Santiago Masarnau (sobre el conocimiento del pobre)

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JUNTA GENERAL DEL 10 DE ABRIL DE 1864.

Obtenida la venia, el Sr. Presidente leyó el siguiente discurso:

«Señores y amados hermanos en Jesucristo.

«En la penúltima Junta general, que fue la del día de la Inmaculada Concepción, tuve el honor de someter a la atención de los socios activos que a ella asistieron algunas breves reflexiones sobre la verdadera índole de nuestra humilde Sociedad, su espíritu y su objeto, deduciendo de ellas los motivos poderosos que tenemos para amarla de corazón y agradecer mucho a Dios N. Sr. el favor grande que nos ha dispensado al llamarnos a ella.

Así también esta noche, contando con la indulgencia de todos los presentes, me propongo decir algo sobre el conocimiento del pobre que, si bien se considera, es a la vez el verdadero origen y el verdadero objeto de nuestra humilde Sociedad. Ocupados de continuo en el servicio del pobre por la misericordia de Dios, en su trato y en su alivio, parece que nada puede interesarnos más que conocer bien al pobre, apreciar con acierto su posición respecto a nosotros y la nuestra respecto a él, considerar lo que nos debe y lo que le debemos, etc. Este conocimiento requiere un estudio no- fácil de hacer en medio del mundo, como nosotros estamos, y respirando de continuo su corrompida atmósfera, porque así como el aire se introduce en el pulmón sin que podamos evitarlo, así también las ideas se infiltran en el corazón casi sin que lo podamos advertir, y modifican más o menos nuestro modo de pensar y aun de obrar. Pero salgamos por un momento de la atmósfera que habitualmente respiramos. En el santo retiro se nos ha enseñado el medio. Allí hemos experimentado la importancia de la meditación que nunca podremos ponderar bastante, pues consiste en el uso más noble de nuestras más nobles facultades. Apliquemos este gran medio al estudio del pobre, y veamos lo que nos descubre en su conocimiento y lo que de este conocimiento debemos deducir.

Parece imposible que después de tanto bueno como se ha dicho y escrito sobre el pobre, prevalezcan todavía tan generalmente las ideas falsas que del pobre tiene el mundo y se esfuerza en generalizar. La primera es considerarle como desgraciado, para lo que basta que el sagrado Evangelio le declare feliz, pues ya se sabe que el espíritu del mundo es diametralmente opuesto al del Evangelio. Pero ¿cómo los hombres de fe y muchos de entre nosotros mismos aceptamos sin examen tan equivocada idea, y decimos para recomendar a un pobre por quien nos interesamos vivamente, que es muy desgraciado en vez de decir que es muy pobre? Otra idea falsa es la de considerar al pobre como digno de compasión cuando puede muy bien serlo de envidia, puesto que la pobreza, aun la más extrema, no puede acarrearle en último resultado más que privaciones y sufrimientos que, si los sabe aprovechar, le valdrán más que todas las satisfacciones y todos los goces imaginables. Otra idea falsa es la de considerar al pobre como merecedor de desprecio por sus vicios, por su ignorancia o por su pereza, que se señalan como únicas causas de su supuesta desgracia, esto os, de su pobreza, cuando estamos viendo continuamente que esta dimana con frecuencia de causas muy diferentes y hasta que puede ser en ciertos casos un verdadero efecto de virtud.

¡Con qué ligereza se suele juzgar del pobre! ¡Con qué facilidad se le condena! ¡Cómo se olvida el respeto que la pobreza por sí so merece, aun cuando no fuese más que por lo que con su palabra y ejemplo la ensalzó nuestro Divino Salvador!

No aceptemos, pues, las ideas generales de la pobreza. Estudiemos al pobre tratándole con mucha observación. Meditemos lo que en su trato hayamos observado, y acaso nos avergonzaremos de haberle conocido tan mal y de haberle juzgado tan equivocadamente.

Por de contado, hallaremos muchos pobres que no se han acarreado la pobreza por sus vicios. Veremos con frecuencia personas que de una mediana condición y aun de condición más que mediana en punto a intereses, han pasado a la pobreza por efecto de enfermedades largas, contratiempos inevitables, vicisitudes de la suerte y aun injusticias de los hombres.

A éstos parece que nadie se atreverá a negar el respeto que merecen y el derecho que tienen al sincero aprecio de sus semejantes. Pero se dice y se repite con harta frecuencia que el pobre tiene la culpa de serlo, que su falta de buena conducta, su poca afición al trabajo, sus vicios, son las causas verdaderas de su pobreza; y se cree que diciendo esto, ya está uno escusado de atender a sus necesidades, y que pueden o que deben olvidarse sus padecimientos.

Examinemos, sin embargo, este punto que no puede ser de mayor interés para nosotros.

O el pobre ha nacido en la pobreza, esto es, de padres también pobres; o después de haber pasado una parte de su vida en condición más o menos desahogada, se ha visto, sean cuales fuesen las causas, reducido a la pobreza.

En el primer caso, esto es, en el de haber nacido pobre, ¿cuál ha sido su educación y cuál la instrucción que se le ha dado? Aun suponiendo que no haya recibido desde la cuna misma, como sucede muchas veces, en vez de educación los más funestos ejemplos de todos los vicios, ¿quién le ha podido educar de cuantos le han rodeado? ¿quién le ha podido dar lo que no ha tenido para dárselo? ¿quién le ha criado como se debe criar un hombre?

Y respecto a la instrucción, ¿cuál es la que debemos suponer que habrá recibido? ¿cuál es la que está al alcance del pobre, la que seda sin remuneración alguna, la que puede adquirir el que no puede pagar?

Consideremos un poco esos dos puntos y acaso nos asombremos, no ya de los vicios de los pobres, sino de las virtudes que a cada paso descubrimos en ellos.

Pongámonos por un momento en su caso. Recordemos nuestra niñez. Supongamos que en vez del padre tan celoso de nuestro bien y de la madre tan virtuosa que Dios nos dio, hubiéramos visto a nuestro lado, desde que abrimos los ojos a la luz, un padre y una madre dominados por las pasiones más vergonzosas, presenciando de continuo sus tumultuosas reyertas, oyendo sus horrendas blasfemias; que llegada la edad de empezarnos a instruir y durante toda ella, en vez de los profesores escogidos que se encargaron de nuestra enseñanza, hubiéramos tenido que irla a buscar a la escuela de Diputación, y luego al taller de un zapatero o cerrajero, etc., y calculemos cuáles serían hoy nuestras ideas, cuáles nuestros hábitos y aficiones, y cuál sería nuestro saber.

En el segundo caso, esto es, en el de haber nacido el pobre en otra posición y haber pasado después a la pobreza, hay motivo para suponer en él más educación sin duda y mayor instrucción; pero en cambio la vergüenza con que tiene que luchar, esa vergüenza respetable que (en nuestra opinión al menos) se puede muy bien distinguir del orgullo, es una remora para todo y que le impide hacer muchas cosas que con sobrada ligereza criticamos que no las haga, mientras que tampoco nosotros las haríamos en su caso.

Aquí, señores, convendrá tal vez llamar la atención hacia la intolerancia exagerada que tenemos para con los defectos ajenos, y en particular para aquellos de los que nosotros mismos adolecemos. Y siendo el orgullo el más general, es también al que más propensos estamos todos, no solo a condenar, sino a suponer sin bastante fundamento.

¿Qué tiene de extraño que un pobre que se ha visto en una posición desahogada se avergüence de que se sepa que no tiene camisa, que sus hijos están descalzos, que su mujer baja al rio, etc.? ¡Pues qué ¿no hay en el fondo de esta misma vergüenza algo de honradez muy respetable? ¡Pues qué! ¿se pretenderá que el hombre, por el mero hecho de ser pobre, esté exento de los sentimientos más propios del corazón humano? ¿Se le exigirá que no sienta como hombre?

Pero supongamos que está vencida toda la repugnancia que no puede menos de ofrecer a una persona criada y educada en otra posición el aceptar el trabajo propio de la última clase de la sociedad. No es poco suponer, y, sin embargo, lo vemos sin el asombro que debiéramos verlo. Vemos a un hombre de educación y finura ponerse a ganar un jornal de peón de albañil; a una mujer que se había visto servida por criadas, ponerse a vender agua en el Prado; vemos, digo, sin la admiración que merecen estos ejemplos; y cuando el pobre, tanto este como el que nació pobre, se descuida un poco en el trabajo, clamamos inmediatamente: «Es un perezoso, no quiere trabajar, que sufra el hambre…» ¡Y esto lo decimos los que pasamos por caritativos y creemos serlo!

Pero no consiste tanto en falta de caridad como en falta de consideración. Pensemos un poco y nos ocurrirá que la aversión al trabajo no deja de ser bastante general, y qué si los que estamos dedicados a ocupaciones infinitamente más agradables y productivas que las de los pobres, la experimentamos con frecuencia, ¿qué tiene de extraño que el pobre, sujeto por lo común a tareas tan duras como ingratas y poco remuneradas, la experimente también? Porque las tareas del pobre, es preciso tenerlo presente, suelen llenar todo su día; y cuando hemos proporcionado a un hombre que en todo su día gane dos pesetas, o a una pobre mujer que gane una en doce horas, vanos parece que hemos hecho una gran cosa y que aquel hombre o aquella mujer están bien y no necesitan más.

¡Con qué ligereza, no puedo menos de repetir, se juzga de todo lo que atañe al pobre! ¡Con cuánta injusticia se le suele condenar!

Si del examen de la pereza del pobre pasamos al de sus vicios, descubriremos también lo equivocado de las ideas que generalmente reinan sobre ese punto, y que tan fácilmente se aceptan sin el debido examen.

El vicio más común del pobre, que es la bebida, no seremos nosotros seguramente los que dejemos de condenarle, pero sí diremos con la convicción basada en el trato y la observación, que de cien casos los noventa, y nueve ofrecen circunstancias atenuantes que no se pueden despreciar, si es que de veras se quiere juzgar con acierto de la malicia real que el vicio prueba.

Los sufrimientos morales, propios de la pobreza y desconocidos de los que no se encuentran en ella, abruman de manera al hombre que no ha recibido la suficiente instrucción religiosa para saber padecer, que no es de extrañar, aunque sí de sentir, que busque alivio en el único medio que se le ofrece a su alcance, que es la embriaguez. No debiera hacerlo, es verdad; pero téngase en cuenta la fuerza de la tentación a que está expuesto por su situación y de la que nosotros estamos exentos por la nuestra.

Algo análogo sucede con el juego. Casi todos los pobres juegan a la lotería, y lo extrañamos. Si el que juega supiese que había de perder, no jugaría; y es bien cierto que hasta los más ricos, cuando juegan, lo hacen con el deseo, que tan fácilmente se cambia en esperanza, de ganar. Pero en el pobre ese deseo y esa esperanza no pueden menos de sor mucho más vehementes que en el que no lo es, porque el pobre desea, no lo superfluo para satisfacer sus caprichos, como le sucede al rico, sino lo necesario para vivir, y lo busca a todo trance. No debiera hacerlo así, es verdad; pero téngase en cuenta, como decíamos antes, la fuerza de la tentación y los escasos o ningunos medios de que está provisto para resistirla.

La mentira es bastante común, por desgracia, entre los pobres; pero y ¿acaso no lo es también entre los que no lo son? La diferencia está en que el pobre miente por necesidad, a su modo de ver, y el rico miente por vanidad a todas luces. El pobre miente para procurarse un socorro que no va a lograr sin mentir. El al menos así lo cree y la experiencia muchas veces se lo confirma. Su mentira por lo tanto no es excusable, pero arguye más debilidad que malicia, más ignorancia que depravación, y es sin comparación más acreedora al perdón que la del rico. Sin embargo, esta pasa desapercibida o elogiada, y la del pobre ofende a todos con una exageración inexplicable.

Si pasamos al examen de todos los demás vicios de que más generalmente suelen adolecer los pobres, hallaremos siempre lo mismo, a saber, que adolecen de ellos más por ser hombres que por ser pobres, que las pasiones les arrastran por carecer de la suficiente educación e instrucción para luchar con ellas, y que, en fin, hay una tendencia general a exagerar sus vicios y defectos, así como la hay a escusar los mismos u otros mayores en personas que no pertenecen a la clase de pobres.

Pero, señores, todavía falta considerar lo principal, y es que el pobre, aun suponiéndole vicioso  e inmoral, es acreedor a nuestro amor por el mero hecho de ser pobre, y ú que hagamos todos los esfuerzos posibles para corregir sus vicios, porque si no ¿a qué se reduciría la limosna espiritual, cuya superioridad sobre la material continuamente estamos encomiando? Si amamos al pobre de corazón, al descubrir en él un vicio, una pasión que le domina, un crimen que ha cometido, ¿le hemos de abandonar por eso? ¿No es por el contrario entonces cuando debemos redoblar nuestros esfuerzos para ganar su confianza y ayudarle con nuestras luces, nuestras reprensiones y consejos, etc., a corregirse, a vencerse y a salir cuanto antes de su peligroso estado? ¿Qué diríamos de un facultativo que llamado a visitar a un enfermo y enterado de la gravedad de su mal por el estado del pulso y demás síntomas, se incomodase con él por hallarle enfermo de peligro y le abandonase?

Es también de notar la admirable facilidad con que el pobre, por lo común, se presta a las amonestaciones del que le quiere de veras, como llegue a persuadirse de ello. Podríamos citar ejemplos repetidísimos de la docilidad del pobre para seguir nuestros consejos, teniendo a veces que vencer para ello hasta los sentimientos más fuertes de la naturaleza, como sucede en la separación de los amancebados, en la reconciliación de los enemigos, en la aceptación de la pobreza misma, cuando se presentan medios para salir de ella que no merecen nuestra aprobación. ¡Cuántos y cuántos casos liemos visto de estos que han pasado ignorados del mundo como la violeta de la soledad, cuyo perfume nadie percibe, y que hubieran merecido publicarse muy alto para consuelo de la humanidad!

¡Sí! El estudio del pobre no puede menos de conducirnos a su conocimiento, y este conocimiento no puede menos de conducirnos a su amor.

Se entiende que todo lo dicho se refiere al verdadero pobre y no al que aparenta serlo para robar las limosnas que no le pertenecen. En toda ciudad populosa hay una clase bastante considerable de gentes que aparentan ser ricas y que sin embargo están muy distantes de serlo. Así también hay una clase de gentes que aparentan ser pobres y que tampoco pertenecen a esta respetable clase. Llenos de necesidades facticias que no pueden satisfacer, minan lo imposible por agenciarse socorros, esto es, dinero, pues lo demás no les gusta, y sacan grao partido de la buena fe de los incautos. Guardémonos bien de confundirá unos con otros. Al efecto, nos será de grande utilidad la visita a domicilio, que disgusta tanto a esa clase de falsos pobres como gusta y consuela a los verdaderos. Observaremos el efecto que producen nuestros socorros en especie., que tanto aprecia el verdadero pobre, mientras que el pobre falso solo quiere dinero, porque sus apuros suelen ser siempre muy urgentes y no admiten otro alivio que el del dinero. Descubriremos fácilmente por la conversación si se trata de engañarnos, o si realmente pertenece a la clase do verdadero pobre el que solicita nuestro socorro. Estas precauciones no son necesarias en pueblos pequeños, en los que todos se conocen; pero en los grandes son indispensables, y cuando nos patentizan el engaño de los que nos buscan como pobres dignos no lo siendo, debemos manifestarles sencillamente que los hemos conocido y que no han hecho bien en tratar de engañarnos.

Ancho campo nos queda siempre en que ejercitar nuestra caridad, porque el número de los verdaderos pobres es muy considerable y por lo común mucho mayor del que podemos socorrer y aliviar.

Dediquémonos, pues, a estos con alma y corazón. Consagrémosles toda la atención, todo el tiempo, todo el amor que podamos, Nunca haremos bastante por ellos. Nunca les pagaremos suficientemente el bien que nos hacen. Ellos dicen con frecuencia: ¡qué sería de nosotros si no fuera por las buenas almas! (que así nos llaman). Con cuánta más razón podemos nosotros decir: ¡qué sería de nosotros si no fuera por los pobres!

Trataba una señora de establecer una asociación de caridad en cierto pueblo, y como se la dijese que no era necesaria para nada, exclamaba: ¡Compadézcanse ustedes de los pobres! Los pobres, la respondían, están suficientemente socorridos. Pues ¡compadézcanse ustedes de los ricos! reponía ella llevada de su buen deseo, y a esto no se supo que contestarla.

Con efecto, señores, la vista del pobre, su trato, el ocuparse en su alivio, nos procura una clase de goces que el mundo se empeña en ignorar por su desgracia, pero que son muy superiores a cuantos él ofrece: porque nuestro corazón necesita más de consuelo para sus dolores que de aguijón para sus deseos, y el consuelo mayor, la experiencia nos lo enseña, se recibe consolando, al paso que los deseos excitados, tanto si se satisfacen como si no se logran satisfacer, traen siempre en pos de sí muy amargos dejos.

Agradezcamos por lo tanto a Dios N. Sr. con todo nuestro corazón el gran favor que nos ha dispensado al llamarnos al seno de una Sociedad que, sin mira alguna humana, se ocupa en el servicio del pobre. Reconozcámoslo ‘como una distinción insigne, como una gracia muy particular, como un honor que de ningún modo merecemos, y procuremos por todos los medios a nuestro alcance corresponder a tan grande beneficio, creciendo todos los días en nuestro amor al pobre, en nuestro esmero y cuidado en servirle, en nuestra diligencia para procurarle todo el bien que podamos espiritual y material; y al pedir, como debemos hacerlo de continuo, a Dios N. Señor los auxilios de su divina gracia necesarios para todo eso, no nos olvidemos de pedir también por los ciegos de alma, que no ven en el pobre más que un ser abyecto y despreciable, y en la mano descarnada que nos tiende el remedio de los males más graves de nuestra alma, el remedio del único mal verdadero que es el pecado, puesto que la limosna alcanza su perdón. Nuestro incomparable Fr. Luis de Granada lo dice admirablemente con las siguientes palabras. «Los pobres son médicos de nuestras llagas, y las manos «que ante nos extienden, son remedios que nos dan. Ni es tanta parte «el médico para dar salud a nuestros cuerpos cuando extiende las «manos y nos aplica los emplastos, cuanto lo son las del pobre cuando las extiende a recibir nuestra limosna para curar las llagas de «nuestra ánima.»

Señores y amados hermanos en Jesucristo: Hemos terminado en este día los santos ejercicios del Retiro, que se encaminan principalmente a la reforma de la vida y a la adopción de buenas y santas resoluciones para conseguirla. A mí me parece que una de estas debe ser la de amar al pobre más todavía de lo que le hemos amado hasta aquí, crecer en su aprecio y respeto, reconociendo los grandes beneficios que le debemos y procurando todo lo posible corresponder a ellos, tanto por su verdadero bien, por su bien espiritual, como por el nuestro, que es el grande objeto a que debemos consagrar toda nuestra vida.

No concluiré sin manifestar en nombre de todos mis queridos consocios de Madrid, y particularmente de los que hemos tenido la buena, suerte de asistir a los dichos ejercicios, nuestra profunda gratitud hacia el respetable señor sacerdote de la Congregación de nuestro Santo Patrono que ha tenido la bondad de dárnoslos, así como también a los señores administrador y penitenciario de la iglesia de Nuestra Señora de Loreto en que se han verificado, por los muchos favores que nos han dispensado, no solo poniendo la iglesia a nuestra disposición y conservándonosla con el mayor esmero, en todas las horas necesarias para los ejercicios, sino celebrando ellos mismos el santo sacrificio de la Misa para nosotros, que nada de esto merecemos, y que por lo mismo lo debemos agradecer tanto más. Que el Señor les premie su bondad, su generosidad, el afecto que dispensan a nuestra humilde Sociedad! Deber nuestro es pedírselo de corazón.

 

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