Santiago Masarnau (sobre el crecimiento de las virtudes en los consocios)

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JUNTA GENERAL CELEBRADA EN MADRID EL 14 DE ABRIL DE 1801.

Acto continuo el Presidente del Consejo superior, después de obtener la venia del Excmo. Sr. Nuncio, leyó el siguiente discurso:

Excmo. Sr.: El Consejo general en su sesión del 25 de marzo, ha tenido a bien elevar el Consejo de Barcelona a central de toda Cataluña. Es el primer Consejo central que se instituye en España, y esperamos que corresponda a la confianza que ha merecido de este superior, que ha propuesto su institución después de consultar a los Consejos y a las Conferencias todas de las cuatro provincias que comprende, y del general que la ha pronunciado. Otros Consejos centrales se deben ir instituyendo en el resto de España, porque lo requiere así la extension que la Sociedad ha tomado ya; pero en esto es preciso proceder con cierta circunspección, y según lo acostumbrado en otros países, es decir, despacio y con observación.

Eu esta Junta hubiéramos querido presentar el cuadro estadístico general de nuestra Sociedad en España durante el año próximo pasado: pero no nos ha sido posible terminarlo. Nos faltan todavía las hojas de datos de algunas Conferencias, y no es de extrañar si se atiende a su número, y a la circunstancia de hallarse tan distantes las organizadas en América. Esperamos (pie para la próxima Junta general, y aun mucho antes, estará completamente terminado dicho cuadro, y se dará cuenta en ella de todos sus resultados. Entretanto podemos ya asegurar con presencia de las hojas recibidas, que son muchas, que el aumento de las obras corresponde al de las Conferencias, y que sigue creciendo en todos sentidos nuestra humilde Sociedad en España, en la proporción que creció en los años anteriores al que acaba de pasar.

El mejor modo, en nuestro concepto, de corresponder a los favores, que Dios Nuestro Señor nos está dispensando por medio de este aumento siempre continuo y solo debido a su divina misericordia, es procurar nosotros crecer también con nuestra obra y a medida que ella crece. Crecer nosotros también, digo, del modo que podemos lograrlo con el auxilio de la divina gracia, que es en virtud, porque ya sabemos que en el tierno amor a Jesús, en la devoción a María Santísima, y en el deseo de conservar la pureza de cuerpo y tic alma bajo su maternal protección. Es ciertamente muy consolador el recuerdo de la piedad que caracterizó el origen de nuestra humilde Sociedad. Toda mira humana estuvo tan lejos de sus fundadores, que ni aun pensaban en el desarrollo que la Sociedad misma pudiera tener; y así fue que el Reglamento se iba formando como por sí mismo, esto es, a medida que se iba necesitando, y pasaron algunos años sin creerse necesaria su impresión. No se procedió en esto como es tan común proceder a efecto de la afición general reglamentos, la cual hace que se forjen hasta para la obra más insignificante, y aun antes que nazca y se sepa cómo se han de lijar sus regias. Se pensaba más en obrar que en escribir lo que se hacía, más que en formular el Reglamento; y esta fue sin duda una de las causas de que el Reglamento saliese tan bien como la experiencia lo ha probado. Todo era amor entre los socios, y este amor estaba todo basado en el amor de Dios. La única mira era la de sostenerse mutuamente para la conservación de la fe y de las buenas costumbres, y para resistir a la corrupción del mundo. Esta piedad, tan sincera y tan bella desde luego, se ve que no podía consistir en ninguna de las infinitas exterioridades que más bien tienen la apariencia de piedad que la realidad. Era toda del corazón y no de la imaginación, o influía en toda la conducta de la vida; por manera que todos sus actos, el cumplimiento de todos los deberes estribaba fundamentalmente en ella. Los deberes religiosos, por descontado; eran según esta piedad los más gratos de desempeñar; pero su cumplimiento no impedía el de los demás deberes que Dios Nuestro Señor imponía a cada cual; solo que estos se concretaban lodo lo posible, dando de mano a las mil y mil vanidades del mundo, que tanto ocupan por desgracia a la mayoría de las gentes de todos estados y condiciones, disipando su corazón y robándoles su tiempo y su atención. De aquí el haberse prescindido completamente, desde el origen de la Sociedad, de toda cuestión ajena a su verdadero espíritu, y particularmente de la cuestión política, con la que nada tenían que versus fundadores, y que desde luego comprendieron que no podía conducirles masque a faltar a la caridad y a perder el tiempo, de que eran avaros para consagrarlo a la práctica de esa preciosa virtud bajo cuya protección habían puesto su castidad. Sí, la castidad fue la que les condujo a la práctica de la caridad, como tan oportunamente lo recordó el Ilimo. Sr. Vicario de la Junta pasada; el deseo de conservar la delicada virtud de la pureza les inspiró la práctica de la preciosa virtud de la caridad, porque entendieron que sin esta no podían guardar aquella, como tanto lo deseaban; y aquí se ve también que su piedad era piedad de jóvenes, porque la virtud que buscaba era también virtud de jóvenes. Virtud de jóvenes, sí, porque en esa edad se siente más viva la rebelión de la carne, y dice nuestro Santo (oídlo bien para vuestro consuelo, amados consocios míos, jóvenes en vuestra mayor parte), dice S. Vicente de Paúl que no es casto el que no siente la tentación de impureza, sino el que sintiéndola la resiste, la combate y la vence.

Han pasado años, y la Sociedad ha tomado un desarrollo que sus oscuros fundadores estaban muy lejos de proveer ni imaginar siquiera: más puesto que en la primera rama estalla indudablemente el germen del tronco robusto que luego ha crecido de un modo tan admirable, interesa sobremanera la conservación del mismo espíritu que caracterizó su principio; y al paso que todos los días solo pedimos a Dios Nuestro Señor en la oración compuesta expresamente para nuestro uso, debemos también esforzarnos por nuestra parte en que nuestra piedad se asemeje a aquella, y que crezca todos los días en nosotros, pues que lodos los días sigue creciendo nuestra obra.

Pasemos a considerar la segunda virtud que se nos recomienda también con particularidad, y que pedimos en nuestra oración; la sencillez. Hermosa virtud, poco conocida y menos practicada en el mundo y a la cual daba nuestro Santo patrono la mayor importancia. Señores, la práctica de esta preciosa virtud de la sencillez influye en todos los actos de la vida, en las palabras, en las acciones, y hasta en los pensamientos mismos. Conforme a ella, nuestros primeros hermanos prescindieron por completo de toda forma y hasta de toda apariencia de gravedad y de importancia en lodos sus actos: sus reuniones fueron siempre cordiales y afectuosas, y ajenas de lodo carácter de severidad. En sus conversaciones, en sus escritos, en todo, prescindían por completo de cuanto pudiese parecer indicio, ni aun remoto, de que se creían algo, o que estimaban en algo la apreciación que pudiera hacerse de la misma obra a que se dedicaban. Gracias a Dios este carácter, distintivo de nuestra querida Sociedad en su origen, se ha venido conservando hasta hoy bastante bien; pero ¡cuánto interesa que siga conservándose siempre, y qué esmero y cuidado debemos poner todos en conservarle! Sí, debemos lodos procurar ser y conservarnos siempre sencillos y verdaderamente sencillos en nuestros actos, en nuestras palabras, en nuestras costumbres todas, y dejar a los miserables esclavos del mundo y sus vanidades ludo lo que se opone directa o indirectamente a esta preciosa virtud de la sencillez. Su práctica influye sobre manera en la conservación de la paz interior. ¡De cuántas necesidades ficticias nos puede librar, y cuánto puede aumentar en nosotros los medios de hacer el bien! ¡De cuántas exigencias crueles del mundo se ve libre el que es verdaderamente sencillo, y que como tal nada hace por atraerse su aprecio, ni nada deja de hacer tampoco por temor a su desprecio! La sencillez lo facilita todo, y preserva al mismo tiempo de innumerables sacrificios, que siempre nos está exigiendo el orgullo y la vanidad, y la mentira de cuanto nos rodea.

Seamos sencillos de corazón, y veremos que el implacable deseo de crecer en honores y riquezas será naturalmente sustituido por el desprecio de todo lo que sobra; a la sed de poseer la sustituirá la de dar; al deseo de comprar le sustituirá el de vender; y venderemos en efecto lo que tengamos de más para poder dar esto más a nuestros pobres, conformo al consejo del Evangelio: «Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes y da a los pobres.» Nuestras prácticas, nuestras reuniones, nuestras cartas, nuestras conversaciones, hasta nuestras Misas de comunión, según el Reglamento, todo en nosotros debe llevar ese precioso sello de la sencillez; y hasta nuestros vestidos y habitaciones. Podemos muy bien conformarnos en todo con esta preciosa virtud sin fallar a ningún deber social bien entendido, y buscando solo la verdad en nosotros y en los demás, esto es, no pretendiendo nunca que nos tengan por más de lo que somos, ni teniendo nosotros tampoco a los demás por más de lo que realmente son. Se duelen algunos de las locuras a que se entregan tantos en el Carnaval, disfrazándose de mil maneras para después hacer los más disparatados y ridículos ademanes; pero si bien se mira, ¿no sucede lo mismo durante todo el resto del año, y no vemos las calles, y las plazas y las casas llenas siempre de verdaderas máscaras, esto es, do hombres y mugares que van vestidos de lo que no son, y por consiguiente disfrazados, y cuyos actos y palabras admiten tan poca explicación racional como los actos y palabras de los que se disfrazan en el Carnaval, o por mejor decir, de los que solo en el Carnaval no van disfrazados, porque solo en él van vestidos de lo que son?

La tercera virtud que pedimos en nuestra oración es el amor fraterno, ese amor tan puro y tan santo, que caracterizó también a unes- ros primeros hermanos, y que, gracias a la bondad de Dios, sigue reinando entre nosotros. Este amor, amados hermanos míos, que nos profesamos mutuamente en nuestra humilde Sociedad, forma la delicia do nuestra vida; y no hay amargura ni aflicción que no dulcifique, no hay dolor que no mitigue, no hay pena que no alivie. No se parece en nada este amor fraterno que aquí disfrutamos al amor que se usa entre los mundanos, porque el móvil principal del nuestro os la caridad/ y el móvil principal del suyo es el egoísmo. En efecto, ¿qué dura el amor de la mayor parte de los hombres, ese afecto que recíprocamente se dispensan unos a oíros, y con el que recíprocamente también se engañan de continuo? Dura solo lo que la esperanza de sacar algún provecho propio del amigo a quien se profesa, de su talento, de su posición social, de su fortuna, etc. La experiencia lo está probando continuamente. Mas nuestro amor, el amor verdaderamente fraterno y cristiano que desde el principio nos hemos profesado en nuestra Sociedad, lejos de disminuirse cuando nuestro hermano padece en sus intereses o en su honor, o de cualquiera otra manera, se aumenta por el contrario, y muestra que su base no es la base falsa del egoismo, sino la base sólida de la caridad. Este amor fraterno, que tanto debemos apreciar, y cuya conservaciones para nosotros de tanto interés, se dirijo particularmente al bien espiritual de nuestros hermanos; y aun cuando no puede ver con indiferencia la disminución o la pérdida de los intereses materiales que experimentan, está lejos de darles la importancia exagerada que el mundo da a esos reveses de la suerte, y en general a todas las pruebas a que el Señor tiene a bien sujetarnos según los designios inescrutables de su amorosa Providencia. Sabemos (pie con el auxilio de la divina gracia, y sostenidos por el amor de nuestros hermanos, podemos sacar inmenso provecho de todas esas pruebas, y las aceptamos tranquilamente en consideración a la mano benéfica que nos las depara. También permite el Señora veces que nos hallemos en grandes peligros, tanto mayores cuanto menor es la apariencia que tienen de tales; y entonces ¿qué será de nosotros si no nos sostenemos mutuamente como verdaderos hermanos en la senda resbaladiza del bien, ya tendiendo la mano afectuosa al que propendo a caer y ya a nuestra voz aceptando confiadamente la mano que nos ofrece el que advierte un peligro en que nos hallamos, y que acaso no advertimos? ¡Ah! son indecibles las ventajas que el verdadero amor fraterno nos puedo proporcionar, no solo para sostenernos en el camino del bien sino para adelantar en él: y en vista de ellas, ¡qué esmero y cuidado no debemos poner para que se mantenga siempre vigente entre nosotros ese hermoso espíritu, según lo pedimos también en la oración compuesta para nuestro uso!

Reasumiendo, pues, todo lo dicho, fijemos nuestra consideración en la gran importancia, en la conveniencia, en la necesidad de conservar osas tres preciosas virtudes que caracterizaron el origen de nuestra humilde Sociedad, y de crecer siempre en su constante y dulce práctica. Seamos cada día más y más piadosos, a la manera que lo fueron nuestros primeros hermanos, que no hallaron medio más seguro de mantenerse puros que el trato íntimo, la conversación interior, la unión continua con la esencia misma de la pureza, el dulcísimo Jesús, recibiendo a menudo sus consoladoras visitas en el sacramento de la divina Eucaristía, y pagándoselas en la persona de sus pobres. Seamos cada día más y más sencillos do corazón; y a medida que adelantemos en la práctica de esta hermosa virtud, se nos irá facilitando el camino de todas las obras buenas, y veremos con asombro desaparecer todas las dificultades, todos los estorbos, todos los imposibles que el enemigo astuto nos presenta de continuo en la práctica del bien. Seamos hermanos de corazón en el dulcísimo de Jesús, y amémonos como tales; y nuestro amor fraterno se asemejará al de los primeros cristianos, y asombrará, como aquel, a los miserables secuaces de Belial, que no siendo capaces de tan noble y santo afecto, no aciertan ni aun a comprenderle.

Sí! crezcamos todos los días en verdadera y sólida piedad; crezcamos todos los días en sencillez de corazón; crezcamos todos los días en puro y santo amor fraterno, ya que todos los días crece también nuestra obra, nacida bajo la protección de María Santísima, nuestra dulce Madre, y del santo patrono S. Vicente de Paúl, nuestro poderoso protector, y caracterizada por decirlo así desde su origen, con estas tres virtudes tan fecundas para el bien; y nada tenemos que temer, porque nadie nos podrá privar de los tesoros de paz y de consuelo que nos harán descubrir y disfrutar. ¿Qué puede el mundo, hermanos míos? conviene considerarlo bien. ¿Qué puedo el mundo darnos ni quitarnos mientras conservemos esas tres preciosas virtudes, y procuremos adelantar siempre en su constante y dulce práctica? ¿Qué se nos da de sus alabanzas o sus vituperios, de su aprecio o su desprecio, de su afecto o de su odio? ¿Qué importancia debemos dar a sus juicios todos, sabiendo lo que son y lo que realmente valen? ¿Qué pueden todas las astucias de Satanás contra la verdadera y sólida piedad, basada en el amor a Jesús y sostenida por la constante unión con él? ¿Qué pueden todos los halagos, todas las tentaciones de la carne contra la pureza de cuerpo y de alma, basada en el amor a la purísima María, y puesta bajo su amparo y protección.

Nuestros enemigos todos nada podrán contra nosotros más que hacernos una constante guerra; puro esta misma guerra nos honra, y lejos de ostra fiarla y sentirla, debemos apreciarla y agradecerla mucho a Dios Nuestro Señor, que, como dice el Catecismo, la permite, para nuestro ejercicio y mayor corona. Esta implacable guerra debe alentarnos mucho, porque nos está probando claramente que vamos por el camino que debemos ir, que marchamos en pos de nuestro amadísimo Jesús, que seguimos la senda del Calvario, que es la única senda segura, la que conduce a la cruz en esta vida y en la eterna a la venturosa participación del reino del cielo, que confiadamente pedimos para nuestros hermanos, para nuestros pobres y para nosotros mismos, al fin de la oración peculiar de nuestra humilde Sociedad.

«Ahora, Exctno. Sr., yo no puedo menos de rogar a V. E. en nombre de todos mis consocios, que, ya que se ha dignado favorecernos con su presencia en esta noche, añadiendo así una nueva prueba a las muchas que nos tiene dadas de su afecto y protección, y que tan vivamente excitan nuestra gratitud, tenga a bien dirigirnos su autorizada palabra, como ya lo ha hecho en otras ocasiones, para nuestra animación y nuestro consuelo, dispensándonos después su paternal bendición.»

 

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