Supongo que resultaría una broma de mal gusto si yo empezara diciendo que esta conferencia sobra. Porque me temo que todo lo que pueda decir, ya ha ido saliendo durante los tres días anteriores. Es más, casi he tenido la tentación de ejercer de amanuense solícito y presentar un resumen de todo lo dicho y aplicarlo a los laicos vicencianos. En definitiva, cualquiera de ustedes podría elaborar esta conferencia con los materiales que tienen en su memoria.
Por otra parte, confieso mi rubor y mi atrevimiento. Soy consciente de que puedo caer en la sempiterna tentación del típico clérigo que, desde las alambradas del dogmatismo, se permite adoctrinar a los «pobrecitos» laicos, como si ellos no fueran mayores de edad y protagonistas de su compromiso vital. Y no quisiera olvidarme de que hablo a creyentes que, con sus luces y sus sombras, están embarcados en la lucha por la liberación del oprimido desde el trabajo diario y desde la cercanía física, y no sólo desde los libros.
Sin embargo, líbreme Dios y el sentido común de caer en tales tentaciones. Y, consecuentemente, esta ponencia solamente tiene una modesta pretensión: colaborar al anunciado renacimiento del laicado vicenciano, profundizando y clarificando dos cimientos absolutamente vitales: la justicia y la solidaridad. Dos cimientos sin los cuales todo el edificio laico de la familia vicenciana sería como una hermosa fachada de película angelical.
Por eso, me he permitido imaginar un subtítulo: «Bases para un auténtico dinamismo de los movimientos laicales vicencianos». Y esto, teniendo en cuenta que vivimos en un tiempo en que los problemas de la marginación social son cada día más acuciantes. Y la tentación de cualquier grupo caritativo-social es dejarse absorber por la inmediatez de los casos y convertirse en una mera «agencia de servicios». Con el consiguiente peligro de refugiarse en un «pequeño mundo de caridades» y caer, así, en un profesionalismo miope, vacío, rutinario y burocrático. Tal vez, hoy existe una gran inflación verbal respecto a la justicia y a la solidaridad, y una praxis escasa en muchos grupos cristianos. Tal vez, incluso, si preguntamos a unos y a otros cómo entienden la justicia y la solidaridad que proclaman, es frecuente encontrar la mismísima confusión de Babel. Aún más, esas diferencias han llegado a ser una de las principales causas de división y enfrentamiento entre los grupos y movimientos eclesiales. Y no es descabellado pensar que en dichos grupos falta una fundamentación sólida que desemboque en un compromiso ineludible y radical. De lo contrario, la justicia y la solidaridad pueden quedarse, por parte de esos grupos, en meras soflamas demagógicas o en piadosas palabras sin contenido.
CONSCIENTES DEL CLAMOR ESCANDALOSO DE LOS POBRES
El laico vicenciano no puede dar un paso sin empezar por algo elemental: abrir los ojos y el corazón para conocer el mundo de los pobres y las condiciones de necesidad, marginación y explotación tal como se dan entre nosotros.
Pero aviso desde ahora que esta «escucha» del «clamor agudo, creciente, impetuoso y amenazante de los pobres», como nos dijeron los obispos latinoamericanos en Puebla de los Ángeles, en 1979, no puede reducirse a estadísticas frías o a análisis bellamente sociológicos, aunque sean necesarias y útiles ambas herramientas de trabajo.
Se trata de tomar conciencia más lúcida y crítica de quienes son los pobres que nos interpelan desde nuestras ciudades, barrios y pueblos. Se trata de que el laico vicenciano descubra el rostro sufrido y sufriente de esos seres que acampan a nuestra misma puerta. Se trata de introducirse empáticamente en su marginación. Como dice el «Documento de Base» de las Voluntarias de la Caridad, «hay que salir a la puerta de la calle y encontrarse con ese enfermo que nadie visita, con ese niño abandonado, con esa familia sin recursos elementales, con ese extranjero aislado, con esa joven madre soltera, con ese drogadicto, con ese desempleado al borde de la desesperación…»’.
Y, por supuesto, se trata de que el laico vicenciano se siente a sí mismo en el banquillo de los acusados y oiga aquella sentencia de Vicente de Paúl: «Somos culpables si ellos, los pobres, sufren por su ignorancia».
Una visión global de las pobrezas
Sin embargo, el laico vicenciano debe dar un paso mas. No puede conformarse con una toma de conciencia más o menos atomizada del clamor de los pobres. El «Documento de Base» de las Voluntarias de la Caridad advierte: «Sea cual fuere el contexto social, económico, político en el cual vivo, personas, familias, grupos enteros sufren de modo permanente dificultades, desventajas que les excluyen del modo de vida, de las costumbres y de las actividades normales de la sociedad en la cual ellos y yo vivimos»’.
Esto quiere decir que el laico vicenciano tiene que asumir existencialmente aquella frase de Pablo VI: «Nuestra sociedad desarrollada es una inmensa máquina de fabricar pobres». Y, consiguientemente, esa fábrica tiene, en cada época socioeconómica, sus propias escorias, sus propios subproductos. Por ello, la variedad y complejidad de las diversas situaciones de marginación y de injusticia son cada vez más grandes. Cada vez van apareciendo nuevos pobres. Pero, en un grado u otro, siempre se puede observar en los últimos de nuestra sociedad una pobreza que ofrece las mismas constantes: marginación, desvalimiento, soledad, precariedad de la existencia, condiciones infrahumanas de vida, inseguridad, desprecio…
Además, este deterioro socioeconómico y esta inseguridad social tienden a fomentar un clima de insolidaridad, de desconfianza mutua, de egoísmo que hacen más duro el desamparo y la marginación de los que no pueden valerse por sí mismos’. Y así, los pobres más pobres e indefensos ven amontonarse sobre sus cabezas una diversidad de facetas que agravan su situación de desarraigo social. Terriblemente, estamos construyendo una «civilización» que supura todo el «humus» necesario para seguir cultivando marginados.
Una lectura más objetiva de la marginación
O, lo que es lo mismo, una capacidad del laico vicenciano para ver más allá de la superficie. Porque si se conforma con ver la pobreza como producto de la fatalidad o como simple mala suerte, no ha entendido nada de su misión. No sé si en los movimientos laicales vicencianos queda alguien con la ingenuidad suficiente para pensar que los pobres crecen, como las setas, por generación espontánea. Pero sí es muy probable que abunden bastantes —tanto en las Voluntarias de la Caridad como en la Sociedad de San Vicente, en las Juventudes Marianas Vicencianas y en la Asociación de la Medalla Milagrosa— que todavía se resistan a un análisis crítico de la marginación y sus causas más sangrantes. O que les parezca que ese no es su terreno, que ellos tienen bastante con hacer caridad. Si esto es así, no hay que extrañarse de que al laicado vicenciano se le siga aplicando el cliché berlanguiano de «buenas y despistadas personas» más generosas que luchadoras por la justicia y la solidaridad.
Porque, antes que nada, el laico vicenciano tiene que concientizarse de varias cosas: que las clases pobres y marginadas son el resultado de un orden socioeconómico que, mediante un complejo de factores eficaces y poderosos, beneficia a los intereses de los más fuertes, mantiene a grandes sectores en unos niveles medios de seguridad y hunde en la pobreza y la necesidad a los más débiles y desvalidos; que hay un conjunto de mecanismos sociales, económicos, políticos y culturales que oprimen, despojan y marginan a los desheredados, creando el mundo de los pobres; que hay una concentración del poder económico que tiende a dividir a la población en dos grupos fundamentales: los que deciden y los que ejecutan; que en la distribución de la riqueza y de la renta hay un índice de desigualdad muy elevado; que los instrumentos de redistribución encuentran obstáculos casi insuperables en la oposición de los grupos privilegiados; que el sistema de desigualdad e injusticia tiende a perpetuarse indefinidamente, con mínimas correcciones debidas a la correlación de fuerzas; que en esta sociedad, los sectores más débiles quedan marginados a niveles de pobreza, necesidad y abandono más extremos, cuando se ven afectados, además, por factores físicos (enfermedad, ancianidad, minusvalía), sociológicos (emigración, éxodo rural), económicos (crisis laboral, paro), desadaptación social (desarraigo, alcoholismo, drogadicción…).
En definitiva, si el laico vicenciano no es capaz de llegar a las raíces de la injusticia, su misión será tan esforzada como soñadora. Pero nada más.
Una actitud crítica ante este modelo de sociedad insolidaria
Por otra parte, no le vendría mal al laico vicenciano dejarse guiar, de vez en cuando, por algún «maestro de la sospecha» para descender de la «sociedad idílica» en que tantas veces nos encontramos. Uno de esos «maestros» nos enseñaría a desconfiar
de la sociedad que estamos construyendo. Y, sin duda, encontraríamos una definición acertada de la sociedad actual: «la insolidaridad social».
Y así, el laico vicenciano podría penetrar «críticamente» en los estratos del momento presente. Se daría cuenta de que vive en una sociedad donde los grupos económicos más poderosos y los grandes sectores de la población siguen buscando interesadamente el máximo lucro posible, sin importarles las necesidades ajenas. Una sociedad organizada para satisfacer los deseos de los que «producen y consumen», y no para responder a las necesidades de los menos privilegiados. Una sociedad donde quedan al margen los que «no rinden». Una sociedad competitiva, dominada por el afán de posesión y el máximo beneficio, que ignora y arrincona a los «incapaces». Una sociedad que exalta la felicidad basada en el tener y el poseer cada vez más, y no promueve el estilo de compartir con los necesitados.
Alguien ha dicho que una sociedad como la nuestra donde se ve como «normal» que los ricos se emborrachan con whisky, se embadurnen de «coca» y multipliquen sus ganancias a ritmo geométrico a golpe de influencias, y se escandalice de que los pobres «estropeen» las aceras pidiendo limosna, es una sociedad de la más cavernícola insolidaridad. Lo malo sería que también el laico vicenciano se acostumbre a la «normalidad».
Una sensibilidad «distinta» respecto de los pobres
Y lo terrible sería que el laico vicenciano tuviera una visión «normal» del pobre. Es decir, que viera al pobre como un peligro patente o latente para el feliz desarrollo de la sociedad moderna; que contemplase al pobre como un enemigo real o potencial de la paz, la tranquilidad y la seguridad ciudadana; que funcionasen en su cabeza esos estereotipos de la propaganda biempensante donde el pobre es un vicioso, un desalmado, un vago, un farsante y un ganapanes.
Por el contrario, el laico vicenciano tiene que hacer la experiencia de un conocimiento comprensivo de los pobres y necesitados de hoy. Esos que ya no aceptan su situación de manera resignada y fatalista, sino que están convencidos de que tienen un lugar en el banquete del mundo. Porque, ciertamente, los pobres, en muchos casos, son personas conscientes de su dignidad y de sus derechos. No desean piedad, sino justicia. Quieren ser protagonistas de su propia promoción, no objetos o basureros donde se descargan las conciencias. Los pobres son pobres, pero no tienen que ser obligatoriamente tontos.
Y el laico vicenciano tiene que captar la sensibilidad del pobre que aspira a ser aceptado tal como es, sin prejuicios ni previas etiquetas que lo identifiquen con un determinado estrato social. Aspira a que se tenga en cuenta su propia persona. Desea unas relaciones humanas en las que sea escuchado y respetado’.
Una apertura dócil a las exigencias de los pobres
Si el laico vicenciano analiza profundamente las necesidades y la pobreza que se detectan en nuestra sociedad, si tiene una sensibilidad «distinta» ante los pobres, inexorablemente será receptivo a las exigencias de los pobres. Y será un creyente lúcido y clarividente para captar que las exigencias de los pobres no están «fuera de tono», sino que entran en la más pura lógica del binomio «laicado vicenciano-sentido de justicia y solidaridad».
No le pillará desprevenido al laico vicenciano que los pobres hoy le exijan una lucha constante por la liberación, por la promoción y por el cambio social. Tampoco le extrañará que el clamor de los pobres sea un grito, a veces agrio, que reclame la defensa firme de los derechos inalienables de tantos hombres y mujeres pisoteados. Incluso le parecerá obvio que esos pobres le urjan por boca de Vicente de Paúl: «Hay que socorrer a los pobres sabiendo que lo hacemos no por simple conmiseración, sino por justicia». Aún más, no se escandalizará si los pobres rechazan la caridad cuando lo que reclaman es justicia.
Y, naturalmente, el laico vicenciano se dará cuenta de que sólo hay una vía acertada para abrirse a las exigencias de los pobres: la solidaridad. Esa actitud eficaz vertebrada por un conocimiento cercano y real de las situaciones de marginación, por una encarnación sin fisuras en el mundo de los pobres, por una responsabilidad más comprometida en la lucha contra los mecanismos marginadores, por un sentido del compartir lo que es y lo que se tiene, lo que se sabe y lo que se puede. Y todo ello, sin medida.
No basta una preciosa declaración de intenciones. La solidaridad no se declara, se vive. En esa línea que han marcado los obispos españoles en el documento «Testigos del Dios Vivo»: «Es preciso aumentar los esfuerzos para estar con los pobres y compartir sus condiciones de vida, sentirnos llamados por Dios desde las necesidades de nuestros hermanos, hacer que la sociedad entera cambie para hacerse más justa y más acogedora en favor de los más pobres».
Sería extraño que el laico vicenciano no descubriese en estas palabras el más resonante eco de aquella lucha que Vicente de Paúl llevó a cabo para concientizar a la sociedad de su tiempo en favor de la justicia y la solidaridad. O aquel infalible dogma de que los pobres son nuestros «amos y maestros».
Celestino Fernández
CEME







