los días del año.

¿Hace falta enumerar las miserias de nuestro tiempo? Nos las muestran todos los días en la televisión. Sentados con frecuencia de manera confortable en un sillón, vemos a los niños hambrientos de Etiopía, del Sudán, del Kurdistán, de Bangladesh, entre los cuales las personas encargadas de la distribución de víveres y medicamentos hacen a veces una selección entre los que todavía vale la pena salvar y los que parecen condenados sin solución. Diríase que las cifras parecen no tener ya importancia. Millares de hombres mueren como moscas. Hace seis años, un millón de personas murieron en Etiopía por causa del hambre. Durante la revolución cultural de China, quedaron eliminados unos veintiún millones de modestos campesinos y de personas que se oponían al partido. Según los expertos, las purgas estalinistas costaron aproximadamente cincuenta millones de vidas humanas. Hoy, se trata unas veces de las consecuencias de una catástrofe natural, otras, de conflictos armados, de cegueras ideológicas o raciales. Estas imágenes relegan a un segundo plano otras imágenes que se prestan menos a una manipulación de los medios de comunicación. Al reflexionar a veces sobre este escaparate de miserias, me pregunto si no reaccionamos con frecuencia como los espectadores de una obra de teatro. Lo que ocurre en el escenario puede conmover, emocionar, pero no nos compromete en el plano práctico. Al ver en la escena a una joven que se vuelve loca, a ningún espectador se le ocurre ir a llamar a un psiquiatra.

No quiero hablar hoy de las miserias que ya conocen por la televisión y los periódicos, sino de aquellas otras con las que se encuentran ustedes en su apostolado. Y situándonos a este nivel, no vamos a hablar de miserias, sino de personas concretas que se encuentran en una situación determinada y que buscan no sólo una solución, sino una relación.

La reflexión que yo quisiera hacer con ustedes hoy no ha de tener como finalidad elaborar nuevas estrategias o nuevos planes para la Compañía de las Hijas de la Caridad. No me considero capaz de ello y sería muy pretencioso por mi parte el señalar qué dirección debe tomar hoy la Compañía. Mi intención es mucho más modesta. Yo quisiera ver con ustedes qué actitud ha de ser la de una Hija de la Caridad, teniendo en cuenta su condición de bautizada, su situación de depositaria de una vocación específica, con relación a los Pobres con los que se encuentra en su apostolado.

II – La respuesta de san Vicente y nuestra respuesta

En mi ministerio, encuentro dos clases de personas que intentan dar una respuesta a la pobreza. Por una parte, están los teóricos de la evangelización, del desarrollo, de la caridad. Por otra, se hallan las personas que hacen lo posible por aportar soluciones prácticas y que, hasta cierto punto, comparten la condición de los pobres. Ya sabemos que existe alguna complementariedad entre estas dos formas de compromiso en favor de los pobres. La reflexión ha de alimentarse con la práctica de la caridad. Si San Vicente de Paúl llegó a ser de tal manera inventivo y creativo para aliviar la miseria de los pobres, se debe indudablemente a que logró unir la experiencia práctica a la reflexión. A todos aquellos, a todas aquellas que se han propuésto seguirle, Vicente propone dos objetivos: servicio y evangelización a los pobres.

III – Servicio y evangelización

Con el fin de comprender mejor estos dos objetivos, sería conveniente clarificar la noción de Servicio y la noción de Evangelización, así como la relación que existe entre ambas.

A. Servicio

¿Qué significan los términos servir, servicio, en el lenguaje bíblico? En la Biblia y sobre todo en el Nuevo Testamento, encontramos por lo menos tres palabras griegas para expresar los diferentes aspectos y las diferentes formas de servicio: «douleuo«, «latreua«, «diaconeuo«.

1. «Douleuo»

El Nuevo Testamento hace resaltar en primer lugar el Servicio que Dios hace al hombre. Dios ha enviado a su Hijo para servir a los hombres: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt. 20, 28). Ha enviado también sus mensajeros: «…para servicio en favor de los que han de heredar la salud» (Heb. 1, 14).

En la teología de San Pablo, este servicio de Dios a los hombres toma casi la forma de una esclavitud. Cristo se hace esclavo para liberarnos de la esclavitud del pecado.

2. «Latreuo»

Paralelamente a este servicio de Dios al hombre, que acabo de evocar, la Biblia nos habla del servicio que el hombre debe tributar a Dios mediante el culto. Este culto divino se presenta con frecuencia en oposición al de los falsos dioses, las divinidades, en oposición, por ejemplo, al culto de Mamón.

3. «Diaconeuo»

El servicio al prójimo. Esta forma de servicio la encontramos frecuentemente en los Sinópticos y en San Pablo. La palabra diakonía se repite treinta y cuatro veces en el Nuevo Testamento y significa, por ejemplo, «servir a la mesa» (Mt. 8, 15); «cuidar, tener cuidado de» (Mt. 27, 55); «servicio de los diácbnos» (1 Tm. 3, 10); «la expresión de la proclamación del Evangelio» (2 Cor. 3, 2).

Pablo y Pedro se consideran como los servidores de Jesús: «Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado al apostolado, elegido para predicar el Evangelio de Dios» (Rm. 1, 1). «…que los hombres vean en nosotros a los ministros de Cristo» (1 Cor. 4, 1).

La «diakonía» está siempre en relación con el servicio a los pobres. Revistió formas bastante concretas en el judaísmo, en tiempos de Jesús. Sabemos que los pobres recibían todos los viernes, del cesto de los pobres («quppáh«), el dinero suficiente para cuatro comidas. Los extranjeros recibían todos los días un donativo que procedía de lo recogido puerta a puerta. Entre los esenios, las mujeres hacían lo posible por no tener criadas, porque se prestaban servicios mutuamente. En esta comunidad de los esenios, la «diakonía» llegaba hasta la comunidad de bienes, práctica que encontramos más adelante en la Iglesia primitiva.

Al explicar la palabra «servicio«, no he partido del significado corriente que se da a este término. Sabido es que implica, en cierto modo, un rebajarse. En general, se piensa que la condición de servidor no es conciliable con la dignidad del hombre. Y en ambientes femeninos, sobre todo, la palabra sirvienta suscita reacciones muy comprensibles. El servicio y la actitud de servicio no pueden captarse y comprenderse si no es a la luz de la revelación. Sólo cuando nos hacemos conscientes de que Dios se ha hecho servidor nuestro, es cuando la noción de servicio alcanza toda o recupera toda su dignidad. Además, si Dios está al servicio del hombre: «Pues yo estoy en medio de vosotros como quien sirve…» (Lc. 22, 27), nuestro servicio en favor del hombre reviste un carácter sagrado. En el frontón de una Casa de Ancianos, dirigida por Hijas de la Caridad, en Varsovia, puede leerse una inscripción que expresa el carácter sagrado del hombre, del pobre: «Res sacra homo» – «El hombre es cosa sagrada«.

En las diferentes corrientes del humanismo contemporáneo, encontramos el término que evoca la «realización» de la persona, el lograr una plenitud en la personalidad. De ordinario se piensa que el hombre no puede llegar a ser feliz y eficaz, si no se realiza, si no alcanza esa plenitud. Esta visión del hombre se ha introducido también en la teología de la vida religiosa. Se espera tener buenas religiosas, buenos religiosos, a condición de que, durante el período de su formación y después en el de su apostolado, se cree el ambiente favorable para esa realización de su personalidad. En el plano psicológico, la intención es loable; pero actuando así, se procede a una inversión de valores muy peligrosa. En ese contexto, se hace pasar el servicio al segundo plano y, en casos extremos, se llega a convertirlo en un medio de «realización» personal. Yo me pregunto si es posible conciliar una actitud semejante con la de Cristo que no vino a hacer su voluntad, sino a cumplir la voluntad de su Padre. El «Servidor de Yahvé» —del libro del profeta Isaías—, prefiguración de Cristo, se deja hacer y deshacer. En cuanto a nosotros, mientras no entremos en esa óptica —que es la de la locura de la cruz— estaremos abocados al peligro de una esquizofrenia. Esto es: que habrá en nosotros una persona que quiere «realizarse» a sí misma, y otra que intenta cumplir su misión. Pero, en definitiva, se puede observar que se encuentran menos personas desgraciadas entre las que aceptan «la locura de la Cruz«, que entre las que se empeñan en su propia realización.

Esto que acabo de decir puede tener resonancias de «moralización«. Mientras preparaba esta reflexión para ustedes, he podido darme cuenta de lo fácil que es caer en este género de moralismo. No obstante, mi intención no es la de ponerme a repartir consejos o avisos. Lo que yo quisiera es, sencillamente, atraer la atención de ustedes sobre las exigencias, sobre el radicalismo del Evangelio. Jesús.nos invita a algo que supera con creces nuestras propias fuerzas. El Evangelio es un ideal que se debería vivir, pero que difícilmente se llega a vivir. En tanto en cuanto aceptamos el hecho de que se trata de un ideal y por ello nos esforzamos en vivirlo, existe para nosotros la oportunidad de lograrlo, porque no adaptamos el Evangelio a nuestras flaquezas humanas, porque, a la luz de la Palabra de Dios, intentamos salir de esas flaquezas, de esas limitaciones, de esas categorías puramente humanas.

B. Evangelización

Con frecuencia encontramos en las publicaciones de estos últimos años las palabras evangelización – reevangelización – nueva evangelización. Suelen ponerse en relación con otras expresiones tales como promoción humana, desarrollo integral del hombre, inculturación, evangelización de la cultura.

Aquí me gustaría insistir en algunas ideas que ya desarrollé en otra exposición hecha a las Hijas de la Caridad, en París. En su Exhortación Apostólica «Evangelii Nuntiandi«, fruto del Sínodo de los Obispos de 1974, sobre la Evangelización, Pablo VI define ésta de la manera siguiente: «La actividad por medio de la cual la Iglesia proclama el Evangelio a fin de hacerle germinar, crecer y fructificar en la Fe» (Cf. n. 2).

Según esta Exhortación Apostólica, la Evangelización consta de tres elementos constitutivos:

  • La proclamación de la Palabra, es decir, el anuncio del misterio de Cristo muerto y resucitado.
  • El testimonio de la vida cristiana que se expresa sobre todo mediante la justicia y la caridad.
  • La celebración de los sacramentos.

La Evangelización no puede en ningún caso quedar reducida a uno solo de esos tres elementos. En el terreno de la práctica, diferentes miembros de la Iglesia, cada uno según su carisma propio o según su vocación particular, se dedican a uno de los tres elementos o aspectos mencionados. Así es como las Hijas de la Caridad evangelizan: su vocación es la de dar testimonio, con su servicio de caridad, del ministerio de Cristo muerto y resucitado.

Si consideramos la Evangelización como la transmisión de la Buena Noticia, es decir, la noticia de que Cristo ha resucitado, de que el Crucificado ha vencido a la muerte, de que Dios toma la iniciativa en la vida de cada uno dándonos el Espíritu Santo para que podamos convertirnos de continuo, llegar a un cambio radical, ver las cosas a la luz del Evangelio y no en el plano puramente humano, entonces el hecho de acoger esa Buena Noticia nos lleva a seguir a Cristo. La aceptación de la Buena Noticia tiene como consecuencia el seguimiento de Cristo, la «sequella Christi» lo que significa una disponibilidad radical hacia El.

¿Cuál es, pues, el papel que desempeña una Hija de la Caridad, como consagrada, en la Evangelización? Poniendo en práctica el radicalismo evangélico —y hay que reconocer que es el único lenguaje que dice algo a los hombres de hoy— da testimonio de que es posible vivir el Evangelio, aun con todas sus exigencias las más radicales; muestra que esto es absolutamente factible hoy y que, en el fondo, las personas verdaderamente libres y capaces de liberar a los demás, son las que están vinculadas con el Evangelio.

Entre los testimonios que parecen tener una dimensión evangelizadora, querría yo atraer la atención de ustedes sobre el de la fraternidad, el de la pobreza y el de la presencia en el mundo.

1) La fraternidad

El contra-testimonio más perjudicial para la acción evangelizadora es el de una comunidad dividida, en la que falta el espíritu fraternal. En el mundo cobra gran importancia la competitividad. Para lograrla, se sacrifican los principios morales y con frecuencia, hasta el hombre mismo. ¡Pero qué fuerte es la tentación, y cómo se llega a caer en ella, de seguir ese mismo principio de competitividad en la evangelización: llegar el primero, tener las cifras más altas, poseer una buena calificación en los medios de comunicación social. Según el Evangelio, lo importante no es la competitividad, no es la eficacia, sino el hombre. Y no lo es, precisamente, a causa de lo que tiene, de lo que vale, de lo que hace, sino sencillamente porque es hombre, creado a imagen de Dios. Esta visión evangélica y vicenciana del hombre se aplica en primer lugar a los miembros de la propia comunidad. La comunidad que tiene en cuenta como principal valor a la persona humana, no se repliega en ella misma. Una comunidad fraternalmente unida y fraternalmente abierta a los más pequeños de este mundo, es el signo más visible, más comprensible de la fidelidad al mensaje de Cristo.

2) La pobreza

Varias entre ustedes han vivido la experiencia de las primeras Asambleas Generales, después del Concilio Vaticano II. Sin duda recuerdan las discusiones sobre la pobreza individual y la riqueza aparente de algunas de sus obras:

  • ¿quién es el pobre, hoy?
  • ¿qué hacer con esas obras aparentemente ricas?
  • ¿cómo insertarse en la vida de los pobres, con el fin no sólo de servirlos, sino de compartir con ellos una vida pobre?
  • ¿qué hacer para que el testimonio de pobreza, a veces heroico, de las Hermanas no quede destruido por las apariencias de riqueza de la Compañía?

Ya conocen las heridas que esas discusiones abrieron a veces en el seno de sus comunidades. Con el tiempo, los espíritus se han ido calmando. Se han abandonado las discusiones, a veces puramente académicas, y las soluciones utópicas. Y lo que permanece es la inquietud por servir y evangelizar a los Pobres, del mismo modo que permanece también la convicción de la importancia del testimonio apostólico que supone la pobreza vivida. Lo que vamos descubriendo ahora, sin que lleguemos siempre a comprenderlo y a aceptarlo, es la pobreza de los medios evangélicos. Comprobamos que existe una gran desproporción entre el sacrificio y los resultados ‘aparentes; nos vemos envueltos en un sentimiento de ineficacia frente a los poderes de este mundo, con todos sus medios de publicidad y con su cultura neo-pagana. Vivimos la pobreza de quien ha hecho la inversión de todas sus fuerzas en valores que no reportan gran interés; la pobreza de quien no ve que acudan jóvenes para tomar el relevo y proseguir el trabajo, y que llega a veces a preguntarse si merece la pena proseguir. Hoy, más que nunca, el consagrado vive con toda la Iglesia, con el Sucesor de San Pedro, el sentido de la debilidad y la locura de la Cruz. Más que nunca está llamado a vivir la virtud de la Esperanza teologal, para que la flaqueza se convierta en «poder de Dios«. En el plano de la Evangelización, más vale, como decía San Vicente, ser «paciente que operante«. No sé si llego a captar correctamente el sentido del Evangelio y el de la enseñanza vicenciana, pero pienso que una de las tareas apostólicas de las Hijas de la Caridad es la de devolver la confianza al hombre, a los pobres, la de volver a «lanzar» la esperanza «contra toda esperanza«, la de hacer comprender que, en esta pobreza de medios evangélicos, actúa el poder de Cristo crucificado y resucitado.

3) La presencia en el mundo

Uno de los reproches que se nos hacen es el de que nuestras comunidades forman personas poco aptas para vivir en el mundo en que nos ha tocado vivir y para comprender a ese mundo. Se juzga que a nuestra relación con el mundo contemporáneo le falta autenticidad; que estamos o demasiado despegados de él o, por el contrario, demasiado sumergidos en ese mundo. Esa actitud poco auténtica y por lo mismo poco apostólica, puede presentarse bajo la forma de cierto infantilismo: miedo, por ejemplo, de asumir posturas demasiado personales, con todo el respeto necesario a la autoridad y las exigencias de la obediencia; miedo de expresar el propio pensamiento o, por el contrario, tendencia a formular «eslóganes» tomados de los demás; dificultad para ponerse en el lugar del otro; despreocupación, a veces asombrosa, en la administración de los bienes; distribución de consejos abstractos y desencarnados, con fórmulas prefabricadas que no dicen nada; «huidas hacia adelante«; proposiciones de renovación utópicas, tomas de posición sorprendentes…

En su Oración Sacerdotal, Cristo nos traza un camino que no es ni huida del mundo ni conformismo con este siglo. Cristo nos indica cómo seguir siendo hombres entregados a lo sagrado dentro de un mundo secularizado; cómo estar en el mundo sin ser del mundo. Sin una entrega total de uno mismo a Dios, no se puede adquirir la libertad necesaria para compartir, para estar en medio de la gente y para ella.

«Sois pobres Hijas de la Caridad que os habéis entregado a Dios para el servicio a los Pobres» (Const. 1, 4).

C. Relación entre Servicio y Evangelización

Las Constituciones de ustedes presentan con sencillez y claridad esta relación entre Servicio y Evangelización: «Tienen la preocupación primordial de darles (a los pobres) a conocer a Dios, anunciarles a Jesucristo, su única Esperanza, y decirles que el reino de los cielos está cerca y es para ellos» (C. 1, 7). El Santo Padre, en su reciente Encíclica «Redemptoris Missio» ha formulado esa relación en el mismo sentido, al decir: «La evangelización constituye el primer servicio que la Iglesia puede prestar a todo hombre y a la humanidad entera en el mundo actual, el cual ha conseguido conquistas admirables, pero parece haber perdido el sentido de las realidades supremas y hasta de su misma existencia» (n.° 2).

La vocación, pues, de la Hija de la Caridad es la de evangelizar a los pobres mediante el servicio de caridad. Las diferentes formas de servicio o los diferentes apostolados a que se dedica van encaminados al servicio de la evangelización. Lo que acabo de decir parece evidente, pero en la práctica se corre el riesgo de olvidarlo. Cuando se enfrenta uno con las miserias o la pobreza material de la gente, lo primero que se hace es buscar soluciones a ese nivel: se da pan a un hambriento, techo a un sin domicilio, cuidados sanitarios a un leproso. Todos estos servicios son necesarios y aun indispensables, si la Iglesia quiere que su misión evangelizadora merezca crédito. Pero hasta que no hayamos devuelto al hombre el sentido de la existencia, la eficacia de nuestro servicio es probable que quede truncada. La mayor de las pobrezas del hombre de hoy y la fuente de todas las otras pobrezas es esa pérdida del sentido de la existencia. Como lo ha dicho Malraux, nuestra civilización es la primera en ignorar el sentido de la existencia. La pobreza más inhumana es la de arrancar el hombre a Dios y el mayor servicio que puede prestársele es el de devolverlo a El. Siempre he creído esta verdad, pero he podido constatarla con una evidencia más clara ante la caída del comunismo en los países del Este. En un grado inferior, se la puede constatar también en los países de América Latina en los que se ha intentado, o se intenta todavía, liberar a los pobres a partir de cierta teología de la Liberación. Ahora bien, si no se sirve a los pobres con el espíritu del Evangelio y si la lectura del Evangelio no se hace con la Iglesia, formando parte de Ella, los que más saldrán perdiendo serán los pobres.

A la base de todo compromiso, de todo servicio que pretenda ser evangélico, hay que poner la referencia explícita a Cristo. Por experiencia sabemos que, sin una relación personal y continua con Cristo, nuestras fuerzas se agotan, acabamos, a la larga, por no comprender el porqué del servicio y de la evangelización y corremos el riesgo de reducir nuestro servicio a una simple acción social o sindical.

IV – Servicio y evangelización, como Iglesia, y en la misma linea de nuestro carisma

Sabemos que los carismas van unidos a las personas y no a las instituciones. El Señor da carismáticos a la Iglesia y éstos dejan por lo general una huella en las obras que han fundado. Servir y evangelizar de conformidad con el carisma de la Compañía, quiere decir, sencillamente, actuar como lo hicieron sus Fundadores. Heredamos el carisma de los Fundadores en la medida en que intentamos vivir el Evangelio como ellos lo comprendieron y vivieron.

Uno de los rasgos del carisma de San Vicente de Paúl fue su fidelidad a la Iglesia y al Magisterio. Si yo quisiera resumir en pocas palabras la relación que existe entre la Compañía, la Iglesia y la Evangelización, diría que la Compañía no tiene ella misma su propio fin, pero desea ardientemente ser por completo de Cristo, en Cristo y para Cristo; igualmente por completo de los pobres, para los pobres y estar entre los pobres.

Durante muchas generaciones, las Hijas de la Caridad podían identificarse por sus grandes tocas o «cornetas«, pero, en general, la gente veía en ello algo más. Las virtudes evangélicas de humildad, sencillez y caridad han sido y siguen siendo lo que «sazona» su servicio. El gusto que le dan esas virtudes es lo que hace reconocer a una Hija de la Caridad y a la Compañía. Ernst Bloch, el padre de la esperanza laica, ha escrito: «La Iglesia católica parece cansada, envejecida, pero en su interior hay siempre cosas extraordinarias que, llegado cierto momento, no dejan de manifestarse«.

Esta frase se podría adaptar a la Compañía. Mientras permanezca fiel a su espíritu de humildad, de sencillez, de caridad, esa señora de apariencia vetusta y a la que ya no se la corteja tanto, sabrá sorprender a los sabios de este mundo y devolver la esperanza a los Pobres.

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