Servicio de los pobres en las Cofradías de Caridad: una intuición fundamental

Francisco Javier Fernández ChentoAsociación Internacional de Caridades, Formación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Sylvie Larminat, · Traductor: Félix Álvarez. · Año publicación original: 2010 · Fuente: Anales españoles.
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Un domingo de agosto de 1617 ocurrió un acontecimiento que marcaría toda la vida de San Vicente: “Como me estuviese preparando para celebrar la santa misa, vinieron a decirme que en una casa se­parada de las demás, a un cuarto de hora de allí, estaba todo el mun­do enfermo, sin que quedara ni una sola persona para asistir a los otros, y todos en una necesidad que es imposible expresar. Esto me tocó sensiblemente el corazón” (IX, 232). Durante el sermón, Vicente compartió sus sentimientos con los feligreses, que acudieron en ayuda de los enfermos con mucha generosidad, pero sin ninguna organiza­ción, lo que dio a San Vicente la idea de fundar la Cofradía de la Ca­ridad. Esta experiencia le va a llevar a organizar la caridad, a desarro­llar una espiritualidad del pobre y a ampliar su visión pastoral.

En 1625 tuvo lugar el encuentro entre Vicente, entonces un sacer­dote de 45 años que había descubierto su misión de servicio y aposto­lado entre los pobres después de una larga crisis interior, y Luisa de Marillac, una mujer de 35 años que había experimentado mucho sufrimiento en su vida. Uno y otro, el uno con el otro, van a ser, en su tiem­po, promotores de una verdadera cultura de la solidaridad iluminada por el Evangelio.

 

I. UNA CARIDAD ORGANIZADA

En Chátillon, San Vicente descubre una situación particular que le impulsa a encontrar una solución susceptible de responder a las nece­sidades manifestadas por las gentes. Su reflexión le conduce a ir más allá del hecho inmediato para estimular y orientar la generosidad de sus feligreses. Su respuesta fluye de una voluntad de adaptación y de deseo de organización.

Cuando se dio cuenta de la situación en Chátillon, respondió in­mediatamente. Es necesario, decía San Vicente, “atender a las nece­sidades de nuestro prójimo con la misma rapidez con que se corre a apagar el fuego” (XI, 4,724) —informe de comentarios de Vicente en capítulo—. En contacto con la situación, sabía cómo tomar los pasos necesarios para lanzar el proyecto con éxito. Se implicó con lo que es­taba ocurriendo y visitó inmediatamente a la familia enferma, de la que había hablado en el sermón, llevándoles el socorro de la religión. Tenemos aquí todos los elementos de la adaptación: conocimiento de la situación, interés por lo que ocurre, comunicación, movilización de un gran número de personas y compromiso personal. Falta la organi­zación, aquello a lo que San Vicente dedica sus mejores esfuerzos. “Apresurémonos lentamente”, dirá él (V, 374).

Hoy, los equipos de AIC están formados por voluntarios locales para responder a situaciones de pobreza actual, aquí y ahora. Acogen a las personas tal y como son, buscando, al mismo tiempo, ir más allá de las necesidades inmediatas, porque saben que las alegrías y los su­frimientos de una persona no se pueden entender si no es con relación a una familia o un contexto institucional (historia, trabajo, educación, cultura). Después de un análisis serio de la situación de pobreza, que considera todo el sistema, es decir, el marco social local, y después de un examen crítico de las causas que han llevado a esa situación de vul­nerabilidad, los voluntarios desarrollan un proyecto escrito que puede ser evaluado y adaptado constantemente a las necesidades emergentes.

No es suficiente actuar si la acción no está a la altura de las nece­sidades. Para San Vicente era necesario organizar la ayuda de tal manera que respondiera verdaderamente a la finalidad para la que se creaba. En Chátillon, él observa que “los pobres a veces han tenido que sufrir mucho, más bien por falta de orden y de organización que porque no hubiera personas caritativas” ( X, 574). Por eso, él llamó inmediatamente a algunas mujeres a reunirse para organizar la asis­tencia a los pobres. El funda entonces la Cofradía de la Caridad y es­cribe un reglamento con sus tareas y responsabilidades delegadas a las mujeres de la parroquia que incluyó en el proceso.

La Cofradía no debía tener más de veinte personas para “evitar la confusión; elegirán entre ellas a un número determinado y proporcio­nado” (X, 599). Una persona tendría la responsabilidad de la direc­ción de la Cofradía, ayudada por dos asistentas, una de las cuales se­ría la tesorera. Se describe minuciosamente la regularidad de las visi­tas a los pobres y la forma de hacerlas. Para San Vicente, una buena organización y la participación de todos eran signos eficaces de una verdadera caridad.

Vicente y Luisa insisten en que los servicios deben ser realizados con competencia. Ambos estaban profundamente comprometidos en la educación y formación de los pobres. Sabían que trabajando sobre las causas de exclusión se podría ayudar a algunos a salir de la preca­riedad.

Hoy la AIC siempre trabaja en equipo al ayudar a otros. El equi­po es una estructura necesaria para una actividad permanente, ga­rantía de continuidad a largo plazo, de humildad e intercambio de competencias. Más aún, el trabajo en equipo capacita a las mujeres a entrar en un proceso de autopromoción y desarrollo de su propia co­munidad.

 

II. UNA COLABORACIÓN EFICAZ Y VITAL

El establecimiento de las Cofradías de Caridad por San Vicente en 1617 fue una gran innovación. De esta forma, él da una responsabili­dad en la Iglesia a mujeres seglares y, organizando la caridad de una manera eficaz y colectivamente asumida, las hace participar en la ac­ción social pública. Bajo su dirección, Luisa va a jugar un papel im­portante de coordinación y animación de estos equipos, así como en la educación espiritual de sus miembros, ayudándoles a vivir su misión de solidaridad a la luz del Evangelio.

Se puede decir que en Francia (y posteriormente en otros países) Vicente y Luisa han atraído la atención del público hacia las personas más necesitadas, dando origen a las instituciones sociales modernas.

“Vaya, pues, señorita, en el nombre de nuestro Señor. Ruego a su divina bondad que ella le acompañe, que sea ella su consuelo en el ca­mino, su sombra contra el ardor del sol, el amparo de la lluvia y del .frío, lecho blando en su cansancio, fuerza en su trabajo y que, final­mente, la devuelva con perfecta salud y llena de buenas obras” (I, 135­136). Con estas palabras Vicente envía a Luisa a misión. Ella sale en mayo de 1629 con la responsabilidad de visitar las Cofradías de Cari­dad, algunas con ciertas dificultades.

En el curso de sus visitas a las Cofradías de Caridad, Luisa comen­zó a intuir que, para asistir a los enfermos y necesitados, era necesario contar con personas dedicadas totalmente a ellos por vocación. Las Co­fradías de la Caridad piden la ayuda de la Compañía para garantizar la regularidad de su ministerio, por ejemplo en el Hospital.

El primer trabajo importante de Luisa fue visitar las Cofradías de las Damas de la Caridad. Además de las nuevas fundaciones y el go­bierno de las casas, se preocupaba de la educación espiritual de las Hi­jas de la Caridad, velar por su instrucción, formarlas en la caridad; el pobre es el mismo Cristo.

En 1638 Vicente de Paúl y Luisa de Marillac van a luchar contra el drama social de su tiempo, que es el abandono de los niños en las ca­lles. Deciden llamar a las Damas, que obtienen de la Reina un amplio edificio. Luisa se emplea a fondo en la reparación total del inmueble y se dedica a formar a las Damas y a las Hijas para aliviar la miseria de los niños.

Hacia 1650 Vicente recibe una cantidad grande de dinero como do­nativo, que utilizó para comprar terrenos y una casa que preparó como residencia para acoger a 40 ancianos. Es el hospicio del Nombre de Je­sús, realización modélica que prueba que es posible romper con la ru­tina. Luisa y sus Hijas asumieron su funcionamiento.

Hoy, como en tiempos de Vicente y Luisa, trabajar en red es indis­pensable.

 

III. LA ESPIRITUALIDAD DEL POBRE

Para San Vicente misión y caridad van siempre juntas. Ir hacia los pobres, es ir hacia Cristo, es dejar a Dios por Dios.

El pobre tiene un puesto especial en la iglesia, porque Cristo ha querido identificarse con él a través de su propia vida. Vicente decía: “No hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior… Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios” (XI, 4,725). El encuentro del pobre, que es icono de Cristo, debe hacerse en espíritu de servicio y con la actitud de servidor: “Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo” (IX, 239). Por eso San Vicente in­siste especialmente en las virtudes de humildad, sencillez y caridad, que deben ser características de las Damas y de las Hijas de la Caridad.

Hoy, Benedicto XVI dice: “Jesús se identifica con los pobres: los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, los enfermos o los encarcelados. “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hu­mildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios” (Deus Caritas Est, 15).

Es necesario tener en cuenta las aspiraciones más profundas de la persona. San Vicente insiste en que es necesario “asistir a los pobres corporal y espiritualmente”, los pobres son “nuestros amos y maes­tros”, y debemos “adaptarnos a ellos” donde estén y sean los que sean.

Hoy, siguiendo el ejemplo de San Vicente, el procedimiento sisté­mico nos invita a retroceder para abordar a las personas en su totalidad, es decir, descubrir los elementos de su historia y de su cultura, la na­turaleza y la calidad de sus relaciones. También Benedicto XVI orien­ta la actividad caritativa hacia el bien integral del hombre: “Este amor no brinda a los hombres sólo una ayuda material, sino también sosie­go y cuidado del alma… En efecto, se trata de seres humanos, y los se­res humanos necesitan siempre algo más que una atención sólo técni­camente correcta. Necesitan humanidad. Necesitan atención cordial” (Deus Caritas Est. 28b. 31a).

San Vicente considera a los pobres como personas con dignidad y derechos, a quienes debemos no solamente compasión sino justicia. Al ayudar al pobre “hacemos [un acto de] justicia y no de misericordia”; “…no hay [acto de] caridad si no va acompañada de justicia”. Para San Vicente, la “limosna” a los más necesitados era solamente una so­lución pasajera. Sólo el trabajo puede devolver al hombre y a la mujer en dificultad su dignidad y su lugar en la sociedad.

Hoy es necesario seguir creyendo en la dignidad del pobre, es de­cir, que tienen derechos y deberes, y creer verdaderamente en la capa­cidad de cada uno para mejorar su situación y seguir adelante. Por eso los voluntarios establecen relaciones personales con los más pobres, y les acompañan en el proceso de asumir la responsabilidad personal en vistas a una inserción social. La acción caritativa “es un verdadero humanismo, que reconoce en el hombre la imagen de Dios y quiere ayudarlo a realizar una vida conforme a esta dignidad” (Deus Cari­tas Est. 30b).

 

IV. UNA VISIÓN PASTORAL AMPLIADA

En Chátillon, San Vicente descubre otra dimensión de la Iglesia, es decir, que todos los fieles tienen que sentirse responsables y encontrar un espacio para su actividad propia.

San Vicente, después de su llamada desde el púlpito a favor de los pobres enfermos de los que él ha hablado, queda fuertemente impre­sionado por la movilización y la generosidad de los feligreses: “En­contré algunos grupos de mujeres” (IX, 1,202). Entiende que los cris­tianos sencillos, si están motivados como deben, saben comprometer­se con seriedad y eficazmente en las acciones que se les proponen. Para él fue una revelación sobre la importancia y el lugar de los laicos en la Iglesia. Para él, “el servicio de los pobres es un estado de cari­dad”, un lugar de santificación y de verificación de la calidad de su vida bautismal.

Benedicto XVI ha escrito recientemente: “El programa del cris­tiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un corazón que ve. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia” (Deus Caritas Est. 31b). “Toda actuación seria y recta del hombre es esperanza en acto… lo es ante todo en el sentido de que trabajamos para que el mundo llegue a ser un poco más luminoso y !rumano y se abran así también las puertas hacia el futuro” (Spe Sal- vi, 35).

Juan Pablo II, el 31 de mayo de 1980, en París, decía dirigiéndose a los cristianos: “La Iglesia, y el Papa en su nombre, cuenta con vuestro apostolado como laicos. La obra que os pertenece en la Iglesia es esencial. Nadie puede sustituiros, ni los sacerdotes, ni los religiosos”.
San Vicente ha sabido discernir la calidad del servicio de las mujeres. Escribía en 1650: “Y yo puedo dar este testimonio a favor de las mujeres, que no hay nada que decir en contra de su administración, ya que son muy cuidadosas y fieles” (IV, 71). Sus obras caritativas solo pudieron desarrollarse gracias a la dedicación de las mujeres sobre el terreno. En 1657 declaraba a las Damas de la Caridad: “Hace ya alre­dedor de ochocientos años que las mujeres no tienen ninguna ocupa­ción pública en la Iglesia; antes existían las que tenían el nombre de diaconisas… Pero en tiempos de Carlomagno, por una disposición se­creta de la Providencia, cesó este uso y vuestro sexo quedó privado de toda ocupación, sin que en adelante se le haya confiado alguna; y he aquí que esta misma Providencia se dirige actualmente a algunas de vosotras para suplir lo que se necesitaba para los pobres enfermos del hospital” (X, 953). Por consiguiente él no duda en pedir a las mujeres que encuentra que tomen el lugar activo que les corresponde en la Igle­sia. De esta forma, las Damas y después las Hijas de la Caridad, bajo la dirección de Luisa de Marillac, continuarán la intuición de su común Fundador, en la complementariedad de su vocación y su servicio.

Hoy, el 71 por ciento de las personas en precariedad en el mundo son mujeres; es, por consiguiente, importante que una ONG interna­cional como la AIC esté formada por mujeres voluntarias que sean la voz de las mujeres sin voz.

Juan Pablo II subraya el papel especial de la mujer cuando dice: “Es cierto que el hombre ha sido confiado a cada hombre, pero lo ha sido en modo particular a la mujer porque precisamente la mujer pa­rece tener una específica sensibilidad —gracias a su especial experien­cia de su maternidad— por el hombre y por todo aquello que constitu­ye su verdadero bien, comenzando por el valor fundamental de la vida… Las mujeres tienen la tarea de asegurar la dimensión moral de la cultura, esto es, de una cultura digna del hombre, de su vida perso­nal y social” (Christifideles Laici, 51).

San Vicente ha sabido trabajar en red con las personas. Reunió a pobres y ricos, miembros del clero y laicos, hombres y mujeres. Él vio que la colaboración es la clave para el éxito en el servicio de los po­bres. De esta manera, creó relaciones, estableció puentes y promovió la unidad entre personas de todas las clases sociales sin distinción. Él ha sido el abogado de los pobres ante las supremas autoridades, sea el cardenal Richelieu para promover la paz, Ana de Austria que le pide tomar la dirección del Consejo de Conciencia, o el señor de Gondi para mejorar la suerte de los galeotes. Ha sabido denunciar la injusti­cia, la opresión y la extrema pobreza hasta el punto de hacer tamba­lear las estructuras. Nuestro amor, decía San Vicente, debe ser “afec­tivo y efectivo”.

Hoy nosotros somos conscientes de que el pecado afecta no sólo a los individuos; afecta profundamente a las estructuras sociales; toma cuerpo en leyes injustas, en relaciones económicas basadas en el poder, en las fronteras artificiales… todas estas estructuras injustas que man­tienen a los pobres en la pobreza.

¿Puede cada mujer y cada hombre en la Familia Vicenciana apro­vechar este año Jubilar para irradiar en el mundo el amor de San Vi­cente y Santa Luisa por los más pobres de los pobres? ¡Cada uno en su situación particular, por ejemplo, podría celebrar públicamente este amor por los más pobres compartiendo una comida o alguna otra ma­nifestación de convivencia, para que el mundo pueda conocer que este amor está vivo!

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