Senjust: el siglo XVIII en España

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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Para centrar esta interesante e ignorada bio­grafía de un sacerdote que hace trescientos años vivió en la Iglesia española de comienzos del siglo XVIII, conviene entrar, aunque sea muy sucinta­mente, en algunas vicisitudes de aquel tiempo, para así descubrir mejor su realidad. Es una histo­ria que pertenece a un tiempo religioso “algo oscuro”, cuando la religión estaba en el corazón de la mayoría del pueblo español, ya fuese en el nivel personal, familiar, gremial, civil, o festivo; aunque ya en proceso de debilitamiento y cambio.

1. La religiosidad de ese tiempo

Así la presenta el historiador D. Vicente de la Fuente: “El contagio de la inmoralidad e impiedad de los cortesanos y de la grandeza, durante el siglo XVIII no llegó a la generalidad del pueblo español. Este permaneció devoto, religioso y ferviente cató­lico hasta principios del siglo siguiente. Las leyes recopiladas estaban llenas de disposiciones reli­giosas, y antes de enseñar el respeto al trono esta­ban los actos de respeto y veneración a Dios”.

Pocos eran los pueblos, y no digamos las ciu­dades, donde no había la misa del alba o de la aurora; y cuando el labrador marchaba al campo y el menestral a abrir su taller, habían consagrado antes a Dios las primicias de aquel día. No se miraba como una ridiculez el persignarse y dar gracias después de comer. El español no quería ser ingrato con aquel Dios que le daba un pan del que privaba a otros. La comida era por lo general frugal y al promediar el día. Al terminarse ésta, daba indefectiblemente las gracias el sacerdote en la mesa, y en su defecto el padre de familia o el hijo más pequeño a quien se le enseñaban las alabanzas a Dios cuando apenas sabía hablar…

Al toque de oraciones suspendíanse todos los coloquios, habíase saludado a la Madre de los españoles antes que saliera el sol, y ahora se des­pedían de ella con la triple salutación. “¿Qué fami­lia se hubiera recogido a dormir antes de rezar el Rosario?”.

Desgraciadamente el nivel espiritual e intelec­tual del clero, era muy pobre. Según Martín Des-calzo4, a finales del siglo xviii, había más de 200.000 sacerdotes, uno por cada 50 españoles.

Aunque Benedicto XIV autorizó mediante un Decreto de la congregación del Índice (13 de julio de 1757) las traducciones de los libros sagrados aprobados por la Santa Sede, la primera Biblia publicada completamente en español, traducida de la Vulgata Latina, fue la del P. Felipe Scio de San Miguel, aparecida en 1791-1793. Es verdad que los católicos tenían acceso a la Escritura, especialmente al Nuevo Testamento, por medio de las catequesis, o en las lecturas de la misa, aun­que ésta se celebraba en latín, y por las prácticas devocionales, e incluso en los autos sacramenta­les que se representaban en las propias iglesias.

En esta época aparecen también sacerdotes celosos y ciertos obispos que tratan de llevar a cabo una notable reforma. No faltan tampoco héroes de la caridad.

2. La iglesia en Cataluña

Aquí, como en el resto de España, el estamen­to o clase sacerdotal, a finales del siglo xviii y comienzos del XIX, se distingue por su gran núme­ro, sus riquezas y la mala administración, causa en gran parte de su ineficacia como “clase”… Clero parroquial inculto, mal considerado y peor pagado… La mayoría de sus rentas estaban distri­buidas entre los monasterios y conventos, canóni­gos y beneficiados, y entidades religiosas.

La clerecía adolecía de dos grandes deficien­cias, origen de otras muchas: falta de vocación en unos, y de formación en muchos. La preparación sacerdotal, salvo honrosas e importantes excep­ciones era deficitaria. En 1820, en alguna diócesis, aún no se habían establecido las normas del Con­cilio de Trento. Hubo intentos muy meritorios

La Pastoral sobre la restauración de la predi­cación, escrita por el obispo de Barcelona José Climent (1766-1781) lamenta: …muchos jóvenes, apenas se ordenan sin ningún estudio, sin haber leído la Sagrada Escritura, y aún sin saber cuan­tas son las Epístolas de San Pablo, cuya ignoran­cia es muy culpable y vergonzosa en cualquier cristiano…

La situación de los sacerdotes y la ignorancia en que se encontraba el pueblo, urgían esfuerzos de cambio. Los intentados, siglos atrás, por los reformadores católicos, como Cisneros, san Juan de Ávila, y otros, eran insuficientes. Por eso la pre­ocupación de Don Francisco de Sentjust por ayu­dar al clero, y posteriormente la implantación de la Congregación de la Misión, fue un momento ver­daderamente providencial.

3. Barcelona hace 300 años

Como gran parte de España, vivió ese tiempo de transición: de una sociedad tradicional, esta­ble, conservadora, a una sociedad inestable, mudable, insegura. Comienzan a aparecer signos de irreligiosidad, especialmente al estallar la revolución francesa, en las costumbres, política, ideo­logía…, actuando en nombre de la libertad, igual­dad y desorden, fuente de abundantes conflictos.

El domicilio de Francisco Sentjust está situado en la calle Tallers. En torno a esta calle, que, en esta época cierra una parte de la ciudad y besa la mura­lla en lo que hoy es Plaza de la Universidad, pre­dominan espacios libres: campos de cultivo, huer­tas, riegos, fango, humedad; lugares habitados por agricultores y horticultores. Reinaba un ambiente rural más que urbano; la atmósfera es repugnante: animales, yerba, estiércol, aguas sucias, malos olo­res, calles polvorientas.

Los artesanos —carniceros, en la Calle Tallers—trabajan delante de sus casas, en la misma calle; los niños juegan, y los mayores por la tarde senta­dos en la calle, dialogan… Están los gremios de zapateros, carniceros, carpinteros, cortadores; cada gremio con su santo protector o patrón, sus devociones, sus iglesias y fiestas anuales.

Algo semejante sucede con los Barrios; cada uno tiene su patrón, su Iglesia o Capilla, sus fies­tas, procesiones y novenas. Las iglesias se llenan y abundan las Cofradías con sus novenarios.

Años más tarde, ya establecida la Congregación de la Misión en Barcelona, en nuestra iglesia de la calle Tallers habrá frecuentes Horas Santas y Cua­renta Horas, el día del Beato Vicente de Paúl… con rogativas, procesión, misa mayor cantada con gran orquesta, con predicación del obispo, un canónigo, un sacerdote importante.

Las campanas avisan para todo; para cada celebración, acontecimiento y peligro; tienen fuer­za de convocatoria popular. Barcelona está llena de iglesias y conventos, con claustro, rectoría, huerta y cementerio. La religión está presente en todo; la religiosidad es una práctica popular, general en los hogares del siglo XVIII. Las fiestas religiosas son abundantes, aunque el concilio pro­vincial de Tarragona en 1727 redujera las fiestas de precepto. La devoción a la Virgen María es admirable; tiene sus manifestaciones en el Ánge­lus rezado tres veces al día, sus fiestas frecuentes, se le dedica el mes de mayo, el saludo mariano al entrar en casa o al despedirse.

Una religiosidad popular pobre, pero gene­ral; aunque más implantada en el mundo rural y pueblerino.

Los obispos celosos fundan y cuidan obras de beneficencia, sobre todo hospitales, asilos y escuelas.

Es asimismo época de grandes peregrinacio­nes penitenciales, particularmente a Santiago y a Roma (1700, 1725…).

Las frecuentes predicaciones, y aún misiones populares, se dan en España, del mismo modo, que se hacía en Francia en la época de san Vicen­te. Fenómeno que en esa época se reafirma en todo la península.

Pero a finales del siglo XVIII se abre una época de fuertes transformaciones que cambian el aspecto de la ciudad; el crecimiento de la misma empuja, digamos, a la muralla. Barcelona crece mucho, pasa de unos 80.000 habitantes a 120.000, y esto conlleva su transformación. Lo mismo que el resto de España, que de 8 millones de habitantes a principios de siglo, pasa, al final, a 14 millones. Por el año de 1860, caen derribadas las últimas murallas de la ciudad.

La revolución francesa provoca una inmigra­ción masiva hacia España, entré ellos, grupos de sacerdotes y religiosos. A lo largo de los años 1791-92 van llegando; se cuentan unos 3.000 ca­pellanes franceses en esta Provincia de Cataluña6. Sólo a la Casa Misión de Palma llegarán 23 misio­neros franceses.

La muralla va cayendo lentamente dejando paso a la luz y el aire; las huertas desaparecen, al igual que los jardines; las casas son más peque­ñas y compartidas; las calles se van llenando de mendigos; aumentan las industrias textiles; las costumbres van cambiando.

Abundan las enfermedades incurables o in­fecciosas. Aparecen, frecuentemente, pestes y epidemias, que ocasionan, a veces, verdaderos desastres humanos. En diciembre de 1788 apare­ce la epidemia de “la rosa”; rara es la casa que no se sienta afectada. En 1789 y 1791-93 la verola se va propagando por toda la ciudad… la gente muere como moscas’. En 1800 las fiebres “tercianas o cuartanas”, “fiebres pútridas”, ocasionan numerosos enfermos graves; nuestros Misioneros ofrecerán la Casa de Tallers para hospital.

Y en esos ambientes y realidades, primero tranquilas y luego cambiantes, viven nuestros misioneros.

4. Un testimonio

De esta época, nos lo ofrece el biografiado Francisco Sentjust. Escribe al Obispo urgiendo el establecimiento de la Congregación de la Misión: Esta necesidad de misiones… es digno de consi­deración en este Principado de Cataluña, no solo en las fragosidades de los Pirineos… sino aquí en la misma diócesis de V.S.Y. y cerca de los muros de Barcelona; pues en estas montañas circunve­cinas he experimentado tantas ignorancias en orden de la salud del alma, cuantas a bocas podríamos referir a V.S.Y, y aunque en los pueblos mayores no falta la enseñanza, pero falta para aquellas personas que asisten al pasto de los ganados y a la mercancía de los frutos, a quienes aún la presencia del S. Sacrificio de la misa se les regatea… y estando Cataluña tan poblada de casas solitarias, son muchísimos los que, por más diligencia que pongan los curas, quedan sin poderles instruir..

¡Que una oveja que está tan a cuenta y cargo de su Pastor si yerra no pueda ser reducida al aprisco por falta de Pastor que la busque y la encamine!… En ninguna parte más que en la pre­sente ciudad de Barcelona se necesita más de esto, a causa de la multitud de sacerdotes, y estar estos medio aplicados a las cosas temporales…

El más indigno eclesiástico y que ha más expe­rimentado las necesidades de Cataluña, y con seguridad del obispado de V.S.Y. movido del cla­mor de ellas, deseoso del remedio de tanta igno­rancia… celoso de que se pueda principiar en España tan importante… Instituto… suplica humil­demente, con lágrimas nacidas de solo el celo de la Caridad, se digne formarle la fundación…

5. Los Borbones en España

Con Felipe V (1683-1746) entra en España la dinastía de los Borbones franceses que provoca la guerra de Sucesión contra los Austrias (1701­1714). Tenemos a los españoles divididos. El pri­mer período (1701-1704) es favorable a las tropas hispanofrancesas. En el segundo período (1704­-1709) los aliados invaden Francia; el inglés Rooke se apodera de Gibraltar (1704), y el archiduque Carlos entra en Madrid y en Barcelona (1705). Todo parecía perdido para Felipe V cuando el archiduque Carlos renuncia al trono de España para ser elevado al trono imperial. Felipe V gana las batallas de Brihuega y Villaviciosa y entra en la capital de España (1709-1714).

Parte de la Iglesia española, también la Con­gregación de la Misión, era más bien favorable a los carlistas, y al ganar los Borbones, la iglesia se ve obligada a aceptar a Felipe V con todas sus consecuencias de cambios políticos, destierros…

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