El sentido de la justicia y solidaridad de los laicos Vicencianos (II)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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LA INTERPELACIÓN «PARCIAL» DEL EVANGELIO

Ante este clamor de los pobres no cabe otra actitud que un serio examen de conciencia delante del Evangelio del Señor Je­sús. Sobre todo, cuando se constata que en las realidades de injusticia y de insolidaridad estamos implicados los cristianos como cómplices silenciosos o consentidores indiferentes.

Porque estos pobres concretos de nuestra sociedad son signo claro de que todavía Dios no reina entre nosotros como Padre de todos. Y unas Asociaciones laicales vicencianas tienen que tener la osadía de someterse a una despiadada autocrítica. Deben poseer la valentía de preguntarse si su seguimiento de Jesús de Nazaret no es excesivamente abstracto, ilusorio y conformista. No pueden dejar en el aire una interrogación punzante: ¿cómo puede ser creíble el mensaje de fraternidad de Jesús de Nazaret, que anun­ciarnos, si no estamos encarnados en la «pasión de la humani­dad», compartiendo las angustias de los pobres, defendiendo sus derechos y comprometidos en sus aspiraciones por una vida digna y libre? Aún más, las Asociaciones laicales vicencianas tienen que revisar urgentemente dos cuestiones insoslayables: qué Evan­gelio leen y escuchan, y desde qué instancias leen el Evangelio de Jesús de Nazaret, ¿desde la atinada y seráfica neutralidad o desde la radical «parcialidad» por los pobres? Porque aquí está la clave de una verdadera fundamentación, en justicia y solida­ridad, del laicado vicenciano.

Una Buena Noticia para los pobres

Así pues, hay que arrancar de la causa a la que Jesús dedicó su tiempo, sus fuerzas y todo su ser: el Reino de Dios, la justicia del Reino de Dios como núcleo central de su mensaje y como la pasión que anima toda su actuación.

Por eso, el laico vicenciano tiene que sentirse interpelado por un Evangelio que es, ante todo, Buena Noticia liberadora para los pobres. Y tiene que concientizarse de algo esencial: cuando Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios, se dirige a los pobres como los primeros que deben escuchar este anuncio como Buena Noticia. Ellos son los primeros destinatarios y beneficiarios del Reino de Dios. Toda la actuación de Jesús parte de esta convicción: «El Espíritu del Señor está sobre mí y me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4,18).

El Reino de Dios pertenece, según Jesús, a los desposeídos, a los hombres y mujeres que se caracterizan por la necesidad. Se trata, según toda la tradición bíblica, de los indigentes, los indefensos, víctimas de la opresión de los poderosos, incapaces de defender sus derechos frente a los abusos de los fuertes y violentos, hombres sin prestigio ni recursos, gentes a las que nadie hace justicia, personas para las que no hay sitio ni esperanza en las estructuras sociales y en el corazón de los hombres.

El carácter privilegiado de los pobres no se debe a sus méritos, a sus virtudes, ni siquiera a su mayor capacidad para acoger el mensaje de Jesús. La pobreza, por sí misma, no le hace a nadie mejor. La única razón es que son pobres y abandonados, y Dios, Padre de todos, no puede reinar entre los hombres sino haciendo justicia a los que nadie se la hace (Sal 72,12-14; 146,7-10).

No es extraño constatar que el mismo escándalo que producía a los judíos piadosos esta preferencia de Jesús por los pobres, escandaliza también hoy a los llamados cristianos piadosos. Las frases más radicales de Jesús en favor de los desheredados siguen siendo causa de indignación para los honorables. O son «decen­temente» traducidas por los ortodoxos de turno. No quisiera pen­sar que también esta postura de Jesús indigna y escandaliza a los miembros del laicado vicenciano.

La revolución de Jesús

A finales de la década de los años sesenta estallaba en los Estados Unidos de América un movimiento llamado «la revo­lución de Jesús». Sin embargo, poco tiene que ver la lectura del Evangelio que hacía aquel movimiento yanqui, con la verdadera «revolución» que Jesús llevó a cabo. Aquel movimiento, con su sabor a cocacola y su pentecostalismo circense, era todo lo con­trario a lo que un laico vicenciano debe entender por la «revo­lución de Jesús». Porque resulta que Jesús transtorna todas las categorías culturales soteriológicas de las religiones paganas e implanta una forma totalmente nueva de ser y de actuar de cara a Dios y a los demás.

Jesús de Nazaret ofrece, mediante sus obras y palabras, el desmantelamiento de toda conciencia de poder, de egoísmo, de prepotencia, de la que resultan sacrificados los pequeños, los desheredados, los marginados. Pero lo que Jesús ofrece y lo que constituye el centro mismo de su obra es la inauguración de una nueva realidad. Jesús no ofrece un modelo económico, social o político. Pero sí ofrece una dinamización definitiva que entraña un futuro, precisamente cuando todos pierden la esperanza y caen en el fatal desencanto.

Lo que la gente observaba en Jesús era que la vida se había visto transformada de un modo extraño e inexplicable, y que esa transformación no se había producido por los medios normales, al mismo tiempo que los resultados subvertían la realidad im­perante (perdón a la adúltera y a la pecadora pública; «las pros­titutas y los publicanos os precederán en el Reino de Dios»; «es más difícil que un rico entre en el Reino de los cielos que un camello entre por el ojo de una aguja»; «bienaventurados los pobres…, los que lloran…, los hambrientos y sedientos de jus­ticia…, los no-violentos…; etc.»).

El Nuevo Testamento, en sintonía con los Profetas, nos cer­tifica que la «revolución» esperada se cumple en el Mesías «ser­vidor». Clara expresión de lo dicho resulta la parábola de Lucas 14,15-24, en la que el anfitrión decide que su banquete se abra a pobres y lisiados, a cojos y ciegos, porque su casa debe estar llena de marginados y olvidados como signo de lo que es el Reino. Todo el movimiento liberador de Jesús se resume con total sencillez: «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia» (Lc 7,22). La salvación, «únicamente» para los pobres

Por si al laico vicenciano le queda alguna duda en el sentido de que «Jesús se pone sistemáticamente del lado del pobre», ahí está, como un resumen de todo su proyecto, la primera biena­venturanza en San Lucas: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios» (Le 6,20). Y Joachim Jeremías explica: «Las lenguas semíticas omiten con frecuencia el adverbio restrictivo «únicamente», aún en casos en los que, para nuestra sensibilidad lingüística, no podrían omitirse. Y, por tanto, con bastante frecuencia habrá que suplirlo en la traducción. Así ocurre aquí también. La primera bienaventuranza afirma: La salvación está destinada «únicamente» a los mendigos y a los pecadores».

Como alguien ha comentado, palabras intolerables. Aunque ya podemos suponer que los «pobres» a quienes Jesús ofrece en exclusiva la salvación deben ser entendidos en un sentido amplio: «Los que sufren opresión y no se pueden defender, los desesperanzados, los que no tienen salvación»10. Ciertamente, los «pobres» como categoría socio-económica serían solamente un caso particular (igual que los pecadores serían otro caso particular), pero es precisamente este caso particular de los «pobres» el que interesa al laico vicenciano para dejarse in­terpelar radicalmente por el Evangelio en su misión de justicia y solidaridad.

LA INTERPELACIÓN URGENTE DE UNA IGLESIA «PREOCUPADA» POR LOS POBRES

El «Documento de Base» de las Voluntarias de la Caridad dice: «Miembros de la Iglesia, queremos estar atentas a la ‘voz coral’ de la Iglesia. Esta voz nos interpela. Su voz es múltiple, puesto que es la del Pueblo de Dios en camino. Nosotras nos referimos esencialmente a las encíclicas, a las declaraciones de los obispos, que tratan en especial de las orientaciones de la Iglesia en materia de justicia social»». Ciertamente, esta con­vicción vale también para los restantes movimientos laicales vi-cencianos. Porque, en definitiva, su identidad eclesial les tiene que hacer conectar con «la Iglesia, que es la Iglesia de todos, pero que quiere ser particularmente la Iglesia de los pobres», como decía Juan XXIII en su radiomensaje del 11 de noviembre de 1962. Aunque notemos —de ahí las comillas del título— que una Iglesia «preocupada» por los pobres no es todavía una Iglesia de los pobres.

El laico vicenciano, pues, se siente integrante de ese «nuevo sujeto colectivo», responsable de la transformación del mundo, que el magisterio pontificio cultiva y alienta desde hace años con documentos como: «Rerum Novarum», «Quadragessimo Anno», «Mater et Magistra», «Pacem in Tenis», «Ecclesiam suam», «Populorum Progressio», «Octogessima Adveniens», «Evangelii Nuntiandi», «Redemptor hominis», «Laborem exercens», «Sollicitudo rei socialis»…

Y tampoco puede ser ajeno, en España, a aquellos docu­mentos episcopales que conforman a este «sujeto» en una evo­lución progresivamente enriquecida: «La Iglesia y el orden tem­poral a la luz del Concilio» (junio de 1966), «La Iglesia y los pobres» (julio de 1970), «Orientaciones pastorales sobre el Apos­tolado Seglar» (noviembre de 1972), «Sobre la Iglesia y la co­munidad política» (enero de 1973), «Actitudes cristianas ante la situación económica» (septiembre de 1974), «El grave problema del paro» (noviembre de 1981), «Crisis económica y responsa­bilidad moral» (septiembre de 1984), «Testigos del Dios Vivo» (1985), «Constructores de la paz» (1986), «Los católicos en la vida pública» (1986), «El seglar en la Iglesia y en el mundo» (1987)…

Sin mencionar la lista de los documentos diocesanos, que sería interminable, y las ponencias, comunicaciones, experien­cias, trabajos y conclusiones del Congreso de «Evangelización y hombre de hoy», de septiembre de 1985.

Sin embargo, hay que admitir que la inmensa mayoría —casi la totalidad— de los documento aludidos responden más a la preocupación y concientización de la Iglesia en general por la caridad, la justicia, la solidaridad y los problemas sociales y humanos. Y, dentro de esa generalidad, el laico tiene que verse interpelado como el resto de la comunidad cristiana. Pero no abundan, ni mucho menos, los documentos o las referencias explícitas a la actuación de los laicos en su dimensión extrae-clesial. Y, casi siempre, el apartado referido a los laicos suele englobarse en una serie de llamamientos urgentes a la transfor­mación de las realidades temporales, sin llegar a trazar un perfil específico y particular de la tarea del laicado en esta dimensión.

No obstante, podemos apuntar algunas «líneas de fuerza» subrayadas con más insistencia en determinados documentos. Lógicamente, tiene que ser una selección subjetiva, aunque re­sulta significativa para el laicado vicenciano.

La «caridad reestructuradora» de la realidad social

Es obligado arrancar del decreto conciliar «Apostólicam Ac-tuositatem», el decreto del Vaticano II especialmente dedicado al Apostolado seglar’. Y aquí se encierra una perspectiva nueva que está en la base de lo que después ha venido a ser un nuevo estilo eclesial de ser cristiano.

Porque, después de urgir al laico cristiano a «ordenar todo el universo hacia Cristo» (A.A.2), a «restaurar todo el orden temporal» (A.A.5) y a «perfeccionarlo sin cesar» (A.A.7), el Concilio le exige una caridad de tipo reestructurador, y descalifica su posible sustitución por la simple caridad asistencial. El si­guiente párrafo del capítulo octavo del decreto conciliar es ta­xativo: «Cumplir antes que nada las exigencias de la justicia, para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia; suprimir las causas, y no sólo los efectos, de los males, y organizar los auxilios de tal forma que quienes los reciben se vayan liberando progresivamente de la dependencia externa y se vayan bastando por sí mismos» (A.A.8).

La urgencia de un compromiso solidario con la justicia

Ciertamente, este «aldabonazo» eclesial vertebra la totalidad de los documentos pontificios y episcopales postconciliares. Pero hay tres documentos que forman un trípode especial en este tema: la carta apostólica «Octogéssima Adveniens» y la carta encíclica «Populorum Progressio», ambas de Pablo VI, y la reciente carta encíclica «Sollicitudo rei socialis», de Juan Pablo II.

Naturalmente, en las tres cartas hay una interpelación acuciante a todos los creyentes y personas de buena voluntad. Y, desde luego, ahí se incluye el laico. Pero también hallamos un requerimiento particular para el seglar cristiano, miembro de algún movimiento que tiene en su punto de mira la justicia y la solidaridad con los condenados de la tierra.

Y no está de más que el laico vicenciano tome buena nota de algunos de esos requerimientos. Por ejemplo, cuando en la «Populorum Progressio» se lee: «En los países en vías de de­sarrollo no menos que en los otros, los seglares deben asumir como tarea propia la renovación del orden temporal… A los seglares les corresponde, con su libre iniciativa y sin esperar pasivamente consignas y directrices, penetrar de espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en que viven. A nuestros hijos católicos de los países más favorecidos, pedimos que aporten su competencia y su activa participación en las organizaciones oficiales o privadas, civiles o religiosas, dedicadas a superar las dificultades de los países en vías de desarrollo. Estamos seguros de que ellos pondrán todo su empeño para hallarse en primera fila entre aquellos que tra­bajan por llevar a la realidad de los hechos la justicia»13. «Todos los cristianos querrán ampliar su esfuerzo común y concertado a fin de ayudar a superar las ambiciones y las injusticias, a abrir a todos los caminos de una vida más humana en la que cada uno sea amado y ayudado como su prójimo y su hermano»’.

O cuando Juan Pablo II escribe en la «Sollicitudo rei socialis»: «Quiero dirigirme a todos, hombres y mujeres sin ex­cepción, para que, convencidos de la gravedad del momento presente y de la respectiva responsabilidad individual, pongamos por obra —con el estilo personal y familiar de vida, con el uso de los bienes, con la participación como ciudadanos, con la colaboración en las decisiones económicas y políticas y con la propia actuación a nivel nacional e internacional— las medidas inspiradas en la solidaridad y en el amor preferencial por los pobres… En este empeño deben ser ejemplo y guía los hijos de la Iglesia, llamados, según el programa enunciado por el mismo Jesús en la sinagoga de Nazaret, a «anunciar a los pobres la Buena Nueva…». Y en esto conviene subrayar el papel prepon­derante que cabe a los laicos… A ellos compete animar, con su compromiso cristiano, las realidades y, en ellas, procurar ser testigos y operadores de paz y de justicia»15.

La «presencia» en la vida pública

Tal vez sea ésta una de las mayores preocupaciones de la Iglesia en la actualidad. Por lo menos, en nuestro país. Y en abril de 1986, los obispos españoles daban a la luz pública un documento importante, dedicado, en su mayor parte, al laico ca­tólico y su forma concreta de «animar» las realidades temporales. Ciertamente, este documento —«Los católicos en la vida pú­blica»— es, entre otras cosas, fruto de una carencia: los cristianos dispuestos a comprometerse prefieren hacerlo en tareas intraeclesiales. La tercera ponencia del Congreso de «Evangelización y hombre de hoy» llamó la atención sobre el hecho de que el mayor movimiento seglar en España no es el del compromiso temporal, sino el de los catequistas (200.000). La ponencia ca­lificaba el hecho, en su primera redacción, como «síntoma en­fermizo». Más tarde, por el cedazo de la censura, lo suavizó con la expresión de «síntoma de una desproporción»16.

El documento pide a los laicos que se comprometan en la vida pública, que su presencia sea más efectiva y no simplemente testimonial, que su fe sea realmente «confesante» por el com­promiso socio-político, que participen en la vida asociativa, que asuman públicamente la responsabilidad en los diversos campos de la sociedad, haciendo hincapié en el compromiso a favor de la justicia’.

Hay que subrayar que el documento dedica dos amplios nú­meros a la «caridad política». En uno de ellos clarifica posibles equivocaciones y lanza al laico por el camino arriesgado de esta forma de vivir la «caridad»: «No se trata sólo ni principalmente de suplir las deficiencias de la justicia, aunque en ocasiones sea necesario hacerlo. Ni mucho menos se trata de encubrir con una supuesta caridad las injusticias de un orden establecido y asentado en profundas raíces de dominación o explotación. Se trata más bien de un compromiso activo y operante, fruto del amor cristiano a los demás hombres, considerados como hermanos, en favor de un mundo más justo y más fraterno con especial atención a las necesidades de los más pobres».

Sin compromiso con la justicia no hay santidad

No quisiera olvidarme de una «línea de fuerza» recuperada de la mejor tradición evangélica y eclesial por el creciente Sínodo sobre los laicos. En su mensaje final se dice: «El Espíritu nos lleva a descubrir más claramente que hoy la santidad no es posible sin un compromiso con la justicia, sin una solidaridad con los pobres y oprimidos. El modelo de santidad de los fieles laicos tiene que incorporar la dimensión social en la transformación del mundo según el plan de Dios»’9.

¡Cuántas resonancias específicamente vicencianas contiene este breve y conciso texto sinodal! Quiero suponer que no habrá constituído ninguna sorpresa para el laico vicenciano. Y, por supuesto, a partir de este imperativo de santidad, ya no hay lugar para coartadas maniqueas.

Celestino Fernández

CEME

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