LA OBRA DE MASARNAU: LA SOCIEDAD DE SAN VICENTE DE PAÚL EN ESPAÑA
El año 1838 Santiago Masarnau se instala en París al regresar de Londres, a los 33 año s de edad. Dios le salió a su encuentro y sufre una gran transformación. Su vida experimenta un giro copernicano. Empezó a gustar, más intensamente, de lo ejercicios de piedad y la lectura asidua de la Biblia y del Kempis. Hasta entonces su cristianismo había sido más reflexión filosófica que vivencia cristiana. En la Cuaresma de ese año realiza una minuciosa Confesión general que le ocupa 15 días y se queda ganado para la causa divina. El 19 de mayo hizo una Comunión general en la Iglesia de Nuestra Señora de Loreto, este día fue el punto de arranque de su conversión y ya sin interrupción frecuentará los sacramentos, dedicándose a la oración y a la caridad en su doble dimensión: Dios y el prójimo. Desde entonces, sus grandes amores fueron: la Eucaristía, la Santísima Virgen, la Iglesia, el Papa y sobre todo los pobres.
El día 9 de junio de 1839 tomó contacto con las Conferencias de San Vicente de Paúl en la Parroquia de San Luis d’Antin, dándose tan ardientemente que a los pocos meses le nombraron tesorero de la misma. La perfección alcanzada por Masarnau fue adquirida en la práctica de las Conferencias, en ese libro cuyas páginas son los Pobres. Cuando su hermano le reprendía por la generosidad de sus limosnas, él le contestaba: «Si supieras lo que me han dado y me dan los Pobres, no extrañarías lo que les doy yo a ellos». Santiago Masarnau regresó definitivamente a Madrid en el año 1843 donde siguió fomentando su afición a la música, sobre todo dando clases en el Colegio «Masarnau» fundado por su hermano Vicente, creando coros de niños en las Casas de beneficencia de Madrid, componiendo y publicando sus obras musicales, así como redactando algunos artículos para «El español» y «El artista». Los socios de allende los Pirineos le instaban para que fundara las Conferencias en una nación como la nuestra, tan arraigadamente católica. En principio se resistió por el recelo que despertaba en Madrid una Institución importada del extranjero y que en cierto modo «secularizaba la caridad». Este gran obstáculo lo venció Mr. Lefeburier, miembro activo de la capital francesa, al detenerse en Madrid de paso para Sevilla. Don Santiago se decide por fin a fundar la primera Conferencia y como únicamente necesitaba tres socios para lograr su objetivo, buscó a D. Vicente de la Fuente y a Anselmo Ouradou, profesor de francés de su Colegio, y el domingo día 11 de noviembre de 1849, festividad de San Martín, tuvieron la primera reunión. Hecha la colecta reunieron ochenta y cinco reales y tres maravedíes. Adoptaron los primeros pobres; Paca Sanz, viuda con cuatro hijos, Valentina, viuda con cinco hijos y su madre anciana y Ventura Broco, anciana y pobre de solemnidad. Fueron visitadas aquel mismo día por D. Santiago y D. Anselmo Ouradou. En la cuarta sesión recibieron como socio a D. Pedro Madrazo y el 8 de diciembre, celebraron la primera comunión general, con la asistencia de los cuatro primeros socios, en los Capuchinos.
DESARROLLO DE LA SOCIEDAD EN NUESTRA PATRIA
En España creció y se difundió rápidamente la Sociedad de San Vicente de Paúl. En el año 1850, primero de su fundación, empezó a crecer la lista de la Conferencia con el ingreso de otros socios, en su mayoría jóvenes. Masarnau se multiplicaba para instruirles y hacer la visita a los pobres con ellos. Cuando se enviaron a París los estadillos para solicitar la Agregación definitiva, ya tenía la Conferencia 10 socios que visitaban a 22 acogidos. El Consejo General dio la Agregación para España el día 4 de marzo de 1850. Los socios seguían aumentando y para el 11 de noviembre de 1850, aniversario de la Fundación, tuvo que dividirse en dos. La primera fue la de S. Sebastián y la segunda la de Santa María de la Almudena.
En el transcurso de este primer año fue favorecida la Sociedad con dos Decretos, uno del Excmo. Sr. Comisario general de Cruzada, el 24 de junio conteniendo dos Breves de Indulgencias que concedía a la Sociedad el Papa Gregorio XVI y otro de su Eminencia el Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo, Bonel y Orbe, del 29 de octubre, autorizando y recomendando la formación de la Sociedad.
El 11 de mayo de 1851 se fundó el Consejo particular de Madrid destinado a relacionar las diversas Conferencias que se fundaran en la capital. El mes de julio, S.M. la Reina concedió su autorización y el 8 de diciembre se celebró la primera Junta General en una Capilla de la Iglesia de los «italianos» bajo la presidencia del Excmo. Sr. Cassou, capellán de Palacio Real, primer miembro de honor de la Sociedad.
Por el mes de septiembre de 1851, se instalaba una nueva Conferencia en Burgos, primera de provincias, con motivo de haber pasado por allí D. Santiago al regreso de San Sebastián. Vio en la catedral a un desconocido que rezaba con gran recogimiento, le esperó a la salida y le propuso que fundara en la capital burgalesa una Conferencia. Era el organista de la catedral, D. Agapito Sancho, que después fue el primer Presidente de la misma. Nació bien modesta pues sólo contó en sus principios con cuatro miembros.
El año 1852 se desmembró nuevamente la Conferencia de San Sebastián, aparece una nueva con el nombre de Santa Cruz y la de Santa María de la Almudena dio origen a la de San José. Este mismo año se fundó en Calella (Cataluña), 16 de mayo y las de Jaén, 27 de octubre, Santander, 8 de noviembre y Huesca, 24 de octubre, elevándose el Consejo particular a Consejo superior. Y por último en 1853 se crearon las de Valladolid, 20 de marzo de 1853, Rueda, 24 de marzo, Salamanca, el 26 del mismo, Lérida, el 26 de junio y Palencia el 15 de septiembre, ya había un total de 14 Conferencias en toda España.
Otras cinco se establecieron en 1854: San Martín, 5ª de Madrid el 1 de enero, la de Vergara el 8 de abril, Melgar de Fernamental el 4 de mayo, Segovia el 2 de julio y la de Ezcaray el 8 de octubre.
Este desarrollo fue mucho mayor en 1855 en cuyo año se desarrollaron 21 Conferencias; en 1856 fueron 43 las agregadas y se establecieron 3 Consejos particulares que fueron los de Salamanca, Valladolid y Sevilla. En el año 1857, 32 Conferencias agregadas y 9 Consejos particulares. En el 1858 se llegó a 114 el número de Conferencias agregadas; más de 2 por semana.
Estos fueron los primeros pasos de la Sociedad de San Vicente de Paúl que vio multiplicarse sus fundaciones en progresión geométrica. Al cumplir los siete años de vida ya tenía más de 100 y cuando llegó a dos lustros colocó a España en el primer puesto del mundo después de Francia. Por la rapidez de su crecimiento pudo sobrepasar al país fundador. En el curso de otros diez años Francia albergaba 500 Conferencias cuando la Sociedad llevaba veinte años de labor, mientras que al cumplirse las dos décadas en España, pudo contar con una estadística mágica: 694 Conferencias, 46 Consejos particulares, 9.916 socios, 14.409 familias visitadas y 3.000.000 de reales ingresados en el haber de la tesorería.
Habría que mencionar también la gran cantidad de Obras que dependían de las Conferencias además de la visita domiciliaria como escuelas, visita de hospitales y cárceles, obra de regularización de matrimonios, roperos, cocinas económicas, etc.
Este éxito tan excepcional podía poner en riesgo la sobria humildad característica de la Institución. A ello salió al paso D. Santiago en su Discurso del 8 de diciembre de 1859:
«…No a nuestro trabajo, no a nuestras virtudes es debido la gran Obra, sino que, a pesar de nuestra tibieza, de nuestras omisiones, de nuestro orgullo, de nuestros pecados, lo ha verificado Dios. Allí no brilla ni campea más gloria que la de Dios, allí no se admite más talento ni dotes que los que El concede, ni más celo que el que infunde, ni más virtudes que las que inspira. Abandonados a nosotros mismos no somos sino miseria, error pecado, nada…»
Santa y cristiana manera de empequeñecerse, de esconderse, de pisotear todo movimiento de vanidad en el instante mismo en que escalaba la cumbre de la victoria.
Esta Obra se vio probada con el signo de la persecución cuando se produjo el movimiento revolucionario que conocemos como «La Gloriosa». En octubre de 1868 apareció en la Gaceta de Madrid un Decreto disolviendo la Sociedad y ordenándose la incautación de sus bienes. La actuación de D. Santiago ante tan desagradable suceso fue de gran serenidad espiritual, sin quejas, críticas, ni palabras disonantes, sino aceptándolo con humildad, como una prueba de Dios. Llegó el Comisario a la colmena, nombre con que D. Santiago bautizó la Sede del Consejo por su laboriosidad y dulzura, notas que quería se destacaran en ese lugar, y le dijo a Masarnau: «No comprendo que una persona de las prendas de Vd. pueda emplear tantos días visitando a gentes tan zafias y repugnantes como esa pobretería». Y D. Santiago le contestó con serenidad y calma. «Cuestión de gustos señor, yo no comprendo la diversión de un pescador de caña que se pasa las horas muertas aguardando a que acudan al cebo los pececillos.»
La reclamación presentada ante lo que consideraba un atropello, lo único que consiguió fue que se autorizara el funcionamiento de las Conferencias femeninas, pero este golpe de efecto por parte de las autoridades no tuvo éxito, pues por solidaridad con las masculinas ellas también dejaron de funcionar.
En estos momentos de prueba, destaca la amistad de D’ Concepción Arenal, su relación con Masarnau venía desde antiguo, pues había ingresado en las Conferencias femeninas de Potes. Allí en Potes conoció al famoso violinista Jesús Monasterio, que era socio de las Conferencias y fue él quien le animó para que ingresara en ellas, recordemos que las Conferencias femeninas se fundaron en 1855, iniciando sus visitas a las familias pobres de la localidad. Como fruto de esta experiencia, Dª Concepción Arenal escribió un «Manual del visitador del pobre», el manuscrito llegó a manos de Masarnau, el cual después de hacer algunas observaciones se encargó de su publicación, estos hechos debieron producirse hacia 1861, pues dos años más tarde el libro se anunciaba ya en el Boletín de la Sociedad. Desde entonces la relación entre ambos fue muy estrecha.
Es durante esta etapa de dura prueba cuando Santiago Masarnau deja ver parte del temple espiritual que fundamentaba su persona, pero el retrato-moral que se nos ofrece de él en este momento, publicado en el Boletín de la Sociedad en enero de 1883, un mes después de su muerte, dice así: «Entonces fue cuando tuvimos ocasión de conocer aquel carácter verdaderamente extraordinario, aquellas virtudes tan poco comunes entre seglares, y que formaban tan armónico conjunto; una grande humildad unida a un espíritu jovial; la más sólida piedad junto con una laboriosidad constante; y una gran libertad de espíritu en consorcio con una grande austeridad de vida. Era Masarnau un hombre de quien se podía aprender mucho. Y con su respetabilidad, de todos conocida, logró infundir en nuestra Sociedad un espíritu e imprimirle una marcha, que quiera Dios se conserve siempre en ella».
Disuelta la Sociedad, Masarnau siguió visitando a los Pobres dos horas por la mañana y dos por la tarde, acompañado de un socio distinto cada vez y haciendo con doce socios, la labor de trece parejas. Tenían en su casa un cepillo, donde él y el socio que iba a buscarle depositaban la limosna. El cepillo se abría todas las semanas. Antes de empezar la visita y una vez terminada, entraban a rezar en una Iglesia y por el camino hablaban sobre los pobres. Se puede decir que hacían una reunión completa.
Pasados seis años. Se levantó la suspensión de la Sociedad y volvió a despertarse, organizarse y crecer; bastantes se perdieron, otras se renovaron y otras nuevas volvieron a surgir.
La biografía de Santiago Masarnau es muy distinta de la de Federico Ozanam. Por una parte, es menos conocido y por otra sus vidas tuvieron una trayectoria muy diferente, pero ambos confluyeron en algo muy esencial: Consagraron los esfuerzos al servicio de los Pobres.
La Sociedad de San Vicente de Paúl en España se ha marcado un reto para profundizar y dar a conocer al hombre que trajo a España esta caritativa asociación.
El ejemplo de Masarnau, hay que retomarlo como norma y directriz del actuar de los vicentinos españoles. Hay que desentrañar las enseñanzas que hay encerradas en su vida, en sus discursos, en sus cartas, en el entusiasmo por difundir su Obra, en las sentencias que él nos dejó. Estamos en un momento muy especial. La Sociedad ha cumplido 150 años de existencia y hay que renovar propósitos, retoñar energías y sobre todo un culto ardoroso de reconocida gratitud hacia aquel que supo dar todo por los pobres y por la Sociedad. Cuando en 1866 la Reina Isabel II le restituye en su cargo de Gentil Hombre con 1.000 escudos de sueldo, que le hubieran podido asegurar una vida cómoda y agradable, renuncia con un precioso escrito alegando que el servicio a los pobres y la Sociedad no les es compatible. Sus obras hablan todavía; él es el reglamento vivo y el Manual del Socio. El que vivió en un período de grandes inquietudes y luchas, tuvo una larga vida, muriendo a los 77 años, el 14 de diciembre de 1882, rodeado de «sus pobres», de los consocios de la Sociedad, Hijas de la Caridad y otras Religiosas con las que estaba relacionado. Él llegó a todos los sacrificios: desde despojarse de su abrigo en lo más crudo del invierno para dárselo a un pobre, hasta cargar sobre sus hombros un cadáver que los sepultureros no querían bajar por las escaleras de la casa.
En esta gran figura que, al lado de la de Federico Ozanam, es podemos encontrar su sabia dirección de la palabra y el inapreciable estímulo del ejemplo de su vida.
A lo largo de los tiempos, numerosos testimonios y publicaciones sobre su Obra y su figura han ido apareciendo. En vida, Pedro Madrazo, escribió sobre su faceta artística. Asimismo, Juan Donoso Cortés (el cual aseguró en una carta al Marqués de Raffin haberse convertido por el mero hecho de verle actuar), Concepción Arenal, Vicente de la Fuente, José Mª Esperanza y Sola, José Mª Quadrado, su primer biógrafo y otros muchos, nos han hablado sobre su fama de santidad.
Cuando murió Santiago Masarnau dijo Concepción Arenal: «La muerte ha helado aquellas manos, siempre abiertas para los pobres, la pérdida irreparable de D. Santiago sería un duelo nacional, si hubiera nación…»
Tal vez olvidó la ilustre pensadora, al escribir estas palabras, que los grandes hombres como el Fundador de la Sociedad en España, no mueren nunca. Aquellas santas manos no podrán helarse mientras la Sociedad exista, porque será ella, las manos de todos los consocios, las que repartan los socorros a los pobres y porque él desde el cielo seguirá bendiciendo la Obra que un día, inspirado por Dios, hizo germinar en nuestro suelo.
María Teresa Candelas Antequera
Madrid, 2000







