Santiago Masarnau (sobre el verdadero significado de la palabra trabajo)

Mitxel OlabuénagaSantiago MasarnauLeave a Comment

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«Junta general celebrada en Madrid el 22 de abril de 1860)

Acto continuo se levantó el Sr. Presidente, y después de dar gracias al Sr. Nuncio de Su Santidad por el favor que dispensaba a la Sociedad honrándola con su asistencia, continuó usando de la palabra, previa la venia de S. E. I., y dijo:

Nos habíamos propuesto, Excmo. Sr. presentar el cuadro estadístico general de la Sociedad en España correspondiente al año próximo pasado, y al efecto hemos trabajado con esmero desde el mes de Diciembre. Pero no nos ha sido posible obtener su completa terminación. La mayoría, la casi totalidad de las Conferencias se han apresurado a remitir sus datos con una exactitud digna seguramente de elogio; pero faltan todavía los de algunas que, aunque muy pocas ya, imposibilitan la determinación de las sumas totales, tanto del personal como de ingresos y gastos y demás conceptos. Alguna de éstas se encuentra en América, y sabido es que las comunicaciones de Ultramar no pueden activarse como las de la Península. Nos es por lo tanto forzoso diferir hasta la próxima Junta general la presentación del cuadro y las observaciones a que dé lugar.

Sólo diremos esta noche que las hojas estadísticas recibidas ya de casi todas las Conferencias, prueban que nuestra humilde Sociedad sigue extendiéndose en España, conservando sus primitivos caracteres y en conformidad con el espíritu de su Reglamento; por lo que debemos dar muchas gracias a Dios de lo íntimo de nuestro corazón. Una sola tendencia creemos descubrir que no nos parece del todo conforme a nuestras prácticas y reglas, y hacia la que nos apresuramos a llamar la atención de todos nuestros queridos consocios; tal es la de dar al socorro material mayor importancia de la que se le debe dar. Meditando en presencia de Dios nuestro Señor sobre la causa de que puede dimanar esta tendencia, nos ha parecido que ésta no puede ser otra que la Hita de ideas exactas sobre la importancia del trabajo y su influencia en la moralidad, y por consiguiente en el verdadero bien del pobre; falta, por desgracia, muy general en el mundo, pero de la que nosotros, como miembros de la Sociedad de San Vicente de Paúl, debemos con esmero preservarnos para ejercer todos los actos propios de nuestra Sociedad en conformidad con su verdadero espíritu.

Importa poco que al mundo desconozca este espíritu, y que desconociéndole critique nuestros actos, y se burle de la modicidad de nuestros socorros materiales: nosotros debemos entender la razón de todos esos actos y de todas nuestras prácticas; porque al fin, a eso hemos sido llamados.

Parece al pronto que el deseo de dar muchos socorros materiales al pobre dimana de verdadera caridad; pero no suele ser así, porque la verdadera caridad se compadece más de las necesidades espirituales del pobre que de las materiales, y observa que el alivio de éstas, si se prodiga, dificulta muchas veces el alivio de aquellas, porque quita al pobre oí estimulo más eficaz que tiene para el trabajo, que es su necesidad material; y el trabajo es el mejor si no el único medio de aliviar por completo o al menos en gran parte sus necesidades espirituales.

Esto se desconoce, y no es extraño; porque las ideas que predominan acerca del trabajo, tanto en el pobre como en el que no lo es, son sumamente equivocadas, como vamos a hacer ver a nuestros queridos consocios por medio de algunas reflexiones que sometemos a su atención, contando con su indulgencia y con su candad para la debida interpretación de nuestras humildes palabras.

El pobre se cree condenado al trabajo por ser pobre, y esto le dificulta sobremanera conformarse con su suerte. El rico se cree exento del trabajo por ser rico, y esto le impide sobremanera el cumplimiento de sus principales deberes. Con dificultad podrá decirse cuál de los dos errores es de más funestas consecuencias para el individuo y para la sociedad, así como no es posible calcular los crímenes y los males de todas clases que de esos dos errores, tan generalizados por desgracia, están dimanando continuamente. Que tan error es el uno como el otro, se advierte al reflexionar un poco sobre la verdadera significación de la palabra trabajo y sobre la estrecha obligación que pesa sobre todo hombre, y por consiguiente sobre el pobre como sobre el rico, de sujetarse a la ley del trabajo, impuesta al género humano por el Criador.

Para darse cuenta de la verdadera significación de la palabra trabajo, convendrá observar antes de todo que del ocio, en la absoluta significación de la palabra, el hombre no es capaz, porque así como no puede vivir físicamente en el vacío, sino quede es preciso, indispensable, aspirar y respirar, así también le es imposible vivir de la vida propia de hombre en la completa inacción de sus facultades intelectuales y morales. Todo hombre respira mientras vive, y piensa y ama también mientras vive. La acción pues le es al hombre natural; pero no sucede así con el trabajo. El trabajo siempre es acción, pero la acción no siempre es trabajo, porque necesita para serlo que concurran en ella las condiciones ele esfuerzo, de lucha, de dificultad, en una palabra, do dolor, que lo caracterizan. La misma acción que acompañada de uno de estos caracteres os trabajo, puede muy bien ser recreo o degenerar en ocio, careciendo de ellos. Para verlo claramente, no hay más que comparar la acción del hombre que pasea por explayar su ánimo o descansar do ocupaciones sedentarias, y la del hombre que anda por obligación o por fuerza, como v. g. el que se ve obligado a viajar a pie; la acción del que lee por recreo, y la del que lee por estudio; la acción del que piensa sin cuidado en cualquier idea que se le ofrece, y la del que medita con intensión una verdad de moral o de fe. Se ve pues que no es la acción por sí sola la que constituye el trabajo, sino las condiciones de ella, pudiendo muy bien ser la misma acción trabajo para unos y recreo para otros, y hasta para el mismo hombre trabajo en un caso y recreo en otro. Trabajo, por consiguiente, quiere decir acción con esfuerzo, acción con dificultad, acción con dolor; y en esta verdadera significación de la palabra trabajo interesa mucho fijarse bien.

Pero no es de menor interés considerar en seguida en qué se funda la obligación que tenemos de sujetarnos A ese trabajo así definido» y si en efecto existe para todos esa obligación rigurosa.

Para probar la del trabajo material, basta observar que sin él el hombre no puede materialmente vivir, porque la tierra no le da de suyo más que espinas y abrojos, y no se obtiene de ella una sola espiga de trigo sin que el sudor del hombre la haya regado primero. Este trabajo material es pues necesario, indispensable al hombre, si bien no todo hombre está obligado a él, pues basta que le desempeñe cierto número de hombres para que produzca el resultado que necesita la totalidad.

Pero hay otro trabajo intelectual, no menos penoso que el material y no menos necesario, que es el del estudio para la adquisición de la verdad, alimento de la razón. Para ver su importancia y hasta su necesidad, basta observar la ignorancia completa en que el hombre nace, crece y permanece toda su vida, como sucede en el salvaje, sin el estudio, esto es, sin el trabajo en el cultivo y desarrollo de sus facultades intelectuales, que no le dan por sí solas más fruto que el de la tierra inculta, esto es, sus espinas y abrojos, que son errores e ignorancia completa. Este trabajo pues intelectual es también necesario, indispensable al hombre, si bien no todo hombre está obligado a él con la misma extensión.

Hay todavía otro tercer trabajo, superior al material y al intelectual, que es el trabajo moral, necesario, indispensable para la adquisición y conservación de la virtud, alimento del corazón. A éste todos sin excepción estamos obligados como hombres, sea cual fuese nuestra posición social, y sean las que fuesen nuestras facultades físicas é intelectuales. Consiste este trabajo, no menos penoso que el material y el intelectual, en la lucha constante (pie estamos obligados a mantener, desde que tenemos uso de razón hasta el último momento de nuestra existencia, con nuestras inclinaciones y apetitos naturales, con nuestras implacables pasiones. Sin él nuestro pobre corazón se llena todo de espinas y abrojos, mucho más perniciosos que los de la tierra inculta y los de la razón descuidada, pues son todos los vicios y todos los crímenes imaginables. Su interés para el hombre no puede ser mayor, pues que do él y sólo de él depende, no el alimento de su cuerpo o el aumento de su saber, sino su verdadera felicidad temporal y eterna. Este trabajo constante exige una fuerza también constante, que sólo Dios puede dar, y que sólo con la oración se puede alcanzar; y aquí se ve la necesidad de la oración, tan superior a la del trabajo material y a la del trabajo intelectual, cuanto es superior el fin que con ella se trata de obtener.

Ahora bien: sujeto, como lo está el hombre a esos tres trabajos por su naturaleza misma, aunque a los dos primeros no en iguales proporciones, ¿qué derecho le queda para decir: trabajo “porque no tengo que comer, o no trabajo porque tengo que comer”? Si el animal irracional estuviese dotado de palabra, podría expresarse así; pero el hombre ¿cómo puede olvidarse de sus necesidades intelectuales y morales, que para él son de un interés infinitamente superior al de sus necesidades materiales, hasta el punto de creerse autorizado a entregarse al ocio por tener éstas satisfechas? No se comprende verdaderamente, hermanos en Jesucristo; y menos se comprende que no sólo el hombre ignorante é impío incurra en tamaño error, sino que también participen de él, más o monos, muchos de los hombres instruidos y religiosos que no han meditado nunca sobre las consecuencias tan graves y perniciosas que de semejante opinión no pueden menos de dimanar.

Salgamos cuanto antes del número de éstos, si es que en él nos encontramos. Persuadámonos bien de la importancia, de la necesidad, de la obligación que todos tenemos de trabajar, y esforcémonos por cumplirla fielmente. Al efecto, adquiramos la santa costumbre de distribuir bien todo nuestro tiempo, pues que de todo él debemos dar un día estrecha cuenta, y de no dejárnoslo robar. Respetemos también el tiempo de los demás; y si, por desgracia, vemos que hay muchos que no lo emplean bien, al menos procuremos que no sea por culpa nuestra. Eliminemos todo lo posible en nuestro plan de vida las prácticas del mundo que tienden a la pérdida del tiempo, y que tantas son y tan generalizadas están por desgracia. Acordémonos siempre de que no todos estamos obligados a cavar la tierra, ni a ser sabios, ni a ser ricos; pero que todos lo estamos a ser hombres de bien, hombres virtuosos, hombres sumisos en todo y por todo a la voluntad de Dios, y por consiguiente a la ley general del trabajo que esa voluntad divina nos ha impuesto. Sea cual fuese nuestra posición social, en ella debemos trabajar incansables, porque no la hay (ya lo hemos visto) exenta de esta obligación; y si advertimos las ocasiones preciosas que nuestra humilde Sociedad nos depara para ejercer con fruto propio y del prójimo los tres trabajos diferentes a que el hombre está sujeto, no podremos menos de agradecer mucho a Dios Nuestro Señor la bondad y la misericordia que nos ha dispensado llamándonos a ella.

Porque aquí podemos ejercer el trabajo material en la visita del pobre y en las diligencias de todas clases que practiquemos en su interés; el trabajo intelectual en el estudio de nuestro Reglamento, de nuestro Boletín y de todas nuestras publicaciones, que todas lo exigen, pues no son de las que se destinan a una ni dos lecturas; y el trabajo moral en la oración y en la meditación, a fin de alcanzar, tanto para el pobre como para nosotros, el alivio de todas nuestras necesidades, pero en particular de las morales, de las necesidades del corazón, que son las que a unos y a otros más suelen aquejarnos.

Trabajemos pues infatigables, no sólo como hombres, sino como cristianos; y no sólo como cristianos, sino como socios de San Vicente do Paul. Trabajemos con amor, y nuestros humildes trabajos no serán estériles; el amor los fecundará. Trabajemos cada cual en el cultivo del campo que se le ha confiado, esto es, en el fiel y esmerado cumplimiento de sus deberes, primero, y en el servicio de los pobres, después; y todas nuestras horas estarán bien ocupadas y no a la merced del primero que quiera robárnoslas. Que no haya para nosotros lo que se suele llamar ralos perdidos, pues no hay un solo momento que se pueda desperdiciar. Que un trabajo sirva de descanso a otro; y después de dedicar en nuestra regla de vida las horas indispensables a las necesidades del cuerpo y a su descanso, dediquemos todas las restantes a las del alma, que todas las necesita; y de esto modo, y sólo de este modo, cumpliremos debidamente con la gran ley del trabajo que a todos nos obliga; contribuiremos también a que los demás la cumplan, y seremos fieles a aquella divisa que, como ya en otra ocasión dijimos, pudiera muy bien ser la de nuestra humilde Sociedad:

Ama. Ora, Labora.

 

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