El sentido de la justicia y solidaridad de los laicos Vicencianos (III)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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LA ILUMINACIÓN DESDE LAS RAICES

Creo que fue Charles Péguy el que dijo que «la historia ha de entenderse hacia atrás, pero que debe vivirse hacia adelante». En definitiva, es aquella archirrepetida pedagogía del Concilio Vaticano II: afirmarse en las raíces para encarnarse más en el mundo de hoy.

Por eso, no está de sobra que los movimientos laicales vicencianos retornen, de vez en cuando, a sus raíces para revita­lizarse en una dirección correcta. Pero una vuelta a las raíces no como mera documentación histórica, sino como inspiración di­námica, profética y creativa. Lo que el teólogo alemán Johann Baptist Metz llama «memoria subversiva».

Ciertamente, las cuatro Asociaciones vicencianas (Volunta­rias de la Caridad, Sociedad de San Vicente, Juventudes Ma­rianas Vicencianas y Asociación de la Medalla Milagrosa) tienen una común savia de Vicente de Paúl. Sin embargo, hablando con propiedad, no tienen las mismas raíces específicas. Como dice Miguel Lloret, «es evidente que la referencia a San Vicente de Paúl no puede ser la misma para las Voluntarias de la Caridad, fundadas personalmente por él, para la Sociedad de San Vicente, puesta bajo su patronazgo por su fundador Federico Ozanam, y para las Asociaciones Marianas, sugeridas de las Apariciones de María a Catalina Labouré en 1830 y del mensaje que le fue confiado»».

Las Voluntarias de la Caridad se miran en el proyecto de Vicente de Paúl

Vicente de Paúl confió su proyecto fundamental a un grupo de mujeres de Chatillon-les-Dombes, en 1617. Hoy, más de 200.000 mujeres, en 34 países del mundo, intentan vivir ese proyecto condensado en un lema rotundo: «Contra las pobrezas, actuar juntos». Y su mejor traducción de fidelidad dinámica a las raíces sería una especie de «manifiesto» entresacado de su «Documento de Base». Ahí se encuentra quintaesenciado el «re­volucionario» proyecto laical de Vicente de Paúl, en un momento —a raíz del Concilio de Trento— en que la teología y la pastoral de la Iglesia iban por otros derroteros y no querían saber nada del laicado.

Así pues, éste sería el «manifiesto»: «Somos fieles a la in­tuición profética y al dinamismo innovador de Vicente de Paúl. Esa intuición profética que le hizo captar que la lucha contra las pobrezas y las injusticias debe tener como objetivo la satisfacción de las aspiraciones fundamentales de la persona humana, tanto materiales como espirituales: que la justicia es uno de los pre­liminares y una de las exigencias fundamentales de la Caridad; que es necesario el compromiso en una acción organizada y comunitaria; que la Caridad no tiene fronteras; que las mujeres deben estar presentes, igual que los hombres, en los problemas de la sociedad. Y afirmamos la coherencia de nuestra acción social y pastoral al lado de los más necesitados: nuestra preo­cupación por estar en la lucha por la justicia y la solidaridad a través de tres niveles complementarios como son la acción in­dividual, la acción colectiva y la actuación sobre las estructuras o, lo que es lo mismo, la asistencia seria del necesitado, la promoción integral del marginado y la denuncia de las causas generadoras de injusticia y desigualdad. Afirmamos también nuestra voluntad de colaboración con todos los que participan en la lucha contra las pobrezas, los sufrimientos y las injusticias, en el respeto recíproco de las responsabilidades de cada uno; nuestra atención a las realidades sociales, religiosas y políticas de cada comunidad humana; nuestra parte esencial en la parti­cipación y desarrollo de la persona humana. Y sentimos el im­pulso de Vicente de Paúl al sumergirnos en su fe y en su ex­periencia y al dejarnos imantar, como él, por la infinita creatividad del amor».

Federico Ozanam inspira a los de su Sociedad

«La cuestión que divide a los hombres de nuestros días no es una cuestión de formas políticas, es una cuestión social. Se trata de saber si se impondrá el espíritu de egoísmo o el espíritu de sacrificio: si la sociedad será una gran explotación en provecho de los más fuertes o una entrega de cada uno al bien de todos y, principalmente, al servicio de los más débiles. Hay muchos hom­bres que tienen demasiado y que aún quieren tener más; y hay muchos más que no tienen lo suficiente, que apenas tienen nada y que están dispuestos a exigirlo si no se les da. Entre estas dos clases de hombres se está fraguando una lucha terrible: de un lado, el poder de la riqueza, de otro lado, la angustia de la desesperación. Y entre estos dos bandos irreconciliables tenemos que estar nosotros para intentar amortiguar el choque. Ese papel de mediadores nos lo facilita nuestra juventud y nuestra perte­nencia a la clase media, y nos lo exige nuestra condición de cristianos. He aquí la posible utilidad de nuestra Sociedad de San Vicente»’.

Este amplio párrafo podría pasar por hijo de cualquier pen­sador actual de cierta avanzadilla. Pero se trata de la intuición profética de un joven pensador y luchador que, en 1833, en París, fundó una organización internacional de laicos con el nombre de «Sociedad de San Vicente de Paúl» y, por supuesto, a la sombra inspiradora del pensamiento y de la obra de Vicente de Paúl. Se trata de una figura clave en el laicado moderno, pero que, tris­temente, no es demasiado conocida en España. Se trata, en fin, de alguien que ha sabido captar, formular y vivir, como pocos, el auténtico espíritu vicenciano.

Resumidamente, hay que destacar una serie de puntos focales que concentran el proyecto de Federico Ozanam y que tienen que estar en la base de la Sociedad de San Vicente hoy y aquí. Puntos tales como:

La convicción de que la mejor manera de expresar la fe es la dedicación a los pobres de Jesucristo.

La obsesión fundamental de que no estamos en este mun­do, más que para cumplir la voluntad de Dios en la dedicación al servicio de los pobres.

La fidelidad a Dios en Jesucristo debe tener una irradación social.

El «acercamiento de las clases», no la destrucción de una clase por otra. Pero siempre desde una postura de neta «opción por los pobres».

La toma de partido por las clases populares, por los «bár­baros». Federico Ozanam escribe: «Esas masas tiernamente ama­das por la Iglesia, porque representan la pobreza que Dios ama y el trabajo que Dios bendice…, sacrifiquemos nuestras repugnancias y nuestros resentimientos y vayamos hacia ese pueblo… Ayudémosle no sólo con la limosna que ata al hombre, sino también con nuestros esfuerzos para lograr instituciones que, al independizarlos, los hagan mejores. ¡Pasémonos a los bárbaros!» («Le Correspondant», 10 de febrero de 1848).

Y como el artículo citado escandalizó a muchos católicos timoratos, Federico Ozanam volvió a escribir, pero esta vez a un amigo: «Al decir ‘pasémonos a los bárbaros’, estoy pidiendo que en lugar de esposar los intereses de una burguesía egoísta, nos ocupemos del pueblo que tiene demasiadas necesidades y no suficientes derechos, que reclama con razón una parte más amplia en los asuntos públicos, garantías de trabajo y contra la miseria. Es en el pueblo donde veo suficiente fe y moralidad para salvar a la sociedad, y que las clases altas han perdido» (10 de febrero de 1848).

Las Asociaciones Marianas y su nexo con los frutos sociales del mensaje de 1830

Tal vez, esta raíz resulte un poco forzada o, por lo menos, un tanto extrapolada. Sin embargo, como hipótesis discutible de trabajo, hay que remitirse a dos coordenadas:

Las Apariciones de la calle del Bac son consideradas como una de las más bellas pruebas de la ternura de Dios hacia los hombres. Y, por tanto, su mensaje es un llamamiento a renovar la fe en un amor desinteresado y servicial.

Las Asociaciones surgidas de este mensaje, especial­mente la Asociación de las Hijas de María (1847), se proponen un doble trabajo de «santificación y apostolado social». El Papa León XIII, con ocasión del cincuentenario de su fundación, hablará de las «grandes y numerosas ventajas que procura a las familias y a la sociedad civil, esta piadosa Asociación que se distingue tanto por la piedad como por la caridad». Es interesante observar que el apostolado social, como se decía entonces, for­maba parte del programa y se diversificaba en distintos compro­misos, por ejemplo, en responsabilidades dentro de las activi­dades de educación y de caridad.

Paralelamente, es oportuno citar un acontecimiento clave: la Asociación de las Hijas de María y el sindicalismo naciente. Porque esta Asociación —con una Hija de la Caridad llamada Sor Milcent, a la cabeza— está en la gestación y nacimiento de los sindicatos de «l’Abbaye», allá por el año de 1902. Y si esta Hija de la Caridad pudo realizar esa obra «atrevida», fue con la colaboración de las Hijas de María —primitiva denominación de las actuales «Juventudes Marianas Vicencianas»— como mili­tantes y elementos indispensables de la primera hora. Una de estas Hijas de María, Luisa Gateblé, fue pionera. Hace falta leer la historia de esta obrera para comprender la audacia de su lucha sindical: fue la primera que se atrevió a pedir vacaciones a su patrón para una docena de trabajadoras de su fábrica.

En la base de todo esto se encontraba el empeño de la Aso­ciación por una formación social y comprometidamente sindical. Con una plataforma concientizadora: la carta encíclica «Rerum Novarum» (1981) que ya había empezado a extender su influencia por los círculos más inquietos del catolicismo’.

HACIA UNA DINÁMICA DEL LAICADO VICENCIANO

En las intervenciones sesudas y clásicas, llega un momento en que el orador adquiere complejo de farmacia. O sea, que el respetable auditorio está harto de solemnes declaraciones y quiere «recetas» prácticas.

Esa misma sensación tengo yo. Porque supongo que también ahora la inmensa mayoría de este auditorio espera el capítulo correspondiente a las conclusiones prácticas. Bueno, pues resulta que tampoco yo puedo ofrecer una especie de catálogo que diga: «Cómo ser laico vicenciano luchador por la justicia y la soli­daridad, en quince días». Lo siento.

Lo que sí se puede hacer es una cala en tres dimensiones interrelacionadas entre sí. Sin duda, dinamizarán la misión del laico vicenciano precisamente en el único camino verdadero: el de la justicia y la solidaridad. Que no es poco.

La «diaconía de la caridad» como praxis de amor

Hay que empezar por aquí. Porque en no pocos ambientes sigue aún vigente una imagen de la caridad que vela el genuino rostro del amor cristiano. Por otro lado, muchas veces, ante la opinión pública —quizá mal informada—, los laicos vicencianos pueden dar la impresión de ejercer la caridad como forma de tapar la boca a los pobres que reclaman justicia.

Es decir, nos falta vertebrar coherentemente la íntima relación entre caridad, justicia y derechos humanos.

Y este es el primer paso: el «servicio caritativo» como praxis de amor. Con una serie de rasgos esenciales: saber que el pobre está habitado por Dios; que el pobre es «sacramento de Cristo»; que es «amo y maestro»; que no somos dignos de servirle.

Una «diaconía» así, exige expresar el amor sobre la misma realidad, todo lo opuesto a «mis pobres», expresión de posesivo egoísta y manipulador. E implica una actitud oblativa, gratuita, desinteresada. Recordemos cómo Vicente de &cal decía a las Hijas de la Caridad —y es asimilable a los laicos vicencianos—que tenían que llegar a ser «mártires de la caridad», porque tenían que gastar y desgastar su vida, como en un holocausto, en el servicio de los pobres.

La praxis del amor en la justicia

Se puede decir que la meta de las Asociaciones laicales vicencianas sería verificar en su vida y en su misión la plenitud de integración entre amor y justicia. Y es que ésta parece ser la eterna asignatura pendiente. El laico vicenciano no puede perder de vista unos principios fundamentales: que el amor da a la justicia profundidad y sentido, y que la justicia da al amor realismo y concreción; que la justicia del amor consiste en la autenticidad, y que el amor de la justicia consiste en el reconocimiento del otro en su totalidad de derechos y libertades integrales.

Pero es particularmente importante que el laico vicenciano sepa concretar, en esta dirección, esos tres famosos niveles com­plementarios con que están en la raíz vicenciana: la asistencia, la promoción y la denuncia de las estructuras injustas. Y con­cretarlos con este hilo conductor: el amor en la justicia.

La praxis de la solidaridad como síntesis del compromiso social

Si pudiera quedar alguna duda sobre el imperativo de la so­lidaridad, ahí está la carta encíclica de Juan Pablo II, «Sollicitudo rei sociallis», que debería erigirse en columna vertebral de la misión del laico vicenciano. Porque el nuevo frente que propone la encíclica para la ética social cristiana puede resumirse en la palabra «solidaridad». Esta es la categoría-síntesis de la ética social. Porque la praxis de la solidaridad coincide con el ejercicio del compromiso social cristiano.

Si el laico vicenciano quiere hacer la prueba, que se asome, concretamente, a los números 39 y 40 de la encíclica». Allí encontrará la trama de la solidaridad:

— Una solidaridad en cuanto pedagogía para descubrir en el «pobre» un «igual» en el banquete de la vida.

La base de la solidaridad radica en la empatía, es decir, en entrar en los sentimientos del otro, en encarnarse en la con­dición del otro, en anonadarse hasta el abismo del otro. De lo contrario, la pretendida solidaridad se convertirá en burocracia o en ayuda a distancia y el «otro» se transformará en un «cliente».

La cúspide de la solidaridad es el compartir. Y, por tanto, la solidaridad se realiza haciendo que todos los seres humanos participen del conjunto de los bienes disponibles, sin acaparar unos a costa de la privación de otros y sin introducir en la distribución medidas discriminatorias contra los más débiles y humillados.

La solidaridad es el cauce más apropiado para hacer creí­ble la identidad cristiana, porque solamente a través de la soli­daridad se expresa la verdad de la perícopa de Mateo 25: «Tuve hambre y me disteis de comer…». Y, así, es el único y auténtico criterio de moralidad cristiana. Porque la praxis solidaria ejercida con los necesitados, se transforma en el juicio definitivo de Dios.

Y aquí vuelve a sonar con fuerza toda la radical doctrina vicenciana sobre el «juicio de los pobres»».

VIEJAS Y NUEVAS TENTACIONES

Como complemento a todo lo dicho, pido la venia para aludir —sin ánimo inquisitorial, por supuesto— a una serie de peligros, tentaciones, ídolos o como se les prefiera llamar, que pueden per­durar desde antiguo o que se pueden infiltrar ahora mismo, a la chita callando, en los Movimientos laicales vicencianos. Desde luego, no están todos los que pueden ser, pero sí son los que están.

El espiritualismo

Es curioso que, en una hora como la actual, en la que los grupos eclesiales son urgidos al compromiso social, también re­ciben constantes reclamos a un falso «intimismo espiritual». Pa­rece como si, para muchos, la experiencia de lucha por la justicia y la solidaridad fuese un camino acabado en su identidad cris­tiana. Y, naturalmente, tienden a «evadirse» de los conflictos y de las tareas esforzadas por la construcción del Reino, y se re­fugian en una «privatización .de su fe». En ellos abunda la es­piritualidad de «fuga mundi» más o menos convenientemente maquillada para que no se note demasiado. Hoy vuelven a sonar, en los grupos laicos, conceptos de «santificación», de «impreg­nación trascendente de la sociedad», de «salvación» que, en realidad, no son nada más que invernaderos de espiritualismo desencarnado, rodeos para no complicarse la vida con el herido en el camino. Y denotan un divorcio entre la fe y la vida, una vieja dicotonomía entre la fe y la solidaridad.

No estaría mal el acuerdo de lo que, en 1968, decía el pastor Visser’t Hooft, en su discurso a la Asamblea Mundial de las Iglesias, en Upsala: «Un cristianismo que haya perdido su di­mensión vertical, se habrá perdido a sí mismo. Pero un cristia­nismo que utilice las preocupaciones verticales como medio para rehuir responsabilidades ante los hombres, no será ni más ni menos que una negativa de la Encarnación… Es hora de com­prender que todo miembro de la Iglesia que rehuya en la práctica tener responsabilidad ante los pobres, es tan culpable de herejía como el que rechaza una de las verdades de la fe».

El autoaislamiento

No son pocos los grupos que en el nuevo contexto social tienen miedo a perder su identidad. Entonces, surge la tentación de replegarse a los «cuarteles de invierno», de encerrarse en posiciones o «reservas» de mayor comodidad, ignorando la nueva sociedad y asilándose de cualquier contaminación per­turbadora.

Y con ello, aunque sea inconscientemente, se fomenta la atmósfera de «ghetto», la negativa al diálogo y a la colaboración con quienes son «distintos». Es, en realidad, el camino más fácil para el espiritualismo.

El narcisismo

Vicente de Paúl, en alguna ocasión, habló de que le «preo­cupaba — ¡cómo no! — la Compañía, pero que le preocupaban muchísimo más los pobres».

Bueno, pues la tentación que puede rondar al laico vicenciano es al revés: que le preocupe mucho más, casi obsesivamente, la cantidad, el ser los mejores, la Institución, el éxito a cualquier precio. Y, naturalmente, las fuerzas se gastan no en la lucha por la justicia, sino en tener un gran andamiaje institucional que, a la larga, se vuelve totalmente estéril.

La «prudencia»

Por supuesto, entre comillas para ser también prudente. So­lamente me voy a fijar en la clasificación que hace Jesús Espeja de los Movimientos apostólicos y comunidades de vida cristiana, en España, tomando como baremo indicador la recepción del nuevo aire conciliar y su consiguiente puesta al día.

Así, el autor habla de «movimientos o grupos que se centran sobre todo en un compromiso vital de tipo religioso», «movi­mientos que se centran de modo especial en lo carismático-con­templativo» y «movimientos que se centran en un compromiso religioso formulado en líneas generales». Y este último apartado lo subdivide, a su vez, en tres grupos: los del «trabajo bien hecho» (Hermandades, Opus Dei, Acción Empresarial…), los de «es­piritualidad familiar y promoción de la familia», y los de «caridad asistencial» (Cáritas, Frater, Voluntarias de la Caridad de San Vicente de Paúl, Sociedad de San Vicente…). Pero, a continua­ción, señala lo más importante: hay un cuarto grupo compuesto por los laicos comprometidos en la lucha por la justicia y la solidaridad, y el autor dice: «Al cuarto grupo, auténtico prota­gonista de la recepción del Concilio y acompañante, como poco, del nuevo sujeto colectivo en gestación, se le incorporarán progresivamente algunos movimientos del anterior sector: Cáritas, con apasionados altibajos, Hermandades y Frater, con cierta len­titud… Lástima que sus antiguos compañeros del tercer grupo no supieran acompañarlos y algunos, incluso, iniciaran la lucha contra el nuevo talante conciliar…»».

Es decir, que en dicho estudio, no se apunta el paso decisivo de los laicos vicencianos. El análisis puede ser todo lo subjetivo que se quiera, pero ésa es la visión de un observador externo. ¿No le habrán dado pie a dicho juicio negativo los mismos mo­vimientos laicales vicencianos con el excesivo culto de la «pru­dencia»? ¿Es que sigue en vigor aquel chascarrillo antiguo que proclamaba algo así como «para ser dama de beneficiencia, hay que ser buena pero con prudencia»?

La falta de organización, coordinación, colaboración e inserción

Nadie puede negar que una de las raíces más netamente vicencianas es la organización y coordinación de la caridad. Ahí está, para demostrarlo, el nacimiento de las Voluntarias de la Caridad con la repetida frase de Vicente de Paúl: «He aquí una gran caridad, pero mal organizada». Y nadie puede negar tam­poco que la colaboración en la lucha contra las pobrezas y la inserción en los planes de pastoral social nacional, diocesana o parroquial es casi un dogma aceptado, al menos teóricamente, por todos.

La tentación es querer funcionar la margen de esa pastoral social y recluirse, con cierta altanería, en «nuestra pastoral», dando la impresión de buscar la competencia con la diócesis o la parroquia. La tentación es actuar «por lo libre», como francotiradores.

Los obispos españoles, en su documento «Testigos del Dios Vivo», lanzan una seria advertencia contra esta tentación: «A pesar del reconocimiento de la acción generosa de tantos cristia­nos, a nadie debe extrañar si decimos que el momento actual de nuestra Iglesia requiere intensificar y coordinar mejor las formas organizadas de ejercer la caridad en favor de los pobres y de los necesitados. Lo requiere la misma naturaleza de la evangeliza­ción…, lo requiere también el sufrimiento de tantos hermanos nuestros…, lo requieren los «nuevos pobres» de la sociedad moderna».

CONCLUSIÓN

Después de todo lo expuesto, no quiero dejarme en el magín lo que, en alguna conversación, me decía Clara Delva, anterior Presidenta Internacional de las Voluntarias de la Caridad: «Lo malo de un cuerpo es que la cabeza vaya muy por delante de los pies. Resulta algo monstruoso. Y un poco o un mucho de esto puede suceder en nuestros grupos laicales vicencianos».

La solución, añado yo, sería no que la cabeza diera un paso atrás, sino que los pies avanzasen dos pasos e hicieran espabilar a la cabeza.

Celestino Fernández

CEME

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