Senjust: Camino singular

Mitxel OlabuénagaSin categoríaLeave a Comment

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1. Un guía espiritual

La vida es camino, sorpresa, inquietud, bús­queda. El alma del joven sacerdote se está lle­nando de ilusión, ansia, celo y esperanza. El espí­ritu actúa en todo corazón dócil. Estamos en los años de 1686 a 1704. Francisco está en sus 32 y más años. Llega a un momento importante de su vida. Diría que es en estos años, con su experien­cia sacerdotal, y vivencia en Santa Oliva, aconse­jado por su director espiritual y movido por el Espí­ritu de Dios, cuando se lanza a volar por los caminos de la santidad, la ascesis y la oración, que le llevan a un nuevo apostolado. En ese ambiente descubre el designio de Dios sobre su persona; designio que tendrá que aclarar y actuar.

La búsqueda de consejo en un guía amigo, hermano y animador nos descubre la importancia que esta práctica tiene para escalar el camino de la ascesis y la mística que llevan a una auténtica identidad sacerdotal. Hoy, al desaparecer esa figu­ra paternal e iluminadora, se han tenido que bus­car y abrir consultorios y cuidados psicológicos. Sentjust se pone en manos de un religioso sacerdote, santo y experimentado, y cuenta con él para toda decisión importante de su próximo futuro.

2. Renuncias

Poco a poco se nos va abriendo el horizonte de su vida interior, persona y actividades, ofreciéndo­senos más datos y realidades acerca de nuestro admirado biografiado. Y se remarca un momento importante y decisivo de su existencia futura. Por mandato de su confesor, según F. Garrigó, tomó la valiente resolución de desprenderse de sus bienes:

Renunció el beneficio de Canónigo y todas las demás prebendas que poseía, excepto el priorato de Santa Oliva, al que estaba aneja la cura de almas y se retiró a la soledad, en la cual vivió muchos años, con tal desasimiento, aún de sus parientes, que acostumbraba decir: Aunque se cayese toda la casa de Sentjust y yo pudiese detenerla, no lo haría…

Y dejando la noble casa de sus padres, que procuraron impedírselo con razones de carne y sangre… Aunque no lo hizo así en lo espiritual y enfermedades de sus familiares, los asistió con heroica caridad, días y noches, meses y años enteros… Para las cosas de este mundo me hallarán los parientes como muerto, pero cuanto pide la caridad bien ordenada me hallarán muy vivo.

Posiblemente por ese tiempo vivía en Barcelo­na; y tal vez fue cuando murieron sus padres. Así quedó más libre de su familia y pudo dedicarse a la contemplación y elección futura de su porvenir.

Renunciar a bienes propios no es fácil ni agra­dable, sobre todo cuando se tiene toda una vida por delante; pero puede ser un gran principio que favorezca el buscar más limpiamente a Dios, vaciarse de uno mismo, encontrarlo y llenarse más de Él.

Con qué facilidad se dice, dejar una gran pro­piedad, un beneficio del cual provenía el bienestar material y la seguridad de su vida futura; pero así lo afirman sus biógrafos. En lugar de aspirar a escalar puestos más altos, mayores dignidades humanas en la jerarquía eclesiástica, tal vez un obispado como su hermano…, se desprende de todo.

3. En la soledad

Más aún. También por consejo de su Director espiritual, Fray Juan de la Concepción, Carmelita descalzo, renunció a la Canonjía, y se retiró a la soledad para lograr una visión más clara de su vida, tratar de ver la realidad de las cosas, y escu­char la voz del Espíritu. La soledad es madre de fecundidad. Alejarse del mundo para entregarse a Dios sin reservas, para meditar y reflexionar en orden a tomar una decisión y lanzarse a realizar un servicio más perfecto que el que se vive, puede ser algo muy útil e importante en la Iglesia:

… Por el amor grande que tenía a la vida solitaria, cuya dulzura y sosiego había ya gustado por más de veinte años… (pasó) muchas horas, y no hubo grado de oración al cual no levantase Dios a esta alma justa o de Sen-Just, asegura su director.

Podemos considerar que entra en la madurez de su vida. Se entrega a la soledad no sólo inte­rior, subjetiva, alejada de pensamientos y senti­mientos inútiles, sino que también, como parecen indicar sus biógrafos, vivió por un tiempo una soledad exterior, lejos del «mundanal ruido», para escuchar mejor a Dios, aun creyendo que Dios está siempre presente y en todas partes.

No se indica donde, ni tampoco cuanto tiempo pasó en la oración y silencio monacal; pero sin duda que su vida espiritual y cristiana se iría abriendo y abrevando de virtud divina, mejorando en todo su ser, para descubrir el querer de lo alto sobre su persona. F. Garrigó nos dice que, duran­te su estancia en Barcelona iba con frecuencia a la montaña de Monjuich: Se salía a esos escondri­jos de Monjuich… y las mortificaciones que hacía en esos agujeros y cuevas…, como también de su retiro anual en la ermita de Sarriá, y otros lugares solitarios.

¡Oh santa soledad que tantas riquezas ofre­ces a quien te ama! La soledad es el abrevade­ro espiritual que alimenta y fortalece el espíritu y la voluntad.

Doble y grave decisión: desprenderse de sus bienes, y entrar por un tiempo en gran silencio.

4. Vida de oración

Francisco, buen sacerdote, con salud y gran ilusión, va a tomar una de las grandes decisiones de su vida. Siente que Dios le llama a algo mayor y más fecundo. Y como tantos héroes y santos se pone en sus manos. Habla Señor que tu siervo escucha, de verdad.

De su vida de oración y unión con Dios baste repetir la categórica afirmación de su Director espiritual, avalada por el doctor Garrigó: No hubo grado de oración al cual no levantara Dios a esta alma justa.

Tanto en la oración desértica como en la apos­tólica, saborea el misterio de Dios, las comunica­ciones, favores y regalos del Señor, que luego participará abundantemente a incontables almas de eclesiásticos, religiosos y seglares que acudi­rán a él.

La ley de la oración, dice Torras y Bages, ha sido continuamente recordada al estado eclesiás­tico por aquéllos que el Espíritu Santo ha puesto para regir la Iglesia de Dios, y nadie ni nada podrá derogar esa ley divina de la oración. Y los sacer­dotes son los maestros de la oración.

Y en esa vivencia sobrenatural, descubre el querer de Dios sobre su persona para el resto de su vida. Porque parece que el gran motivo de ese retirarse del mundo, y desprenderse de sus bienes materiales fue, al estilo de Jesús, como de muchos grandes apóstoles cristianos, disponerse y decidirse a su siguiente misión sacerdo­tal y apostólica.

5. En plena acción apostólica

Como hace Jesús al dejar el desierto, comien­za a anunciar el reino de Dios. Francisco regresa cambiado al mundo de los humanos, transforma­do, y con una idea muy firme en su corazón: dedi­carse al pobre pueblo del campo que está aban­donado y es analfabeto. Y por espacio de unos 18 años ofrece y predica Misiones Populares, como medio de recristianización, por su extenso priora­to de Santa Oliva, y aun en la provincia de Barce­lona, realizando obras fructíferas de caridad, de celo y de apostolado. Sus biógrafos nos dicen que logró numerosas conversiones.

Lleno de ilusión y celo ardiente, se lanza con ánimo resuelto, por esos pueblos abandonados a toda suerte de superstición, a causa de su igno­rancia, y con entrega generosa les predica, y administra sacramentos. Y como no llega a todo, busca ayuda en otros sacerdotes. El señor Sent-just palpó de cerca el abandono en que estaban las pobres y sufridas gentes del campo y la nece­sidad de instrucción religiosa que tenían…y que «casi por milagro, se hallara uno que haya salido de pecado sino por medio de Misionarios» como él mismo Senjust escribe.

Y élmismo, con gran simplicidad, cuenta que le sucedió un caso similar al de Vicente de Paúl. En una misión se encontró con un hombre de porte exterior bueno, hasta honrado, pero que, gracias a la confesión general que hizo con él, recobró la paz de la conciencia que le remordía por su mala conducta y falsa hipocresía de años, con apariencia de buena persona.

6. Asceta

Nos dicen sus biógrafos que además, sazona­ba su labor apostólica y vida personal con gran­des y duras austeridades, en la comida, vestido, viajes. Hay que pensar cómo serían los medios de comunicación de aquellos tiempos: Pocos e incó­modos, caminos polvorientos, pedregosos o lle­nos de lodo, lentos y pesados. Los viajes a los pueblos había que hacerlos en carroza o a pie; ali­mentándose frugalmente, durmiendo poco, en duras jornadas de días y semanas.

El fruto de la soledad vivida en el desierto y de la oración comienzan a percibirse ya. A partir de ahora se entrega cada vez más y mejor en aras de la caridad ajena, no importa el sacrificio.

Su espíritu de sacrificio fue una de las virtudes que más resaltan quienes le conocieron; virtud que brilló en su persona a lo largo de toda su vida. Es virtud que hoy nos extraña y asusta, pero que en él existió en grado más que notable. Por otra parte, era necesaria para la misión evangélica que se había propuesto. Solo con heroísmo, un heroís­mo callado, alimentado por la plegaria, se puede llegar a un tal proceder, en aras del amor.

El mismo Sentjust escribe: Desembarazándo­me de las prebendas que podían impedirme, no reservando otro que un priorato, con obligación de cura de almas, en cuyo régimen me hizo conocer Dios lo mucho que se serviría de semejante ocu­pación y cuanta necesidad había de quien se apli­case a la enseñanza de la gente rústica y lugarcillos pequeños, y con especialidad ayudarles a hacer una buena confesión3°.

7. Determinaciones animosas

En 1680, el Papa Inocencio XI publica un Breve ordenando a los sacerdotes de Roma hacer Ejer­cicios Espirituales en Montecitorio, casa de los Misioneros Paules en Roma. El Nuncio de Su San­tidad en España lo publicó, mandando a los obis­pos de España que no confiriesen órdenes sagra­das a ninguno, sin que primero hubiera practicado los Ejercicios en alguna casa religiosa, según se venía haciendo en Roma.

Esas determinaciones superiores animaron a Sentjust, y le reafirmaron en lo anterior y en otra noble inquietud evangélica que quemaba su cora­zón. Él mismo añade: Este suceso y tantas confesiones como cada día me venían… engendró en mí un vivo deseo de procurar juntar algunos sacerdotes, teniéndolos en casa día y noche, y lo demás del año nos ocuparemos en el empleo de las Misiones, enseñando y confesando a los pobrecitos del campo y lugares cortos, con total privación de podernos ocupar en las ciudades en estos ejercicios. Para esto procuré una casa reti­rada en Barcelona en donde no faltase alguno de nosotros para dar los ejercicios a cuantos vinie­sen, así eclesiásticos como seglares.

Quien así habla a sus oyentes no es Vicente de Paúl, sino que es uno de sus mejores discípulos e imitador, que vivió cincuenta años después del santo.

8. Con los Presbíteros

Entre éstos, abundaban desgraciadamente los sacerdotes que se mantenían en una vocación dudosa, descuidada, sin dedicación apostólica, y otros con una deficiente formación eclesiástica. Senjust se encontraba frecuentemente en la gran ciudad con levitas vagabundos, callejeros, ocio­sos, o perdiendo el tiempo entre las familias ricas, y quiso poner remedio. En Barcelona tenía ya una casa y trató de reunir algunos eclesiásticos con el objeto de que se dedicasen con él a la predicación en los pueblos y aldeas, pero además sentía la necesidad de ayudarles a mejorar su condición espiritual, y trató de reunirlos ofreciéndoles espiri­tualidad, orientación religiosa, formación eclesiás­tica, ejercicios espirituales, retiros, etc.

Pero no logró agrupar siquiera unos cuantos compañeros eclesiásticos que quisieran lanzarse a misionar, al estilo de Jesús, predicando la Buena Nueva, compartiendo su apostolado y animándo­se también a la santidad.

El momento no había llegado. El Señor se con­formaba con su buena voluntad, esfuerzos y dedi­cación apostólica. Llegarían mejores tiempos y más posibilidades. Este intento jamás pudo lograr­se, afirma el mismo Sentjust, pues no fue Dios ser­vido darme compañeros para tan calificados empleos, y así solo en ellos ejecuté lo que cupo en mis posibilidades por espacio de unos diez y ocho años.

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