Sentjust: El primer ministerio

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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1. Los Ejercicios espirituales

«Coronado con tan feliz éxito el intento del señor Sentjust y admitido en el seno de la Congrega­ción», cumplidos los consabidos compromisos políticos y de palacio, los nuevos apóstoles de la ciudad Condal, ante la vista y expectativa de muchos pero sobre todo de Sentjust y de Enveja, y sin duda también del Obispo, se lanzaron a sus propios deberes misioneros.

Pasaron los tres primeros meses en orientarse, prepararse, programar; cuál sería su primer paso, cómo, cuándo… Pero la primera preocupación y acción fue engrandecer la Capilla con ayudas y limosnas. La cual iglesia apenas cubierta y no del todo acabada sirvió para la primera función de los ejercicios generales de septiembre de año 1704, en donde además de la muchedumbre de ordenandos que hubo concurrieron también pasados los 300 eclesiásticos…

Según los primeros manuscritos, las pláticas dirigidas a los sacerdotes se daban «en la Capilla privada», y en la primera charla, con el saludo, se les ofrecía una memoria de unos quince minutos sobre esta hermosa y nueva planta, el Instituto de la Congregación de la Misión, nacida en el jardín de la Iglesia, con los frutos que le ha fraguado la Providencia… bendita y alabada sea por tan inmensa gracia y misericordia…

Es importante descubrir cómo los misioneros italianos llevaron consigo toda suerte de material predicable. Se conservan en el Archivo Provincial CMB, copias del material original, parte en latín, pero también en español y en italiano. Así son los textos de las Reglas de los Oficios diversos… de los Superiores particulares o locales, del Asisten­te, de los Consejeros; Fórmula de los votos… Avisi particulari per i Maestri di filosofía, teología… sobre las misiones y Ejercicios.

Hay que ver a Sentjust cómo sabe estar en todo; tanto en lo espiritual como en lo material, celoso en su trabajo, sobre todo con los presbíte­ros. El primer paso es fundamental; hay que acer­tar. Y con él está el señor Obispo, el cual, el 15 de noviembre del mismo año de 1704, dio un Decre­to, obligando a todos los Ordenandos de la dióce­sis a hacer diez días de Ejercicios espirituales.

…Por tanto, en virtud de las presentes, siguien­do el tenor del decreto de Inocencio XI y de Cle­mente XI… ordenamos y mandamos que todas las personas susodichas de cualquier estado, grado y condición que sean, que desearen ser promo­vidas a órdenes mayores con títulos instituidos en este Obispado… antes de ser promovidos a dichos órdenes, hagan diez días de ejercicios espirituales en la casa de la Congregación de la Misión nuevamente establecida en esta ciudad…

El 20 de noviembre daban principio los Ejerci­cios espirituales a los Ordenandos, dirigidos por el P. Narváez, pero ayudado de todo el equipo misio­nero; porque no es uno solo quien trabaja. Como español habría preparado las conferencias con mayor facilidad. También habría comunicado y dialogado todo con Sentjust.

2. Todo un proceso

Pero es importante hacer una breve introduc­ción a esa obra apostólica sacerdotal, tan útil y eficaz en todos los tiempos.

El Papa Urbano VIII, en la Bula «Salvador nuestro» de 1633, erigiendo la Congregación de la Misión, le señala entre sus fines y ministerios, los Ejercicios a Ordenandos. Establecidos los Misioneros en Roma, ofrecieron, ya en las tém­poras del Adviento de 1642, Ejercicios espiritua­les a los Ordenandos. Alejandro VII, por un decreto de 1662, obliga a todos los ordenandos de Roma a prepararse para las Órdenes con diez días de Ejercicios en la Casa Misión. Y así otros Pontífices.

Luego de extender Inocencio XI a Italia el man­dato de los Ejercicios espirituales, el Nuncio en Madrid, Mons. Mellini, publica en junio de 1683 un edicto ordenando a los venerables Arzobispos y Obispos que cumplan también en España las decisiones del Papa. En conformidad con estas decisiones, el Concilio tarraconense de 1685 dis­pone que se observe lo dispuesto por Inocencio XI, de que ninguno sea ordenado si no hace pri­mero ocho días de Ejercicios espirituales.

Por ese mismo tiempo aparecía Sentjust inten­tando realizar obra similar, a favor de los sacerdotes. Para esto procuré una casa retirada en Barce­lona… para dar Ejercicios a cuantos viniesen, así eclesiásticos como seculares… Este intento jamás pudo lograrse; pues no fue Dios servido darme compañeros para tan calificados empleos65.

Y es en ese momento cuando, una vez más se ve la mano de la Providencia. Llegan los Misione­ros de Italia, a instancias de Sentjust, ofrecen a los sacerdotes y a todo tipo de cristianos la vivencia de los Ejercicios espirituales, y Dios los bendice con sobradas bendiciones. Es el mismo Sentjust quien confiesa: Por ser esta forma de ejercicios peculiar a dicha Congregación, no se han practi­cado en España según la mente de los sagrados Cánones y Pontífices… solo se han practicado en este Principado unos ejercicios «mere» (solamen­te) espirituales, según la forma de San Ignacio, y aún éstos, por el gasto que llevan, no hay quien admita en sus casas a los Ordenandos.

3. Con la gracia de Dios

El proceder humano es muy importante. Los movimientos de la gracia son simples, ingenuos, limpios. Lo tuvieron muy presente los organizado­res italianos de la Congregación. Es digno de admirar la actuación pedagógica y psicológica de los misioneros, hace ya 300 años, al respecto. Entre los manuscritos traídos de Roma, encontra­mos uno, escrito en italiano, cuyo título es: NOTA DE LAS COSAS QUE HAY QUE OBSERVAR EN LAS VISITAS AL EJERCITANTE. De cómo se ha de portar el Director. Son observaciones, a cual más importante. Unas son para cuando se hacen Ejer­cicios en particular y privadamente; otras para cuando se hacen con presbíteros o seglares. Se dividen en diversos apartados; son los pasos que debe dar el ejercitante, pormenorizados, y que son de gran ayuda.

Uno queda admirado con su lectura. Es de valorar el profundo respeto y atenciones que se ofrecían al ejercitante en todos sus detalles. A modo de ejemplo recojamos algunas de esas ins­trucciones: Luego que le encargan a un misionero la dirección de algún ejercitante, considerará que el Señor le envía para ayudarle en la salvación del hermano, así como Ananías fue enviado a Pablo.

Con el mismo espíritu dirá «aquí estoy Señor». Antes de visitar al ejercitante tiene que prepararse con la oración. «Señor dame esa alma por la que ruego». Podrá señalarle de dos a cuatro meditacio­nes según la capacidad del ejercitante… Para lec­tura espiritual le dará «La exhortación a la virtud, Guía de pecadores» del V P Luis de Granada…

En la 12 visita, al entrar por primera vez en la habitación, pide permiso; lo saluda con humildad; le dirá si desea o necesita algo; cómo se encuen­tra; si está animado espiritualmente, y se ofrecerá para ayudarle; tendrá cuidado de averiguar si le falta algo como libros, papel, plumas; le dirá donde están las cosas, el cepillo…

En la 22 visita le preguntará si encuentra difi­cultades en la observancia del orden del día, en la lectura y en el trabajo a realizar; como le ha ido en la oración, le animará; enséñele el modo de hacer resoluciones; le explicará el orden del «Manual de meditaciones…»

En la 32 le propone la confesión; que piense en ello; de la necesidad del arrepentimiento, de un buen examen, procurando excitarle al dolor y firme propósito…Le ofrece la meditación del «Hijo pródigo», otra lectura del P Granada para prepa­rarse a la Comunión si no es sacerdote, le instrui­rá sobre ese gran sacramento…

En la sexta visita dirá al ejercitante que comien­za la segunda parte de los ejercicios, y que habiéndose ocupado en purificar su alma, ahora debe ejercitarse en la consideración de las virtudes… Si el ejercitante trata de hacer elección de estado le dirá que lo piense bien y lo encomiende de veras a nuestro Señor… Le dirá que la regla de vida debe hacerla conforme al método… que no quiera hacerlo todo de una vez sino poco a poco… que no debe hacer resoluciones sobre todos los artículos de la regla de vida…; tomar la resolución de hacer cada día al menos media hora de ora­ción, según la capacidad de la persona.

En la penúltima visita le indicará los libros a leer: la Santa Biblia, el Concilio de Trento, la Suma de Santo Tomás… el Breviario, la Liturgia ceremo­nial… que todos los días lea de rodillas, un capítu­lo del Nuevo Testamento… También le preguntará a qué hora quiere irse con el fin de que pueda saludarle y despedirle…

En el caso de que el ejercitante deseare ser admitido en nuestra Congregación, dará cuenta al superior y con su permiso podrá darle a leer nues­tras Constituciones… Llegada la hora en que el ejercitante ha determinado salir, irá a su habita­ción, y con pocas palabras pero persuasivas, le exhortará a la perseverancia en el servicio de Dios, observando fielmente las resoluciones hechas.

En la última visita le pedirá perdón de las faltas que en el servicio hubiese cometido y le dará gra­cias por la paciencia que ha tenido en sufrirle durante los ejercicios. Se hará cargo si están en el aposento del ejercitante todos los libros que se le ha llevado… y si el ejercitante manifiesta hacer algún donativo a la casa lo aceptará con humildad diciendo: «le damos muchas gracias y rogaremos a Nuestro Señor que sea Él su recompensa». Si no ofrece nada y pregunta si aceptamos alguna cosa, responderá que nosotros no buscamos inte­rés temporal, pero si nos dan no lo rehusamos, porque no hay fundación especial para atender a estos gastos… es verdad que los gastos exceden mucho a las rentas de la casa, pero jamás pedi­mos ni exigimos nada…

Antes de que salga de casa el ejercitante, avi­sará al superior o al prefecto de ejercitantes para saludarse… Finalmente llevará al ejercitante a la capilla para que dé gracias a Dios, le acompaña­rá hasta la puerta, y allí se despedirá de él con respeto, cortesía y cordialidad…

Y así se trabajó desde el primer momento en Barcelona. Era una ayuda espiritual, una anima­ción moral y orientación de vida cristiana, a fin de que al salir supiera cómo vivir, se sintiera anima­do, capacitado, y seguro en su vivir cristiano, sacerdotal…

«La verdad, don de Dios, obra por sí sola sobre la mente del oyente atento… Dios nos habla en el reposo de nuestra alma, en la quietud y el silencio… Es un tremendo misterio el de la sed del Infinito, el de la aspiración del hombre hacia Dios».

4. Entrega y respuesta

Un manuscrito de esa época dice que los pri­meros Ejercicios causaron gran novedad… por no haberlos visto jamás, y todos los bien intenciona­dos, los aplaudieron sumamente por cosa celes­tial y de que se había de seguir grande provecho en los eclesiásticos, y quien más entre todos lo celebró fue el Sr. Obispo de esta ciudad.

Efectivamente, como lo confirman y consignan sus nombres, quienes primero correspondieron, asistieron y colaboraron fueron los canónigos y profesores de la universidad. Así el manuscrito anterior añade: …los discursos de teología moral los hizo el Sr Dr. y Canónigo D. Juan Obach, cate­drático de la Universidad de Barcelona…los ser­mones el superior de la casa Juan D. Orsese, sobre la oración mental tan necesaria al estado sacerdotal…El Sr. D. Francisco Garrigó sobre la vocación del estado eclesiástico…

Cuyo ejemplo han tomado también otros obis­pos como son el de Solsona, Urgell, Vich, Mallor­ca y Tarragona, enviando a sus feligreses, antes de ordenarse a hacer los Ejercicios a esta casa por el singular fruto que de ellos se experimenta…

Pocos días después de la primera tanda, el 10 de diciembre se dan otros Ejercicios, con una res­puesta aún más numerosa. Fueron dirigidos por el propio señor Sentjust para todos los eclesiásticos de la ciudad, que acudieron en número de 450, internos y externos, con fruto y provecho espiritual extraordinario. No sé exactamente la capacidad de la casa, pero imagino que insuficiente y que regresarían cada día a sus propias residencias de la ciudad.

Se hicieron todas las funciones, como en Roma, e incluso colaboraron, con los misioneros, varios sacerdotes diocesanos, entre ellos el Dr. Garrigó, gran amigo de Sentjust, y que pocos años después será quien pronuncie la Oración Fúnebre por su amigo. Cada uno de los cuales habló con tanto fervor de espíritu, fundamento de doctrina y con tal claridad y erudición, que se tuvo a bien, para ejemplo de los venideros, sacar copia de cada discurso y conservarla en el archivo de la casa.

Al año siguiente, 1705, se dieron diversas tan­das de Ejercicios en los meses de febrero, marzo, mayo y noviembre. En 1706, hubo Ejercicios en febrero, mayo, septiembre y diciembre con 400 sacerdotes; en 1708, fueron unos 500, con los obispos de Vic y Solsona, y así, anualmente; algu­nos años, con ocho o más tandas, tomando parte muy activa el señor Sentjust como director, o cola­borando en las pláticas, meditaciones, explica­ción de las rúbricas litúrgicas…

El propio Obispo no tardó en participar en esos encuentros de espiritualidad sacerdotal; más aún, gratamente impresionado de la obra y compro­bando los buenos resultados en muchas perso­nas, sobre todo al ver tantos cambios en los sacerdotes, frecuentaba las visitas y el diálogo con los asistentes. Y dio la orden de reimprimir, además, la vida del Venerable fundador de la Misión, Vicente de Paúl, con un prólogo en que se diese noticia del Instituto, de sus funciones e intro­ducción en España, exhortando a todos los Srs. Obispos de la nación para que procurasen intro­ducir y dilatar en sus diócesis la Congregación.

En orden a los Ejercicios de los ordenandos ha sido y es universal el aplauso de los Sres. Obispos de este Principado, y aún del Sr Obispo de Mallor­ca, enviando a sus feligreses a esta casa antes de recibir las sagradas órdenes… Lo propio el Sr Obispo de Solsona y el Obispo de Vic D. Manuel Sentjust, hermano del fundador de la casa.

Cada año se solían dar de seis a ocho tandas de Ejercicios para Ordenandos y sacerdotes.

5. También los seglares

Ya desde el principio, en vida del fundador, los fieles cristianos participaron en tandas de Ejerci­cios espirituales, aunque en menor escala. Empe­zaron el mismo año de establecerse los Misione­ros. Desde el primer momento las puertas también se abrieron para ellos; y además por grupos o gre­mios de trabajo. Las Crónicas nos hablan de car­pinteros, de militares, de herreros y cerrajeros… como de obispos, canónigos, nobles y universita­rios, de toda clase de la sociedad. Solos o en grupo.

Dirigidos por varios misioneros, el Señor obra­ba verdaderas maravillas de gracia. En sus cora­zones quedaban ya para siempre las huellas del espíritu cristiano, hecho de vida interior profunda, ungida de sencillez y humildad.

Al principio, era poco crecido el número de los asistentes seglares; pero poco a poco fue cre­ciendo, desde 32, en 1719, a 46, en 1755. El pri­mero que los hizo fue el Dr. D. Francisco Bonet y Maciá, de San Julián de Andorra. Incluso unos pocos años después, el misionero P. Vicente Ferrer escribirá numerosos libritos de espirituali­dad para los seglares, para ayudarles en su vida de fe cristiana.

Y digno de tener en cuenta y valorar, como hemos dicho, es que se abrían los Ejercicios, tam­bién a seglares, como a los Ordenandos y sacer­dotes, con una plática de unos quince minutos sobre el origen, ministerios y frutos de la Misión: Del beneficio que hizo Dios a la Iglesia de la fun­dación del Instituto de la Missión en Barcelona. Es beneficio grande que concedió el cielo a todo el Pueblo español en dar al jardín de su Yglesia esta hermosa y nueva planta de tan Santo Instituto…

6. Su libro de oración

Y con los Ejercicios espirituales aparece el libro de meditación. Para satisfacer la devoción y el deseo espiritual de las almas, ha sido necesario imprimir el libro Manual de piadosas meditaciones para todo género de personas… La bendición con que Dios ha favorecido estos Ejercicios se ve, no solo en la reforma de las costumbres de los que se ordenan, sino también haber llamado a esta Con­gregación a los sujetos que necesitaba, así escri­be el mismo Sentjust.

Esa obra ha sido durante 150 años uno de los libros espirituales más querido, usado y provecho­so para numerosos sacerdotes, religiosos y piado­sos seglares. El ardiente celo de los misioneros les decide muy pronto a imprimirlo y repartirlo entre sus ejercitantes. La primera edición fue en 1709. La traducción del original francés fue obra del P. Jofreu, doctor en leyes y famoso abogado, orde­nado sacerdote en 1705; «un verdadero hijo de san Vicente». En la carta de aprobación, Fray Juan de los Ríos, franciscano descalzo y Procurador en la Curia romana decía: Según la experiencia que tengo de la grande virtud y perfección que en dicha casa se profesa, este Manual es un vivo ejemplar de lo que dichos Padres practican.

A partir de esa fecha vicenciana, seguirá una cadena ininterrumpida de ediciones, la última en 1929. No es solo una simple traducción del Manual francés, arreglado por el P. Portail y que se repartía en tiempos de san Vicente, sino una obra casi total­mente original de los misioneros de Barcelona.

En la visita episcopal a las parroquias de la Diócesis de Barcelona, está la recomendación a los sacerdotes que hace el gran obispo Costa y Borrás (1850-1857): En las casas que tiene dise­minadas, a larga distancia de la iglesia, procurará introducir alguna devoción loable… Podrá aconse­jarles el manual de piadosas meditaciones, que sirve en la Congregación de la Misión de san Vicente de Paúl…

De sus páginas brota profunda espiritualidad, firme y transformadora, que ha alimentado la fe y el corazón de millares de creyentes, hambrientos de Dios durante más de dos siglos.

7. Ofrecer ayuda

Y con los Ejercicios viene otra práctica esta­blecida por todos los maestros de vida espiritual. Otra característica notable en la vida misionera de Sentjust y sus hermanos. Se trata de su virtud y capacidad para guiar a los ejercitantes en su vida espiritual, una vez iniciados los ejercicios, acom­pañándolos hacia la madurez sobrenatural, impregnada de oración y generosidad, de fe y fidelidad. La dirección de las almas es el arte y ciencia más difícil que hay, pero también la más eficaz para llegar a Dios.

Como Sentjust, la mayoría de misioneros se dedicaban, con el estudio y la oración, a la pala­bra y escucha de sacerdotes y seglares, siempre atentos a las necesidades de corazones ansiosos de perfección. Prácticamente la mayoría de los sacerdotes de las diócesis donde había misione­ros pasaban por sus casas. Apoyarse en hombres experimentados y de virtud da una seguridad y una limpieza de conciencia admirables. Esa fue otra de las principales ocupaciones de Sentjust, estar siempre a la disposición de los demás, ani­marlos en la virtud, ayudarles a levantarse, a superarse. Y más que la palabra, su prudencia y santidad atraían y convencían, y enriquecían en el camino hacía el bien.

8. Felipe Manuel de Bette

Aún proyectándonos unos pocos años hacia delante, no podemos olvidar un seglar, que encontró su feliz vocación en los ejercicios espiri­tuales que practicó en esa «casa santa».

En 1724 llamaba a las puertas de la Misión para realizar sus ejercicios un militar llamado Feli­pe Bette. Parece que vivía cerca de la casa Misión de la calle Tallers y sentiría cierta atracción espe­cial. Estaba inquieto sobre su porvenir; buscaba luz y seguridad en su definitiva decisión.

Había nacido en el Flandes español en 1677. Después de realizar estudios en Roma, siguió la carrera militar. Estuvo al servicio de Felipe II. Alcan­zó altos grados militares; llegó a ser Teniente gene­ral; dirigía un cuerpo del ejército, y por su entrega y heroísmo, con el buen trato con la tropa, fue premia­do con la Encomienda de los ejércitos de Felipe V.

A pesar de todo ello, no se sentía feliz. Pose­ía dinero, era generoso con sus soldados, pose­ía alta graduación militar, pero su corazón no estaba plenamente satisfecho, se sentía vacío. A la mitad de su vida dejó el ejército, se instaló en Barcelona, oyó hablar de lo que sucedía en la casa llamada «Seminario», y con gran inquietud se atrevió a solicitar unos días de reflexión en ella. De tal modo le impactó el ambiente del lugar, la amabilidad de los directores, la fe y con­vicciones de los que hablaban, la austeridad de los misioneros, la fraternidad de quienes llega­ban a ella, que no se lo pensó más. Aunque no se precipitó; quiso repetir y saborear un par de veces más el ambiente vivido, antes de tomar su última y firme decisión.

En agosto de 1727, a sus 50 años vestía la humilde librea de misionero, y dos años después, el año de la beatificación de Vicente de Paúl, pro­nunciaba los votos con firme y total decisión en el seguimiento al Señor. Fue uno de los muchos fru­tos espirituales de esa joven fundación engendra­da por Francisco Sentjust.

En el Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Jorge de Barcelona, existe una pintu­ra al óleo, procedente del «Seminario de la Misión» (Padres Paúles), en la que el retratado F. Bette es, presentado como hermano de Jan Frans van Bette, notable militar borbónico, y que fue teniente gene­ral del ejército del rey —actividad representada por una batalla que se insinúa en el fondo derecho del cuadro—. Al lado izquierdo hay un fondo con la ima­gen de Nuestra Señora de África.

En la cartela del cuadro se lee: Phelipe Em. de Bette, flamenco, Cavallero de Lede, de la Excma. Familia de los Marqueses de/ Lede, Comendador de la Orden de Santiago, siguió la carrera de la milicia uniendo el valor y la fidelidad, a la pureza de vida, hasta la edad de 50 años, en que hallán­dose Theniente Gen’ de los Exerz del Rey Cathó-lico, después de muchas heridas recibidas en su R’ Ser’ renunció los empleos y/ las esperanzas de mayores, devidos a su grande mer’ abraz» por Cel», impulso el estado humilde de/ Her’ de la Cong’ de la Mis» en la Casa de Bar’, donde con sing» exem» de humi», sencillez y/ demás Virt», vivió hasta los 65 de su edad y murió en la misma C’ a los 4 de En. 1742

9. ¿Y las Misiones populares?

Prosigamos la vida de nuestro buen sacerdote. La Crónica advierte que, a causa de las guerras y otros disturbios, Sentjust y los misioneros no pudie­ron dedicarse a las misiones desde el primer momento. Entonces se consagraron en cuerpo y alma a la formación de los aspirantes al sacerdocio, los ordenandos, y, también, a los presbíteros, cui­dando la santificación del clero, que es uno de los principales fines de la Congregación de la Misión y uno de los mayores deseos de Sentjust y Enveja.

El primer fin de la Congregación de la Misión es anunciar la Palabra de Dios al pueblo sencillo. Al principio, Sentjust no pudo efectuarlo como misionero, por la escasez de personal y sobre todo por las constantes revueltas en Cataluña entre carlistas y borbones, con motivo de la gue­rra de sucesión, que no terminó sino en 1713, por el tratado de Utrech, cinco años después de la muerte de nuestro biografiado.

Las Misiones populares comenzaron en el pue­blo de San Quintín, del 1 al 15 de mayo de 1717. En poco más de un siglo los misioneros dan cuen­ta de unas mil Misiones predicadas en la mayoría de pueblos de Cataluña y Baleares, con unos resultados cristianos de fe, de gracia, y de perdón entre los asistentes, jamás sospechados. Era lo que el fundador había ansiado vivamente.

10. Esfuerzos del novel misionero

Con la organización primera en manos de los expertos Misioneros italianos, y la entrega de Sentjust, la obra vicenciana se abría paso rápida­mente. Sin duda que Francisco se sentía feliz, al ver que la obra crecía, y se afianzaba. Los obis­pos, el clero, los seglares acudían día tras día, y el Señor bendecía la labor apostólica.

Es verdad que Francisco tuvo que asumir el acomodarse al sistema vicenciano de ser, vivir y predicar, según las «funciones». Así se llaman los ministerios que se desarrollan en la Congrega­ción. Pero además se interesó por los escritos y conferencias manuscritas, venidas de Francia y pasadas por Italia, tan ricas en doctrina y que ahora entraban en España para bien de los oyen­tes. Ellas han perdurado durante más de dos siglos.

El P. Eugenio Escribano, al dar a la imprenta una colección de antiguos sermones vicencianos, ad­vierte que lo hace más que nada por conceptuarlo como el hilo que une nuestra vida a la de los pri­meros Misioneros, que enlaza nuestras tradiciones desde san Vicente; pues los que las escribieron… prendieron en sus discursos lo que ellos habían aprendido de sus mayores del siglo xviii, y éstos lo que traían los primeros fundadores de Italia, adon­de lo llevaron, en los fines del xvii los Misioneros enviados por nuestro santo Fundador.

Y algo más importante aún, y digno de consi­deración: Esos primeros apóstoles vicencianos en España tenían una profunda fe en la eficacia apostólica de los ministerios vicencianos. Estaban firmemente convencidos de ello, y lo expresaban con toda honestidad. Así en uno de los manuscri­tos, traído también de Italia, Tratado utilísimo para el gobierno de la CM compuesto por el Sr. Gior-dani, Visitador de la Provincia de Roma, presenta 81 apartados, y se abre afirmando:

El Instituto de nuestra Congregación si se gobierna bien, es uno de los más útiles que tiene la Sta. Iglesia, siendo su fin el cultivar particular­mente el Clero que es la parte más noble de ella, y el enseñar al pueblo rústico que es la parte más abandonada…

Las operaciones de ese Instituto son tam­bién puntualmente las mismas del Redentor, el cual se ocupaba de formar bien a los primeros Eclesiásticos, esto es, a los Apóstoles y en instruir para la vida eterna a las turbas….

Y añadamos para completar esta historia, que en Barcelona, a 9 de noviembre de 1707, el Archi­duque Carlos de Austria, al saber de los fecundos resultados, firmó un decreto autorizando la funda­ción de la casa de Barcelona y de otras en sus dominios con tal que no dependieran ni comuni­caran para nada con el Superior General francés, debiendo acudir a la Santa Sede a fin de que les provea de superior que resida en Roma.

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