Senjust: Mas actividad apostólica

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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1. Las Conferencias sacerdotales

La dedicación a la formación espiritual, litúrgi­ca y teológica de los sacerdotes tuvo tanto éxito en la respuesta dada por el numeroso grupo de sacerdotes que en ella participaban, que, siguien­do el ejemplo de Vicente de Paúl en París, Sentjust pensó en organizar frecuentes encuentros de for­mación e información y de práctica sacerdotal, en todos sus aspectos. Los Misioneros llegados de Montecitorio tenían rica experiencia por lo que hacían en Roma. Se señaló el 28 de diciembre de 1707 para una primera reunión sacerdotal, tratar el asunto y su organización. Un biógrafo anota:

Deseoso el Sr Sentjust de ver establecidas todas las funciones propias del Instituto de la Con­gregación en esta Casa… fiado en Dios, determi­nó fundar la Conferencia… Allí fue de ver lo más selecto del clero de la ciudad, dignidades, canó­nigos, párrocos, beneficiados y eclesiásticos emi­nentes en ciencia y virtud, reunidos bajo la presi­dencia del Vicario general, pendientes de los labios del virtuoso y sabio fundador, cuya unción y celo logró llevar el convencimiento al ánimo de tan respetable auditorio… En atención a los méritos del Sr. Sentjust, y como iniciador de tan santa empresa, fue nombrado presidente….

Los asistentes eran unos 200, presididos por el Vicario general. Propuesto el fin, todos lo aproba­ron, y se nombraron oficiales. El propósito es reu­nirse cada quince días, tendrán quince minutos de lectura espiritual sobre temas eclesiásticos; otro tanto de reflexión y oración personal; y segui­rá una charla de media hora. En estas reuniones se confraternizaba, y se terminaba con las letaní­as del Nombre de Jesús.

Llegaron a asistir no solo de la ciudad, sino de las cercanías, y aún de las próximas diócesis. A estas Conferencias perteneció lo más selecto del clero barcelonés durante el siglo XVIII. Incluso los había que tocaban a sus puertas para formar parte de la Congregación. Se logró un gran espíritu evan­gélico, clima de mayor ciencia de Dios y una seria y fructuosa reforma de las costumbres. Y Sentjust era el espíritu principal que la vivificaba con su aliento… Esta caridad le hizo plantar este jardín amenísimo de nuestra conferencia eclesiástica, con grande gloria de Dios y provecho nuestro.

Los manuscritos de la Congregación, así como los sermones, nos ofrecen una copia de un escri­to trabajado por el propio Sentjust, «Speculationes», pensamientos recogidos de los Santos Padres y otros autores (Jerónimo, Agustín, Grego­rio y León Magno, Bernardo, Petrarca, Kempis…); doce grandes hojas, que sin duda eran ayudas para su predicación.

Unos pocos años después, recogiendo el pen­samiento que rige ese modo sacerdotal de proce­der, recomendará el P. Guillermo Vielescases, C.M.: Dios, habiendo escogido la nuestra, bien que mínima Congregación, para cooperar a la perfección del estado Eclesiástico y formar bue­nos sacerdotes, que es empleo el más alto a que puede ser destinado el Ministro de Cristo, tendre­mos todos a grande honra, ser ocupados en cual­quier oficio, que puede contribuir a una tan santa función… (Ordenanza de la Visita a Barcelona del año 1732).

2. «La Casa Santa»

El buen olor de Cristo que respiraba la Comu­nidad vicenciana, por su celo, religión y exactitud hizo que el pueblo piadoso barcelonés llamara a ese hogar Casa santa y santificante (Ordenanza de 1732). Casa de santidad que llama al sentido de la eternidad, y cuyos efectos se notaban más allá de sus muros. Pasaban por sus celdas cen­tenares de corazones inquietos y ansiosos; y reci­bían y conservaban tan grato recuerdo que empezaron a llamarla así. En ella se descubría el valor efímero de la vida y la vanidad de las glorias mundanas. Tallers, lugar de estudio y oración, de recogimiento y gracia, a solas con Dios; en aque­llas rústicas celdas, en la Iglesia, en el jardín o huerta, en el silencio… todo respiraba paz, cielo, sana felicidad.

Y esa buena fama traspasó incluso los límites de la ciudad, y los obispos de Cataluña se intere­saron para que sus sacerdotes participaran en tan rica y animosa espiritualidad. Enviaban sus Ordenandos y sacerdotes para practicar unos días de retiro y de convivencia y ellos mismos tomaban parte. Un año con otro, eran más de cien los Ordenandos que se preparaban a recibir… Como tam­bién los seglares que se sentían atraídos y toca­ban a sus puertas.

Sentjust, con su Comunidad, hicieron de aquella su casa, un hogar fraternal, silencioso y fervoroso, litúrgico y cúltico, un centro de espiritualidad y de celo, fuente de santidad. Tallers llegó a ser un soli­tario y feliz hogar sacerdotal, en el corazón de la misma ciudad, ambientado por la frecuente plega­ria, adonde llegaban toda suerte de presbíteros como también seglares, en busca de Dios, «abismo de ternura e infinito amor fiel», según san Vicente.

Algo también a resaltar fue la unión comunita­ria y apostólica entre los mismos misioneros y sus continuadores. Clemente XI lo descubrió: Llegó a noticias del Papa los felices progresos espirituales de la casa de Barcelona, y el celo con que todos los misioneros… El trabajo era de todos, compartido y en colaboración, tanto en los Ejercicios como en las misiones populares. Tres o cuatro misione­ros cuidaban de las pláticas, de la dirección espi­ritual, de la liturgia, de las confesiones… Cuatro o cinco misioneros misionando los pueblos; ayudán­dose mutuamente, bajo la guía de un director. Incluso los aspirantes a misioneros, muchos de ellos ya sacerdotes, apenas hechos los votos, ini­ciaban su ministerio, formándose a la sombra de los más experimentados.

Resultó ser un hogar donde se formaron y del que salió una legión, no sólo de buenos misione­ros, sino también celosos y ejemplares sacerdo­tes, así como de fervorosos seglares. El ambiente que se respiraba invitaba a la espiritualidad y aus­teridad, llamaba a la vida interior. La hospitalidad derramaba vida en su entorno; y la transparencia de vida de los directores no solo admiraba, sino que además atraía, acudiendo las gentes con ansiedad. Todo solitario ejercitante sentía que esa soledad, más hondamente que nunca, le llevaba al mismo Dios.

Y no sólo fue en ese primer tiempo. Una «Visi­ta de los superiores, de 1829» expresa: …No podemos menos de tributar a nuestro buen Dios las más expresivas gracias por la paz y unión fra­ternal que tan felizmente brilla en la Comuni­dad… por los buenos sentimientos de aspirar a la perfección…

3. Dificultades internas

No obstante, negras sombras recaían sobre Sentjust, pues no lo acababan de ver del todo claro los lejanos superiores. Algunos considera­ban esos primeros años como poco fieles a la normativa vicenciana, y el Superior General desde París, habló de no considerar la Comunidad de Barcelona como de la familia. La Asamblea Gene­ral de 1724 determinó enviar al señor Bernardo de la Torre, Visitador de la Provincia de Roma, a Bar­celona, y estudiar la situación. La verdad compro­bada fue la primera y no la segunda; la correcta conducta de los misioneros.

Paradela presenta una serie de cartas, que podrían poner en duda la virtud «heroica» de quien desconociera la verdad; las cuales expresan cier­tas dificultades y problemas de Sentjust en su vida vicenciana, sobre todo en relación con París.

En el camino de la santidad tiene que haber abrojos y espinas. Los humanos somos imperfec­tos. No cabe vida sin mancha. Asumir, a su edad adulta, un cambio de vida, no le sería fácil.

Ayudados de otros informes podemos dudar de ciertas afirmaciones de la autoridad. Tal vez no pasan de ser opiniones nacionalistas y hasta inte­resadas; y lo decimos por las razones que reco­gemos a continuación, elogiando al fundador.

Una vez establecidos los Misioneros y admitido el Sr. Sentjust en la CM, trabajó con ahínco en revestirse de las virtudes que forman un verdade­ro hijo de san Vicente de Paúl, especialmente la humildad y la obediencia; aunque al principio le costó mucho acomodarse en todo a las reglas, usos y costumbres de la Compañía, que trajeron y vivían los Misioneros italianos.

Sentjust, sin duda, tuvo que esforzarse en la vida comunitaria y costumbres del grupo llegado de Italia, pero sólo en algunos aspectos; no así en la pobreza, mortificación, oración… profundas en él. Paradela pone de relieve algunas quejas del Superior General, por no haber contado con él en la fundación. Podríamos llamarlas sospe­chas de París.

El 29 de septiembre de 1704, apenas fundada la Congregación de la Misión en España, el Visita­dor de Roma, escribía al Cardenal Secretario de Estado, que el Superior General le comunicaba que el señor Sentjust trataba de sustraerse de la Provincia Italiana.

Al mes siguiente, el 27 de octubre, el mismo Superior general escribía: Sólo por no faltar a las órdenes del Papa hemos extendido la patente de superior para Barcelona… tal ha sido la razón de ejecutar lo que habíamos resuelto no hacer de nin­gún modo.

Otra carta del 10 de diciembre del mismo Ge­neral, afirma que el señor Sentjust quiere hacerlo todo a su manera: se hace el procurador de la casa, no confía nada a los demás, etc.

Incluso el P. Orsese, superior, en mayo de 1705 se queja al Secretario de Estado del peligro de for­marse una Comunidad independiente de París y Roma. Sustraerse a la nacionalidad o mejor dicho de la influencia francesa como perjudicial a España.

El 5 de abril de 1708, el Superior de París, escribe al señor Davis en Roma que Orsese y Sentjust han solicitado al Archiduque, que pida al Papa, separarse de París.

No se olvide que está por medio la Guerra de Sucesión (1701-14) entre seguidores de los Bor-bones franceses y los Austrias, contienda que tanto mal hizo a España, como todas las guerras. En 1705, Barcelona fue sitiada por Carlos, en lucha contra los franceses. Y el 13 de febrero de 1706 el mismo Archiduque aprobaba la presencia de la Congregación en Barcelona con tal de que no dependan de un superior francés… porque el General, amén de su calidad de francés, depende de la Corte de Francia…

Pero en 1714 llegan las tropas francesas envia­das por Luis XIV; atacan la ciudad; y Felipe V, ven­cedor en 1715, cambia la suerte; vienen los des­tierros para los sospechosos amigos de Carlos, entre ellos los PP. Orsese y Jofreu.

Los primeros misioneros se sentían más identi­ficados y relacionados con Roma, que con París. Por eso recuerdan de continuo su origen romano y papal.

Acostumbrado Sentjust a su autonomía duran­te tantos años, a decidir muchas veces y gobernar por sí mismo… ahora tenía que contar con la Comunidad y no siempre resultaba fácil y factible.

Además él había donado todo cuanto había en la casa, y la casa misma, lo que le permitía actuar con más protagonismo. Era pues a él a quien acu­dían, al que toda la población de Barcelona cono­cía, quien tanto se había esforzado en lograr aquel «milagro» de presencia vicenciana; con él conta­ban también los nuevos misioneros y los extraños.

Era normal que él, que tenía un gran conoci­miento de la realidad del lugar, y ascendencia entre el clero y autoridades, juzgase a veces de modo libre, tanto dentro de la Comunidad como en lo externo. También es verdad que las Crónicas reconocen el esfuerzo constante que hacía para alcanzar el espíritu vicenciano con gran admira­ción y ejemplaridad de todos. Paradela termina diciendo: Le costó amoldarse, pero por fin lo con­siguió, trabajando con ardor en los ministerios pro­pios de la Congregación.

4. Alientos fraternales

Parece que esas deficiencias humanas no tuvieron mayor trascendencia dentro de la Comu­nidad, y menos aún en su entorno. Es admirable cómo los antiguos informes de los Misioneros resaltan un respeto filial, real y profundo hacia ese santo austero y silencioso; hacia ese primer Misionero y Administrador de la nueva casa de la CM en España… a su Fundador el Iltre. Sr D. Francisco Sentjust y de Pagés, antes Canónigo de Urgell, entonces Prior de Santa Oliva y después Arcediano mayor de la Catedral de Barcelona, con todos los honores, gracias, preeminencias y pre­rrogativas, y demás de que gozan los Sacerdotes admitidos en dicha Congregación.

Y en el informe de quienes entran en el Institu­to «Ingresus lndividuorum C.M.», todos los manus­critos comienzan con expresiones elogiosas a su persona y también de gratitud.

Dada la gran espiritualidad de Sentjust, sus esfuerzos para ser un perfecto Misionero no serí­an pocos y constantes. El Señor le daría a cono­cer su voluntad en la oración. La santidad no se logra de una vez para siempre; es un proceso lento, valioso y constante.

Desde entonces (el principio) se le vio trabajar asiduamente en la adquisición de la sencillez, humildad, mansedumbre, santificación y celo de la salvación de las almas… a las que añadió la obediencia más completa y la exacta observancia de las Reglas de su nuevo estado.

El mismo P. Paradela, reproduce otros dos tes­timonios de escritores de aquella época, coinci­dentes en todo con lo que decimos. El del P. Serra y Pontius, que en una obra publicada en 1726, se refiere a la vida penitente, santa y ejemplarísima de cuatro sacerdotes barceloneses de fines del siglo xviii, poniendo en primer lugar a nuestro P. Sentjust, fundador del Instituto de la Misión de Barcelona, el primero de España y su primer misionista, cuya prodigiosa vida están trabajando sus hijos los Padres de la Misión.

Y el testimonio de Fr. Agustín A. Minuart, agusti­no, quien en su obra póstuma El solitario en pobla­do (aparecida en 1744) sobre la vida de otro santo capitular del Cabildo barcelonés, el Ven. Deán Dr. Antonio Pablo Centena, lo compara con nuestro Arcediano P. Sentjust, varón verdaderamente apos­tólico y de eterna memoria, a cuyo celo debemos la Congregación de los señores clérigos seglares de la Misión… la primera que logró en los reinos de España, por las diligencias de este celosísimo arcediano, los frutos de tan feliz árbol de virtudes para la mayor reformación de todos los estados seglares… y considera a ambos como un regalo de la Providencia en nuestros tiempos… como dos bri­llantes faroles… para rectamente dirigir el clero …y alentar la flaqueza humana.

5. Arcediano mayor

Llegó a noticias del Papa Clemente XI los feli­ces progresos espirituales de la casa de Barcelo­na, y el celo con que todos los misioneros y en especial el fundador, trabajaban en el desempeño de su misión vicenciana y sacerdotal, y para recompensar de alguna forma esa entrega apos­tólica de Sentjust lo nombró «motu propio» Arce­diano Mayor de la Catedral de Barcelona.

Hay varias dignidades canonicales, con o sin función asignada o determinada. Una de las prin­cipales es la que indicamos. En Barcelona, unidos por el oficio y la dignidad, los canónigos vivían en los alrededores de la catedral; formaven una peti-ta ciutat eclesiástica, reclosa i quieta, destriada de la vida afanyosa deis barris menestrals. (Forma­ban una pequeña zona eclesiástica, cerrada y quieta, separada «del mundanal ruido»).

Por voluntad del Papa, «motu propio» fue expe­dido un Breve en Roma el 29 de enero de 1706, en el cual Clemente XI le nombraba Arcediano mayor de la Santa Iglesia Catedral de Barcelona. Pero no tomó posesión de esa dignidad hasta el 4 de mayo de 1707. Hemos conferido la dignidad de Arcediano mayor de la Catedral de Barcelona a otro fundador a quien escribimos que es nuestra intención que acepte dijo el Papa al P. Orsese, que entonces se hallaba en Roma.

Detalle de gratitud y generosidad del mismo Sumo Pontífice por la gran obra de espiritualidad y santidad sacerdotal que estaban realizando los Misioneros en la ciudad, y aún más allá, a favor de los servidores de Cristo, y en especial Sent-just. …el celo con que todos los misioneros y en especial el fundador, trabajaban en el desempeño de su misión vicenciana y sacerdotal.

Sin duda que se sentiría satisfecho por esa atención del Sumo Pontífice. Pero tal dignidad no le cambió su proceder sencillo, humilde y servi­cial. Eso sí, tuvo que estar al servicio de dos reali­dades exigentes: asistencia al Coro orante de la Catedral, y vida comunitaria y apostólica en Tallers.

Bien ajeno de esta gracia estaba el P Sentjust, dice uno de sus contemporáneos, pues todo su anhelo era el buscar modos como aprovechar a sí y al prójimo, y desterrar de su imaginación todo aque­llo que podía conducirle alguna honorificencia, hallando su mayor consuelo en los desprecios79.

Ni por lo elevado de su dignidad dejó de vestirse como el clérigo más ordinario, ni renunció su pobre túnica por más que lo pedían sus achaques…

Entre la jerarquía de Canónigos de la Catedral, y sobre todo entre los ministros del Rey, había más aspirantes que asientos. De ahí que, se nos dice, encontró cierta oposición. No obstante los gravísi­mos empeños de los ministros del Rey, que desea­ban se confiriese esa dignidad a otras personas de no escaso valer y aventajados méritos. Y a pesar de que en la Congregación de la Misión no se aceptan, por norma, títulos eclesiásticos, asumió por voluntad del Papa esa distinción, que iba tam­bién para toda la Comunidad, y que en realidad, no pudo gozar por mucho tiempo. Suponía para él un nuevo compromiso de dedicarse en cuerpo y alma a su misión sacerdotal, y una urgencia a mayor santidad.

Tenía pues otra obligación, la asistencia diaria al coro. En mis búsquedas no he podido encontrar constancia de esa asistencia a las reuniones, pero sí al rezo del Coro canonical. Y su biógrafo añade que cuando en su última enfermedad alguien le indicó su dispensa, replicó: Ojalá fuese yo tan dichoso, que me quedara muerto cumpliendo con la obligación de mi residencia.

6. Constancia notarial

En el archivo episcopal de Barcelona, se con­serva un manuscrito de cuatro páginas, en latín, y que el tiempo ha empobrecido su calidad. Es la constancia de ese nombramiento papal, y de la toma de posesión: Dataría en que se publica la gracia nombrándole Arcediano de la S. I. Catedral de Barcelona y toma de posesión de Arcediano y en Barcelona:

EL ANTERIOR DÍA, 9-1706. Convocado el capítulo del Cabildo de los señores Canónigos, (nombra 26 canónigos) Francisco Sentjust y de Pagés, por concesión del Papa Clemente XI… se le concede ser Arcediano Mayor de la Sede vacante de Bar­celona, por la muerte del Ilmo. Admin. Sr Onofre Dalmau… de la forma acostumbrada. Expedido en Roma el 29 de enero de 1706… ante mí Matías Marcial83.

Además, es curioso ver cómo está recogido también lo que llaman: Memorial de los gastos que ha de pagar (a los Canónigos) el M. I. y Redmo. Sr. Fco. de Sentjust y Pages «ans de pren­der possessio del ardiaconat major que vaya per more…» (antes de tomar posesión de Arcediano mayor según costumbre). Y aparece una factura con los gastos, toda una larga página.

Sigue el Memorial «de les estrenes (aguinal­dos) que solen donar son les següents…» Otro informe de gastos por las cosas: als Sacristans, als porters i bottellers del Capitol, al Sindich ecles…etc. Todo el manuscrito es difícil de leer, a veces totalmente ilegible, con abreviaciones, mez­cla de latín, castellano y catalán…y no es posible hacer fotocopias.

Tal vez por los trastornos políticos, el hecho es que el decreto del Papa no fue puesto en ejecu­ción hasta el 3 de mayo de 1707 por el canónigo Dr. Romaguera.

Pocessions del libro Notaris 760. Archivo Catedral de Barcelona.

En las Actas Capitulares 1706-1710 encontra­mos descrita en catalán, la toma oficial del cargo: Día 4 de Mayo., 1707, hora 4 Vespertina. Convo­cados (hay 17 nombres de Canónigos): Los Seño­res Ardiacas Foix i Bach Comisarios eclesiásticos (en un diálogo) tenido (por) la mañana en la Sacristía, para reconocer las Bulas concedidas por S.S. a favor del Sr Francisco Senjust y Pages, como Arcediano Major de la pte. Iglesia; vacante por la muerta del Dr. Onofre Beltran; han constata­do que las Bulas venian desgastadas «rite et recte», y que el susodicho Senjust, ha vía ya paga­do todo lo que devía de pagarse para tomar dicha posessión, y también firmar y dar las fianzas more solito. = En virtud de la qual delación (habiendo ya los dos Srs. Comisarios convidado al Capitulo para dar dicha posesión). Macla Marpal, sacerdote notario         y el Sr. de Senjust, presentando lo
mandato de inmitendo; y se ha resuelto darle posesión, la cual ha tomado, haciendo primero la profesión de la fe y lo demás more solito; excepto el ósculo pacis que no ha habido….

7. Reformador del clero

Hay que insistir en esa labor apostólica y ejem­plar, que el Papa alaba y anima, y por la cual le otorga esa dignidad eclesial. Junto a Juan de Ávila, a Vicente Ferrer en Aragón, a José Oriol en Barcelona… tuvo como primer cuidado su propia vida espiritual, con el fin de ser luz y animar a tan­tos como a él se confiaban. Destacaba la transpa­rencia de su vida. En su entorno, y confundido con la vida misma, brillaba su buen ejemplo. Ese es el gran camino para convencer.

Rezaba el Oficio divino con fe y devoción con gran testimonio en los coros de las catedrales de Barcelona y Urgell… asistiendo todos los días sin que entibiasen su fervor, ni los calores del verano, ni los fríos del invierno, ni por las lluvias, ni por los hielos…No puedo menos de añadir la respuesta que dio, cuando un amigo suyo, viéndole ir a la catedral en los últimos meses de enfermedad tan abrasado en calentura, que suspendiese tomar aquella fatiga, contentándose en rezar en casa. Respondiole: —Ojalá fuese yo tan dichoso que me quedara muerto cumpliendo con la obligación de mi residencia.

Llevó una vida ascética, rigurosamente sacrifica­da, hoy posiblemente difícil de comprender y más difícil de aceptar y vivir. Pero los biógrafos la expo­nen y afirman con tal naturalidad y nitidez, que no podemos menos de admirar y valorar. Esa conduc­ta convencía a todo el que a él se acercaba.

Y en poco tiempo consiguió transformar la clerecía no sólo de Barcelona o su Provincia, sino de Cataluña, y más allá, en los años siguientes.

…era el que con su modestia nos componía, con su religión nos hacía devotos, con sus palabras nos enfervorizaba, con su humildad nos confundía…. Y, a pesar de ser Arcediano Mayor, no dudaba en entregarse a las tareas más humildes: Esta caridad le obligó a ejecutar en esta funda­ción, ir a la plaza del Borne, Pescatería y otros lugares públicos, a hacer las provisiones nece­sarias en tiempos de ordenandos, hasta ir a com­prar platos y llevarlos el mismo debajo del man­teo… esta caridad le hacía leer en el comedor en las ocasiones de Órdenes, predicarles, enfervori­zarles con razones nacidas de su gran celo, ponerse de rodillas a sus pies, suplicándoles que hiciesen el debido concepto del estado sacerdo­tal… esta caridad le arrastraba, no obstante sus gravísimos dolores, ir al coro de esta Catedral, a su confesonario, a conventos de monjas, a con­solar enfermos…

En casa, ordinariamente, hacía los oficios más humildes, de barrer los aposentos, componer las camas, limpiar los platos de la cocina, hasta servir a los albañiles de mozo trayéndoles la cal, ladri­llos, agua y arena.

Su mejor realidad fue el testimonio de su vida, con la práctica de las virtudes vicencianas.

8. Cartujos en casa y apóstoles en la campiña

Este fue el lema que Vicente de Paúl propuso a sus discípulos, y que a través de Montecitorio llegó hasta la ciudad Condal. Y de verdad que Sentjust trató de vivir esa doble faceta evangélica.

Las tandas de Ejercicios espirituales para sacerdotes y para seglares de todos los gremios, así como de cualquier situación social o edades, se multiplicaban, y la Casa no podía atender tan­tas solicitudes. Pocos años después de su muer­te, en 1710, tuvo que ser levantado un nuevo y más grande edificio, fruto del ambiente espiritual y sacerdotal nacido de aquel primer momento, tanto con las Conferencias, como con los Ejercicios espirituales, así como los frecuentes retiros de sacerdotes, en grupos o a título individual.

Sentjust atraía por su doctrina y predicación, y sobre todo con su vida sacerdotal ejemplar, virtuosa y sacrificada. Incluso, ya antes de ser admitido en la Familia Vicenciana, fue un sacerdote realmente santo, practicó las virtudes cristianas en un grado heroico, llegando a emular en su vida de mortifica­ción a los más austeros penitentes y premiándole Dios con gracias y favores celestiales. En atesti­guarlo están contestes todos sus contemporáneos, así de dentro como de fuera de la Comunidad.

Las Memorias de los Difuntos de la CM de Bar­celona, como queriendo en una sola frase presen­tar su vida, llámanle «un ejemplar de Virtud y San­tidad», así en mayúscula.

El Rev. Dr. D. Francisco Garrigó, tantas veces mencionado, afirma su santidad en su «Oración fúnebre», aunque con las reservas lógicas: No digo yo que nuestro Arcediano sea santo, -cuya decisión está en manos de la Iglesia-; lo que yo digo es que la ejemplarísima vida y modo heroico con que ejer­ció las virtudes, según ha podido averiguar mi exac­ta diligencia —aunque falible— son señal de santidad y de una eminentísima perfección.

Para hacer acopio de virtud, practicaba en casa sus Ejercicios Espirituales dos veces al año; se retiraba a la ermita del pueblo vecino de Sarriá para prepararse a la fiesta de su venerada santa Teresa, e incluso, añade Garrigó, visitaba la Car­tuja de «Scala Dei», en la comarca de Tarragona, enriqueciendo su alma de fervor y devoción. Vivió el contacto con lo sobrenatural, y las intervencio­nes extraordinarias del cielo no fueron en su vida un caso aislado.

Los dos textos bíblicos que aparecen en el retablo del presbiterio de la Iglesia de Tallers, fueron escogidos por los primeros misioneros, y expresan el sentir profundo y sincero de Sentjust: en lo alto aparece el Buen Pastor con el texto de san Juan 10: Ecce Ego ipse requiram oves meas. Y junto al precioso Sagrario de piedra, la inscripción del Código sacerdotal del Lv, 24: Pavete ad Sanctuarium. Pensamientos bíblicos que recla­man santidad y entrega al pastor de almas.

Vicente de la Fuente, en su historia Eclesiásti­ca de Españam escribe: Entre los varios clérigos virtuosos que vivían en Barcelona a fines del siglo XVII y principios del xvii descollaba Francisco Sen-just y Pagés, canónigo de Urgell y después de Barcelona, que vivía con gran austeridad y peni­tencia, durmiendo solo tres horas sobre una tabla. En su casa edificó la primera de la Misión de San Vicente de Paúl en España, y él mismo fue un vivo retrato de este gran santo.

Todos sus biógrafos destacan su vida sacerdo­tal ejemplarísima, especialmente en las virtudes del celo apostólico, trabajando denodadamente por la santificación de clérigos y seglares; su vida sacrificada, ascética, penitencial y austera; su profundo espíritu de oración, y su generosidad total, entregando cuanto tenía para la nueva obra que abría en España.

Y en la introducción de la obra vicenciana en España, aparecen su espíritu de fortaleza y espe­ranza, a pesar de ciertos desánimos que sufrió ante numerosas dificultades y oposiciones. El desánimo cundió por momentos en su espíritu, como sucede a todo mortal. Todo eran barreras cerradas que aparecían y no se abrían a pesar de su noble y buena voluntad. Sintió más de una vez decaer su espíritu, vivió la tentación de Jesús en el desierto. Ni su capacidad y entrega generosa, ni su noble ascendencia familiar con importantes amistades, ni la cercanía de algunos amigos, podí­an por momentos lograr que recobrara su celo y virtuosas aspiraciones, pero de nuevo aparecían en él la gracia y fuerza del Señor, y seguía adelan­te, suplicando a los que podían, una y otra vez.

Hay que ver lo que puede una persona cuando tiene puesta su total y plena confianza en el Señor. Hay que admirar en la vida de Sentjust, su actitud de firmeza y confianza en el Señor. Y gracias a ese gran esfuerzo la obra apostólica de la Congrega­ción se extendió por toda España, y aun más allá, especialmente en América hispana, continuando firme y fecunda después de tres siglos.

9. Con los dolientes

Otra actividad, verdaderamente ejemplar pero ignorada, fue su dedicación a los enfermos del hospital de la Santa Cruz de Barcelona. A pesar de sus muchas actividades visitaba a los dolientes, y les atendía espiritual e incluso corporalmente.

En 1673 ayudan a ese gran hospital los «Oratorianos de S. Felipe Neri». Entre ellos se distin­guirá José Oriol, sacerdote y canónigo de la Cate­dral de Barcelona, devotísimo de los pobres y enfermos del Hospital. Con José Oriol, y en el mismo servicio, nos encontramos a otros dos canónigos, también de la ciudad Condal: Francis­co Sentjust y Jerónimo Enveja, quien ya, en el año de 1688, se conocían pues habían residido en Roma, en compañía de José Oriol.

El historiador de los «Hermanos del Hospital de la Santa Cruz» señala al que será San José Oriol, y añade: Hubo otros dos, entre los principales ami­gos del santo, que fueron los fundadores de la Con­gregación de la Misión. Aquí, en el hogar del dolor y en esa obra de sacrificios voluntarios, con la son­risa en los labios y el amor en su corazón, iban bus­cando a los más achacosos y tristes, para llevarles, juntamente con el óbolo de la caridad, el suspirado consuelo, haciéndose todo para todos, en expre­sión de S. Pablo, para llevarlos a Jesucristo.

10. Con el fundador

No debemos olvidar que pronto fueron muchas las manos que cooperaron en la obra iniciada y realizada por Sentjust, para hacer posible y viable el Instituto Vicenciano, y lograr el éxito deseado. Incluso en vida de él mismo, Dios se sirvió de muchos peones para la construcción de sus obras, y la historia debe recordarlos.

El copista del escrito del fundador añade: Habiendo fundado esta casa de la Misión con suma pobreza, se movieron los ánimos de algunos bienhechores a favorecerla… entre otros el obispo Benito Sala favoreciéndola con cien doblones…

Señalemos dos seglares y dos presbíteros, entre otros muchos. El anónimo autor de las «Memorias C.M.» tantas veces citado, señala: El primero fue Jusep Vidal, de oficio sastre, persona muy devota de esta casa y especialmente muy afecta al Sr Sentjust, el cual en su último testamento dejó a esta casa la tercera parte de sus bienes… El Sr. José Troc, boticario de Barcelona, instituyó y fundó un aniversario por el alma de su señora madre, a razón de setenta sueldos de limosna…

El otro fue el ilustre Dr. Juan Vilardaga, Sustentor de la Catedral de Barcelona, persona muy afecta a esta casa Misión, y así quiso en su muer­te manifestar su afecto sobre lo mucho que había hecho en vida, dejando a esta casa algunos lega­dos… Además vino a esta casa a hacer los ejerci­cios espirituales el mes de abril de 1710, el Sr Canónigo D. Miguel Orsí, napolitano, y reparando en la estrechez de la casa y viendo que por falta de medios no se comenzaba un nuevo cuarto que se deseaba, dio de limosna cien doblones…

Podríamos recordar muchos más. Dios se nos comunica por actos de caridad. Era la única forma de poder ofrecer todos los ministerios y funciones gratuitamente. El individualismo a la larga no es duradero. La generosidad y solidaridad son fecun­das y han existido siempre en la Iglesia desde sus orígenes. Gracias a ellas han sido posibles tantos actos de religión como este del señor Sentjust.

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