¡Qué negocio tan importante éste de revestirse del espíritu de Cristo! (XI, 410).
1) San Vicente usó el término «espíritu» dentro de circunstancias extremadamente variadas. Si empezamos por lo alto, dice el P. Dodin, san Vicente habla del espíritu de Dios, después del espíritu de Jesús, luego del espíritu del evangelio, del espíritu de la Compañía y, psicológicamente, del espíritu de la persona’.
2) Dentro de la multiplicidad de significados del término «espíritu» en la literatura francesa, las acepciones principales que usó san Vicente, fueron las siguientes:
- El espíritu como principio y motor de vida.
- El espíritu como lazo y unión entre los miembros de una comunidad.
- El espíritu como norma de comportamiento.
- El espíritu como signo de la voluntad de Dios y de haberla cumplido.
3. Haciendo una síntesis más apretada, podemos reducir los cuatro significados anteriores a los dos siguientes:
- El espíritu como principio de vida.
- El espíritu como principio de identidad o indiferenciación.
El Espíritu, principio de vida y de identidad
Es necesario, además, que nuestra vocación, a saber, fin, naturaleza y espíritu, dirija la vida y la organización de la Congregación (C 9).
4) La Congregación de la Misión tiene su propio espíritu (cf. XI, 410) por el que es lo que debe ser y actúa en consonancia. Sabe cómo es y cómo debe actuar. Del ser y del actuar propios surge la diferenciación de todas las demás Congregaciones. El triple aspecto: identidad, acción y diferenciación están íntimamente relacionados. Es más, cuanto más vivo y neto es el espíritu, no sólo la Congregación o Instituto es más pujante y visible, sino también la diferencia con las demás Instituciones es más perceptible.
5) A la diversidad de espíritus existente en la Iglesia, se opone la corriente que tiende a barrer las diferencias de los distintos grupos eclesiales, proclamando una total uniformidad en nombre del Evangelio. Tal tendencia lleva a reducir las «inagotables riquezas de Cristo». Precisamente, en esta riqueza inagotable de Cristo reside la variedad de las instituciones eclesiales. En el «Perfectae Caritatis» se hace referencia a la variedad de carismas y de espíritus entre las instituciones eclesiales. Dicha variedad permite a la Iglesia estar equipada para toda obra buena, preparada para edificar el Cuerpo de Cristo y poner de manifiesto la multiforme sabiduría de Dios’.
Fidelidad al propio Espíritu
Todos se afanarán siempre por conocer más profundamente este espíritu (C 8).
6) Una consecuencia que inmediatamente se impone, es la de la fidelidad al espíritu. La doctrina conciliar, recogida en los cánones 577 y 578, manda conservar la variedad de los carismas y espíritus y pide, como es obvio, la fidelidad o los mismos: En la Iglesia hay muchos Institutos de Vida Consagrada, que han recibido dones diversos, según la gracia propia de cada uno… ( c. 577). Todos han de observar con fidelidad de la mente y propósitos de los fundadores, corroborados por la autoridad eclesiástica competente, acerca de la naturaleza, fin, espíritu y carácter de cada Instituto, así como también sus sanas tradiciones, todo lo cual constituye el patrimonio (espiritual) del Instituto.
7) La fidelidad al propio espíritu, como expresión propia del seguimiento de Cristo, es el criterio más importante para la renovación y progreso de toda institución de vida consagrada y apostólica en la Iglesia. Este es el criterio asumido por la Congregación de la Misión: Esta misma Congregación, deseando conservar y expresar el lugar y el fin que le fueron legados en la Iglesia, considera necesario remontarse a sus orígenes y a la experiencia espiritual e intenciones de san Vicente, no sólo para poder reconocer más plenamente y guardar con más fidelidad su carácter originario y espíritu mismo del santo Fundador, sino para sacar también de las mismas fuentes una inspiración más profunda… (Prólog. a las Const., p. 21).
8) La fidelidad al espíritu propio no es posible sin una adaptación y actualización del mismo en su comprensión y expresiones. Las dificultades que encontraron los fundadores para pasar de la inspiración a la institucionalización, del ideal a la plasmación del mismo, siguen acechando a los miembros de las comunidades. Se impone una constante verificación y un continuo esfuerzo para ser fieles y vivir siempre a la luz del propio espíritu. Tal verificación es la que está establecida en el art. 2 de las Constituciones.
El revestimiento de Cristo en el Nuevo Testamento
Revestíos del Señor Jesucristo y no os preocupéis de las obras de la carne para satisfacer sus concupiscencias (Rom 13, 14).
9) El término «revestir» se encuentra varias veces en el Nuevo Testamento. San Lucas hace referencia al mandato del Señor de que sus discípulos no dejaran Jerusalén hasta que fueran revestidos del Espíritu Santo (Lc 24, 49). Lo que supuso para los discípulos aquel revestimiento del Espíritu lo narra el mismo san Lucas en los Hechos de los Apóstoles (Hech 2) También san Pedro exhortó a los presbíteros y demás miembros de la comunidad cristiana a que se revistan de la humildad en el trato mutuo (cf. 1 Pe 5, 5).
10) San Pablo usó nueve veces el término revestir. En la carta a los Romanos, les envió el siguiente mensaje: La noche está avanzada, el día se echa encima. Despojémonos de las tinieblas. Nada de lujurias, desenfrenos… Resvestíos más bien del espíritu del Señor Jesucristo (Rom 13, 12-14). A los Gálatas, les dijo que revestirse de Cristo es una consecuencia del bautismo: Todos los bautizados os habéis revestido de Cristo (Gal, 3, 27). En esa misma referencia al bautismo, san Pablo exhortó a los fieles de Efeso y de Colosas que se revistan del hombre nuevo, creado por Dios a imagen de Dios, con la rectitud y santidad propias de la verdad (Ef 4, 24; Col 3, 10). En todos los textos paulinos, está presente la idea de que revestirse del espíritu de Cristo es superar la condición de pecado, dejar de ser el hombre viejo y alcanzar la condición de hombre nuevo, creado por Dios a su imagen.
11) Ciñéndonos a san Pablo y ante los diferentes significados del término revestirse del espíritu de Cristo que él ofrece, surge la pregunta: ¿a cuál de ellas se aproxima más el pensamiento de san Vicente? En la conferencia del 13 de diciembre de 1658, cuyo tema fue «Los miembros de la Congregación y sus ocupaciones», san Vicente dijo: Todos los bautizados están revestidos de su espíritu (de Cristo), pero no todos realizan las obras debidas. Cada uno tiene que tender, por consiguiente, a asemejarse a nuestro Señor, o apartarse de las máximas delmundo, a seguir con el afecto y en la práctica los ejemplos del Hijo de Dios, que se hizo hombre como nosotros, para que nosotros, no sólo fuéramos salvados, sino también salvadores como él, a saber, cooperadores con él en la salvación de las almas (XI, 414-415).
12) El análisis de éste y de otros textos ha consentido afirmar al P. Dodin que la doctrina de san Vicente sobre el revestimiento de Cristo conecta con las ideas más, importantes de la espiritualidad bautismal de san Pablo y establece la teología y la mística de la Misión, no sobre la teología del sacerdocio, sino sobre la profunda doctrina de la identidad con Cristo por el bautismo.
13) La explicación dada por el P. Dodin es aceptable, con tal de que no sea excluyente. Resulta difícil pasar por alto en la teología vicenciana la espiritualidad sacerdotal, tan desarrollada por algunos de sus contemporáneos y frecuentemente usada por el mismo san Vicente.
14) De todas maneras, la conexión del pensamiento de san Vicente con la espiritualidad bautismal no puede negarse. La referencia al bautismo enriquece extraordinariamente el pensamiento vicenciano sobre el revestimiento de Cristo. Los valores del bautismo según san Pablo: identificación con Cristo (1 Cor 12 13), injerto en Cristo ( Rom 4, 5), miembros del cuerpo de Cristo (1 Cor 12, 13), la participación en el misterio pascual (Colo 2, 12), ocupan un puesto destacado en el pensamiento de san Vicente.
Revestimiento de Cristo en san Vicente
Procuran con todos sus fuerzas revestirse del espíritu del mismo Cristo (C 1 ).
15) Hay que revestirse del espíritu de Cristo es una exhortación que san Vicente repitió con frecuencia. Pero ¿en qué consiste el espíritu de Cristo? El mismo san Vicente se hizo la pregunta y él mismo dio la respuesta en la conferencia del 13 de diciembre de 1658 (cf. XI, 411-415). El espíritu de Cristo es el Espírítu Santo derramado en los corazones de los justos y que habita en ellos… les da las disposiciones e inclinaciones que Jesucristo tenía en la tierra… para permitirles actuar, ni digo con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu. Es fácil ver en este texto de san Vicente lo que es el espíritu de Cristo, lo que aporta al que lo tiene y la finalidad de su presencia en el alma del justo.
16) Cabe la pregunta: ¿cuáles son las disposiciones e inclinaciones de Jesús que su espíritu crea en el misionero? En la carta que escribió a un misionero dedicado a la formación de los aspirantes al sacerdocio: ¡Qué feliz es Vd., padre, por servir de instrumento en manos de nuestro Señor para formar buenos sacerdotes…Con eso desempeña Vd. el oficio del Espíritu Santo, que es el único al que pertenece iluminar y encender los corazones; o mejor dicho, es ese Espíritu Santo y Santificador el que actúa por medio de Vd., ya que mora y obra en Vd. mismo, no sólo para hacerle vivir de su vida divina, sino también para restablecer su misma vida y sus operaciones en esos señores, llamados al ministerio más alto que existe en la tierra, por el que tienen que ejercer las dos grandes virtudes de Jesucristo, a saber, la religión para con su Padre y la caridad para con los hombres (VI, 370). Los vicencianistas han considerado estas dos virtudes de Jesucristo como las piedras basilares para construir el edificio de la espiritualidad vicenciana.
1. La religión para con el Padre (VI, 370)
17) La «religión para con el Padre» se traduce en las Constituciones (art. 6) como amor y estima al Padre, conforme a lo que san Vicente enseñó en la conferencia antes citada del 13 de diciembre de 1658.
El espíritu de Cristo es un espíritu de perfecta caridad, lleno de una estima maravillosa a la divinidad, y de un deseo infinito de honrarla dignamente, un conocimiento de las grandezas de su Padre, para admirarlas y ensalzarlas incesantemente. (XI, 41 1).
El espíritu de Cristo es un perfecto amor al Padre: Y su amor ¿cómo era? ¡Oh qué amor!… ¿Podía testimoniar un amor mayor que muriendo por su amor como lo hizo?… Sus humillaciones no eran más que amor, su trabajo, amor, sus sufrimientos, amor, sus oraciones, amor, todas sus operaciones exteriores e interiores non eran más que actos repetidos de su amor (XI, 411-412).
18) Dentro de este amor y estima al Padre, san Vicente expuso otras facetas del espíritu de Cristo:
- la primacía el Padre: Jesucristo tenía de él una estima tan alta que le rendía homenaje en todas las cosas que había en su sagrada persona y en todo lo que hacía… ¿Hay una estima tan elevada como la del Hijo, que es igual al Padre, pero que reconoce al Padre como autor y principio de todo el bien que hay en él?… Se lo atribuía todo a él; no quería decir que su doctrina era suya, sino del Padre (XI, 411).
- El anonadamiento: ¿Podía, acaso, tener un amor más grande, hermanos míos, que anonadarse por él? (XI, 411).
- la dependencia de la voluntad del Padre: No hacía nada por sí mismo, ni por buscar su satisfacción… hago siempre la voluntad de mi Padre (XI, 412).
- Desprecio por el mundo: Su amor le dio un gran desprecio del mundo, desprecio del espíritu del mundo, desprecio de los bienes, desprecio de los placeres y desprecio de los honores (XI, 412).
2. Caridad para con los hombres (VI, 370)
19) De las muchas veces que san Vicente habló sobre la caridad de Jesús para con el. Padre y para con los hombres, podemos señalar que la caridad de Jesús era la misma caridad del Padre, compasiva y eficaz, tal como se expone en el art. 6 de las Constituciones.
La misma caridad del Padre. Jesús es la expresión del sumo amor de Dios a lós hombres. Tanto amó al mundo que le entregó su propio Hijo Un 3, 16) y el Hijo derramó sobre el mundo el inmenso amor del Padre amándonos hasta el extremo (Jn 13, 1).
Caridad compasiva. El amor de Jesús a los hombres puso en movimiento todos los sentimientos más nobles de su corazón, como son la misericordia y la compasión. Tuvo compasión de las multitudes que lo seguían, que no tenían que comer, que andaban descarriadas como ovejas sin pastor. San Vicente captó estos sentimientos de Jesús: El Hijo de Dios, al no poder tener sentimientos de compasión en el estado glorioso que posee desde toda la eternidad en el cielo, quiso hacerse hombre y pontífice nuestro para compadecerse de nuestras miserias (Heb 5, 2). La compasión de nuestro Señor le hizo llorar por Jerusalén a causa de las calamidades que la amenazaban (cf. XI, 771). La consecuencia es que el misionero debe ser hombre de misericordia (XI, 234). No tener compasión es ser peor que las fieras (cf. XI, 560-561).
Caridad eficaz. Es difícil creer en el amor si no se manifiesta mediante obras convincentes. Viejo es el adagio de que «obras son amores y no buenas razones». El que ama es el que cumple los mandamientos (cf. Jn 14, 15). Por los frutos se conoce la bondad del árbol (cf. Mt 7, 17)). Siempre fueron las obras, la mejor garantía de la autenticidad del amor. Jesús dijo: En esto se manifiesta la gloria de mi Padre, en que deis fruto abundante Un 15, 8). Dios juzgará por las obras: Venid benditos de mi Padre porque tuve hambre y me disteis de comer… (Mt 25, 35).
20) San Vicente contempló a Jesús en su quehacer evangelizador y vio que su palabra siempre estaba avalada con signos. Comprendió que una evangelización que no se completa con signos convincentes de caridad no es una evangelización eficaz, no es la que hizo nuestro Señor. A los misioneros les dijo que hay que evangelizar no sólo de palabra, sino también con las obras porque es lo más perfecto y es lo que hizo nuestro Señor (cf. XI, 393).
3. Docilidad a la divina providencia (C 6)
21) La docilidad a la divina providencia es otra de las disposiciones del alma de Cristo, que san Vicente recomendó a los misioneros (cf. C 6). Muchos pasajes del Evangelio nos muestran muy claramente la docilidad de Jesús a la voluntad de su Padre.
Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre (Jn 4 34). No es mi voluntad la que busco, sino la voluntad del que me ha enviado (Jn 5, 30). He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado (in 6, 38). El ejemplo supremo de docilidad lo dio Jesús cuando en la víspera de su muerte aceptó el querer de Dios en medio de una angustia inenarrable: Si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya (Lc 22, 42).
22) La lectura de los escritos de san Vicente inducen a creer que estuvo siempre pendiente de la voluntad de Dios. La voluntad de Dios, buscada sinceramente, es para el fundador de la Misión una luz que lo ilumina en todas sus decisiones. Con razón se ha podido afirmar que en la práctica de la voluntad de Dios, san Vicente ha alcanzado la clave de la síntesis espiritual. Une en ella sus dos preocupaciones: continuar la obra de Cristo, revistiéndose de su espíritu y ajustar la prudencia que guía al modo de proceder de la adorable providencia.
23) El valor de la docilidad a la voluntad de Dios indujo a san Vicente a poner como primer fin de la Congregación hacer siempre y en todo la voluntad de Dios. Así lo leemos en la primera redacción de las Reglas Comunes. Si, después, en la redacción definitiva de las Reglas Comunes cambió el contenido del fin, dejó bien asentado en las mismas Reglas Comunes que el mejor medio para adquirir la perfección es cumplir la voluntad de Dios (cf. RC II, 3).
24) La doctrina que san Vicente enseñó no es originalmente suya, era y sigue siendo doctrina común, pero san Vicente la vivió densamente. Su experiencia hay que estudiarla con criterios propios de la teología mística. Es significativa la respuesta que dio a los que lo acusaban de lento, por seguir, según él, los pasos de la providencia: Siento una devoción especial en ir siguiendo paso a paso la adorable providencia (II, 176). Y no sólo san Vicente sentía devoción, sino gozo y felicidad: ¡Qué felicidad no querer más que lo que Dios quiere, no hacer más que lo que la providencia nos va señalando en cada ocasión, y no tener más que lo que nos dé su providencia! (III, 170).






