Santiago Masarnau (sobre las visitas a las familias y pobres)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

CREDITS
Author: .
Estimated Reading Time:

ACTA DE LA JUNTA GENERAL CELEBRADA EN MADRID EL 8 DE DICIEMBRE DE 1878.

En seguida el Presidente del Consejo superior manifestó su gratitud en nombre de todos los consocios al Emmo. Sr. Cardenal y a los otros dos Excmos. Sres. Prelados presentes, por el honor que dispensaban a nuestra humilde Sociedad, dignándose honrarla con su presencia, a pesar de sus muchas y graves ocupaciones y pidió permiso para que se leyese mi pequeño discurso que había preparado para este acto uno de sus compañeros del Consejo superior, advirtiendo que podía muy bien suprimirse.

Accedió a que se leyese el Emmo. Sr. Cardenal, y un joven consocio, por encargo del autor, leyó lo siguiente:

Emmo. Sr. Cardenal;

Excmos e Ilmos. Señores;

Carísimos señores y hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

El capítulo V de nuestro Reglamento trata de las Juntas generales, y en su artículo 51 dice que el Presidente u otro socio, a invitación suya, dirige la palabra a la Junta, añadiendo en las notas que esta, alocución sea breve, sencilla y práctica. La brevedad es hoy día aún más recomendable, cuanto que al cabo de veintiocho años de existencia, en que se han celebrado cerca de cien Juntas, la mayor experiencia de los socios hace casi inútiles los consejos que en otros tiempos eran casi indispensables. Con todo, como van ingresando socios nuevos, que no oyeron aquellos, conviene a veces repetir lo dicho, y también para que lo ya sabido se inculque, y lo inculcado no se olvide. Cumpliendo, pues, lo que añaden las notas del citado artículo 51; «que conviene en estas Juntas señalar los inconvenientes que deben evitarse en nuestras Obras de caridad», indicaremos rápidamente algunas advertencias que deben tenerse en cuenta en las recomendaciones de las familias pobres que hemos de visitar, y en la colocación de los pobres que ya visitamos y socorremos.

Los que nos recomiendan pobres para socorrer, generalmente lo hacen para que les proporcionemos el socorro material: pocos son los que se acuerdan de la limosna espiritual de las Obras de misericordia, muy superior a la corporal, cuanto es superior el alma al cuerpo.

A veces en estas recomendaciones ¡triste es decirlo! entra por algo el egoísmo de los que recomiendan, pues nuestro amor propio es tan fuerte como disimulado, y rara vez su escoria deja de mezclarse con el oro puro de la caridad.

A veces suelen haremos recomendaciones de pobres, a quienes los recomendantes no conocen absolutamente, ignorando sus verdaderas necesidades, edad, estado, ocupación; llegando el descuido al extremo de ignorar hasta las señas de las habitaciones que se citan por cálculo, o de un modo vago. En tales casos, lo mejor es devolver la recomendación, exigiendo que se precisen las señas con exactitud, pues de lo contrario se han dado casos de no encontrar ni aun la casa que se citaba en la recomendación, pues en la calle no había tal número. Esto arguye en quien lo hace, ligereza y poca discreción.

Otras veces se presentan al Consejo recomendaciones por personas ricas y acaudaladas, que, en vez de compartir con los pobres algo de sus riquezas, hallan mucho más cómodo el recomendarlos para que los favorezcamos con nuestros escasos recursos, y sin contribuir para aumentarlos. Si al fin nos dieran los medios para socorrerlos, sería más tolerable. Más justo fuera que no se privasen del mérito de una buena obra, y así conviene decírselo; pero lo común es que busquen un socio bondadoso y complaciente, por cuyo medio hacen la recomendación, indicando de paso su poderoso nombre, como por vía de apremio.

Suelen también algunos socios, en las primeras visitas de investigación, llevados de su ternura y por consolar a los pobres hacerles promesas indiscretas, que luego ni ellos ni las Conferencias pueden cumplir.Por regla general, y por espíritu de humildad, sin el cual no hay verdadera caridad, debemos hablar siempre a los pobres, antes y después de recomendarlos, de la cortedad de nuestros socorros, de la escasez de nuestros recursos, inculcándoles que no cuenta nuestra Sociedad con rentas fijas ni con subsidios determinados, y que nuestros auxilios, demasiado insuficientes, no son censos ni pensiones que haya obligación de abonar, y que por tanto deben procurar ayudarse para vivir, y buscar socorros por otro lado, y sobre todo con su trabajo, en la forma que puedan.

Algunas personas muy piadosas y caritativas, pero que no conocen la índole y el espíritu de nuestra Sociedad, suelen decirnos a propósito de esto, que sería mejor diéramos a memos pobres, y a esos los diéramos más socorros. Claro está que esos sujetos invierten las ideas, pues toman el socorro material como fin, cuando nosotros solamente lo miramos como medio. A esto se ha respondido ya mil veces, y la equivocación es tan antigua, que el preámbulo de nuestro Reglamento se vio en el caso de responder a ella y refutarla. Precisamente en el párrafo penúltimo dice a este propósito: No debemos sonrojarnos por la cortedad de nuestras limosnas; lo que es poco al parecer de los ricos, es mucho al parecer de los que nada tienen. Una de las condiciones de nuestra existencia es la de dar limosnas pequeñas, pues que nuestros recursos ordinarios se reducen a las ofrendas voluntarias de cada uno de nosotros.

A esto añadiremos que, sumadas las cantidades, al cabo del año no son tan cortas. De dos en dos, y de cuatro en cuatro reales, reciben nuestros pobres de cien a doscientos reales, y a veces otros pequeños socorros.

Pues bien, no se encuentran tan fácilmente limosnas de cinco y diez duros, y dada poco a poco, evítase el abuso que suelen hacer los pobres de las limosnas cuantiosas. Hay familia en Madrid que quizá ha recibido de nuestra Sociedad más de mil duros, sumando lo que se le ha dado y lo que se le ha proporcionado.

A estas observaciones añadiremos que esa idea de satisfacer todas las necesidades de los pobres, que suelen alegar algunos de nuestros consocios al recomendarlos, y más comúnmente los que no conocen el espíritu de nuestra Sociedad, conduce directamente a fomentar la holganza, que a muchos de nuestros pobres ha traído quizá al estado deplorable en que se encuentran.

Nuestro objeto, pues, al recomendar a los pobres para ser socorridos, debe ser no solamente proporcionarles una limosna material en la forma y manera que pueda la Conferencia, sino también y más principalmente el socorro de las obras espirituales de misericordia, el consejo, la instrucción, el consuelo, la reprensión, el aviso y otros actos análogos a estos, que no cuestan dinero, y a veces lo valen, y el proporcionarles trabajo, ocupación, colocación, herramientas ú otros medios con que ganarse la vida, lo cual nos permite a veces suspenderles el socorro para pasarlo a otras familias, sin dejar por eso de visitarlas de cuando en cuando, aun después de suspender el socorro.

Y aquí estamos ya en el segundo punto relativo a la recomendación de pobres, a fin de proporcionar trabajo o colocación a los que ya tenemos visitados y socorridos, que pudiéramos llamar recomendación activa, pues la hacemos nosotros, al paso que la primera de que acabamos de hablar es pasiva, porque la recibimos.

Lo mejor que podemos hacer con nuestros pobres socorridos es proporcionarles trabajo. Los buenos, los mejores, eso es lo que piden.

La limosna del trabajo es la gran limosna, es la más honesta y la más honrada; y no porque nosotros vayamos a sostener, ni aun remotamente, esas invectivas contra la santa y bendita limosna, que lanzan algunos economistas modernos, tan egoístas como impíos; claro está que ni sus máximas, ni sus fines, ni aun su lenguaje pueden ser nuestro. ¡No! Pero la limosna del trabajo preserva de la pereza y de la holganza, madre de muchos vicios, facilita el cumplir con la ley divina del trabajo, obligatorio al hombre, y le hace apreciar más el dinero que recibe y el pan que come, haciendo de ese modo con un bien muchos bienes. Así lo ensenan los maestros de la vida espiritual; así lo dicta la experiencia.

Sabido es aquel suceso de la vida de Santo Tomas de Villanueva, el gran modelo de la santa caridad, hasta el punto de representársele siempre en actitud de dar limosna. Al ver que las obras de restauración y ensanche que había emprendido en su palacio arzobispal de Valencia duraban más de lo que creyera y subían a mayor coste, angustiose temiendo en su estricta conciencia no entrara en aquellas obras de soberbia, amor propio, deseo de ostentación o comodidad: que la conciencia de los santos teme a veces haya demasiada liga donde los demás creen ver sólo oro pan. Mandó pues suspender las obras, pero con extrañeza suya halló a la puerta de su palacio mucho mayor número de mendigos. Preguntando el motivo, los jornaleros, que traían su lección bien estudiada lo respondieron, que ya que no les daba trabajo les diera limosna. El éxito fue cual puede suponerse, que el santo Prelado mandó al punto continuar las obras.

Pero en esto, como en todo, necesitamos discreción y prudencia para proporcionar a nuestros pobres trabajo, colocación o destino, según su clase, cosas todas ellas muy distintas.

No debemos recomendar a nuestros pobres con perjuicio de tercero. Desacomodar a uno para colocar a nuestro pobre, es cambiar de pobre, haciendo quizá pobre, y con notable agravio, al que antes no lo era.

Tampoco debemos recomendar a ninguno para colocación o destino, sin que nos conste su aptitud y honradez, sobro todo cuando se trata de colocarles en clase de criados o domésticos. ¿Qué vergüenza no sería para nosotros que el pobre recomendado por la Conferencia robase en la casa donde se le recomendó, o cometiese en ella cualquier otro acto de infidelidad o delito?

Algunos de nuestros pobres lo son por su indolencia, o por actos de inmoralidad que tienen buen cuidado de encubrirnos. Otros que han destinos, los han perdido por su ineptitud, negligencia o infidelidad. Sujetos hemos querido colocar como escribientes o copistas, que no sabían ortografía, que tenían pésima letra, a pesar de habernos presentado buenas muestras de ella, o que echaban a perder cuanto se les daba a copiar ¿Podemos en conciencia pedir colocación para tales pobres con perjuicio de los que acepten nuestras recomendaciones?

El preámbulo de nuestro Reglamento, mejor quizá que el mismo Reglamento, con ser tan bueno, dice a propósito de estas recomendaciones: «Debemos también ser previsores con los pobres qué no lo son de continuo, si queremos ser verdaderamente su providencia. Procuraremos hacerlos ver que la existencia sostenida con los socorros de la caridad es harto precaria, induciéndoles a que procuren industriarse para ganar su sustento; les indicaremos ocupaciones a que se pueden dedicar, y les ayudaremos a conseguirlas. Si están enfermos, o no se hallan en disposición de trabajar, apoyaremos las diligencias que hagan para entrar en los establecimientos destinados a los ancianos, achacosos y enfermos.»

Se ve, pues, que este precioso preámbulo provee el caso, por desgracia frecuente, de que tengamos que vigilar a pobres que no puedan trabajar; y aun más, el otro caso en que hayamos de recomendar a los que, sobre no poder trabajar, deseen entrar en los establecimientos sostenidos por la caridad cristiana, o por la beneficencia a expensas del Estado.

¿Pero quieren siempre nuestros pobres que los recomendemos para entrar en estos asilos del dolor o del infortunio? Punto es este que merece un momento de atención.

En efecto, si a nosotros nos recomiendan a veces algunos pobres, a los cuales se sugiere que la Sociedad de San Vicente de Paúl les va a proporcionar cuanto necesitan, también suele suceder a veces que el cariño que llegamos a concebir por las familias de nuestros pobres, nos haga pretender que nuestras humildes Conferencias hagan en obsequio de ellas lo que ni pueden ni deben hacer, cual es el sacarlos de todos sus apuros. A la verdad, tenemos familias tan necesitadas, que el llevarles semanalmente un bono o dos, por valor de una peseta, es lo mismo que echar una gota de agua en el mar. Pero ¿qué vamos a hacer? Hemos de agotar todos nuestros recursos en una semana y por una sola familia? puede ser; hay que ponerlo en manos de Dios, y dejar obrar a la Providencia.

Los casos de más apuro son por lo común los de enfermedad y pago de alquileres, sobre todo en los grandes centros de población. Pero en estos hay también hospitales, hospicios y otros asilos de Caridad o Beneficencia por cuenta de la Iglesia o del Estado. Es cierto que no siempre pueden acudir a ellos todos nuestros pobres, especialmente cuando son casados y con familia. Más una dolorosa experiencia nos hace ver que nuestros pobres, por lo general, los rehuyen, aun cuando pudieran y debieran entrar en ellos, y se les facilite el ingreso. ¿Porqué?

Las razones que suelen darse por ellos, y que a veces fomentan algunos consocios, no siempre son aceptables: si lo son, habrá que respetarlas.

Dicen que los hospitales están mal servidos, y los pobres mal asistidos.—¿Pero están mejor en sus lóbregos, húmedos e insalubres tugurios, sin asistencia, sin médico, sin medicinas, sin cama, y a veces hasta sin aire que respirar?

Además, hoy los hospitales se hallan generalmente bien asistidos, aunque tengan algunos inconvenientes difíciles de evitar, o haya en ellos algunos abusos, como en todas las cosas humanas. Pero los pobres se resisten a ir aun a los mejor asistidos. Luego la causa en general es otra. Apuradles sobre esto, y os dirán:—¡Tengo vergüenza! ¿Qué dirán la gente, la familia, la vecindad?

Estas contestaciones las habréis oído más de una vez. Pues bien, veamos lo que encubren, examinemos eso que se llama vergüenza, y hallaremos que no es tal vergüenza, sino orgullo tan encubierto como infundado. Si fueran humildes, no tendrían inconveniente en ir a los hospitales. Noble era San Ignacio de Loyola, y vivía a veces en los hospitales: cuando estudiaba en Alcalá, se recogía en un cuarto pobre y oscuro del hospital.

Y si eso que llaman vergüenza no es más que orgullo, y el estúpido—¡qué dirán!—¿vamos nosotros a fomentar ese vicio, o a combatirlo?

Oigo con sentimiento decir a personas honradas, y aun a buenos católicos.—La vanidad es tonta, la soberbia es mala, pero el orgullo es otra cosa que la vanidad y la soberbia, y no debe vituperarse al pobre porque tenga orgullo.—Yo creo que el orgullo es peor todavía que la vanidad y la soberbia, que asesina a la humildad lo mismo que estas, y aun peor, porque es más fino, más interno, más penetrante, al modo que un puñal agudo y fino hace una herida peor y más profunda que un tosco cuchillo de cocina. El orgullo os incompatible con la santa humildad, y con la santa religión del que dijo: «¡Aprended de Mí, que soy manso, y no solamente manso sino humilde, y no como quiera humilde, sino humilde de corazón!

Si el orgullo encubierto y mal disfrazado es lo que a veces retrae a nuestros pobres de ir a los hospitales (¡al santo hospital!, como decían nuestros mayores) no es tampoco más plausible el motivo que les impide acudir a los asilos de Caridad, o llevar sus hijos a los Hospicios y establecimientos de Beneficencia. Todos quieren poner sus hijos en colegio. A veces, reducidos ya al extremo de no poder pagar el alquiler de un miserable cuarto, amontonados con otras familias tan miserables o más que ellos, donde la visita apenas puede hacerse, ni dar resultado, tienen que salir a la calle a mendigar, dormir a la inclemencia, y venir a parar por la fuerza a donde no quisieron acudir por voluntad, a su tiempo, y en mejores condiciones.

Pero aquí, además del orgullo, se mezcla otra pasión. Llámanla deseo de independencia, pero ¿qué sentimiento es el de esa afición en esos casos?—Es el amor a la vagancia, es la fuerza de la indolencia, es el horror a todo lo que sea sujeción, orden, método, limpieza, y sobre todo al escaso trabajo que allí puede haber.

Hay ancianas achacosas, solas, desamparadas, que pasan hambre y mil privaciones por no ir a un asilo, que nos abruman con sus memoriales, lamentos y recomendaciones, que obstruyen las puertas de las iglesias, y aun se propasan a pedir dentro de ellas, a pesar de la Bula de San Pío V, y de nuestras antiguas leyes que lo prohíben, y se empeñan en que sigan visitándolas nuestras Conferencias, aunque rara vez se las halla en casa. Tales pobres ni deben ser recomendadas para recibir socorro, ni aun se les debe seguir visitando cuando llegan a ese estado, y no acceden a que se gestione para que entren en un asilo.

Estas ligeras advertencias con respecto a los pobres que nos recomiendan y a los que de vez en cuando recomendamos nosotros, son bien obvias y sencillas, y bien conocidas de todos los socios antiguos y asiduos en sus visitas: en más de un caso podrán evitarnos algunos disgustos y salvar inconvenientes. En eso, como en todo, conviene obrar con detenimiento, encomendar a Dios los asuntos de nuestros pobres, y las recomendaciones, como asuntos propios, consultar a los superiores, o cuando no a los socios más antiguos y experimentados, y no desanimarse cuando nuestras gestiones ofrecidas a Dios, y purificadas con rectitud de intención, no dieren los resultados apetecidos.

Concluiremos recordando una preciosa máxima del preámbulo de nuestro Reglamento, tantas veces citado:

«No estamos encargados de hacer el bien que no podemos hacer.»

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *