Santiago Masarnau (Sobre los principales peligros del momento)

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Junta general celebrada en Madrid el día 8 de Diciembre de 1856.

Señores.: Hermanos queridos en N. S. J. C.:

Supuesta la venia del Excmo. Sr. que tiene la bondad de presidirnos, y de todos los demás Señores miembros de honor., que nos favorecen con su asistencia, nos proponemos esta noche llamar la atención de nuestros muy amados hermanos en J. G., sobre el extraordinario incremento que nuestra querida Asociación va tomando dé día en día en nuestra España, y de las obligaciones que este mismo incremento en cierto modo nos impone. Cuanto más rápido es el desarrollo de una obra o institución cualquiera, más fácil es que se tuerza o desvíe de la dirección primitiva, y mayor, por consiguiente, debe ser también el cuidado que se requiere para conservarla en su pureza y rectitud.

Respecto al incremento, todos lo admiramos. Es verdaderamente prodigioso, y tal, que en el año que estamos concluyendo, acaso en ningún otro país del globo le ha alcanzado la Sociedad igual.

Creemos también que en todas, o casi todas las muchas Conferencias que vamos contando ya, se conserva, gracias a la misericordia del Señor, el espíritu primitivo y verdadero de nuestra humilde Asociación: aquel espíritu que tan bellamente se define en la oración compuesta expresamente para nuestro uso, por medio de las tres cualidades de piedad, de sencillez y de fraterno amor. Lo creemos así para nuestro consuelo: pero por otra parte no dejamos tampoco de prever algunos peligros que quisiéramos, evitar a toda costa. Peligros que nos toca señalar y advertir con tiempo a todos nuestros hermanos, para que cuanto antes procuren precaverse de ellos y ayudarnos a precaver también a la querida Asociación en que con ellos nos ha unido la infinita bondad de Dios.

Los principales peligros que al presente descubrirnos, y que es deber nuestro señalar aquí a las Conferencias y a los individuos que las componen, se reducen a tres, que son:

Exceso de celo;

Falla de celo y

Falta de sumisión.

Vamos a tratar de darlos a conocer lo mejor que podamos.

El celo en las obras de Caridad, es ciertamente necesario. Sin él estas obras no pueden sostenerse y progresar: pero es preciso también que este celo esté siempre templado por la debida prudencia. No basta querer hacer muchas cosas buenas. Es preciso meditar si pueden o no hacerse, si de su ejecución podrán dimanar consecuencias que destruyan el bien mismo que se trata de hacer o le neutralicen, y sobre todo, si la intención que nos mueve es pura, recta y perfectamente humilde. El amor propio es un grande enemigo. Muchas veces se disfraza tomando la seductora apariencia del celo para hacernos cometer indiscreciones de malísimos resultados. A estas tentaciones del amor propio disfrazado, todos, estamos expuestos, y, si lo observamos con cuidado, advertiremos que todos las experimentamos muy fuertes en la práctica misma de nuestras obras de Caridad. ¿Quién de nosotros no ha sentido a la vista de las necesidades del pobre y de la cortedad del socorro que en hombre de la Sociedad le llevaba, un secreto deseo de aumentar este socorro mismo, o de variarle de modo que pudiera ser más agradable a los ojos del que le iba a recibir y más digno (al menos al parecer) del que lo iba a dar? ¿quién no ha experimentado algunas veces una especie de vergüenza secreta al sacar de su bolsillo dos o tres bonos de pan para toda una familia muy indigente, y no ha tenido que hacerse violencia para no- agregar a tan módica limosna algo de su propio haber? En estos y otros casos análogos se experimentan esas tentaciones del amor propio de que vamos hablando, y contra las cuales es preciso que procuremos mantenernos siempre en guardia. La vista del pobre, el aspecto de su triste habitación y de su desaliñado traje, etc., humilla, nuestro orgullo, mostrándonos claramente la vanidad y locura de nuestras ambiciones y la injusticia grande de nuestras quejas. Quisiéramos en aquel instante que no hubiera pobres en el mundo, pero lo quisiéramos no por Caridad, como nos lo procura persuadir nuestro amor propio disfrazado, sino por un sentimiento del todo opuesto; es decir, por un verdadero egoísmo. Quisiéramos que no hubiera pobres a la manera en que quisieran los malvados que no hubiera santos en el mundo; esto es, para que no contrastasen, tan fuertemente como lo están haciendo las virtudes de estos con sus vicios. Quisiéramos que no hubiera pobres para podernos desentender de la obligación en que nos hallamos de serlo todos, al menos en espíritu.

Pero nuestra Sociedad, basada como lo. está en las máximas y prácticas del gran San Vicente de Paúl, que no conocía menos el corazón humano en el pobre que en el rico, nos puede preservar muy bien de todos estos peligros y tentaciones del maldito amor propio. La colecta secreta que tiene establecida nos proporciona un medio seguro de dar, sin peligro, para el alivio del pobre, todo cuanto nos sugiera la más ardiente Caridad. La Sumisión al Reglamento y a las decisiones de la mesa que dirige la Conferencia a que cada cual pertenece, sirven también de mucho para mortificar nuestra opinión particular y para hacer más meritoria la limosna misma que damos. La práctica tan recomendada en nuestras reglas de no entrar en discusiones sobre punto alguno, sea cual fuese la importancia que a nuestro parecer ofrezca, es igualmente sabia y provechosa para mantener entre nosotros la humildad y la fraternal amistad que nos profesamos. Todo en fin en nuestra Sociedad, si bien se mira, se advertirá que tiende a impedir los efectos del celo exagerado, o por mejor decir, del amor propio disfrazado bajo la capa de celo. Y no es extraño: pues que todas nuestras reglas están calcadas por el espíritu de nuestro Santo Patrono, que tanto aconsejaba la prudencia en el ejercicio de la Caridad, y que la practicaba hasta el extremo de haber sido llamado en su tiempo, y no por gente vulgar, hombre apocado y cobarde. Las obras portentosas, las instituciones verdaderamente admirables que nos ha dejado, muestran sin embargo bien claramente cuán injusta era esa calificación. Decía nuestro gran Santo que el celo debe siempre moderarse por medio de la humildad, y no permitirle que se propase a querer tomar la delantera a la Providencia, frase como todas las suyas, muy humilde y hasta vulgar al parecer pero que no por eso deja de encerrar un sentido muy grande y elevado.

El celo exagerado que siempre produce malos resultados / los produce peores, si cabe, es decir, de más trascendencia, en los que desempeñan cargos en nuestra Sociedad, y particularmente en los Presidentes de las Conferencias de que se compone. El Presidente que todo lo quiere hacer, ya por hallarse con fuerzas para hacerlo todo, que no es común, o ya por creerse equivocadamente con más capacidad de la que en realidad tiene (y esto es mucho más fácil de suceder que lo anterior) perjudica gravemente a su Conferencia. Todo el empeño del Presidente debe cifrarse, no tanto en hacer por sí, como en hacer que todos hagan aquello que Ies está cometido: que el Secretario, v.gr., desempeñe perfectamente su cargo, que el Tesorero cumpla igualmente don el suyo, y que cada miembro llene su puesto con exactitud* Ernesto puede y debe ejercitarse el celo del Presidente, y no en hacer de Secretario, de Tesorero o de simple miembro activo. Debe también estudiar’ con esmero para llegará conocer todo lo más posible, tanto a las familias adoptadas por su Conferencia, como a los miembros encargados do visitarlas. Cuanto más adelante en este doble conocimiento, es bien seguro que tanto mejor y más fácilmente podrá dirigir su Conferencia; y, por lo tanto, aquí tiene ancho campo en que ejercer su celo.

Los miembros activos en la visita, deben también evitar los efectos del celo exagerado, sin lo que no lograrán ganar la confianza del pobre o le obligarán a mentir. La limosna espiritual, que es la que principalmente debemos procurar llevar al necesitado (sea pobre o no lo sea) es de naturaleza muy distinta de la limosna material. Esta siempre se puede dar pero no siempre se puede dar aquella. Hay que aguardar la ocasión favorable, y el Señor no deja de disponer las cosas de modo que se presente ésta ocasión cuando menos lo pensamos. Por eso la visita se ha de hacer siempre con particular esmero y cuidado y con mucha observación. Las necesidades espirituales no saltan a la vista, por decirlo así, como las materiales, y sin embargo, al aliviar las segundas, debemos llevar la mira de aliviar principalmente las primeras, que, por muchas razones, merecen más fijar nuestra atención. Debemos, pues, procurar conocerlas, y para conseguirlo necesitamos con la gracia del Señor, tiempo, paciencia y observación. Sin estas tres cosas, o nada descubriremos, o nos inducirá a errores nuestro mismo buen deseo por carecer de la debida [moderación.

El segundo peligró que hemos indicado, opuesto al que acabamos de hacer observar, no es menos de temer ni se debe por consiguiente precaver con menos esmero. Este es la falta de celo. El amor propio disfrazado bajo la capa de celo, hemos mostrado cómo nos tienta. Ahora tenemos que mostrar cómo nos tienta también, disfrazado bajo la capa de prudencia, pues no hay disfraz que no tome para separarnos de la senda de la caridad, que es la diametralmente opuesta a la que él quiere que sigamos. A tres nos parece que se pueden reducir principalmente las sugestiones de este terrible enemigo, disfrazado de este segundo modo, a saber: que antes son las obligaciones que los pobres: que debemos cuidar de nuestra salud y no exponerla: que no debemos singularizarnos y hacer cosas que llamen la atención, exciten d la murmuración, etc. Estas tres sugestiones malignas del enemigo, se descubre su falsía y su perfidia con sólo sujetarlas un poco a detenido examen en presencia del Señor y al pie de la cruz. Las obligaciones es cierto que son antes que todo; pero ¿qué obligación hay superior a la de amar a Dios sobre todas las cosas y al -prójimo como a sí mismo? Y si de esta palabra prójimo nadie está excluido, como sabemos, ni aun el hereje, -ni el judío, ni el pagano,- ni el salvaje, ¿lo estará por ventura el pobre? y si al pobre se le ama de corazón como debemos amarle por la primera de todas las obligaciones, ¿no se hará nada por él, o nos contentaremos con darle un pedazo de pan para que no se muera de hambre? ¡Es imposible! y las prácticas todas de nuestra querida Asociación están en esto tan conformes con los consejos y aun preceptos del Evangelio, que sólo la falta de meditación podrá tal vez excusar ante los ojos de la divina misericordia a los miserables cristianos que se atreven, no sólo a no usarlas, sino hasta a criticarlas. ¡Que Dios Nuestro Señor les perdone su locura e ingratitud!

Debemos cuidar de nuestra salud y procurar conservarla. Esto es muy cierto. Pero también lo es que en el cumplimiento de nuestros deberes más sagrados se pueden presentar ocasiones en que tengamos que probar con nuestra conducta que la salud del alma es para nosotros de mucho mayor interés que la salud del cuerpo. Guardémonos de un cuidado exagerado de la salud corporal que tiende nada menos que a condenar todas las mortificaciones, todas las penitencias y austeridades que nos recomienda la Santa Iglesia y el ejemplo de la mayor parte de los santos que venera. La línea que separa el cuidado de la salud de la sensualidad, es muchas veces dificilísima de percibir, y nosotros, en caso de duda, más debemos procurar inclinarnos a la mortificación de la carne, que a la satisfacción de sus apetitos, porque así sabemos que lo han hecho los modelos que la Iglesia nos propone para nuestra imitación. De admirar es por cierto hasta dónde ha decaído el espíritu de mortificación cutre los cristianos! Imposible parece que los discípulos del Crucificado se atrevan a quejarse de todo, y a precaverse con tanta exageración de cuanto pueda en lo más mínimo desagradar a esta carne de pecado! Y, sin embargo, nada grande ni verdaderamente noble se puede alcanzar sin verdadero espíritu de abnegación y de sacrificio. Considérense todas las posiciones sociales, y véase si hay alguna en que este espíritu no sea del todo necesario. Véase si es posible que, sin el espíritu de abnegación y aun de sacrificio, llene sus deberes el religioso y el padre de familias, el sacerdote y el magistrado, el militar, el labrador y el artesano. Y sin embargo, se pretende amalgamar el cumplimiento de todos los deberes con la precaución de todos los dolores, se pretende separar el amor del sacrificio, y se busca, en una palabra, un imposible. Estas ideas, por desgracia ya tan generalizadas, y que tienden a obstruir la marcha de todas las nobles y santas inspiraciones, no pueden menos de hacernos también la guerra. No debemos sentirlo, al contrario. Pero sí debemos estar en guardia y vigilar de continuo para que no logren penetrar hasta en nuestro mismo campo. A los que nos digan que no debemos exponer nuestra salud por el cuidado de los pobres, respondámosles que menos deben exponer ellos la suya por el servicio del demonio, como generalmente lo hacen. A los que nos critiquen el gusto de pasar algunos ratos en la pobre morada del desvalido y en medio de sus harapos, digámosles por caridad, que mucho más digna de crítica es su desmesurada afición a los palacios y a los suntuosos salones, de donde suelen salir tan cabizbajos y mohínos, como alegres y consolados solemos nosotros bajar de las bohardillas más miserables. En fin, si alguno se atreve a llevar a mal que pasemos una noche al lado de la cama de un pobre jornalero, digámosle francamente lo extraño que nos parece quemo merezca su critica la noche pasada al lado de una mesa de juego, o en otro paraje por el estilo, que, por desgracia, no faltan, como debe él saberlo muy bien;

Y ¿qué diremos dé la vulgar objeción que se hace para combatir también las prácticas piadosas y caritativas que tenemos establecidas en nuestra muy amada Asociación, a saber, la de que no conviene singularizarse llamando con ello la atención y excitando la murmuración. Pues qué si la generalidad de las gentes que nos rodean procede mal, faltando a sus deberes, ¿hemos nosotros de faltar también a los nuestros, sólo por la, en este caso, necia razón de no singularizarnos? ¿a dónde nos llevaría este sistema en un país protestante o pagano, y a dónde nos puede conducir en un país, que aunque católico, se ven en él públicamente infringir los preceptos del Decálogo, y faltar a todas las máximas del Evangelio, con la mayor desfachatez y desvergüenza? ¿Profanaremos, v. g., el santo día del Domingo, asistiendo en él a diversiones anticristianas y hasta antirracionales, porque lo hagan así en el país en que vivimos, y dedicaremos al ocio y a la vagancia la mayor parte de nuestro tiempo, porque tal sea la costumbre de los que nos rodean, con la mira de no singularizarnos? ¿Concretaremos el cumplimiento de nuestros deberes religiosos a la asistencia a una misa rezada, el de nuestros deberes morales a privarnos de robar y matar, y el de nuestros deberes sociales a ir trampeándolos como se pueda, con tal que se huya el cuerpo al trabajo y el ánimo al cuidado, porque así lo hace la mayoría de los que viven con nosotros, y no conviene singularizarse? Sabemos que es ancho el camino que conduce a la perdición, y que son muchos los que lo siguen, y ¿dejaremos de seguir nosotros la senda de la salvación por no singularizarnos? ¡No, jamás, amados hermanos míos! Jamás nos dejemos seducir por las sofisticas razones del espíritu de tinieblas en la conducta de nuestra vida. Consagrémosla al verdadero bien, a la práctica de la verdadera virtud, y no nos importe nada la Opinión que de nuestros actos pueda formar el mundo en que vivimos. El Señor no nos ha querido sacar de él; pero nos quiere preservar del mal, y es circunstancia indispensable para que lo alcancemos, el desprecio completo de todas las máximas y opiniones de este corrompido mundo.

El exceso de celo, o por mejor decir, el celo malentendido, puede hacernos mucho daño, y la falta de celo también nos puede perjudicar mucho, como lo acabamos de considerar; pero el tercer peligro que hemos indicado al principio de este discurso, nos parece todavía mayor, y por lo tanto creemos deber llamar la atención de todos nuestros muy amados consocios más particularmente sobre él. Este es la falta de confianza y de sumisión. Esta falta decimos que nos parece mayor, porque de no corregirse con tiempo, llegaría fácilmente a desorganizar del todo una Asociación como la nuestra, cuyas principales bases son justamente la confianza, el amor y la sumisión; es decir, las-virtudes mismas que directamente combate esta falta.

No es posible, ni aun que lo fuese convendría exponer en nuestro Reglamento las razones de todos sus artículos y prescripciones. Sabemos que este Reglamento ha sido, escrito después de haberse observado y experimentado por espacio de algunos años. Sabemos que ha merecido la aprobación y el elogio de la Santa Sede, hasta el punto de concedernos preciosas indulgencias, con la expresa condición de guardarle fielmente. Sabemos que ha sido adoptado por los miles de Conferencias que se hallan organizadas ya en todos los países del mundo. Sabemos todo esto y somos católicos, es decir, hijos de la Iglesia única verdadera, que como depositaría de la verdad ha exigido de nosotros, desde que empezamos a tener uso de razón, el sincero homenaje de la fe; y ha cuidado también desde entonces de mantener viva en nuestro corazón esta preciosa llama, por medio de las prácticas que nos ha aconsejado y de las obligaciones que nos ha impuesto. ¿No debe todo esto bastar para que abracemos sinceramente cuanto hallemos consignado en nuestras sencillas instituciones, y que a su más fiel y exacto cumplimiento nos dediquemos con toda la confianza y sumisión que por tantos títulos merecen? Sin duda debería bastar pero vemos, no obstante, que no basta para algunos, y lo vemos con el mayor dolor, porque descubrimos aquí la funesta tendencia del espíritu del mal, que siempre persigue al hombre en todos los estados y posiciones posibles, en castigo tal vez de la debilidad con que sostuvo la primera lucha con el protestantismo, en nuestra humilde opinión, nació en el Paraíso mismo, y nos parece que la misma serpiente que vertió su ponzoña en el corazón de Eva para que de él se comunicase al de Adán, ha derramado y sigue derramando su veneno del mismo modo en el corazón de todos los que de incautos hace pasar a malvados, en todos los tiempos y en todos los lugares del universo. Vemos que no dijo a nuestra primera madre, según la carne, desobedece a tu Dios, a tu Criador y Señor, no! Tan astuta como malvada, procuró obtener la desobediencia excitando la curiosidad y diciendo sólo al efecto ¿Por qué os ha mandado Dios que no comieseis de lodos los árboles del Paraíso? Observamos con asombro y al mismo tiempo con espanto, que aquella misma palabra primera cur, por qué, de que se valió entonces el espíritu del mal para excitar la curiosidad en el ánimo de nuestros primeros padres, y en pos de ella la duda, y en pos de ella la desobediencia., es exactamente la misma de que se sigue valiendo para destruir la confianza, y por consiguiente la sumisión, y por consiguiente la paz, primero del individuo, luego de la familia, y por último del estado. Desgraciado del hombre que deja penetrar en su pecho la funesta infidencia del curioso por qué. Desgraciada la familia en que el atrevido por qué se logra introducir, y desgraciado el país entero en que el soberbio por qué se presenta a cara descubierta, y es acogido sin reparo. Nuestra humilde Asociación, fundada por jóvenes verdaderamente piadosos, y por lo tanto hijos sumisos de la Iglesia, procuró desde el principio ponerse a cubierto de esa tan funesta como general tendencia del espíritu, no del siglo, como se ha dicho equivocadamente por hombres de saber, sino del mal en todos los siglos, y al electo adoptó medidas que parece hubieran debido bastar para ponerla del todo a cubierto de tan terrible peligro. Tales son la de evitar las discusiones en las Conferencias, la de disminuir todo lo posible las elecciones de los cargos, la de someter en todo los socios a las Conferencias, y las Conferencias a los Consejos, etc., etc. Mucho ha conseguido por cierto con estas y otras medidas, y es de admirar la unión, la confianza y la santa familiaridad que reina generalmente entre nosotros, y con la que nos estamos comunicando y tratando de puebIo a pueblo y de reino a reino, sin excepción ya de pueblos ni de reino alguno. Pero el aprecio de este tan grande bien no debe hacernos incautos hasta el desprecio del peligro de perderle. En nuestra España gozamos, gracias a Dios, también de todos esos beneficios, y si nuestra Sociedad fuera de otra naturaleza, hubiéramos podido extendernos aquí en el elogio de la unión admirable que reina entre todas nuestras Conferencias; porque el peligro de que vamos hablando no ha hecho hasta ahora más que presentarse en algunos individuos aislados; pero tal no es ni puede ser el objeto de un discurso nuestro. Nosotros no nos reunimos para elogiarnos. Debemos, por el contrario, en nuestras modestas Juntas generales, hablar más bien de lo que nos falta hacer que de lo que hacemos; de lo que no hacemos bien, para tratar de mejorarlo, y de los peligros, sobre todo, que nos amenazan, aunque sea de lejos, para ver de precaverlos cuanto antes, y ponernos al cubierto de ellos.

Tal ha sido nuestro objeto en las cortas reflexiones que acabamos de someter a la consideración de nuestros muy amados hermanos en J. C., esperando que, si conviene, fructifiquen en sus ánimos, como se lo hemos pedido al Señor de lo íntimo de nuestro corazón, y poniendo nuestra humilde súplica bajo la protección de nuestra excelsa abogada la Purísima Virgen María, en ci tan sublime como consolador misterio en que la Iglesia la venera en este día, y bajo la intercesión también de nuestro gran San Vicente de Paúl.

 

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