Santiago Masarnau (sobre la conservación de la salud del cuerpo y del alma)

Mitxel OlabuénagaSantiago MasarnauLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

JUNTA GENERAL CELEBRADA EN MADRID EL 8 DE DICIEMBRE DE 1863.

A continuación, el-Sr. presidente del Consejo superior, previa la venia del Excmo. Sr. Nuncio de S. S., leyó lo siguiente:

Excmo. Señor: Señores: amados hermanos en Jesucristo: Al reunirnos el 23 de julio con motivo de la festividad de nuestro santo Patrono, estábamos muy ngenos do la prueba que la divina Providencia nos reservaba en la época que debía trascurrir desde aquella Junta general a esta, y do que algunos de nuestros más queridos v consocios, entonces aquí presentes, no volverían más a asistir a nuestras modestas reuniones de familia.

Acatemos los juicios siempre adorables de nuestro Dios, y mitiguemos el dolor de la pérdida de tan caros hermanos con el recuerdo de sus virtudes y la fundada esperanza de que no quedarán sin premio en el mundo de la verdad.

Excmo. Señor: previa la venia de V. E., vamos a someter a la atención de nuestros queridos consocios, aquí presentes, algunas breves reflexiones sobre lo que hemos observado, tanto en Madrid directamente como en las provincias por medio, de la correspondencia, con motivo de la aparición del cólera. Tal vez puedan ser, de alguna utilidad para lo futuro.

Cuando se nos recomienda el esmero en la fiel observancia de nuestras prácticas religiosas, nuestras Comuniones de Reglamento, nuestros retiros anuales, etc., dicen algunos (y acaso muchos de los que no lo dicen, lo piensan), que todas esas prácticas, buenas en sí, no son necesarias, y que nuestra Sociedad podría muy bien seguir funcionando en un todo como lo hace hoy, aun cuando prescindiese más o menos de ellas. Pero llega la ocasión de poner a prueba el verdadero espíritu de la Sociedad, y entonces se ve claramente, no solo la utilidad, sinovia absoluta necesidad de todos los medios que e se nos recomiendan para mantenernos en él. «No somos frailes, dicen ni hemos dejado el mundo.» Cabalmente por eso mismo estamos mucho más expuestos a la corrupción del mundo, y obligados por lo tanto a valernos de los medios que pueden preservarnos de ella. Al religioso le defienden sus votos, su regla, su claustro; su hábito mismo, y sobre todo la gracia de su vocación; pero a nosotros, completamente sumergidos en la atmósfera emponzoñada del mundo, ¿quién nos preserva de su funesta corrupción? Solo el amor a Jesús, que no se puede conservar sin la oración, sin la frecuencia de sacramentos, y sin todo el retiro del mundo compatible con el cumplimiento de nuestros deberes;

Terrible impresión es la que causa la aparición de una epidemia en el ánimo de los mundanos, y no puede menos de ser así. Ella les impone la idea de la muerte, esa idea severa que el mundo rechaza con toda la energía de que es capaz, por lo mismo que es incompatible con la mayor parte de sus engaños y alucinaciones. Ella pone de manifiesto la vanidad y la mentira de todo lo que pasa, al mismo tiempo que muestra que todo pasa. Ella ataca por la base a todas las ilusiones con que el mundo procura mantenerse en sus engaños y engañar a sus adeptos. ¿Qué mucho que la deteste a la par que el hombre verdaderamente religioso debe detestar la idea del pecado?

Ahora bien; nosotros, constituidos en medio de ese mismo mundo, unidos a él con todos los vínculos de la afección y de la familia, ¿cómo no hemos de participar de su constante y funesta influencia, y cómo, habiendo necesariamente de participar de ella, nos podremos preservar de sus efectos?

Desde el modo general de considerar la muerte (que solo por temor a ella se teme a la epidemia) hasta el modo en que nosotros debemos considerarla, va una distancia tan grande como es la que separa a lo blanco de lo negro, puesto que por lo común se la mira como el mayor mal y nosotros la miramos o debemos mirar como el solo término de todos los males: y solo para mantenernos en esta persuasión y no admitir la persuasión opuesta, en que están la mayor parte de los que nos rodean, ¿qué esfuerzo constante no necesitamos emplear, y qué auxilio tan eficaz de la gracia no nos es necesario al efecto?

A pesar de uno y otro, el mundo nos arrastra más o menos; y no puede ser de otro modo. Así hemos visto a consocios nuestros huir de los pueblos invadidos por, la enfermedad, con la mira acaso no tanto de ponerse a sí mismos a salvo de ella, cuanto de salvar a sus hijos, a sus padres o a sus esposas; otros obligados por los ruegos de sus familias y amigos; otros en fin, cediendo a insinuaciones que no podían menos de respetar, o a órdenes que tenían que obedecer.

Todo esto prueba evidentemente la dificultad para todos nosotros, y aun la imposibilidad para muchos, de obrar siempre en armonía con nuestros principios y convicciones, precisamente porque no hemos dejado el mundo al ingresar en nuestra humilde Sociedad; y que sin el eficaz auxilio de la gracia obtenido y conservado por medio de las prácticas religiosas, poco o nada podremos adelantar en la propia mejora de nuestra vida y en el servicio de los pobres, que son los dos únicos objetos que aquella se propone.

Pero pasando a otra consideración que nos ha sugerido la observación de lo que hemos presenciado o sabido en esta época de prueba, como ya la hemos llamado, no podemos menos de advertir el contraste tan grande que forma en esas circunstancias el miedo de los sabios y de los amigos del mundo, con el valor de los sacerdotes y de las humildes hijas de la Caridad. Estas, no contentas con el cuidado de los hospitales, se han prestado a la asistencia de los coléricos a domicilio de día y de noche; y hemos visto a parientes y a amigos y hasta a algún facultativo no atreverse a acercarse a. las camas de los enfermos, pero no hemos visto a ningún sacerdote que haya esquivado poco ni mucho el abrazarse con ellos para oírlos en confesión, fuese cual fuese el estado en que se hallasen. ¡Qué diferencia, señores, tan notable, y cómo está probando claramente la fuerza de la fe a la par que la debilidad de la ciencia y del afecto puramente humano!

Otra consideración que también nos parece digna de atención, es la importancia tan exagerada que suele darse a la conservación o recuperación de la salud del cuerpo, y la escasa que se da a la con- servacion o recuperación de la salud del alma, infinitamente mayor en interés para todo el que profesa los primeros elementos de nuestra fe. ¡Qué actividad para llamar al médico, y qué negligencia para llamar al confesor! ¡Qué esmero para procurarse medicamentos y preservativos de la enfermedad del cuerpo, y qué olvido de practicar todo lo que sirve para recuperar o conservar la salud del alma! ¡Qué empeño, en fin, en obrar hasta en estos casos como si no hubiera otra vida, y como si en esta solo pudieran cifrarse todas nuestras esperanzas y aspiraciones! ¿No está probando todo eso claramente la falta de fe, o cuando menos, que la mayor parte la tienen como la espada en la vaina, según dice nuestro venerable Granada, que mientras allí se tenga, es claro que para nada sirve?

Otra consideración igualmente digna de atención, en nuestro sentir, es el errado concepto, en que se suelen tomar las defunciones de amigos y deudos. Según el lenguaje general del mundo, que también adoptan personas de creencias y prácticas religiosas, el muerto es siempre digno de compasión. Siempre se llora, según se dice, por él. Siempre se le llama pobre. Como si mereciese tal dictado el que tiene la incomparable dicha de morir bien. Pues qué ¿no es realmente mucho más digno de envidia que de. compasión? Sujetos todos irremisiblemente a la ley de la muerte ¿qu e cosa mejor podemos desear para nuestros mayores amigos y para nosotros mismos que una buena y santa muerte? ¿Hay acaso algún bien en este- valle de dolor comparable con ese? Y sin embargo, lo mismo se llora la muerte del justo que la del impío, la de’ virtuoso que la del vicioso. ¿Qué está probando esa funesta tergiversación de ideas sino que no se piensa, que no se reflexiona, que no se medita como se debiera antes de admitir las erróneas apreciaciones de las cosas que el mundo nos sugiere?

Para terminar este punto señalaremos otra sola consideración a la atención de nuestros queridos consocios, a fin de no prolongar demasiado este discurso.

¿No es de notar la separación que el mundo y sus locos secuaces han logrado verificar entre el sacerdote y la familia, que tanto le necesita, de modo, que ya no se le ve cerca de ella más que en ocasiones extraordinarias, y como si su presencia y su consejo no fuesen de la mayor utilidad, por no decir de necesidad, en todas las ordinarias de la vida? Es singular: en la casa del pobre, y más aun en la del rico, gusta el trato y la amistad con sujetos de todas las profesiones posibles; únicamente no se procura atraer a ella al ministro del Señor. Así la familia carece por completo de su conversación y trato; y ¿qué resulta? Que cuando llega el caso de necesitarse su presencia, parece un acontecimiento extraordinario, y se le interpreta o se teme que se le den interpretaciones más o menos, funestas, sobre todo por el mismo que necesita de su auxilio.

A mí me parece, tal vez me engañe, que todos tenemos algo de culpa en esto. La observación me ha inducido a creerlo así. Es indudable que si las familias conociesen todo el bien que para la conservación de las buenas costumbres, les reportaría el trato continuo, con los señores sacerdotes, no se mantendrían tan alejadas de ellos como lo están hoy, y no perdonarían medio ni diligencia para fomentar este trato, considerando las ventajas que del mismo podrían dimanar.

Los señores eclesiásticos por su parte, al advertir el mucho bien que con el trato de las familias podrían hacer a las mismas, no dejarían de prestarse a él, y su condescendencia en esta parte sería, nos parece, debidamente apreciada. Por de contado en las familias religiosas dicho se está. Pero.aun en aquellas que fio merecen llamarse así; se respetaría, cuando menos, la presencia del sacerdote, a la vez que produciría muchos frutos pues siempre sería un freno para actos y palabras que no se deben cometer y proferir. Siempre sería un auxilio eficaz para el débil, el tentado, el afligido; y cuando llega la enfermedad, que no puede menos de llegar, en lugar de echarse a inventar pretextos y aun mentiras para introducir en la alcoba del enfermo al ministro del Señor sin alarmarle, o como sucede todavía con más frecuencia, sin alarmar a los que le rodean, habituados todos como lo estarían a su trato, no llamaría la atención de nadie su visita, y podría utilizarse el tiempo, no solo para la confesión del paciente sino también para el consejo y el consuelo de los que le asistieran.

Esto en general. Respecto a los pobres y aun a los que no siéndolo visitamos con franqueza, no se ve razón fundada para creernos obligados a preparar la visita del sacerdote como si fuera la de una persona sospechosa o cuando menos de poca confianza. ¿No vamos a la casa de los que tratamos con frecuencia con un amigo, sin que nadie lo extrañe? Pues ¿por qué, si este amigo está revestido de un carácter más respetable que el de la profesión o posición más elevada, no hemos de poder presentarle sin necesidad de permiso ni anuncio previo a la familia cuyo trato frecuentamos? Así pues, yo creo que podríamos hacerlo con los señores miembros de honor cuando hallamos algún pobre enfermo, sobre todo si está algo grave, y también en general con los señores sacerdotes que nos honran con su amistad cuando hallamos algún enfermo en las casas que visitamos con frecuencia, las de nuestros amigos y parientes, contribuyendo de ese modo por nuestra parte a la introducción del ministro del Señor en la familia, que interesa por tantos títulos, y que por lo mismo el mundo procura impedir e dificultar todo lo que puede.

Señores: al reunirnos aquí en la noche que celebramos nuestra última Junta general no teníamos idea; como hemos dicho antes, de la prueba por qué íbamos a pasar en el intervalo que separa aquella Junta de esta. Tampoco esta noche la tenemos de lo que nos espera entre esta Junta y la del primer domingo de Cuaresma, que es la inmediata futura; pero no faltan motivos para prever mucha penuria, en las clases pobres y mucha dificultad para poderles proporcionar auxilio que reclamará su extraordinaria necesidad. No desmayemos nunca, sin embargo; hagamos lo que podamos, pero hagámoslo con fe y con energía. Busquemos recursos para nuestros pobres, como los buscaríamos para nosotros mismos. Atendidas las vicisitudes de los tiempos que estamos atravesando, ¿quién de nosotros está seguro de no verse cuando menos lo piense en la pobreza? ¿No hemos encontrado en la visita de familias vergonzantes algunas que se habían visto en la opulencia, y hasta con carruajes y muchos criados, reducidas a dormir sobre una estera sin más ropa que la puesta? Pues ¿quién nos asegura que nuestra suerte no variará nunca, como ha variado la suya?

Para recomendar el celo y el esmero en la visita se le ocurrió a un consocio nuestro de una Conferencia de provincia una reflexión basada en esa misma idea, que introdujo en el discurso de una Junta general y que no podemos menos de recomendar.

El pobre, dijo, tiene hijos, y el socio también los tiene. Es muy posible que los hijos del pobre se vean un día en la prosperidad: y que los del socio se vean en la necesidad. Pues bien; yo solo quisiera que al visitar al pobre pensase el socio en esa posibilidad, e hiciese por él lo que desearía que hiciese por su hijo, si llegaba a ser pobre, el hijo de su visitado, si llegaba a ser rico.

Mucha eficacia, sin duda, tiene esa reflexión para excitar al esmero en la visita; y sin embargo, no lo olvidemos, para nosotros debe haberlas todavía mucho más eficaces, pues que tenemos la suerte de ver al pobre con los ojos de la fe, y viéndole así debemos amarle de corazón como a nuestros propios hijos, y aún más todavía, mucho más, porque representa al mismo Redentor nuestro y de nuestros hijos.

EI amor y la humildad nos han de sacar con bien de todo. Si amamos al pobre como debemos, no nos faltarán recursos para aliviarle, pues nada hay más ingenioso que el verdadero amor. Si somos humildes de corazón, sabremos abstenernos de la satisfacción propia que produce la limosna directa, y preferiremos a ella la de nuestra colecta secreta, sosteniendo así la caja de nuestra Conferencia. Si amamos al pobre de corazón, no veremos sus imperfecciones exageradamente, ni nos arredrarán sus ingratitudes y miserias. Si somos humildes de veras, no extrañaremos que nuestras Conferencias no puedan adoptar a todas las familias que les recomendamos, ni sentiremos con exceso el no poder complacer a todos los que nos recomiendan pobres para que la Sociedad los adopte. En fin, si amamos al pobre por Jesús y solo para Jesús, buscaremos sobre todo el alivio i. de sus necesidades morales, que son casi siempre la causa de las físicas que padece, dando al socorro del alma la preferencia que los llamados filántropos dan al socorro del cuerpo.

Sobre todo pongamos nuestra confianza entera en Dios y no en los hombres. Confiemos en la protección de nuestra dulcísima patrona la siempre Virgen María y en la intercesión del gran Santo cuyo nombre lleva nuestra Sociedad, y cuanto más adversas parezcan, las circunstancias que atravesamos, tanto más creceremos en verdaderas virtudes, que es lo que debemos desear, pues ya se sabe que estas no pueden robustecerse sin el ejercicio, y que la prosperidad no es a propósito para él.

Señores: voy a terminar y acaso he molestado ya vuestra atención. Me falla solo hacer a todos mis queridos consocios aquí presentes una recomendación. El cólera pasa, como todo, y luego se olvida. Pero la influencia contagiosa del mundo no pasa, y a sus efectos estamos por lo tanto siempre espuestos. Observemos lo que sucede ahora. Los ánimos están preocupados con cuestiones políticas masó menos graves, pero cuya solución no pende poco ni mucho de nosotros, al menos como socios de S. Vicente de Paúl. Yo no puedo menos de rogar encarecidamente a todos mis hermanos en Jesu- cristo que procuren preservarse de esa especie de contagio que todo lo invade, de esa funesta político-manía que introduce las cuestiones más reservadas de todos los gabinetes del mundo hasta en los más oscuros figones, a cuyo efecto pueden valerse de un medio infalible que todos podemos emplear. Este medio precioso es el trabajo o sea ocupación útil. Repárese que el ocio es la base principal de todas las interminables habladurías que promueven publicaciones que no debieran leerse, que no se leerían seguramente si se apreciase el tiempo en su justo valor, y que ningún género de bien producen.

Las personas religiosas, no hay que hacerse ilusiones, estamos en minoría, somos una fracción pequeña en el mundo; pero si esta fracción, aunque pequeña, conociese bien el valor de la oración y del trabajo, y los emplease debidamente, bastaría para sazonarle, porque seríamos verdaderos discípulos de Jesús, que llamó a los suyos sal de la tierra.

Que el mundano pierda el tiempo, que le malgaste lastimosamente, se comprende, pues no sabe o no quiere saber lo que vale; pero que lo perdamos nosotros, que conocemos su valor ¿no tiene explicación posible. Y ¿a qué conducen en último resultado las interminables conversaciones sobre política y las lecturas que solo sirven para sostenerlas? Exceptuando los. pocos que tienen obligación de ocuparse en esa materia, para la inmensa mayoría solo producen pérdida lamentable de tiempo precioso, que bien empleado es incalculable io que podría producir. Además los ánimos se exaltan, las malas pasiones se excitan, la caridad se resfría necesariamente, y lo pagamos todos, y más que todos lo pagan los pobres.

Prescindamos todo lo posible de la cuestión política, no solo porque así nos lo recomiendan nuestras reglas, sino más todavía, si cabe, por la íntima persuasión de que solo así podremos ser hombres de caridad. Es verdad que siempre lo hacemos y siempre lo hemos hecho en nuestras reuniones; pero no basta: es preciso que procuremos inculcar en el ánimo de lodos nuestros amigos y personas que tratamos con alguna confianza, la necesidad de estar en guardia contra esa mala tendencia de estos tiempos. A ella se debe también que muchos se aflijan sin motivo fundado, ya porque ven los males con exageración, ya porque no ven los bienes de la época presente. Se fijan en los pecados, en los crímenes, en las maldades públicas y privadas; y no paran mientes en las virtudes, en los ejemplos admirables de abnegación que ofrece también nuestra época. Reparan que nunca ha habido más egoísmo, y no observan que tampoco ha habido más caridad. Cuentan los asesinatos, los robos y los crímenes de todas clases que se cometen; y no cuentan las hijas de la Caridad y los trapenses, que nunca han llegado al número que hoy tienen. En fin, no ven que en los dos campos se trabaja; y que si bien es cierto que en el de Belial permite Dios por sus altos juicios que alcance la maldad algún triunfo, no fallan tampoco victorias muy consoladoras en el campo de Jesús.

Reasumiendo, señores, entiendo que la oración y el trabajo son los dos principales preservativos de ese contagio de los espíritus, mucho más temible por su generalidad y duración que el del mismo cólera; y como también son los más eficaces para preservarse de los funestos efectos de esa enfermedad y de cualquiera otra, no se pueden recomendar nunca demasiado.

Señores: hemos terminado hoy los santos ejercicios del retiro, y debemos agradecer mucho a Dios nuestro Señor el gran beneficio que nos ha dispensado con ellos. Yo no puedo menos de manifestar aquí también el más vivo agradecimiento en nombre de mis consocios de Madrid al Señor Superior de la Congregación de la Misión, que tan bondadosamente nos ha proporcionado un director tan digno bajo todos conceptos como el Sr. D. Laureano Esteban; a este mismo Señor por el esmero y el acierto con que ha tenido la caridad de dirigirnos la palabra todos los días del retiro por la mañana y por la tarde; y también al Sr. Rector de la iglesia de San Juan de Dios, que nos ha permitido tener los ejercicios en un local tan recogido y a propósito como la capilla de Belén en que han tenido lugar. Reconozcamos todos estos favores y procuremos agradecerlo, en cuanto nos sea posible.

Desgraciadamente no todos han tenido la buena suerte de asistir a los ejercicios, y parece por lo tanto que no a todos se debe hablar de ellos en los mismos términos. A los que han asistido me atreveré a recomendar la fidelidad en el cumplimiento de los buenos propósitos que en el retiro hayan formado a cuyo efecto les podrá ayudar mucho el apuntar, si no lo han hecho ya, esos propósitos o resoluciones, y pasar la vista por ellos de vez en cuando para no olvidarlos, como es muy fácil que suceda, hasta los ejercicios del año próximo.

A los que no han asistido les diré que la caridad me obliga a creer que no Ies ha faltado la voluntad sino la posibilidad de asistir a ellos. Y por si hubiese alguno que no se hubiese formado una idea exacta de la utilidad o por mejor decir necesidad de esos santos ejercicios, de esa admirable obra de los retiros, obra eminentemente española, puesto que fue inspirada por Dios a nuestro gran San Ignacio de Loyola, le llamaré la atención sobre la gran importancia, que nuestro Santo patrono les da. Es tal, que tanto los señores sacerdotes de la Congregación de la Misión como las hermanas de la Caridad, que fueron las dos principales creaciones del Santo, jamás omiten el retiro anual ni pueden omitirle, porque le tienen establecido en sus reglas como una de sus primeras obligaciones. Y sí esto es así tratándose de ministros del Señor y de mujeres consagradas toda su vida al servicio de Jesús en la persona de sus pobres, nosotros, meros seglares, que solo les consagramos algunas horas por semana y aun creemos hacer mucho con esto, ¿cómo deberemos considerar los santos ejercicios del retiro anual? Como una verdadera necesidad, y nada menos. La experiencia lo ha demostrado, y yo estoy en la convicción de que si en el origen de nuestra humilde Sociedad se hubiera podido prever el desarrollo que iba a tener, lo que entonces era totalmente imposible, el retiro anual se hubiera establecido en el Reglamento mismo. Pero en el día ya se puede considerar como, si lo estuviese, puesto que el Consejo general lo ha recomendado con toda la eficacia posible, el uso lo ha introducido, y sobre todo el Sumo Pontífice, no solo lo ha aprobado, sino que lo ha enriquecido con preciosas indulgencias, tanto para los socios que asisten a los ejercicios del retiro, como también, que es de notar, para los pobres adoptados por la Sociedad, en su Breve de 13 de setiembre de 1859.

Y aquí se vuelve a ocurrir naturalmente la idea expresada al principio de este mismo discurso. El retiro anual, como la frecuencia de Sacramentos, como la práctica de la meditación, como la lectura espiritual, nos son necesarios, enteramente necesarios para mantenernos en el verdadero espíritu de nuestra humilde Sociedad, y es bien seguro que sin el esmero constante por nuestra parte en la conservación de esas prácticas, pronto se convertirá, lo que el Señor no permita, en una institución muy diferente de lo que hasta ahora ha sido y lo que nuestra madre la Iglesia quiere que sea.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.