Santiago Masarnau (7)

Mitxel OlabuénagaSantiago MasarnauLeave a Comment

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MASARNAU EPÍLOGO

 

El 26 de diciembre de 1882 tuvo la noticia Con­cepción Arenal del fallecimiento de Masarnau. Di­rigía entonces La Voz de la Caridad Fermín H. Iglesias, a quien escribió lo siguiente:

Ilmo Sr. don Fermín H. Iglesias.— Gijón, 26 de diciembre de 1882.— Muy señor mío y de toda mi consideración: A las malas noticias que en su última me daba respecto a la testamenta­ría de Villaurrutia, ha sucedido las inesperadas buenas que me da Perier, y por las que me congratulo y usted debe congratularse más por tener la parte que yo creo tengo en la buena obra.

Aunque salga la Voz con algún retraso (que otra cosa no ha consentido el estado de mi ca­beza), quisiera que saliese con orla negra, señal de luto de mi corazón y de tantos pobres que han perdido su santo e incansable protector: el 14 desapareció de esta tierra, que honraba y que no le merecía, el mejor de sus hijos, y la Voz de la Caridad no puede guardar silencio al saber la muerte de don Santiago Masarnau. Tampoco podemos callar respecto a la inconcebible deten­ción de los fondos para los inundados de Mur­cia.

Que tenga usted salud le desea su servidora y amiga, Concepción Arenal.

Durante los cuatro días que tardó en aparecer el primer número de enero de La Voz de la Cari­dad preparó Concepción Arenal su artículo necro­lógico, que figuró en primera página y, tal como lo había encargado, con orla negra. He aquí el texto:

Don Santiago

Así le llamaban los afligidos, así le llamaban los consolados, así le llamábamos todos; y la manera de pronunciar este nombre venerado y amado era como el apellido que le distinguía de los demás, porque Don Santiago era él y no podía ser otro. Sabiendo la especie de horror que tenía por la publicidad de sus buenas obras e íntimos afectos, creo oírle que desde el Cielo me reconviene porque no guardo absoluto silen­cio sobre su vida y su muerte, y con aquella sonrisa que parecía seguro presentimiento de dicha inefable y reflejo de la de los niños que acariciaba, me pregunta: —¿Por qué lloras?—Lloro porque no volveré a oír aquella voz que daba siempre gusto, lección y consuelo; la pala­bra del artista, del sabio y del santo; lloro por los que han perdido al que enjugaba sus lágri­mas; lloro por la patria insensata e infeliz que ha visto desaparecer al más grande de sus hijos sin un estremecimiento doloroso, como esos en­fermos tan graves que se pueden mutilar sin que lo sientan.— Concepción Arenal’.

Quince días después, en el número siguiente de la misma publicación, y firmado por Higinio Igle­sias, director en funciones de La Voz de la Cari­dad, salía, también en primera página, un extenso artículo fechado en Madrid el 28 de diciembre de 1882, con el epígrafe: «Don Santiago Masarnau» (tomado del Diario de Barcelona del 3 de enero de 1883) que comenzaba citando unas palabras de Concepción Arenal: «La muerte ha helado aque­llas manos siempre abiertas para los pobres: la pérdida irreparable de don Santiago Masarnau sería un duelo nacional si hubiese nación». A lo largo de las cinco páginas del texto, Higinio Igle­sias no regateó elogios: «La Corte de España, los infelices y los desvalidos, los tristes de la tierra han perdido algo que no se reemplaza: la corte, un ejemplar nobilísimo de bienhechor creyente; los infelices, un protector y un guía; los tristes, una fuente inagotable de purísimos y eficaces consue­los. España, en fin, a cuyos ámbitos envió Masarnau por diversos rumbos sus beneficios en son tranquilo, pero incansable, de humildad y caridad cristianas, ha perdido un timbre valioso de verda­dera honra nacional, que pudiera compararse a la pálida pepita de oro nativo entre hojarasca exube­rante de relucientes oropeles».

No sin motivo decía esto el articulista. Hombres con muchos menos méritos —y a veces hasta con ninguno— gozaron de un nombre, y hasta de una gloria, tan ostentosa como inmerecida. Había una razón: «Lo que hoy pasa en las capitales —proseguía Iglesias—, y sobre todo en la corte, es que la fama y la gloria se otorgan en mucha parte así, en comandita, por ciertas como sociedades de elogios mutuos, según las llamaba un ilustre pensador que ya no existe, de genio y traza harto semejante al de la escritora mencionada. Y tales sociedades de hombres, ora superficiales y ligeros, ora entrome­tidos y audaces, campean especialmente en dos campos, en el de la política activa y en el de la prensa periódica, ambos menesterosos de sanea­miento, porque ambos, en verdad, se ven inficio­nados con graves plagas».

He aquí las palabras finales con que Higinio Iglesias terminaba su artículo: «Nosotros creemos que habrá nación en algunas partes para sentir como en duelo nacional la pérdida irreparable de don Santiago Masarnau; para sentir como en duelo nacional el que la muerte haya helado aquellas manos siempre abiertas para los pobres».

Al fin de su vida, se le recordó más por la fundación de las Conferencias de San Vicente de Paúl que por su labor como pianista y compositor: su fama de santo eclipsó a la que siempre tuvo como músico.

Federico Suárez

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