Senjust: último año

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:


1. En 1707, Sentjust cayó enfermo por más que la edad no era muy avanzada afir­ma F. Garrigó; más que enfermo, estaba rendido y agotado. Alcanzaba apenas sus 54 años. Incan­sable, no cesaba en su misión apostólica y sacer­dotal, e incluso con el rigor de vida que había lle­vado hasta entonces… El mismo fervor por su santificación, la de sus hermanos de Congrega­ción, y la de los sacerdotes que acudían donde él; la misma diligencia en sus actos de piedad y levantarse a las cuatro.

En su vida sacerdotal es necesario tener en cuenta su fidelidad a unas prácticas que nunca dejó de lado: en salud, en las ocupaciones, a pesar de la enfermedad y agotamiento, continúa con el rigor ascético de vida, de autoexigencia, oración y perfección cristiana, de entrega a los demás. Virtudes que siempre ha practicado, con el mismo fervor y ansia de santidad, y ha deseado para sus hermanos de comunidad y para los sacerdotes diocesanos.

Esa última enfermedad fue una nueva oportu­nidad para abrazarse aún más a las asperezas de la ascesis que animó toda su vida. Una enferme­dad prolija es un preciosísimo libro, en el cual se pueden aprender muchos desengaños. Francisco obró así; supo aprovecharse de ella, pues con más de año y medio que continuó con grandes dolores, nunca se abrieron sus labios para la queja, ni siquiera para el desahogo.

Se le diagnosticó una hidropesía de pecho, pero aun así continuó colaborando en la Casa, atendiendo a sacerdotes con la dirección espiri­tual, confesando a muchos, incluso seglares, escuchando problemas morales, orientando y ani­mando a todos. Sentía que su vida se le acababa y quería dar aún más. En medio de una gran pobreza, cansado y enfermo, en su pobre cama, una rústica mesa y la silla, todo el ajuar de su habi­tación, junto a un cuadro del fundador Vicente de Paúl… seguía sintiéndose útil. La soledad y enfer­medad que pesa a los mortales, era una riqueza espiritual para Sentjust; oportunidad de hacer el bien. Cada consejo que ofrece es una semilla en el alma del oyente que luego echa tallo y da fruto.

La enfermedad, grave, se cebó en él y vióse en la precisión de acostarse en una cama más cómoda, en un cuarto más apropiado y arreglado, durante sus últimos quince días, con otros cuida­dos en conformidad con el amor que en la casa le tenían que asumió por obediencia, aunque no sin mucho sentimiento suyo.

Se le acercaba el momento del justo descanso; ¿qué sentimientos embargarían su corazón y su alma? No había temor alguno. Su preocupación fue pedir al superior que lo enterrasen como pobre, con cuatro pequeñas velas y no más. Así vivió y así quie­re terminar este sacerdote de familia aristócrata.

Aunque el espíritu está fuerte, la carne mortal es débil e impotente. La enfermedad iba consu­miendo su persona; a pesar de los esfuerzos de los misioneros, la debilidad era cada vez más pro­funda. Y así hasta llegar el momento más humano y general, imponderable y misterioso. San Vicente de Paúl dirá: ¡Oh qué felices serán los misioneros que puedan decir en la hora de su muerte aque­llas hermosas palabras de Nuestro Señor: ¡He sido enviado a evangelizar a los pobres/ Así era para Sentjust, gastó su vida por los necesitados, y ahora sentía una profunda paz.

2. Luto en la calle Tallers

Es fácil adivinar los sentimientos de dolor que provocaría en tantos amigos la noticia de su enfer­medad, especialmente entre los sacerdotes de Barcelona. Escribe el Cronista: Llegó el tiempo de ¿idministrarle los Sacramentos, el cual se dispuso con la frecuente confesión y con heroicos actos de le, esperanza y caridad. Vino todo el Cabildo para administrarle el Viático, que recibió con ternura y devoción, con tiernos actos de amor. El Superior de la casa, señor Orsese, le pidió una palabra de luz y orientación, y contestó: Dios ha comenzado esta obra y Dios es el que la asistirá. Suprema confianza final, mayor que la que tuvo que soste­ner en los momentos de la fundación.

Su amigo el canónigo Francisco Garrigó le suplicó: Pocas horas antes de morir le dije yo que, ya que se nos iba al cielo, que se acordase delan­te del Altísimo de los que quedábamos tan nece­sitados en la tierra, y me respondió: Grandis restat vía… (largo es el camino para llegar..).

Recibió el viático y al llegar Jesús eucaristía quiso más que contemplar, interiorizarlo, meditar. El Vicario General se detuvo unos minutos, que aprovechó además para pedir perdón a todos públicamente. La contemplación que experimen­taba enriquecía su existencia. Ahora, ante las puertas de la bienaventuranza eterna, quiso gozar la presencia eucarística por última vez, con inten­sidad jamás lograda.

Y llegó el día doloroso del combate final. La calle Tallers se ponía de luto. Era el momento del desenlace; el acto supremo. Expiró fijos sus ojos en el santo Cristo que apenas sostenían sus manos, con una fe y amor que nunca habían defraudado, entregando su alma magnánima a Dios. Era el momento de recibir el premio por la obra meritoria realizada con tanto sacrificio.

Francisco Sentjust y de Pagés falleció en Bar­celona el 2 de julio de 1708, a los 54 años, según se anota en la pintura de su retrato, a las tres de la tarde, la hora de la muerte de Cristo, en la fiesta de María y ante su imagen que siempre había lle­vado consigo.

En el día de su Visitación quiso que esta felicí­sima alma la visitase en el cielo, en premio de tan­tas visitas como en tantos santuarios suyos le había hecho devotamente; ya que porque Ella fue siempre el canal y acueducto de todas las miseri­cordias, que a manos llenas le hizo el Altísimo, como confesaba agradecido nuestro Arcediano, repitiendo a menudo lo del sabio: con Ella me vinieron todos los bienes.

3. Presencia de María

He ahí otro aspecto de su espiritualidad que no puede pasarse por alto. No sólo en esos últimos momentos le acompañó el pensamiento de la madre de Jesús. La veneración a María es otro rico aspecto de su espiritualidad y apostolado; la presencia de María en su vida; su devoción y amor jamás fallido. Siempre contó con Ella.

Tenía una imagen de la Santísima Virgen que acostumbraba a llevar consigo y la llamaba “la redi­mida”, porque le remedió haciendo su peregrina­ción, de unas manos bien indignas y peligrosas. Y las “Memorias de los Difuntos de la Casa de la CM de Barcelona, año 1709” dicen al hablar de las múl­tiples dificultades de la fundación: Después de muchos ruegos e instancias a Dios por medio de la Virgen Santísima, después de muchos contratiem­pos y muchos trabajos consiguió sus deseos no sin visible assistencia de Dios.

D. Narciso Feliu, que posiblemente estuvo pre­sente en esos dolorosos momentos, anotó el mismo día, en Anales de Cataluña de 1709: A 2 de julio paffó a mejor vida en Barcelona dexando grande opinión de penitentíffimo Varón, Don Fran-cifco de Senjuft y de Pagés, Arcediano Mayor de la Cathedral de Barcelona, Fundador del Inftitu-to de la Mffion en dicha Ciudad, el primero en Efpaña, y fu primer Miffionista; mucho hay que admirar, y-u efcribir de los innumerables trabajos y defprecios que padeció en fus dilatadas pere­grinaciones, y en todo el difcurfo de fu ejempla-ríffima vida, de fus penitencias, y de fus heroycas virtudes que pedían dilatado volumen. Queda enterrado fu cada ver en la Iglefia de la Miffion de Barcelona.

Recojamos ese testimonio caliente, del mismo momento en que dejaba esa tierra: dejó gran opi­nión de penitentísimo… los innumerables trabajos que realizó… los desprecios que padeció… ejemplarísima vida… de nuevo sus penitencias… heroi­cas virtudes…

4. Sepultura

El Cronista nos describe al detalle su entierro y sepultura. Su muerte fue llorada por toda la ciu­dad, así de nobles como de plebeyos, acudiendo a la casa los dos días que estuvo expuesto. Una paz entrañable irradiaba aquel cuerpo frío, auste­ro y enjuto, que todos querían contemplar, derra­mando aún gran serenidad.

Con su profunda humildad dejó ordenado, en testamento, ser enterrado sin género alguno de pompa, con sólo cuatro velas como a los más pobres, pero a esto se opusieron luego sus parientes. Sin duda que estarían presentes sus hermanos: Manuel el obispo de Vich, Gilderico abad de Camprodón, y José el militar de alta gra­duación, con el resto de sus familiares. El litre. Sr. D. Enmanuel Senjust obispo electo de Vich y a otros parientes suyos les pareció se pusiese en el túmulo con la pompa dicha y así con el mismo parecer se hicieron las funerarias por tres días con canto firme y siempre con gran concurso de eclesiásticos como seculares, nobles y plebeyos, por ser universalmente amado y estimado de todos.

De nuevo nos llama profundamente la atención su deseo de ser enterrado sin género alguno de pompa, allí en su misma casita donde todo respi­raba humildad y sencillez. En la pequeña iglesia que mandó edificar, antes de la actual, descansa­rán sus restos mortales hasta 1945, que con la remodelación de la nueva Iglesia se mezclaron los últimos despojos de numerosos misioneros. Su cuerpo fue enterrado, según se cree, en la iglesia que después se llamó Capilla de la Convocatoria, junto al altar, a la parte de la epístola donde des­cansa hasta ahora. El primero en estrenar aquel sepulcro nuevamente fabricado.

Aquella humilde celda, durante tantos años santificada, por largo tiempo mereció ser respeta­da y venerada.

5. Resoluciones Capitulares 1708-1715

El Cabildo de la Catedral quiso rendir los res­petos a su Arcediano mayor. Aunque había abra­zado la vida vicenciana, no había roto por ello con sus hermanos orantes de la Iglesia madre. Y ellos en estos momentos de separación definitiva, qui­sieron orar por él. Se determina: “Día 2 (julio, 1708, en una esquina de página, en catalán). Se tuvo un diálogo en la Sacristía en que se determi­na y resuelve dar los tres toques de campana como señal de la muerte del Sr Arcediano (Ardía-ca) D. Fco. de Sentjust y Pagés, por especial gra­cia no deber, pues no estaba admitido a la unión de las sepulturas y se determinó poner dicha determinación.

Sería una tarde triste para todo el clero de la ciudad. Era universalmente amado y estimado de todos, y la Conferencia de Eclesiásticos que lo miraban como a su padre, determinó celebrar sus honras fúnebres con la mayor solemnidad posible, en unas segundas exequias en la Catedral, en las que el Dr. Francisco Garrigó, íntimo amigo suyo, y tantas veces citado, expresó una oratoriana Ora­ción fúnebre al estilo del siglo, con sentimiento, pomposidad, datos biográficos y fervor.

Las Memorias CM dan testimonio del aconte­cimiento: Día 2 de julio de 1708 murió en esta casa de Barcelona el Iltre Sr. D. Francisco Senjust y de Pagés, Sacerdote de la Congregación de la Misión, fundador de esta casa de Barcelona y Arcediano mayor de la Sta. Iglesia Catedral. Ese Señor que primeramente había sido Canónigo de la Seo de Urgell, y después Prior de Sta. Oliva, era un ejemplar de virtud y santidad. Su humildad nos ocultó los Exercicios de su juventud, y así solo sabemos que desde que mandó Su Santi­dad que todos los Ordenandos tuviesen el hacer Ejercicios antes de recibir las Sdas. Órdenes, le devoraba el celo por la Gloria de Dios y el deseo de ayudar a la Iglesia en semejantes Ejercicios… Emprendió una peregrinación a N. Sra. de Loreto, en la que brillaron su pobreza, su mortificación, su paciencia, su constancia, y sobre todo su devoción.

6. Con él, su gran protector

Poco después les dejaba también su íntimo amigo y gran bienhechor de la Congregación, el Canónigo Jerónimo Enveja. El Papa Clemente XI lo había tenido presente en el Breve de Fundación de la CM en España, recordando su interés y cola­boración por la obra. Fue querido de todos y muy respetado.

Podemos imaginar cuantas veces el Canónigo Enveja, ansioso del bien espiritual de los sacerdo­tes, sería para el fundador su paño de lágrimas y una fuerza espiritual inmejorable, especialmente en los momentos de dificultad. Ambos se presen­taron al señor Obispo para obtener el permiso de fundación, ambos compartirían penas y alegrías, y, casi a un tiempo, murieron ambos.

Fue ejemplar en su vida sacerdotal y cuidado­so de su misión sacerdotal. He podido ojear los libros canonicales de su tiempo y su presencia es frecuente en las listas de las reuniones mensuales.

Junto a la constancia de la última vez que asis­tió a la reunión capitular, se anota su fidelidad en las reuniones en la lista de los Canónigos. Al testi­monio de su asistencia a la reunión del 6 de Junio de 1708, una mano amiga añadió después: Heronimus Enveja, Obiit, 2 Januari 1709, (Jerónimo Enveja murió el 2 de enero de 1709).

Su retrato al óleo de 1,39 x 1,01, se conserva en el Museo de Bellas Artes de Barcelona, que, en su catálogo lo describe así: “Procedente del Semi­nario de la Misión” (Padres Paules)… El retratado (1642-1709) es el canónigo de la catedral de Bar­celona. Atribuido a Viladomat o a su escuela”.

Lleva una inscripción en latín llamándole: Alma de la Sede barcelonesa, Canónigo, y otro de los fundadores de la Casa Misión de Barcelona. Lleno de virtudes murió el 2 de enero de 1709, a la edad de 67 años.

El P. Paradela añade que al fallecer se encon­traba en el campo de Tarragona, adonde había ido a reponerse.

7. Retrato de Sentjust

En 1990, con motivo de celebrarse los 200 años de la muerte de Carlos III, visité el Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Jorge de Barcelona, y por pura casualidad, entre los muchos cuadros olvidados, medio arrinconados, aparecieron tres pinturas de la Familia Vicenciana española. Nada menos que los fundadores de la Congregación de la Misión en España, ilustres por sangre y en virtudes: Francisco Sentjust y de Pagés, Jerónimo Enveja, y Felipe Manuel de Bette. ¡Qué cuidadosos y prevenidos eran aquellos pri­meros misioneros!

El Dr. Witold Burkieviez, polaco y estudioso del museo, me permitió tomar unas fotos, difícil por falta de espacio, y me entregó su ficha. La del señor Sentjust, copia del P. Paradela, resumida dice:

“Pintura al óleo sobre tela, mide 1,39 x 1,01. Época: siglo xviii, autor anónimo. Procedencia Se­minario de la Misión (Padres Paules) de la calle Tallers, Barcelona”. Descripción: Retrato a color, del Canónigo Francisco de Sentjust, arcediano mayor de la Catedral de Barcelona, de medio cuerpo, mirando hacia la izquierda, sostiene un crucifijo con la mano derecha, viste hábito con muceta.

En la parte inferior, una inscripción en latín rodea y cierra la pintura, algo deteriorada, dentro de una orla o cartela clásica, que dice:

PERILL. FRANCISCUS SEN-JUST//

DE PAGES SANCTAE ECLAE. (eclessiae)

BARcHIN.(nonensis): MAJOR ARCHIDIACONUS, OLIMQ.

(que): CANON.(iCUS) URGELLL. (ensis)//

GENERE CLAROS,

AUSTERITATE STRENVVS, DEVOTIONE PINGUIS, PATIENTIA

CONSTANS, SOLITUDINISQ.(ClUe) CULTOR, ZELOQ.(qUe)

DISCIPLINE TABESCENS,

POST MISSIONIS CONGREGATIONE,

VARIIS HUMANII SPIRITUS IMPUGNATIONIS DEEES (así.)

SUPERATIS BARCINONAE FUNDATA, PLENUM MERITIS OBIIT/

OPTIMUS PATER IN(ter) FILIOS,

DIE 2 IVLII ANNO 1708// AETATIS 54

 (El muy ilustre Francisco Sentjust/ de Pagés, Arcediano mayor de la S. I. de Barcelona, y antes Canónigo de Urgel/ De familia distinguida, auste­ridad recia, profunda devoción, paciencia inaltera­ble, amante de la soledad, consumido de celo por la disciplina eclesiástica/ superadas las impugna­ciones del espíritu humano para fundar en Barce­lona la Congregación de la Misión, murió lleno de méritos / el mejor padre en medio de sus hijos, día 2 de julio año 1708 /a la edad de 54 años).

8. Fisonomía espiritual

En toda figura humana y religiosa reinan un cúmulo de bondades, de fe y entrega, aunque no siempre se vean con claridad, dada la dificultad de entrar en los recovecos intrincados y sutiles del alma. Intentemos insinuar algunos rasgos de la persona de nuestro admirado, deducidos de una mirada atenta al bosquejo biográfico y a su retrato pictórico.

Mirando, en primer lugar, el retrato de Francis­co Sentjust y de Pagés realizada un año antes de fallecer, pues el último año estuvo enfermo, con una inscripción posterior a su muerte, se nos pre­senta alto, seco; ojos vivos y agudos, mirada penetrante y limpia, nariz aguilucha, rostro enjuto y brillante; persona seria cuya madurez empieza a anunciar una vejez temprana pero enérgica, llena de rica interioridad y nobleza. Descubrimos en él a un espíritu sensible, humilde y celoso, enamorado de Dios, a quien se entrega incondicionalmente; un alma que nos sitúa ante lo eterno.

Y entrando más en su espiritualidad, no es difí­cil imaginarlo como un verdadero asceta, al estilo de Pedro de Alcántara; o como un auténtico sacer­dote, como Juan de Ávila, hombre de oración con raíces teresianas, fidelísimo a su director, gene­roso y despojado de lo que posee, que no sería poco, entregado a una noble causa eclesial y sacerdotal, a imitación de Vicente de Paúl, con un carácter firme y paciente ante los conflictos y adversidades, enriquecido con una gran confian­za en la Providencia.

9. Su posteridad

Sentjust no vio en vida cómo la obra iniciada se extendía por toda España. El tiempo fue muy corto; cuatro años de misionero no le permitieron mucho. Después de haber saboreado cómo sus esfuerzos producían abundante fruto, su siembra de caridad continuará fecunda. Puso una base firme, y su obra perdurará a través de los siglos. Dios ha comenzado esta obra y Dios es el que la asistirá, expresó al morir.

Llegados de Italia los cinco primeros misione­ros, pronto se integraron con el señor Sentjust y los primeros españoles que abrazaron la vida vicenciana. Y el perfume de su celo y fraternidad no tardó en ser percibido por la ciudad, atrayendo a otros seguidores. Se estaba gestando la prime­ra Comunidad Vicenciana española, bajo la guía y el ejemplo de los misioneros italianos y la entrega total del primer misionero español. No siempre resultará fácil; el temperamento es propio de cada individuo. Pero en el cristiano está también la fuer­za de la gracia, con el esfuerzo personal, y la imi­tación de Cristo, primer gran Maestro. Al verdade­ro sacerdote, sólo podemos comprenderlo a la luz de Cristo.

Sentjust estuvo centrado en Barcelona, en razón de su total dedicación y entrega a su misión sacerdotal. Pero el perfume de sus virtudes atrajo a otros, y fueron llegando aspirantes. Podía morir tranquilo y feliz. Sin duda que su muerte prema­tura, 54 años, y su vida vicenciana, 4 años legales, muchos más con espíritu vicenciano, afectarían no sólo a la familia de la calle Tallers, sino que también lo sentiría el presbiterado de su ciudad, de la diócesis y aún del Principado.

En 1704, año de los comienzos, con el señor Sentjust eran tres sacerdotes, dos clérigos y cua­tro Hermanos Coadjutores. A los cuatros año de vida el grupo apostólico no era numeroso pero sí compacto, fervoroso y celoso; seis sacerdotes y 4 Hnos. Coadjutores. Desde el principio abrieron el Seminario para ingresar en el nuevo Instituto, y así lo hicieron varios, advirtiendo el cronista: Al princi­pio lo hacían a su modo hasta que se adoptaron los formularios latino y castellano…

El primero en llamar a la puerta del “Seminario de la Misión”, fue un abogado, clérigo diocesano barcelonés. Aún no hacía un mes que se habían abierto las puertas. Posiblemente Sentjust habría hablado y animado a algunos amigos para que abrazaran ese nuevo servicio sacerdotal. Tal vez anidaba similar inquietud en algunos compañeros sacerdotes; el don del Espíritu, y el buen testimo­nio de los presentes, acabó la obra.

La crónica dice: A 20 de julio de 1704 fue admi­tido en el Seminario de la Casa de la Congregación de la Misión de Barcelona el primero de todos de orden del General, el Rdo. Sr. José Jofreu, sacer­dote nacido y bautizado en la Episcopal ciudad de Barcelona, a los 6 de febrero de 1676.

Por otros informes sabemos mucho de este gran primer vicenciano barcelonés. Como Sent-just, era de familia distinguida y recibió excelente educación. Graduado como doctor en leyes, a los 25 años era ya abogado. En 1705 fue ordenado sacerdote y se entregó totalmente a la noble causa vicenciana de los Ejercicios y Misiones, supliendo al P. Narváez que había regresado a Ita­lia. Fidelísimo, aunque con grandes dificultades, abre una Comunidad Vicenciana en Lisboa, y exclama: Si me veo obligado a permanecer en este Reino de Portugal en casa que no sea de la Congregación… prefiero antes morir.

La crónica, escrita una semana después, nos da testimonio del ingreso de otra figura que no podemos olvidar. Se trata del P. Salvador Barrera. Con él, el Señor bendijo al naciente Instituto, al que regirá por muchos años, como guía y supe­rior. Dice así el libro de crónicas: A 27 de julio de 1704 fue admitido en el Seminario el Rdo. Sr. Sal­vador Barrera, sacerdote, natural de la Episcopal ciudad de Barcelona y bautizado en 8 de diciem­bre de 1681. Aparece en los libros como director de numerosas misiones populares; abrió la casa de Mallorca en 1736, trabajó en Lisboa y otras ciu­dades. El P. Balcone había muerto en 1710, pero está el P. Barrera, sacerdote y misionero lleno del espíritu del fundador Vicente de Paúl.

Y lo mismo aconteció con los Hermanos. Muy pronto volvió a su país el Coadjutor italiano que había venido con el primer grupo, mientras que el español escribe: Yo Antonio Camino, natural de Santiago de Compostela, Reino de Galicia, habiendo entrado en Roma y principiado mi novi­ciado en SS. Juan y Pablo, por orden del Sr Láza­ro Figari, Visitador General, he sido mandado a la primera fundación de nuestra Patria en Barcelona adonde por gracia de mi señor Jesucristo concluí mi noviciado…a los 17 de enero de 1706.

No podía faltar el fiel, sacrificado y joven amigo del fundador, compañero en la larga, arriesgada y pesada romería a Italia. Él, más que nadie vería y sabría de la gran virtud de su padre y maestro. A 29 de julio de 1704 fue admitido en el Semina­rio para Coadjutor Miguel Xuriach, natural de Samboy de Llusanes, obispado de Vic, Bautiza­do en 17 de octubre de 1682. Fue un modelo de piedad y de servicio en las misiones de Barcelo­na y Mallorca.

Y así podríamos ir recogiendo nombres. En 1705, cinco misioneros formaban la comunidad, y cuando nos dejó el fundador en 1708, eran diez los miembros de la Casa Tallers.

A pesar de las turbulencias políticas de los tiempos, la obra persistiría con estos excelentes misioneros, aunque fuesen pocos, y con los que les seguirán. Se había formado una Comunidad, unida en la fe, la fraternidad y el celo apostólico. Todos estaban en todo para ayudarse, y cada uno en lo suyo para responsabilizarse.

Algo valioso. Aquellos primeros misioneros, tal y como había recomendado el fundador, Vicente de Paúl, anotaban personas y acontecimientos; y gra­cias a ese interés poseemos los nombres, proce­dencia, apostolado y muerte de los misioneros Pau­les, como hoy se llaman. Y también conservamos los informes, desde los primeros hasta los últimos, con sus actividades apostólicas, tanto las de fuera como de dentro de casa. En esos añejos manuscri­tos ha quedado estereotipada, escribe el P. Parade-la, la grandeza moral, la laboriosidad inquebranta­ble, el celo sabio y prudente de los esclarecidos Misioneros de la antigua casa de Barcelona.

10. El Conocido

Las biografías no sólo sirven para ser leídas o admiradas. Pueden enriquecer mucho al lector; siempre se puede aprender. “La historia señala rutas y caminos hacia una meta; unos peligrosos para evitarlos, otros para seguirlos e imitarlos”.

No hay duda que Francisco Sentjust y de Pagés fue un sacerdote verdaderamente ejemplar, al estilo de Vicente de Paúl, amante y dedicado al pueblo del campo y al sacerdocio de la ciudad. Aún hoy día puede decir mucho a las personas lle­nas del celo de Dios: la austeridad, el celo y la santidad son de todos los tiempos y lugares.

Nuestro “desconocido” se ha acercado a nues­tra persona.

Por el conocimiento y la evocación al amor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *